Tarantino: More Bang for the Buck

Invertir los papeles, para variar

Aunque Obama diga lo contrario, Tarantino no está muy lejos de la realidad cuando en la premiación de los Golden Globe Awards levantó cejas al opinar que la esclavitud persiste en Estados Unidos en la forma de leyes antidrogas, las cuales han puesto tras las rejas a un desproporcionado porcentaje de la población afroamericana.

Django

Para el discurso moral estadounidense, consagrado desde el púlpito, la ficción barata de Quentin Tarantino peca tanto como incomoda. Sobre todo por ese hábito malformado que tiene de frecuentar con obvia intemperancia —en medio de litros de crúor y plomo— los bajos fondos de la psique norteamericana. La misma de Twain, ésa que sucede entre grandes brechas clasistas y descarado atraso social—racismo, misoginia, machismo; en fin, de todo lo que escapa el moto de lo “políticamente correcto”.

Nada de esto valdría la pena resaltar si no fuera por la reciente decisión de los medios angloparlantes de iniciar una cruzada en contra de la “cultura de la violencia”. Así, tras el estreno de su Django Unchained Tarantino ha sido bombardeado con recicladas críticas sobre el uso “excesivo” de violencia en sus películas, explotando hasta la náusea el trasfondo de los recientes tiroteos asesinos en Newton, Connecticut, y Aurora, Colorado.

En una entrevista en la National Public Radio, un Tarantino visiblemente encabronado reviró: “Obviamente la cuestión es control de armas y salud mental”, no la violencia en el cine, y añadió: “¿Vería una película de kung-fu tres días después de la masacre en Sandy Hook? Tal vez, porque no tienen nada que ver entre sí”. Una respuesta adecuada al déficit cognitivo de la pregunta.

En este contexto, no sorprende que el gobierno estadounidense haya intimado posibles restricciones a la representación de violencia en las películas comerciales. Por suerte para los censores, los filmes clásicos de los directores emblemáticos del cine de aquel país —Scorsese, De Palma, Coppola, Stone o incluso Hitchcock— son sobre unicornios y arcoíris. Sin obviar, por supuesto, la gran cantidad de propaganda bélica cinematográfica destinada a estimular su jingoísmo imperial.

Por suerte para los censores, los filmes clásicos de los directores emblemáticos del cine de aquel país —Scorsese, De Palma, Coppola, Stone o incluso Hitchcock— son sobre unicornios y arcoíris. Sin obviar, por supuesto, la gran cantidad de propaganda bélica cinematográfica destinada a estimular su jingoísmo imperial.

Sin embargo, lo que está en juego esta vez es más que la posibilidad de observar o no balazos y gore en los cines. El gobierno pretende restringir la portación de armas de fuego en Estados Unidos —un derecho civil codificado en la constitución estadounidense tras la experiencia de las milicias locales que nutrieron la guerra independentista en contra de la corona británica en el siglo XVIII. Este derecho es una conquista política que ha desempeñado un papel instrumental en la autodefensa de la luchas sociales progresistas más importantes de ese país en los últimos dos siglos. Basta recordar, por ejemplo, las batallas huelguísticas de los sindicatos en los treinta contra esquiroles y policías, así como la autodefensa armada de radicales negros en los años cincuenta y sesenta en contra del Ku Klux Klan y el terror racista del sur de Jim Crow.

Quentin Tarantino.

Quentin Tarantino.

La violencia producto de psicópatas armados no es más que un grano de arena en el mar de terror estatal que supera con creces cualquier ficción cinematográfica. Desde las guerras de ocupación estadounidenses en todo el orbe hasta la ubicua brutalidad policiaca en guetos y barrios pobres, las operaciones encubiertas y no encubiertas de agencias de inteligencia y la rauda aplicación de la pena de muerte. El punto de esta hipócrita campaña es reforzar el monopolio de armas por parte del Estado con un fin claramente orwelliano.

En este sentido, el retrato que Tarantino hace de Django —un pistolero negro que se dedica a cobrar venganza contra los esclavistas blancos— es un trago no sólo amargo sino laxante para la clase gobernante estadounidense. Aunque Obama diga lo contrario, Tarantino no está muy lejos de la realidad cuando en la premiación de los Golden Globe Awards levantó cejas tras opinar que la esclavitud persiste en Estados Unidos mediante las reaccionarias leyes antidrogas que han puesto tras las rejas a un desproporcionado porcentaje de la población negra.

Siendo justos, es el espectro de Malcom X y Robert F. Williams lo que inquieta a la élite política estadounidense, no las fantasías cinematográficas de una imaginación algo fuera del patrón comercial de Hollywood. Pero para una tarde de sano entretenimiento, la violencia en los filmes de Tarantino, que por lo general contiene una torrencial revancha de los sojuzgados, es una bocanada de aire fresco.

Siendo justos, es el espectro de Malcom X y Robert F. Williams lo que inquieta a la élite política estadounidense, no las fantasías cinematográficas de una imaginación algo fuera del patrón comercial de Hollywood.

Esto es lo que muchos de los seguidores del spaghetti westernanhelan ver: el castigo ejemplar de una suástica tallada de por vida sobre la frente de un asesino nazi o un antiguo esclavo negro pateando el trasero de esclavistas despiadados. Fantasías provenientes de la mente locuaz de Quentin sobre cómo sería un mundo donde los oprimidos e injuriados invirtieran los papeles, para variar. ®

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Publicado en: Cine, Febrero 2013


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  • Gerardo

    Estados Unidos es un país hipócrita como cualquier buen cristiano, no es culpa, creo yo, de la excesiva venta de armas. Va sonar feo lo que voy a decir: las matanzas en las escuelas han sido mínimas en comparación con la violencia en las calles, lo que pasado, podría ser peor y, es todavía peor el tratamiento que realizan los medios sobre el acontecimiento en sí. Es horrible que niños o adolescentes mueran, tal vez, gente como Tarantino, Scorsese, Haneke, Chan-Wook Park, entre otros, retratan como en épocas anteriores lo hacían, por ejemplo, Caravaggio; la violencia es parte de la atroz vida humana, vean un vídeo de un parto y díganme si eso no es violencia.

    No podemos acabar con la violencia, simplemente combatirla con más violencia o soportarla con estoicismo. Combatimos no contra preceptos morales o políticos, sino contra el instinto humano, el cual, todavía no ha sido descifrado.