Soñar con dragones y literatura bastarda

Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin

En el universo de Martin bien y mal conviven en todos los personajes. Todos y cada uno tienen intereses personales. Si bien existen aquellos que tratan de apegarse a los ideales de comportamiento, ninguno lo logra por completo. Todos cometen errores. Muchas veces mortales.

Este relato se debe a una sola cosa: una historia que me hizo soñar con dragones. Todo lo demás debe verse bajo esa luz: ¿qué tan objetiva, académica, puede ser la opinión sobre un relato que me hizo soñar con dragones? Y ojo, no fue sólo una vez. Durante varias noches, en un viaje de dos meses, leyendo cinco tomos —mamotretos entre 700 y mil cuartillas cada uno, y faltan otros dos libros. Una historia de poder, política, violencia, sexo —mucho sexo— y “fantasía” (ese subgénero bastardo que, junto con la policiaca y la ficción científica, ocupan un lugar secundario en la literatura).

¿Soñar con dragones debido a una historia de poder? El acierto de Canción de hielo y fuego reside en ello. No es una “historia de fantasía”.

J. R. R. Tolkien advirtió en su momento que los cuentos de hadas que se centran en la fantasía son una perversión del género, y por regla común son abominables: sus herederas, esas espantosas haditas en tazas de te, que sólo pueden interesar a las ancianas solteronas y a los niños más pequeños. Por el contrario, la fantasía es sólo el ambiente en el que se desarrollan las historias humanas, con intereses humanos, pasiones que llevan a los personajes por paisajes desconocidos y peligrosos…

En el universo de Martin bien y mal conviven en todos los personajes. Todos y cada uno tienen intereses personales. Si bien existen aquellos que tratan de apegarse a los ideales de comportamiento, ninguno lo logra por completo. Todos cometen errores. Muchas veces mortales.

Canción de hielo y fuego es una historia sobre el poder. Los dragones, la magia, son incidentales y podrían muy bien ser una metáfora de las bombas atómicas: aquel que tiene una bomba atómica podrá tener el control.

En el mundo anglosajón Historia de hielo y fuego se ha convertido en una historia “de culto” entre los seguidores del subgénero de fantasía. Desde que se llevó a la televisión en la serie de HBO Juego de tronos ha alcanzado la masificación. El autor, George R. R. Martin, se hizo en la creación de guiones de televisión. Según su biografía ha vendido historias, pero muchas no se llevaron a la pantalla. La prensa lo ha llamado “el Tolkien estadounidense”.

Pero esto es erróneo.

El universo de Tolkien transita en los entretelones de las historias de caballería, donde la diferencia entre bien y mal es marcada e inconfundible. Es un auténtico heredero de los ideales maniqueos de la esplendorosa y oscura Edad Media.

En el universo de Martin bien y mal conviven en todos los personajes. Todos y cada uno tienen intereses personales. Si bien existen aquellos que tratan de apegarse a los ideales de comportamiento, ninguno lo logra por completo. Todos cometen errores. Muchas veces mortales.

Heredera bastarda

El salón de la fama de la literatura ha sido ingrata con sus hijas bastardas: los géneros policiaco, fantástico, la ciencia ficción. Como en el teatro de antaño, los aplausos sin vergüenza estaban reservados al drama. Jamás a las comedias o piezas infantiles. Pero desde la primera mitad del siglo XX los medios de comunicación, la llegada del cine, rompieron la camisa de fuerza que imponía la llamada alta cultura. Por lo menos en la pantalla grande, y en los libritos pulp, imperó el melodrama, los efectos especiales, la pobreza de la trama, supeditada a la grandiosidad de la imagen.

En ese ambiente de simplicidad y efectismo, en la literatura comenzaron a desarrollarse estos géneros “bastardos” de manera exponencial: la novela negra alimentó al cine y viceversa; las superproducciones de Hollywood se inspiraron en esos relatos cortos y efectistas de toda una generación de ciencia ficción, mientras los críticos, los representantes de la alta cultura, miraban entre fascinados y asqueados estos fenómenos. Hasta los años setenta, las discusiones sobre las llamadas alta y baja cultura dominaron el panorama académico.

Lo cierto es que esta mezcla de formatos y lenguajes, de tramas supeditadas a la imagen llegó para quedarse y, en ocasiones, elevarse a la llamada “alta cultura”.

La novela negra, por ejemplo, fue inicialmente despreciada por el jet-set intelectual. Ahora sus exponentes, como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, tienen un lugarcito en el salón de la literatura estadounidense, a pesar de que el éxito masivo se efectuó en las adaptaciones que se hicieron de sus historias al cine.

Televisión

El autor no niega su origen. La narrativa de Martin es televisiva. No existe gran prosa ni mucho menos. Utiliza los recursos más ruines de las series de televisión para atrapar al lector: cada capítulo queda con una interrogante que obliga a su público a seguir leyendo frenéticamente para conocer el desenlace… que nunca llega, porque, como en las telenovelas, el capítulo que uno espera saciará la curiosidad tiene a su vez un nuevo “continuará”.

También contiene escenas de sexo gratuitas, en las que describe hasta los cacofónicos diálogos de un encuentro sexual —Oh!, yes, yes, more, more. El suyo es un universo de largos inviernos, largos veranos y burdeles en cada esquina. Mucho sexo, mucha violencia. Esto logra su cometido: el lector no se aburre.

El autor no niega su origen. La narrativa de Martin es televisiva. No existe gran prosa ni mucho menos. Utiliza los recursos más ruines de las series de televisión para atrapar al lector: cada capítulo queda con una interrogante que obliga a su público a seguir leyendo frenéticamente para conocer el desenlace…

Pero quizá la aportación verdaderamente valiosa de la televisión a la literatura es el hecho de que la trama supera al personaje. A lo largo de la historia, los protagonistas —que uno seguía con ese afecto que se desarrolla por el personaje favorito— son asesinados. Personajes amados son sustituidos por otros. Lo anterior conlleva a que el lector se encuentre en un estado perpetuo de angustia. Ningún protagonista está seguro.

En otras palabras, se trata de la verdadera “historia interminable” que describía Michael Ende, en la que cada persona tiene un pequeño papel, por más grande o pequeño que éste sea. Pero la historia continuará a pesar de que los personajes entran y salen de ésta.

Esto conlleva una fuerte sensación de verosimilitud. La trama es como la vida misma, La incertidumbre de la vida real está presente. Pero más importante: la trama supera al personaje, porque el protagonista es la trama.

El lenguaje televisivo encontró así la aspiración de la literatura moderna que describía Borges: la primacía de la trama. Pero no deja de ser paradójico —y encantador— que lo logre en una obra de la llamada “baja cultura”. ®

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Publicado en: Enero 2012, Libros y autores


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