Sólo un vagabundo conocería a Malagueta, Perus y Bacanazo

Malagueta, Perus y Bacanazo, de João Antônio

Malagueta, Perus y Bacanazo son cardenales de ciudad. Cualquier ciudad porque son reflujos del margen. Rostros de la oscuridad refulgiendo en la desterritorialización urbana: viajan en bus, tranvía, subterráneo, vagoneta, taxi, ruedas sin destino, círculos sin centro. Locura de vías sin registro mental, cartografías arañadas por zapatos viejos y trapacerías de vuelo raso.

Entrando a la ciudad de las pirañas

João Antonio.

João Antonio.

La mirada no escribe. La mirada desparrama. Es como los días que pasan. No se estacionan, no hacen muecas. El hedor se disipa, las casas caídas quedan tiradas. La mirada las repasa y los días las endurecen, ahí, demolidas, aplastadas. La mirada a los días sólo envejece. Quizá en la “caja de las ideas” permanezca postal ardiendo. No hay escritura. Los cuerpos no se detienen para decirse y desengañarse en el deterioro. Los barrios sucios, las villas apiñadas, las calles desnudas, los perros envejecidos de hambre, no escriben. Dicen. Dicen tanto y asustan a la mirada producida por mansedumbres. La mirada sufre. Sufridora. Entonces, no como epifanía, como ayuda, la mirada torna trozos de palabras, oraciones, imágenes descritas por manos confeccionadas en la cotidianidad. João Antônio escribe y sufre. En la escritura no hay salvación ni vocación de redentor, apenas cruda certeza de que lo observado carcome y debe fluir hacia afuera, como sucede con la vida enlodada como “Para esa gente de suburbio mezquino, dura semana transpirada en las filas, en los transportes llenos, difíciles, cine a la tarde, es una gran cosa”. João Antônio saca de sí rudeza y escupe con prosa lacónica, drenada de dulzuras, iluminada con durezas y ternuras de los límites urbanos. Límites inmersos. Filos de humanidad impresentable. De tan sucia, la mirada chispea belleza escueta. Una belleza equivalente a “Que los lunes no parezcan ya el cansancio del miércoles”. Nada más. Respiro, alivio, triunfo ínfimo.

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Malagueta, Perus y Bacanazo son cardenales de ciudad. Cualquier ciudad porque son reflujos del margen. Rostros de la oscuridad refulgiendo en la desterritorialización urbana: viajan en bus, tranvía, subterráneo, vagoneta, taxi, ruedas sin destino, círculos sin centro. Locura de vías sin registro mental, cartografías arañadas por zapatos viejos y trapacerías de vuelo raso. “Esta ciudad mía a la que pertenece mi aldea guarda hombres y mujeres que corren apurados para vivir, para arriba y para abajo, semanas duras”. Los relatos que anteceden al título se afilian con firmeza para dibujar el contorno del “feo caserío abriga apenas gente fea, sucia, descolorida”. La mirada de João Antônio se deja golpear con la fealdad. Bulle lo horrible sin ánimo de juicio, “Es sólo una historia como otras de aquí de la villa, que está rodeada de fábricas y donde no existe una sola calle asfaltada, en la que hay algunas decenas de bares, tres iglesias, una escuela”. Cuerpos feos, calles feas, chorros de vitalidad afeada tan capaz de embellecerse con lo común. Cuerpos cocinados lentos, desprendiendo miembros y creciendo brazos sobre las piedras. Fealdad y belleza trenzadas gracias a voces ásperas de tan correctas, capaces de atraer lo inescribible a la página. Cómo decir algo sobre el caldo primigenio de dolores y alegrías si no es conjugando los extremos de lo sensible instalado en los cuerpos minados. Así: “Día claro, intenso, de esos días de octubre. Un sol… de esos días de San Pablo en los que nadie necesita decir que es domingo. Inesperados, dadivosos y, sin embargo, locos, suelen cambiar de una hora para otra”.

Fealdad y belleza trenzadas gracias a voces ásperas de tan correctas, capaces de atraer lo inescribible a la página. Cómo decir algo sobre el caldo primigenio de dolores y alegrías si no es conjugando los extremos de lo sensible instalado en los cuerpos minados.

Fealdad, belleza, locura: circuito sin despliegue, sería fácil decirle fondo. Hoyo. Prefiero la imagen del filo, de la luz pasmosa del hierro aligerado al costado para herir o servir de herramienta. Así es la ciudad de João Antônio, un filo, una luz y una oscuridad besándose al enfrentarse. Pobreza se une a la triada. Pobreza de futuro, de plan, planificación, desarrollo, pobreza que invita a reflexionar: “Para gente como yo, es una tontería economizar monedas. Nunca se tiene nada”, y en la carencia la pobreza se lía con cierta riqueza: la presencia de las cosas bien sentidas. Las cosas, pocas, fugando al cuerpo para huir en ese “nunca se tiene nada”. Ahí está, entonces, la imposibilidad de hallar sentencia en João Antônio. No juzga. Siente y deja sentir. Incluso amor. Amor fiero de quien nunca tiene nada y en la proximidad descubre viandas: “Sentía una alegría, unas ganas locas (pero mansas) de sentarse junto a él, de aniñarse, de encogerse, de quedarse quieta”. Amor traidor o traición por amor en Fujie. Amor umbilical: “Venía llorosa que daba pena. Mamá surgiendo en la cortina verde, venía pequeñita, encogida, trayendo una marmita. No dijo una palabra, me puso la marmita en la mano”. Amor al juego: “El juego castiga por principio, castiga siempre, en la ida y en la vuelta, el juego castiga. Ganar o perder, da igual”. Pesadez de la imagen correcta sobre el amor: “Para una familia beata, la moral es aguantar la máquina de calcular ocho horas por día, aguantar a un jefe extranjero, rigor, buenas costumbres, idiotez y ganar seis contos a fin de mes”. Amores en círculo, las fauces del placer y el dolor chocando colmillos. Como es el amor. O la vida. O la sencilla disolución de todos los días, la ciudad rodando: “Para el niño, todas las otras personas eran tristes, atareadas en el apuro de la calle João Teodoro. Agobiadas y aburridas”.

El cuerpo de la ciudad de João Antônio (esa parte enflaquecida y nunca resignada al desahucio) es también los cuerpos habitantes, “Pequeño(s), negro(s), feo(s), delgaducho(s)”, opuesto a las “Manos finas, anillos, los zapatos brillando. Probablemente serían sujetos importantes, bichos de otros rincones” de la ciudad, habitantes de nubes acristaladas. El diseño de los personajes es a cuchillo, sin tiento, con los jirones de la mirada y la argamasa de las letras “Delgadez en el rostro demacrado, en la piel amarilla, en los brazos tan finos” crean monigotes a veces entrañables, otras detestables, nunca increíbles. Cada miembro, cada semblante, corresponde. Los héroes de aquí no son guapos, no porque carezcan de atributos físicos encajados en la forma (los hay bellos) sino porque usan el cuerpo como herramienta, fortaleza y arma, son el filo de la ciudad. Aparecen sin maquillaje: “Un hombre feo, muy blanco, pero amarillento o blanquecino, no discernía, un hombre de sombrero y de ojos sombríos, los ojos allá en el fondo de la cara, brazos finos, se acercó hasta el rincón y lanzó una sonrisa abierta”.

Las pirañas

Las pirañas tienen colmillos cual navajas. Son voraces, en la barahúnda por alcanzar un pedazo del botín se comen entre sí como si saludaran buena suerte. Las pirañas están al final de la pirámide. Depredan juntas. Los colmillos del compañero se sienten, aun ocultos. Malagueta, Perus y Bacanazo [Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2012] son pirañas en el mar urbano burbujeante de sangre, inocencia y pícaros dispuestos a usufructuar con su estirpe de bajeza. “Bacanazo era el mejor taco, jugador maduro, ladino peligroso del juego, de los naipes y del snooker, moreno vistoso y mandón, pícaro de mujeres”, amante proxeneta, manipulador, “Malandrín fino, vago de mucha línea, tenía la consideración de los policías”. Un piraña de diente fino, de filo tibio y puntapié definido.

El más viejo, “Malagueta, piraña rápida, profesor de intimidación y provocación, viejo de mucho traqueteo, que bajo su quietud mucha piratería aprontaba, era sólo un viejo encogido” al interior de sus escamas pero con el hocico adornado con hilachos de carne pútrida. Viejo piraña del taco, sufridor y vividor, justo ahí donde la línea de vida gira para hacer círculo, habitante de ese nudo.

El viejo mirando al perro. Gracioso, también él era un buscavidas. Un sufridor, un pobretón, como el perro. Igualitos. Su día de rebusque y búsqueda. Ninguna facilidad, nadie que le diese la menor ventaja. Intentó golpe, intentó hurto, limosna intentó, que mendigar era el último de los rebusques en que el viejo se defendía.

Jóvenes vuelan cometas en la favela Babilonia, de Río de Janeiro. Foto © Karen Hoffman.

Jóvenes vuelan cometas en la favela Babilonia, de Río de Janeiro. Foto © Karen Hoffman.

El tercero, el más joven, cercano a la inocencia. En viaje veloz a la sufridera de la calle, del juego y la policía siempre voraz de carne indigente, débil, porque las pirañas prefieren lo fácil aunque todo se dificulte y de pirañas traicioneras la policía sabe un mundo. Perus, “El niño Perus era algo, pero no sabía que lo era. Modelo, como dicen las mujeres. Mal vestido, era verdad, pero en él iban bien los ojos claros, un poco descorazonados; iba bien el pecho ancho afinándose con la buena altura, cuerpo ágil de actitud rápida”. Perus, dientecitos ya afilados. Dientecitos limpios, apenas unas ganancias, lo demás para el patrón, Bacanazo. Perus con mirada para allende las troneras, más lejos que las favelas para retornar al piso sobre el que está (quizá João Antônio):

Entró en el salón, apenas reparó en las cosas, fue hacia la ventana. Unas ganas tontas. No quería perderse el instante del nacimiento de aquel rojo. Y no podía explicar aquel sentir a los compañeros. Se burlarían de él, Malagueta haría muecas, Bacanazo tal vez senteciase:
—¡Pero déjate de mariconadas, rapaz!

Malagueta, Perus y Bacanazo, así vistos por João Antônio entre los intersticios mugrosos de San Pablo. Entre las grietas, habilitados para respirar desde ahí. Llenar los pulmones con su vileza y lograr el éxito de campear sobre aceras y montar buses, bailar en las mesas con los tacos atiznados y el tiro amparado por la conjura. Pirañas de charcos en calles desamparadas. Reflejo del filo de la ciudad o el filo avivado por el juego, el pozo, la vida, las bolas girando, la blanca al chocar revienta billetes. De salón en salón, un bar, dos bares, tres historias, un triunfo gracias al engaño, un extravío “Con sus calles limpias e iluminadas y autos caros y enamorados seduciéndose, ropas domingueras para todos los días, aquella gente bien dormida, bien vestida y tranquila en las buenas zonas de las residencias de Agua Blanca y de los comienzos de Perdices”, y un suplicio de búsqueda. Un suplicio para llenar los bolsillos o para apagar la flama de bajeza. Suplicio. Sufrimiento. Madrugada sin frutos. Madrugada perdida. Madrugada sin juego. Suplicio. “Si uno saliera por ahí contando lo arriesgado de la vida de un sufridor, los incautos, con sus vidas mansas, probablemente dirían que es lloriqueo”.

João Antônio muestra, con Malagueta, Perus y Bacanazo, cómo las pirañas están destinadas a perecer en los intestinos de otras pirañas, ilustra el juego y sus armas con tibia dureza, con sequedad humedecida por efluvios corporales, por dramas y vidas ligadas con el barro de las calles. Repito, el filo de estas vidas está formado por la circularidad que aborta futuro y revitaliza el presente con sabiduría del día a días. Como se entiende en la historia final, siEl dinero es del juego y para el juego, de donde viene y a donde va”, entonces el giro es la fuerza del siguiente vuelco, el fin es reinicio, la noche el mango por el que se toma el día, la fortuna del descarrilamiento sólo es la tortura de elevar el cuerpo desvanecido para darle, otra y otra vez a la misma cosa, a la misma vida. No hay futuro, tampoco hay drama, no duele esa ausencia, tampoco la derrota, porque se entiende, se ama y se vive la tragedia con la premisa de que nada se mueve a menos que se detenga el alma. Sin embargo “Ningún vida mansa percibiría nunca lo que ocurría con Malagueta, Perus y Bacanazo. Sólo un vagabundo”. ®

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Publicado en: Libros y autores, Mayo 2013


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