Sensibilidad histórica y lingüística

Chicogrande, de Felipe Cazals

En un momento muy oportuno, verdaderamente solar, el año de los bicentenarios, que hermana a varias naciones de la América hispánica, entre otras México, Argentina, Chile y Colombia, se estrena una cinta del más destacado realizador mexicano, un miembro de la antigua guardia quien, junto con Arturo Ripstein y Jorge Fons, resume el cine nacional llevado a cabo durante la segunda mitad del siglo XX. Chicogrande (2010) de Felipe Cazals es un sueño que tardó más de treinta años en volverse realidad.

Felipe Cazals con Damián Alcázar

El argumento es de Ricardo Garibay, un escritor que se distinguió por su fino oído para el lenguaje coloquial, los ambientes de raigambre popular y ciertos personajes marginales. A diferencia de la historia patria meramente ilustrada que, con súper producciones, ha de verse dentro de poco en las pantallas, Chicogrande no aborda en forma directa un episodio de una figura histórica sino de un simple seguidor, un alzado más de los que componían las apretadas filas de Francisco Villa. Chicogrande es un héroe de extracción popular y campesina, el valiente que se inmola por la causa, hasta dar con un médico que en su escondite venga a atender al general malherido, quien en un acierto apenas si aparece en la pantalla.

La incursión de las tropas de Villa en territorio estadounidense y el consabido asalto al poblado de Columbus, Nuevo México, tuvo como reacción inmediata que el presidente Woodrow Wilson enviara un destacamento de diez mil efectivos por la cabeza de Villa. Lo intrincado de la Sierra de Santa Ana y el apoyo popular serían su salvación. Si el acto terrorista del 11 de septiembre y el ataque de Pearl Harbour fueron agresiones perpetradas contra  Estados Unidos, la primera se dice un acto de demolición orquestado por facciones internas, la segunda una incursión fuera del territorio continental, también sospechosamente arreglada pues acabó con el equipo más obsoleto de la flota y que luego se achacara a los nipones, quienes debieron pagar con Hiroshima, si estos ataques decía resultan controvertidos, desde el punto de vista de su origen o bien de su localización geográfica, las tropas del general Villa que cruzaron el Río Bravo en 1916 son, hasta hoy, la única agresión real e histórica sufrida por un coloso ahora próximo a venirse de bruces y, por desgracia, aplastar en su caída buena parte de los intereses mexicanos.

Cazals hace del personaje Butch Fenton, el carnicero yankie que ha de asolar en sus interrogatorios, la encarnación del mal y el villano absoluto. Un violador, al menos, que no ha de marcharse tan entero como arribara. Unas maravillosas enanas, que pagarán con la horca, tras alcoholizarlo y dispensarle sus favores, le mesan el pelo y lo dejan trasquilado. Ésta es la pequeña revancha de Moctezuma, el mínimo desquite por violar soberanía nacional, orgullo patrio y la honra de ciertas mujeres. El actor que hace el papel de Butch Fenton es Daniel Martínez, quien con poca fortuna hasta ahora había incursionado en el cine comercial y la televisión. Su acento y dicción yankies son impecables, no menos que los de Juan Manuel Bernal, quien hace el médico de campaña, quien está ahí para revivir a los supliciados. Indiscutiblemente el gran papel en la cinta es para Damián Alcázar, con mucho el mejor actor de cine de su generación, dotado de un aparato vocal envidiable que se adapta con facilidad a todos los registros en español, indistintamente de México o varios países de América del Sur, un virtuoso de la entonación y el trabajo actoral con el cuerpo y el sentido del texto. No hace falta más que unas cuantas escenas suyas para que amarre la historia. El peso, acaso excesivo, de Butch Fenton podría justificarse por su papel de antihéroe y es precisamente por eso que llega con vida hasta el final, con el propósito de que este western mexicano posmoderno no pierda su fuerza. Jorge Zárate en el Viejorresendez (¡qué castiza la escritura de esos nombres!) y Patricia Reyes Spíndola en La Sandoval hacen personajes incidentales de gran efecto teatral. Lo mismo Bruno Bichir quien, de manera casi shakespeareana, se presenta como Úrsulo y comienza a contar la historia en una suerte de rápido y efectista prólogo.

El hecho de que la película esté en dos idiomas no deja de brincar al oído. Se da un franco contraste entre el inglés pulcro, formal, demasiado pulido, y el carácter coloquial y casi arcaizante del español. Acaso el acierto en los diálogos, a causa de su naturalidad y efectismo, viene desde el relato de Garibay. La corrección del inglés se justificaría, hasta cierto punto, por la inclusión de las cartas y esa voz del narrador, precisamente el médico al final redimido. Tenía que haber también gringos buenos si bien, como todo migrante sabe, no abundan. Una investigación histórica acuciosa del inglés estadounidense, hablado en aquella época por los presuntos oficiales y la tropa (una gran diferencia entonces), habría resultado de gran ayuda. ¿De qué regiones concretas procederían? Y ahí se hace discutible si para hacer personajes extranjeros hay que echar mano de actores nacionales, si ya queda forzado cuando pretenden hacerse pasar por españoles.

La película es sutil en sus implicaciones políticas e históricas, es cierto. Se extraña al primer Cazals, más decididamente frontal de los inicios pero, según la sensibilidad de cada quien, por los medios del arte salen a la luz ciertas cuestiones de fondo. Es sin duda el año del director. Por primera vez una de sus cintas se estrenó en cien salas a lo largo y ancho del territorio nacional, muy distinta fue la suerte de Las vueltas del citrillo (2006), cuyo protagonista José María Yazpik tuvo que andar colocando la cinta por iniciativa propia. La fuerza de la historia, los diálogos, la manera en que está contada y el trabajo con los actores es notable. No menos sutil resulta el trasfondo histórico, plagado de sugerencias de toda índole, en un momento en que la integridad física de los migrantes mexicanos corre peligro. Y aun así, muchos burgueses desinformados, con aspiraciones de grandeza, anhelan una fusión con Estados Unidos e incluso Canadá, al igual que el par de ricachos del pueblo en el filme. “El norte nunca fue nuestro”, dicen. “California, Tejas, Nuevo México, Arizona. ¡Puros cuentos!” Butch Fenton de manera brutal, con ecos de Auschwitz, Vietnam o Kósovo, recordará que no son lo mismo sus indios pieles rojas domesticados y cristianizados, bajo la aséptica fe protestante, que los mexicanos. “Los mexicanos serán siempre mexicanos”. El judío es nuestra desgracia, era la queja perpetua de los nazis y su más manida justificación. Una segunda shoah está en camino y, con el exterminio casi imperceptible de una o dos personas diarias en la línea fronteriza, ya ha dado comienzo. Trenes cargados de gente, campos de concentración, hornos crematorios son una pesadilla que puede repetirse en otras latitudes y otras épocas, precisamente la Norteamérica de un futuro no tan remoto.

¿Al mexicano que le queda? Enanitas que emborrachan al güero y lo dejan todo tusado. El narco, sin embargo, presenta ciertas semejanzas con el villismo. Las armas precisamente fueron las que llevaron a Villa a invadir aquel territorio. Las había apalabrado, pagado y no se las entregaban. A él no le iban a hacer esas jugarretas. Las armas con las que comienzan los disturbios civiles en México, aunque de procedencia diversa, pasan por la triangulación estadounidense. Ojalá la cinta sirva de advertencia del otro lado, si es que la mafia de los exhibidores extranjeros permite que se distribuya. Un nuevo Pancho Villa puede ya estar en camino. La lección impartida por las enanitas es clara, al atreverse contra un gigante hay que ir con todo y no sólo jugar con él sino ultimarlo: está en jaque la propia supervivencia.

Desde que siendo niño tuve la oportunidad de ver El jardín de la tía Isabel (1971) de Felipe Cazals supe que me hallaba ante el director vivo más importante de su generación. También ahí la historia, en forma de rapiña por parte de los conquistadores españoles que acaban canibalizándose unos a otros, se hace presente. Las meretrices son personajes recurrentes en sus cintas, espejos fieles de una sociedad que descubre su verdadero rostro, el peor. Las Poquianchis (1976) es otra realización fílmica sobre perdularias y otros temas atractivos para antropólogos y escritores; en este caso Jorge Ibargüengoitia compuso su novela Las muertas a partir del suceso periodístico. El apando (1975), basada en la novela homónima de José Revueltas, constituiría otro ejemplo, así como El año de la peste (1978), a partir de Albert Camus. Ese trasfondo cultural y crítico, proporcionado por la buena literatura, es de suma importancia para el gran cine. Pocos o casi ninguno de los cineastas actuales parecen estar tocados por esa sensibilidad histórica y lingüística, una rara amalgama que ha engendrado algunas de las producciones cinematográficas más relevantes de la historia. ®

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Publicado en: Cine, Junio 2010


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