Siete travestis siete

Siete contra Georgia, de Eduardo Mendicutti

Nos enteramos de que algunos “hombres que tienen sexo con otros hombres” a mitad de la faena intentan cambiar bandera y probar un llenado de depósito, cosa que —naturalmente— se rechaza… que para eso son mujercitas, para darse su lugar.

Siete contra GeorgiaEn Siete contra Georgia [Tusquets, 1987] sirve como pretexto la legislación en el estado norteamericano de Georgia1 contra las prácticas homosexuales para que siete locas se reúnan en un acto que pretende no sólo desagraviar a las de su género sino convencer al jefe de la policía georgiana acerca de las delicias de su sexualidad. Ninguna de ellas pretende una disquisición fundada en normas e igualdades, nada más ajeno; la idea del performance es descoserse sin empacho y hacerle ver al oficial que aquello es disfrutable y que si no lo ha hecho ¡de lo que se ha perdido! Y ahí están ellas para sugerirle, mostrarle e inspirarle a levantar el arma de cargo hacia mejor blanco.

Siete contra Georgia suscitó discusiones entre los jurados del noveno premio de La Sonrisa Vertical, quienes finalmente fallaron por El bajel de las vaginas voraginosas para los palmares de ese lejano 1987, pero mereció su recomendación para edición y hemos de agradecerlo. Siete contra Georgia es un texto irreverente, sugestivo e hilarante.

Eduardo Mendicutti (Cádiz, 1948) hace gala de una habilidad encomiable para llevar a la prosa el lenguaje del día a día de las locas españolas, tan así que los mismos editores atinan al pronosticarle al lector que al final del libro no sabrá si leyó o escuchó las confesiones de viva voz. Mendicutti no sólo recuperó y articuló el cotilleo coloquial de estas mujeres, de apéndices indeseados, con una soltura tan natural que, incluso, nos regaló el sentido de modismos y terminajos del Madrid transexual que pudieran ser desconocidos en México o en el mundo buga; más aún, le abrió compuertas a los significantes de nuestro heterolenguaje al travestir los sentidos, así no sólo encontramos un texto que a veintiséis años de publicado sigue visibilizando el placer homosexual, sino que puede convertirse en evidencia de lo heteronormado del lenguaje y de los sentidos con que cargamos nuestros términos; porque la homosexualidad sigue siendo minusvalorada, aunque las legislaciones describan situaciones de igualdad.

El libro arranca con el improbable diálogo de las grabadoras (magnetófonos) de la Madelón, que nos prepara para el doble sentido, no sólo de la pieza, sino de todo el libro: nada mejor para un magnetófono que la merecida introducción, una a una, de pilas llenas de energía. Y a ese ritmo nos anuncian que se reunirán el grupo para grabar en casetes su sentido ataque por la legislación en Georgia.

Mendicutti nos ilustra no sólo en los floridos usos de la lengua y otras partes del cuerpo travestido, sino de sus estrategias y arrebatos.

En una España a un poco más de diez años de la muerte de Franco y con la movida madrileña ya consolidada, cada una de estas queridas locas confesará la parte de su vida y experiencia que le parezca moverá de sus siete al jefe de la policía de aquel estado de la Unión Americana. Chismes, confesiones, recuerdos de amores gratos o ingratos, deseos y pesares van cosquilleando nuestro oído descubriéndonos no voyeurs sino ecouters (viciosos del placer que brinda escuchar hablar de sexo) cuando nos invitan a ser convidados de piedra a una reunión que irá haciendo que se nos calienten las orejas al conocer de sus coños encharcados de deseo y sus tratos con chaperos que confirman sus feminidades mientras se benefician de ellas; de la seducción que practican con varones ávidos de descargas lo mismo que de amantes consuetudinarios y afectos a sus receptivas oquedades.

Cada una de las chispeantes confesiones nos descubre un tipo de travestí diferente. Lo mismo a la Balcones, arquitecta triunfadora refinada y con dinero, a Colet, la Cocó muchilingüe viajada y dispuesta, como a la Madelón, exitosa estrella de night-club, y a Pamela Caniche, pobre maricuela a la que el infortunio y la calvicie han llevado a la más miserable de las situaciones. Cada una de ellas, exceptuando a la calva, vive y revive su sexualidad con gusto enorme y sin cortapisas —y pese al ánimo festivo del texto Mendicutti se encarga de lanzar un certero pedradón a la cabeza (y las costumbres) de la autoridad, cuando sitúa en la inocente narración de Betty la Miel la perversidad del policía vecino que no sólo la pretende sino que, lascivo, se procura acercamientos con su propia sobrinilla.

Siete fragmento

También nos enteramos de que algunos “hombres que tienen sexo con otros hombres” (como ha sido acuñado el eufemismo) a mitad de la faena intentan cambiar bandera y probar un llenado de depósito, cosa que —naturalmente— se rechaza… que para eso son mujercitas, para darse su lugar; sabemos de mozos encuadrados en el servicio militar que suelen tener disposición y ánimo de marcha; de familias muy decentes donde pueden ocurrir las mismas veleidades que en el barrio de Chueca. Mendicutti nos ilustra no sólo en los floridos usos de la lengua y otras partes del cuerpo travestido, sino de sus estrategias y arrebatos.

Siete contra Georgia puede incluso no ser estimable para el sector gay de la población si no se le toma “con sentido del humor”, como el mismo autor quisiera, pero no deja de ser una lectura recomendable para metiches, curiosos y cualquiera que no ponga pegas a reír de los avatares carnales del tercer sexo representado por estas siete “entrañables” locas y que acepte que el desagravio bien pueden tener el tono de la guasa. ®

Notas

“ […] la legislación más criminal era la de Georgia. Ahí las condenas por “relación carnal contra el orden de la naturaleza” suponían cadena perpetua a trabajos forzados”.

En junio de 1986 el Tribunal Supremo de Estados Unidos falla en el caso Bowers contra Hardwick manteniendo las leyes que prohíben el sexo oral y anal en Georgia.

En Georgia la ley contra la sodomía sería revocada hasta 1998

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Publicado en: agosto 2013, Libros y autores

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