SIN SOLEMNIDAD

En la misma velada donde estuvo Lo también pasó Rosarito López. Pero del brazo de mi amigo. Ella era Scarlett Johansson cuando Scarlett Johansson todavía no era Scarlett Johansson (aunque sólo la haya visto hasta hoy en dos o tres fotos de Match Point). Sus labios no emitían sonidos más que para pronunciar las etiquetas mínimas que requieren las presentaciones, las despedidas, los pedidos acalorados en la mesada. Esteban la asociaba a una modelo argentina lolita, de boca pronunciada.
Hasta que dos años después volvió a frecuentarnos, pero de la mano de un chico con porte esbelto y ropa deportiva cara. Cruzábamos dos o tres palabras más de las requeridas por el vencimiento imponible.
De su vida tenía muy pocos datos. Se había quedado sin mamá hacía unos meses, estudió Diseño en la privada, y probablemente acabó en Buenos Aires por un contacto de su —ahora— ex novio. La última vez que la vi en Córdoba fue antes de que yo ingresara al consultorio de Aldana Bernárdez, mi terapeuta de ademán acompasado. Llevaba el pelo corto, siempre sin un mínimo de bronceado en su piel de agosto, arrastrando lentamente un coche de bebés, con uno bien hermoso dentro. Recuerdo de la charla meras boludeces acerca de mi trabajo, que ella había apuntado interviniendo de manera afable. Después hicimos mención a nuestras terapias, yo terminé hablando de más, de mis patologías inexistentes pero insistentes por latencia.
También sabía de su amistad con el rocker mimado que todos amamos u odiamos alguna vez. Ella no era una fan, una chica de turno. Su porte de Afrodita, de chica Trinity con vacaciones pagas, siempre le dio un aire a secreto vedado para cualquier mortal de camisa a rayas y cuello desvinculado hacia abajo.
En una de las pocas visitas que yo hacía a Capital terminé en un concierto de rebote. Nunca había visto a Melero con su banda. Caí de casualidad luego de una maratón por esa gran ciudad asestada de energía densa y acalorada. De estupor y vorágine para los que viven en middley.
En el ingreso
estaban esos chicos de bandas indies beneficiadas por la prensa especializada
estaba la prensa especializada, los perdidos de Vaquero
las chicas monas de barrio con R.
Siempre algo perdido apenas hice coros, hice colapsar evocativos
de otras épocas en las que el resguardo del detalle
era tan necesario como el aire.
Observé a las gradas para dar con algún amigo viejo
hice escalas en el medio de la muchedumbre
hice de otro nombre a Rosarito López
mientras descendía las escaleras mientras saludaba a Augusto, a Lea.
Y la abracé cuando a cinco centímetros di con el error,
di con todo su cuerpo expidiendo una vibración nueva reposando en mí.
Y luego fue una tarjeta de contacto para solucionarme la vida,
y ella consultó por actualizaciones, por gente que ya no son partenaires
ni siquiera enemigos.
Dijo que sabía que estaría ahí, que me había buscado entre el público
de pura intuición, de corazonada inexperta para timar las intenciones.
Dos días después, en domingo,
cuando hay que correr para no morir, la llamé entretanto se metía al cine
y yo me la pasaba en el hall de un festival sentado con actorcitos tipo Cris Morena
tomando café con Eze
escupiéndome sobre directores franceses
directores inhóspitos de los que tienen luz.
Yeta estertórea, ella terminó en su casa
descompensada vaya a saber por qué aflicción por qué desconsuelo
admitiendo cita para un día después en Cabildo y Juramento.
Bajo una sombrilla jugando con sus hombros sobre la línea que dispone una lágrima
llamó a esos días que no quiero traer
para espantarme de tanta confusión estúpida
de tanto regodeo para decir poco.
Que estoy más contento con mi estado actual
que ya no frecuento casi a su ex aunque guardo gratos momentos,
que no me hacía bien verla tan hermosa y despiadadamente defraudada
por los días de metrópoli ciega.
Más tarde la llamé y la llamé
cruzamos correos llenos de la voluntad de aceptar nuestra condición
de únicos habitantes en una nouvelle que jamás gozará de repetición
ni falsas especulaciones.
Eso de andar pidiendo algo de amor de modo tan cercenado
no ha hecho otra cosa que distraer a la humanidad perimida.
No ha hecho otra cosa que mezclar timidez con histeria.
Anhelo con desdén. Acción con demagogia.
Viernes cosmopolita no hay club mínimo
sí mojitos gratis sí ella sonriendo
pero medida
dudando trescientas veces
si tomar un taxi, pasar a buscarme
hacer la peli sin cruzar toda la extensión de sus piernas
o procurar sortear la ciudad grande conmigo
para no sentirse sola.
Y la menta suave
de nuevo los chicos de bandas indies beneficiadas por la prensa especial
artistas sonoros beneficiados por la prensa especial
la prensa especializada y otra vez ella
con sus ojos siempre al frente
y porte de virgen suicida
por esa belleza que abruma y deposita sus esperanzas
en saberse sorprendida por algo más que una escalada de besos
de noche liviana.
Pasó un pope pop y ella lo saludó como buen conocido
con su nombre de pila,
sonriéndole sin alargar demasiado una conversación ocasional
y tomamos más y Rosarito preguntó por porro.
Mala suerte, venía de comerme un bajón en Córdoba
con una amiga pequeña
—ésa que dice Félix se parece a Jane Birkin—
por tres pesos de puto thc comprados a una trava llamada El Feo
con un escuadrón de toxicomanía a cuestas,
con la desazón de nuestras caras, de habitaciones frías
siempre tan estudiados por la vida, tan expuestos a la saliva
de una cana merquera de busto flácido.
Pero igual Rosarito dijo qué pena, qué lástima Ricardo
que no tengas nada encima
y sacó de su bolsillo chic una pasti
un antidepresivo de moda, así de sintético.
Y en su risa, la tosquedad y la sonoridad de la palabra pastilla
sonó a sitiada de chica lista, de mujer irresistible
invocando el límite de lo que ya no va a contener.
A los veinte minutos estábamos liados
accionando en cada estímulo como si todo fuese a morir mañana
yendo a otra pista.
Casi sin poder mantenernos en concordato con nuestros pies
deslizándonos entre avanzadas frenéticas
su lengua con algo de perfidia hirió mis emociones en cada estocada
en sus ojos apenas vueltos hacia atrás
estallando de solemnidad ansiolítica.
El pasillo, las voces de la gente
y nosotros tocándonos a expensas de las voces de la gente
y una única estrategia para salvarnos de tanta sed verdadera.
Taxi. Y ella toda dormida sobre mí abriendo la boca
nada más para decirme que es una equivocación.
Y otro beso, todos los besos señados con urgencia
la marinera de Elo en el living sacudida por el hervor
de ese torso exhibiendo las marcas de efigie universal
arrasada por dos manos de novel amante
inexpertas para semejante oprobio de la naturaleza.
Los pechos de Rosarito y la savia
de todas las mañanas del mundo
como únicos depositarios de un milagro:
Dos piezas desilusionadas de arte inanimado y mundo posmo
dando a luz un sentimiento tan profundo
que no duraría hasta la próxima semana.
Y algo de agua entró por la ventana
las cortinas acariciaron el mobiliario del comedor
solapando algo de desnudez
y yo quise decirle que hacía tiempo
no era tan feliz.
Cada vez que saludo a Buenos Aires
me da lluvia. ®

“Sin solemnidad” fue escrito en 2006 y editado por la revista Diccionario en 2008 para su número 4, en la serie Yeite 90, Yeite 00.
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Publicado en: Diciembre 2010, Narrativa

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  • martin

    groso rorro