Tabula Asiae

Toronto

En Toronto, en la pared de mi hermano, están los mapas falsos. Viejos retratos de Ceilán. El resultado de observaciones, atisbos de embarcaciones comerciantes, teorías del sextante. Las siluetas varían tanto que parecen traducciones —de Ptolomeo, Mercator, François Valentyn, Mortier y Heydt— en progresión, desde las formas míticas hasta la ineludible precisión. Amiba, luego sólido rectángulo y después la isla tal y como la conocemos ahora, un arete colgando de la oreja de la India. A su alrededor, un océano cardado en azul, atareado con delfines e hipocampos, querubines y brújulas. Ceilán flota sobre el océano Índico y ostenta sus candorosas montañas, dibujos de casuarios y jabalíes que, sin perspectiva, saltan a través del “desertum” y de un llano imaginado.

En el borde de los mapas, una franja enrollada muestra feroces elefantes calzados, una reina blanca ofreciendo un collar a algunos indígenas que llevan colmillos y una caracola, un rey moro que se alza entre el poderío de los libros y la armadura. En la esquina suroeste de algunos planos cartográficos hay sátiros, pezuñas profundamente enterradas en la espuma, escuchando el sonido de la isla, sus colas se retuercen en las olas.

Los mapas revelan rumores de topografía, las rutas de invasiones y comercio, y la mentalidad loca y oscura de las historias de viajeros aparece en varios registros árabes, y chinos, y medievales. La isla sedujo a toda Europa. Los portugueses. Los holandeses. Los ingleses. Y así fue que su nombre cambió, al igual que su silueta —Serendip, Ratnapida (“isla de gemas”), Taprobane, Zeloan, Zeilan, Seyllan, Ceilon y Ceylon—, la esposa de muchos matrimonios, cortejada por invasores que desembarcaron y reclamaron todo con el poder de sus espadas o biblia o lengua.

Este arete, una vez que su silueta dejó de moverse, se convirtió en espejo. Fingió reflejar cada poder europeo mientras llegaban nuevos navíos y regaban sus nacionalidades, algunas de las cuales permanecieron y se casaron entre sí. Mi propio antepasado llegó en 1600, un doctor que curó a la hija del gobernador con una hierba extraña y fue recompensado con tierra, una esposa extranjera y un apellido nuevo, la versión ortográfica holandesa del que ya tenía. Ondaatje. Una parodia de la lengua reinante. Y cuando murió su esposa holandesa, se casó con una mujer cingalesa, tuvo nueve hijos y se quedó. Aquí. En el centro del rumor. En este punto del mapa. ®

—Tomado de Michael Ondaatje, Running in the family, Nueva York: Vintage International, 1982.

Traducción: Aradai Pardo Martínez.

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Publicado en: Enero 2012, Narrativa

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