Sex

Íbamos dos tipas de intercambio, o sea Susanita y yo, acompañándonos en el trayecto del D.F. a Boston. Ella se quedaría con una familia y yo con otra todo un verano como premio por nuestras buenas notas de inglés.
Susanita y yo íbamos en la misma escuela de monjas pero en diferentes clases, por lo que no nos conocimos hasta el mero día del vuelo. Así que con lo que me topé en la fila del check-in fue con una niña un tanto ojerosa, deshidratada y con unas cuantas marcas en los brazos y en el cuello.
¿En el cuello? pensé. Alguien se la pasó bien anoche, imaginé.
Así, después de dejar el equipaje y de que nos dieran nuestros pases de abordar, nos quedaron un par de horas para matar antes de subir al vuelo. Me propuso ir por un café, o un Gatorade, o una cerveza o lo que fuera.
Va.
Nos dirigimos a un café en la zona común del aeropuerto, esa a la que todos, con o sin boleto de avión, pueden acceder.
Compré un par de capuchinos, le di uno. Me dijo gracias. Agarré una revista. Ella se sentó. Luego yo me senté en la misma mesa. Frente a ella. Abrí la revista, hice como que la leía. Se me quedó viendo un rato, luego no tanto. Luego otra vez y yo le dije “buena cruda”. Maldita perra, pensé.
No sé por qué el insulto si no me hizo nada. Así pasa.
Me le quedé viendo. No le dije nada. Nos acabamos el capuchino. Yo la revista. Ella suspendida, con la mirada en la nada hasta que por fin dio la hora para cruzar los arcos de metal e irnos a nuestra sala de espera. De hecho íbamos ya retrasadas.
Córrele, le dije.
Corrió como pudo.
Puse mi mochila y las cosas metálicas en la banda. Crucé el arco de los rayos x y yes y gamas y betas y toda la onda de seguridad nacional. Ella también.
Llegamos a la sala, tomamos el vuelo. Pedí un whisky en el avión. Ella otro. Se entonó. Y yo le dije: Qué onda con tus moretones, ¿cómo dejas que te hagan eso?
Él no quedó mucho mejor, me contestó sonriendo.
Yo dije, bueno.
Me da lo mismo.Saliendo de aquí no te vuelvo a ver la cara en todo el verano si no quiero, pensé.
Salud, me dijo.
Salud, niña.
Después de cierto tiempo las azafatas interrumpieron nuestra peda con sus formas de migración que hay que llenar. Que si la verde, que si la blanca, que si una la guardas, que si la otra no. Que si la visa y la vaina.
Todo iba bien. Total. Nuestras familias postizas del verano estarían esperándonos en el Boston Logan International Airport con pancartas y toda la cosa.
Aterrizamos, nos bajamos del avión, llegamos a esas filas gigantes que los no estadounidenses deben pasar, como si de cruzar trincheras se tratara, hasta llegar al otro lado.
Pero Susanita se quedó en medio. La escanearon una, dos, tres veces. Algo estaba mal.
Nos tiene que acompañar, le dijeron.
¿Qué? Volteó a verme con cara aterrada. Algo les dijo y así acabé yo también atrás de ella, siendo escoltada por tipos enormes de seguridad de aeropuerto, que nos metieron a un cuarto con utilería de quirófano.
Maldita perra, pensé de verdad.
Se me bajó todo el whisky. “Yo qué”, dije. “Usted viene con ella y cállese un momento”, me dijo el hombre enorme.
Entraron un par de mujeres vestidas como doctoras, salieron los tipos. A Susanita, tras un intercambio de órdenes más que de palabras, le bajaron los pantalones, la doblaron hacia delante, le separaron las piernas, le metieron una pinza y le sacaron una cosa.
No puede ser, pensé.
Así, lo que por un momento todo el equipo de seguridad del aeropuerto de Boston pensó que era droga encapsulada en látex, resultó ser un condón atorado que la pareja de Susanita le dejó 30 horas antes.
Ella se puso a llorar y nuestras familias postizas se quedaron esperándonos dos horas más.
¿Por qué no salían?, me preguntó después mi mamá postiza de verano.
La verdad es que no tenía por qué contarle la historia de Susanita y le inventé que algo había pasado con su visa, porque era una visa improvisada de última hora. ®

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Publicado en: Febrero 2011, Narrativa


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