Sobre cultura y cultura gay

México se escribe con J, de Michael Karl Schuessler y Miguel Capistrán Lagunes

¿Qué somos como entes vivos si no somos nuestro cuerpo, nuestra mente, sus deseos, sus pulsiones y sus expresiones? ¿Y cómo damos nombre a todo eso si no es por la relación que establecemos con el afuera, con lo otro y los otros?

México se escribe con J [Planeta, 2010] es un libro que responde directa e indirectamente a esas preguntas. Este libro, que aparentemente delimita su objeto de estudio desde la misma portada, en realidad abarca mucho más de lo que dice abarcar.

La imagen es contundente: una J gigante pintada en todos los colores del arcoíris. Esto alude a una serie de capas de lectura que se entrelazan y explican una en función de la otra. Se trata de una idea de nacionalidad mexicana más incluyente que la actual, que se abre su propio espacio: no se trata de un México con J como lo vieron los conservadores del siglo XIX, sino de un México con J, o más bien con “jotas”, las reinas del arcoíris, las hijas de la crujía J de Lecumberri que lejos de llorar su tristeza abrazan la alegría artificiosa, colorida y cursi de la película El mago de Oz, es decir, la comunidad de homosexuales asumidos y salidos o sacados del clóset: la autodefinida comunidad gay.

Y de allí el subtítulo del libro: Una historia de la cultura gay. Es factible suponer, desde luego, que se trata de la cultura gay de México, y que no se aclara esto porque sería reiterativo.

Así que tenemos, en un solo documento visual, todo un mundo. ¿Estamos en el ámbito de la antropología, entonces? ¿En el de la historia? ¿En el de la historia del arte y la historia literaria? ¿En el de la filosofía, en el de la moral? ¿En el de la estética? ¿En el de la psicología? ¿En el de la biología? En todos esos ámbitos estamos, pues todos ellos se combinan para abarcar un concepto tan extenso como el de cultura.

Si echamos un vistazo a la contraportada encontramos otra imagen emblemática que se refiere a un episodio fundamental para la salida de clóset de la historia de la comunidad de homosexuales mexicanos: el grabado de José Guadalupe Posada sobre la famosa fiesta de los 41.

Así que tenemos, en un solo documento visual, todo un mundo. ¿Estamos en el ámbito de la antropología, entonces? ¿En el de la historia? ¿En el de la historia del arte y la historia literaria? ¿En el de la filosofía, en el de la moral? ¿En el de la estética? ¿En el de la psicología? ¿En el de la biología?

También hay allí una lista de nombres, unos más o menos conocidos y otros definitivamente imprescindibles en la cultura (sin la etiqueta más específica de “gay”) de México: hay figuras de las letras mexicanas como Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco; historiadores como Teresa del Conde, compositores como Tareke Ortiz; activistas de los derechos humanos como Alejandro Brito; estudiosos de las características de los estudios culturales como Alejandro Varderi, editores como Sergio Téllez Pon y Braulio Peralta, que es también un personaje célebre de la cultura gay en el sentido mucho más restringido de “alta cultura”, la que se refiere a las expresiones artísticas.

A fin de cuentas, todos escritores e investigadores, como los mismos Michael y Miguel, como José Ricardo Chaves o Enrique Serna o Juan Carlos Bautista.

¿Significa esto que vamos a ver en este libro un desfile de nombres de artistas homosexuales famosos y sus obras? Sí y no. Por supuesto que esto está incluido, pero el libro es mucho más. Es un acercamiento al imaginario y manifestaciones de lo gay, desde dentro y desde afuera de la comunidad gay, en la literatura, las artes escénicas y plásticas, la música, el cine y el video, pero también en otras expresiones culturales como la televisión, y en otros ámbitos como la vida nocturna y los derechos humanos. En el libro se muestran tres constantes: los sujetos que constituyen lo que hoy llamamos “gay”, los artistas que, independientemente de su orientación sexual retratan a esos sujetos y los individuos gay, homosexuales que asumen y hacen evidente su preferencia y orientación.

¿Significa esto que este es libro definitivo de la comunidad gay mexicana, la biblia de la cuestión, el ápex de la jotería? Afortunadamente no.

Éste es un libro que al leerlo se antoja aumentarlo, corregirlo, decir más y mejor, expandir el horizonte de expectativas de los que en él participamos y de sus lectores.

Pero sí hay que destacar la gran acogida del libro en la prensa, su presencia constante en diferentes foros y en ferias como la del Palacio de Minería y la primera Feria del Libro en Español de Los Ángeles.

Ha acaparado planas completas de las secciones de cultura de muchos de los medios más importantes de México y fue publicado por Planeta, probablemente la editorial más grande del mundo de habla hispana.

El libro es una invitación y un laberinto, o más bien un rompecabezas, un juego de preguntas y respuestas. Entre bache y bache transcurre todavía la vía dolorosa de la cultura alegre, la gaya cultura.

Me gusta más como se llama en ruso a los homosexuales: galuboi, azul, azul como el cielo, l’amour bleu, azul como la ropa que define el género de los bebés varones, como la melancolía. Am I blue? Am I blue? Ain’t these tears in my eyes telling you…?

Estamos tan lejos y tan cerca de todas las constantes que se repiten en este libro: las fechas, los vocablos, las vivencias, los lugares comunes. Uno tras otros brotan y se reiteran los nombres, los símbolos, los recuerdos, las listas cortas pero nunca finitas.

1901, el año del baile de los 41, 1969, Stonewall y el comienzo de la lucha por los derechos civiles de los homosexuales, 1979, la primera marcha del orgullo gay y El vampiro de la colonia Roma

Es la variedad de términos más o menos conocidos y más o menos inteligibles para los adeptos y los profanos: chichifo, buga, wawis, gay, gayo en español, travestí, travesti, internacional (inter), loca, joto, jotito, jota, lagartijos, fifíes, inglesitos de Plateros, lenchas, mayates, cuiloni, efebos, indecisos, adelitas o soldaderas, que en la hoy vilipendiada novela Los 41 se traducían en los epítetos: rufianes, bastardos, parásitos, afeminados, prostituidos, monstruos, maricones…

Es la geografía del recuerdo delimitada por la hoguera de la inquisición, las calles del Centro de México, de Madero a la Plaza Garibaldi, la Zona Rosa, los antros, los cuartos oscuros y, más allá, las plazas, las avenidas, las escuelas, el mundo.

Esta inmensidad de territorios reales y simbólicos, constituye la fuerza y la vulnerabilidad de este libro. Entre las pocas críticas acérrimas que he escuchado sobre el contenido del libro, y mira que merece muchas más, y lo digo porque es un libro primero, una punta de lanza, y debe ser seguido por más, pero mucho más estudios, están los de un autor, que no voy a mencionar por su nombre, acusando a Teresa del Conde de haber hecho un “maquinazo”.

No sé realmente en qué basa su afirmación, pero me temo que fue en el juicio visceral que le produjeron las siguientes palabras de la historiadora: “¿A estas alturas del partido se puede definir que hay una división entre la cultura gay y la cultura en general?” Inmediatamente señalé: es imposible. No puede existir tal división”.

Aunque Del Conde aclara inmediatamente después que habla de cultura, y no de represión, discriminación, criminalidad, zonas “machistas”, racismo, homofobia, derechos civiles, dejando ver así que su noción de cultura abarca todo lo humano, sus palabras todavía levantan ámpulas.

Del Conde defiende la constitución biológica de la sexualidad humana, mientras que la explicación psicoanalítica tradicional de las condicionantes de la homosexualidad queda prácticamente diluida. Finalmente, alude a la ya clásica explicación de que nadie es sólo homosexual o heterosexual, sino que todos estamos en un punto intermedio, más o menos cerca de uno de los dos polos.

Nuestra autora cree que sí es posible definir una suerte de “estética gay”, caracterizada por rasgos estilísticos vecinos del camp y del kitsch, como más adelante también lo hace también Alejandro Varderi.

Nuestra autora cree que sí es posible definir una suerte de “estética gay”, caracterizada por rasgos estilísticos vecinos del camp y del kitsch, como más adelante también lo hace también Alejandro Varderi.

Pero aun si para ella es posible hacer ese esbozo, no se trata de absolutos, de esencias, sino de paradigmas: así, la pintura del pintor homosexual Francis Bacon sería “vigososa” y “viril”, mientras que la de Max Ernst y la de Dalí serían típicas de la estética gay aunque esos artistas no fueran homosexuales. De allí que al referirse a la Semana Cultural LGBT Del Conde afirmase que las preferencias de sus participantes, muchos de ellos abiertamente heterosexuales, “sólo muy ocasionalmente pueden ser deducibles a partir del producto”, o sea las obras expuestas.

La negación de Del Conde de una esencia gay hace por supuesto que también rechace los extremos: ni acepta que la genialidad de Miguel Ángel Buonarotti se debiera al hecho de ser homosexual (como narra que le gritó un homosexualista, no un homosexual, en el bar Nueve) ni tampoco que la comunidad gay se autovictimice y justifique por ser minusválida.

Pero creo que las palabras de Teresa del Conde encuentran confirmaciones, tal vez inesperadas, en las palabras de otros autores que, ellos sí, son gays confirmadísimos: Juan Carlos Bautista y José Joaquín Blanco.

Escribió Bautista en su texto sobre la vida nocturna como territorio de la sexualidad gay:

Al submundo de la homosexualidad se le acotó policiacamente, se le difamó con “datos” de la “naturaleza” y la “ciencia médica”, se le condenó a ser la escoria de la sociedad, a convivir con la mierda y el detritus urbano, pero para sus actores centrales no era la imagen misma del infierno. Era más bien la parcela de realidad permitida y frecuentemente gozada hasta sus últimas consecuencias. Foucault argumentaba que la persecución de las homosexualidades tenía un aspecto compensatorio en una libertad sexual que no se permitían los heterosexuales.

Por su parte, en el apartado dedicado a los textos que los coordinadores clasificaron como fundacionales, encontramos uno clásico de José Joaquín Blanco, “Ojos que da pánico soñar”, escrito en ese año mítico de 1979, el mismo año de El vampiro… y la primera marcha.

Dice Joaquín:

La homosexualidad —como cualquier otra conducta sexual— no tiene esencia, sino historia. Y lo que ahora se ve de diferente en los homosexuales no es algo esencial de personas que eligen amar y coger con gente de su mismo sexo, sino de personas que escogen y/o son obligadas a inventarse una vida —pensamientos, emociones, sexualidad, gustos, costumbres, humor, ambiciones, compromisos— independiente, en la periferia o en los sótanos clandestinos de la vida social.

Qué quiere decir con eso, ¿que los putos más que compartir lecho compartimos con los negros y las mujeres el sentido de nuestra pertenencia a una minoría en proceso de emancipación?

No voy a tratar siquiera de responder a esa pregunta tan monumental, sino que voy a seguir citando otros fragmentos del texto para que ustedes se planteen sus propias preguntas y respuestas:

No me atrevo a hablar de la homosexualidad en la miseria. Somos tan poca cosa frente a ella: esos homosexuales de barrio, jodidos por el desempleo, el subsalario, la desnutrición, la insalubridad [y luego] y que además son el blanco del rencor de su propia clase que en ellos desfoga las agresiones que no puede dirigir contra los verdaderos culpables de esa miseria: esas locas preciosísimas que contra todo y sobre todo, resistiendo un infierno totalizante que ni siquiera imaginamos, con una dignidad, una fuerza y unas ganas de vivir de las que yo y acaso también el lector carecemos. Refulgentes ojos que da pánico soñar, porque junto a ellos los nuestros parecerían ciegos.

Y respecto a las formas de lo gay, a la geografía de lo gay y su glosario, dice Joaquín:

Se nos obligó a crear un lenguaje secreto, y lo hicimos bello y divertido. Tanto que la sociedad tuvo que tomar, mediatizándolas, muchas de nuestras formas de arte y sensibilidad. Recobramos el sentido del juego y nuestra fama de lúdicos se universalizó. Tuvimos que inventarnos defensas y volvernos, simultáneamente, más agudos, más refinados, más vulgares, más lúcidos, más generosos y más cabrones. […] Y bien, estos beneficios se los debemos a la persecución.

Y termina con estas palabras, escritas en un tono que debe todavía su fuerza al impulso de las vanguardias heroicas y a la época de oro, si la hubo, de las luchas por los derechos civiles, pero que ya anuncia también una nueva época que, como buen cursi de corazón, como me gustaría creer que vivimos hoy:

Recobraremos el sexo polimorfo, sin trabas ni mistificaciones, el fuego sagrado de Prometeo, la fuerza que permitirá, acaso, la realización de una utopía; y por lo pronto, la fuerza formidable que nos dará una vida cotidiana capaz de alegría, generosidad y talentosa creación de nuestras propias horas. Nuestros propios, personales, importantísimos minutos.

Y bueno, para ser un poco brechtiano y anticlimático, después de estas palabras que nos llevan a los territorios de lo sublime, quiero regresar a meter a los lectores en la conversación, y comentarles de un texto que salió hace poco en el sitio Occasional Planet y que fue reproducido en el blog feminista Jezebel. Es sobre el llamado test Bechdel, un cuestionario que examina el sesgo de género que se encuentra en casi todas las obras literarias y fílmicas consideradas clásicas. Es un test sencillísimo, consiste sólo en estas tres preguntas: ¿Una película contiene dos o más personajes femeninos que tengan nombre? ¿Esos personajes hablan entre ellos? Y por último, si es así, ¿hablan de otra cosa que no sea un hombre?

Ahora pensemos en poner, en vez de las dos mujeres, a dos gays, pensemos cuál sería su tema de conversación inevitable, y lo que eso significa. ®

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Publicado en: Libros y autores, Mayo 2011


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