Semana Santa

Ser o no ser el mesías

Si comenzó a predicar a los treinta y tres años fue porque desde hacía tiempo su vida se mantenía en un sinsentido y ya no podía seguir así indefinidamente. Entre que dudaba si era o no el Mesías, y que tendría que ser crucificado, se le fueron los años encima. Estaba hecho un don nadie, sin oficio ni beneficio.

David Lachapelle, "Jesus", 2011.

David Lachapelle, «Jesus», 2011.

Lunes Santo

Tras el domingo de ramos el pueblo se mantenía entusiasmado. No era posible volver a la rutina después de recibir la Buena Nueva. Fue un lunes de muchos milagros: las prostitutas no cobraron, los traficantes obsequiaron y los de las cantinas fiaron. Si era cierto que había llegado el mesías, ya nadie tendría que trabajar.

Martes Santo

Llegó el martes y nada cambiaba. El que se decía mesías, puro jarabe de pico y hashtags. Se le habían acabado los milagros, y mesías que no hace milagros es el peor de los ladrones y demagogos. Al martes lo santificó el desengaño, porque bienaventurados son los que dejan de creer en quien no acompaña con actos sus palabras. Hay muchas piedras y dibujos que obran milagros. “Hijos de Dios” que piden humildad sobran.

Eucaristía

Hasta ese momento los milagros habían sido tangibles para todos. Pero el de la transustanciación implicaba pura fe. En la cena, los apóstoles comieron pan y bebieron vino. Sólo uno fue capaz de creer que algo que parece, sabe y huele a una cosa, en realidad sea otra completamente distinta. Su fe era absoluta como para no requerir del ver para creer. Entonces, en pleno estado de gracia, con el cuerpo y la sangre de su maestro en las venas, salió a cumplir la voluntad de Él —que era también la suya, en comunión—, la de ser entregado para morir en la cruz.

Hágase, Señor, tu voluntad

Tanto amó Judas a Jesús que dio su vida por él. Si Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo para cumplir la voluntad de Dios, ¿por qué no iba a entregar su propia vida para que se cumpliera la profecía? Judas corrió a colgarse con la alegría y el entusiasmo de un enamorado que espera recibir el sí. Mientras agonizaba vino a su mente la imagen de los ángeles que salvaron la vida de Isaac. Pensó que tal vez llegarían a desatar su soga. Murió feliz, como un mártir, de haber dado la vida por su fe. Podía ya, su maestro, salvar a todos los hombres.

La última tentación de María

Nada dicen los Evangelios sobre María después de la resurrección. Esa omisión encierra un secreto: que ella quiso salvar a su hijo del calvario y la cruz. El demonio no tuvo que hacerse presente; fue el amor de madre el que se opuso al cumplimiento de las profecías. Para salvarlo sólo tenía que demostrar algo: que su hijo no era dios. Y la manera que tenía de probarlo era una muy simple: hacerle saber al mundo que ella no era virgen. La mejor manera de probarlo, tal vez la única si consideramos que ya no podía embarazarse, era hacerse de fama pública como prostituta.

La más santa de las mujeres

No fue casual que la Magdalena estuviera a su lado en esos momentos, sino una gracia de Dios. Era ella quien podía introducirla con presteza en el oficio. Pero María era vieja y eso dificultaba que alguien pagara por ella. Magdalena la llevó a ofrecer entre arrieros, aguadores, viciosos de hachís, malvivientes y hasta con los leprosos. Hicieron una oferta que los potenciales clientes no pudieron rechazar y cobraron lo que fuera voluntad de ellos. Pasaron así varias decenas en pocas horas. La fama pública se logró pronto, en efecto. Pero no para bien: los murmullos hablaron de una mujer santa, puesto que daba servicio a quienes más lo necesitaban y lo hacía prácticamente gratis. Consumada estaría la sentencia de Jesús, a pesar de todo.

¿Eres tú “El Rey de los Judíos”?

Dudó una y otra vez. Constantemente se preguntaba si realmente era el Hijo de Dios. En numerosas ocasiones estuvo a punto de comenzar a predicar, pero se arrepentía y posponía la decisión. ¿Por qué morir joven? Si su destino era sacrificarse por todos los hombres, ser El Cordero, habría de aceptarlo, pero consideraba que tenía derecho a decidir cuándo, cómo y dónde. Si comenzó a predicar a los treinta y tres años fue porque desde hacía tiempo su vida se mantenía en un sinsentido y ya no podía seguir así indefinidamente. Entre que dudaba si era o no el Mesías, y que tendría que ser crucificado, se le fueron los años encima. Estaba hecho un don nadie, sin oficio ni beneficio. No supo ser carpintero ni pastor ni adivino y odiaba el comercio. No tenía prole ni casa propia. Entonces ya no era un asunto de vocación, sino de edad. Le quedaban pocas opciones y sólo una que valiera la pena.

Abandonado

Durante los días de su predicación oraba para mantener la fe. No era fácil seguir convencido de que era Dios y tenía que morir como un hombre de la manera más cruel. Hacía ayunos e inclusive se retiró al desierto para repetirse una y otra vez que tenía una misión que cumplir; que no había vuelta atrás, que no había nada ni a qué volver si renunciaba a ser mesías. Durante la Pasión, en cada latigazo dudaba sobre su condición, sobre su deidad y sobre el sentido de su sacrificio. Luego, en la cruz, la agonía dolorosa acabó por doblegarlo. “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, preguntó sin recibir respuesta. Murió habiendo perdido la fe y la gracia.

Redención

Había sido llamado, destinado, a ser el Mesías; pero habiendo perdido la fe murió en pecado y no podía entrar al Cielo: era verdadero Hombre, pero no verdadero Dios. Perdió la oportunidad. Jesús descendió a los infiernos. No pudo ser el redentor de los hombres, pero se volvió el de los ángeles caídos. Su entrada ahí significó el perdón para Luzbel. Ocuparía su lugar. Si era el cordero de Dios tanto mejor si en vez de sacrificarse por miles de millones de hombres pecadores lo hiciese para salvar al más preciado, precioso y querido Hijo de Dios. Su primogénito. Espíritu puro, como Él: sin carne ni despojo humano alguno. Nadie ni nada más conforme a su imagen y semejanza. El infierno, en efecto, había sido creado por Dios para los hombres. La Humanidad misma, creada como un plan de salvación para los ángeles caídos. El amor de Dios lo puede todo. ¿Por qué no habría de perdonar inclusive a quien no le ha pedido perdón o no quiere ser perdonado? ¿No será ése, el mayor acto de caridad? La justicia es otra cosa, que no es cosa de Dios. Al tercer día, Luzbel encarnó en el cuerpo del nazareno. Resurrección, dijeron los discípulos y las mujeres que lo vieron, antes de ascender al Cielo al lado de su Padre. ®

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Publicado en: Letras libertinas

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