Soneros huastecos

Una forma de vida descrita por sus protagonistas

Ante los rumores de que el son huasteco se encuentra en peligro de extinción, aún quedan testigos que nos relatan cómo sienten y tocan este género musical, arraigado en sus costumbres y tradiciones, por lo que no se imaginan ni presagian su desaparición.

Don Arcadio, sonero de Puerto Grande, Hidalgo.

Don Arcadio, sonero de Puerto Grande, Hidalgo.

Las siguientes son dos entrevistas a músicos que interpretan sones huastecos, lo que aprendieron a hacer por sí mismos y por tradición oral. Cómo aprendieron a tocar el violín, el papel que desempeña el huapango en sus vidas y en la comunidad a la que pertenecen. Ésta es una mirada al mundo de Arcadio y Margarito.

Don Arcadio: Una gran pasión por su instrumento

Don Arcadio vive en un pequeño pueblo llamado Puerto Grande, ubicado en el municipio de Pacula, en el estado de Hidalgo. Tiene cincuenta años y es campesino, y toca el violín. Es un señor trabajador y vive solo, según me cuenta. Todas las noches se pone a tocar su instrumento y de vez en vez invita a sus amigos para echar huapango. Claro, unos pulques no deben faltar.

Don Arcadio me abrió las puertas de su casa a pesar de que mi visita sólo podía ser de noche, pues durante el día se encuentra trabajando. Durante la entrevista se mostró un poco nervioso, y más aún en el momento en que se rompió una cuerda del violín, pero, prevenido, inmediatamente sacó una nueva. Por los nervios, me pidió que la colocara: “A ver, ponla tú porque a mí me tiemblan las manos, es que ya me puse de nervios”, me dijo soltando algunas carcajadas. Tuve problemas al poner la cuerda pues nunca había colocado una, así que don Arcadio me corrigió y luego me dijo: “Yo la pondría pero a mí ya me fallan los ojos, verdad de Dios que yo pa’ ensartar una aguja ya no, yo le echo la culpa a la lumbre”.

Le pregunté a don Arcadio sobre los tonos que sabe tocar: “Yo nomás sé tocar en sol y re, eso de los tonos yo no me lo sé bien”. No empezó desde niño a tocar el violín, tuvieron que pasar dos décadas de su vida para que se decidiera o pudiera hacerlo: “Como a los veinte años empecé a tocar, ya no tan chiquillo”.

Don Arcadio cuenta los motivos principales que lo llevaron a tocar ese instrumento: “A uno le nace la inspiración de saber aquello, te nace la iniciativa”. Nos cuenta quién le enseñó las primeras notas: “A mí me enseñó por aquí un pariente, hijo de don Celestino, me dijo hazle así y así, porque él tenía más entusiasmo que yo, aunque aquí también Márgaro es canijo, hay que tener iniciativa”.

“A mí me enseñó por aquí un pariente, hijo de don Celestino, me dijo hazle así y así, porque él tenía más entusiasmo que yo, aunque aquí también Márgaro es canijo, hay que tener iniciativa”.

Arcadio hace una distinción entre la forma de enseñanza de la jarana y del violín, señalando que para aquélla sí hay pisadas, pero para el violín solamente es el “sentido”, el cual interpreto como la musicalidad, donde conviven la audición, el ritmo y la afectividad: “El violín no es como la jarana o la guitarra, allí sí hay pisadas, pero en el violín nomás es el sentido. En una ocasión teníamos el concurso acá abajo, y a don Poncho, que es el jaranero, le habían dado el disco para que entrenáramos, para esto quiere entrenamiento”.

Para poder afinar el violín, el oído y la memoria auditiva desempeñan un papel muy importante pues no se tiene ningún sonido como referencia: “Pus eso también te lo tienes que aprender, tienes que aprenderte el sonido y ya tú le vas buscando, también es nomás el puro sentido”.

Está seguro de que es importante enseñarle huapango a los más jóvenes, cree que es una tarea necesaria, también dice que hay músicos que creen que no es importante enseñarle a los demás: “Sí, mira, te voy a decir, ustedes son unos chavitos, mi sabiduría no me la voy a llevar a la tumba, hay mucha gente que sí allá de aquel lado. Yo les he enseñado por aquí a unos muchachos, cuando yo veo que les interesa yo les enseño, pero hay algunos que no les interesa, no quieren entrenar, como que no quieren aprender, pero hay otros que sí”.

Mi sabiduría no me la voy a llevar a la tumba, hay mucha gente que sí allá de aquel lado. Yo les he enseñado por aquí a unos muchachos, cuando yo veo que les interesa yo les enseño, pero hay algunos que no les interesa, no quieren entrenar, como que no quieren aprender.

Arcadio aprende las canciones oyéndolas en la radio o en los discos, pero jamás toca algo idéntico a lo que escucha, sino que modifica las piezas según su gusto: “Oyendo los discos, las canciones, aunque yo nomás sé tocar en sol y en re, nomás con puro sentido, pero siempre poniendo un poco de tu cosecha, no tiene sentido hacer lo que ya está”.

Piensa que no cualquiera puede tocar huapango: “Se requiere entrenamiento, no cualquiera, hay que tener sentido pa’ tocar. La iniciativa es importante, deben salir las cosas de tu inspiración, porque puedes agarrar de lo que ya está, pero no tiene chiste”.

Cree también que las canciones se componen al momento, aunque a él se le complica y tiene que hacerlo despacio: “Sí, despacito ahí va, en un trovo ahí sí va de volada”. Don Arcadio me cuenta una anécdota que recuerda con mucho cariño, de cuando lo invitaron a tocar a un acto importante: “Una vez nos invitaron a tocar para allá en Mizcahuales, justamente en ese tiempo andaba en campaña un presidente, y ahí me dijo ese señor, el profesor: ‘Aquí se van a cantar unas canciones y unos huapangos’. Entonces yo les dije a los compañeros que iban conmigo que nos echáramos un trovo, y le dije, conste que no soy mentiroso: Qué bonito es Mizcahuales, cuando se encuentra en ambiente, este verso se lo dedico, al futuro presidente. Hasta me aplaudieron. Fue en el momento, las cosas así deben de salir”.

¿De qué hablan las canciones que escucha, le peregunto a don Arcadio, y me responde: “Pus de todo, puedes hablar casi de lo que quieras”. ¿Cuáles le gustan? “Más las que hablan de las muchachas”, dice y estalla en carcajadas.

Arcadio interpreta unos sones, los cuales tuve la fortuna de grabar.

Don Margarito: Frente a frente con mi primer instrumento

La llegada a la casa de Margarito —también de Puerto Grande, en el municipio de Pacula, en el estado de Hidalgo— fue muy acogedora: inmediatamente me ofrecieron un pedazo de pan y un pulque, pero como el pulque no es de mi agrado acepté una cerveza. Esta vez llevé mi guitarra para ver si podía acompañar a don Márgaro en alguna canción. Me sorprendió la afinación del violín pues no utilizó ningún sonido como referencia para afinarlo; al decirme que estaba tocando en sol ejecuté ese acorde en la guitarra e inicié un acompañamiento sencillo, con el acorde fundamental y su dominante (pues así lo requería la canción) y lo que tocaba él en el violín encajaba sin problemas con la armonía de la guitarra.

Soneros.

Soneros.

Después le expliqué a don Márgaro el motivo de mi visita. Su respuesta me sorprendió, me dijo con el rostro lleno de alegría: “Para mí es un orgullo que me entrevistes de algo que me gusta hacer tanto, lo que yo sepa y te pueda contestar pues adelante, yo no soy envidioso, hay otros que sí”.

Lo primero que me cuenta es sobre su primer instrumento, fabricado por él mismo: “Yo era pastor, miraba a otros tríos de aquí de la región y me dio la curiosidad por el sonido y todo eso, y yo elaboré un violín a mano. Las cuerdas las hice con niztle de maguey, así se le llama, una más delgadita y otra más gruesa, depende del diámetro, hasta completar las cuatro, y ora sí que de ahí me nació eso de tocar, tendría yo unos siete u ocho años”.

Yo era pastor, miraba a otros tríos de aquí de la región y me dio la curiosidad por el sonido y todo eso, y yo elaboré un violín a mano. Las cuerdas las hice con niztle de maguey, así se le llama.

¿Y quién le había dicho como hacer su instrumento? “Yo me las ingenié, en aquellos tiempos había portadas de los discos, unos discos grandes, y ahí venían los tríos mostrando su instrumento, y de acuerdo a eso yo elaboré uno similar, o sea más o menos, no exactamente”.

Don Márgaro, con un tono de lamento, me cuenta: “Yo nunca he tenido la oportunidad de tener compañeros, no he tocado bien en algún trío, puras tocadas donde me invitan nomás. No estoy acostumbrado a que me acompañen otros compañeros, y eso es el complemento, porque yo nomás así solo pus no, por eso se compone de tres y se llama trío”.

Le pregunto si recuerda alguna anécdota de manera especial, y con una sonrisa en la cara y su mirada hacia el horizonte me responde: “Hubo una ocasión que me invitaron al Aguacatito, según que los músicos que habían contratado no eran de su agrado y había ora sí que una comisión y me dijeron: ‘Queremos que vayas’. Y sí, se hizo el baile, en aquel tiempo había las grabadoras, ahí andaban todos grabando con su grabadora. De hecho son regiones como muy agradecidas, el interés no es de que sepas tocar, el interés es de que haya el ruido, carecía yo todavía en aquellos tiempos de mucha habilidad en el violín, no sabía de tonos ni todo eso. Sin embargo, todavía me los encuentro y me dicen ‘¡Aquella vez que fuiste, aquella vez que fuiste!’ ¡Pus yo era nada más iniciante!, bueno todavía soy”.

¿Eso de los tonos cómo lo aprendió? Márgaro contesta: “Pura mente, nadie me enseñó, eso sí es pura mente. En realidad carezco de los tonos, nomás sé sol, re y poquito la (por cierto, con mucho sentido, pues puede usar sol como fundamental y re como su dominante; también puede usar re como fundamental y la como dominante).

Margarito es un hombre de cincuenta años y también de Puerto Grande. Se dedica, con sus propias palabras, a “albañil, campesino y lo que encuentre”. Con una mirada profunda relata los motivos que lo llevaron a tocar el violín: “Más que nada la alegría, como que te despierta algo adentro que tiene que salir”. Nadie le enseñó a tocar su instrumento y aprendió por su cuenta: “Nadie, nadie. Todos los hermanos tuvimos esa inquietud, pero ora sí que sin maestro sin nada, a rumbo namás”.

Era yo chiquillo, y en aquel tiempo no había tríos que salieran en el radio, eran puros tríos de aquí de la región. Después ya empezaron a salir en el radio, y ya en el radio le pone uno más atención, ya empezaba a salir que tal canción, que tal huapango, y luego los discos…

Al igual que don Arcadio, Márgaro aprende las canciones escuchándolas en el radio y en discos, aunque también las aprende escuchándolas a los tríos de la región: “Te vuelvo a repetir, era yo chiquillo, y en aquel tiempo no había tríos que salieran en el radio, eran puros tríos de aquí de la región. Después ya empezaron a salir en el radio, y ya en el radio le pone uno más atención, ya empezaba a salir que tal canción, que tal huapango, y luego los discos, ya hubo unos discotes así grandes, entonces uno ya iba guardando el ritmo y la tonada. Todo era con un material muy corriente, la mera vedad no teníamos otro al alcance”.

Margarito explica también cómo le enseñaría a alguien a tocar el violín: Se necesita mucho entusiasmo, que le llame la atención a uno, por más que le digas a alguien que esto va así, tiene que ser que a él le nazca; pero sí, lo poquito que yo sepa, les puedo decir cómo iniciar una canción, un huapango, que no conozco muchos, pero de acuerdo a mi capacidad te puedo decir en qué forma lo puedes iniciar”.

Le pregunto a Márgaro por qué toca huapango y me responde: “Por el gusto. De hecho el huapango es el origen de aquí de nosotros, es la base de nuestra cultura y conservamos todavía la tradición, es muy bonito”.

Es complicado tocar huapango, no cualquiera puede hacerlo, dice Márgaro, se necesita mucha pasión y “mentalidad”: “No, ahí sí está difícil, es que hay unas notas muy complicadas, yo todavía soy iniciante pero hay unos que tienen más preparación, tienen más calidad, pues, yo apenas toco cualquier huapanguito.Es pura mentalidad y parte de pasión, o sea las notas deben ir de acuerdo a la pasión, así a lo puro loco no”.

¿El ser músico de huapango es un oficio? “Esto es un arte, yo quisiera tener algo así como un título, una preparación; pero se necesita de compañeros, o sea es algo que nace. Ése ha sido mi deseo de superarme, de tener más publicidad. Pues una de las metas sería como tener un oficio, una fama más que nada, eso es lo más importante, y con cariño, de corazón. Puedo yo tener esa fama y no me nace”.

“El huapango no va a desaparecer, al contrario”, me dice, “te vuelvo a repetir, es la parte básica de aquí de nuestra región. Hoy en día, cuando hay una fiesta, lo que resalta más es la música de violín, o sea de huapango. Se me hace que el huapango va a ser inextinguible, no se va a acabar. Tocando huapango baila desde el más chiquito hasta el más grande, viejitos ya de edad se sueltan a bailar”.

Me habla de un son muy especial que se toca a los difuntos: “Aquí cuando alguien se muere tocamos algo que se llama minueto, se toca mientras va la procesión”. Margarito habla también sobre las letras de las canciones, las letras se componen basadas en hechos reales: “Mira, todos los versos, así les nombran, son acertados. Hablan de algo que ha pasado o es lo que sientes. Cuando se hace una canción es porque tienes un amor con una persona o con la mujer, todo eso viene relacionado, no es que voy a hacer un verso nomás a lo loco, todo viene casado”.

A pesar de que le gustaría, Márgaro confiesa que no se siente con la habilidad de trovar: “Me gustaría que pudiera yo tener esa certeza, pero no, se necesita de mucha capacidad, los versos son así al instante, ves una persona y luego luego le echas el verso. Pero no, carezco yo de esas cosas”.

Con una ansiedad ya casi incontenible, pues desde que llegué a su casa Márgaro quería tocar, al fin llega el momento en el que toca algunos sones, los mismos que pude grabar y disfrutar, incluso algunos los acompañé con la guitarra, aunque no con tanta maestría… ®

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Publicado en: Junio 2013, Música


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