Tecnología y cultura

Todo ha cambiado (y ya nada volverá a ser como antes)

Periodismo, cultura, brecha digital… ya nada volverá a ser como antes. El autor de este ensayo, periodista español, habla con optimismo de los nuevos cambios tecnológicos que ya son tan familiares para las novísimas generaciones, pero no para quienes nos vimos forzados a cambiar de hábitos de lectura y de información.

Hace unos años que sigo a Enrique Dans, uno de los gurús de Internet en España (nuestro Nicholas Negroponte, si me pongo estupendo). Acaba de mandar a la imprenta su primer libro: Todo va a cambiar y ya se queda corto en el título. ¿Recuerdan cuando cualquier escritor era reacio a hablar de su nuevo ensayo o novela? ¿Aquella mezcla de superstición y vanidad? Bien: el texto del prólogo de Todo va a cambiar estuvo accesible en Internet desde el 15 de febrero (el libro apareció en España el 4 de marzo) y el propio Dans habla sin tapujos de él en un video en YouTube que subió el 29 de enero de 2010. Este libro, que imagino estará accesible pronto desde cualquier lugar del mundo con conexión a Internet (dependerá de si la editorial le hace caso a las tesis del mismo Dans), enfoca sus planteamientos en todo lo que está impactando la tecnología en el mundo, sobre todo en el de la cultura. Lo que ha ocurrido con la industria musical y con la del cine en estos últimos años ha contagiado, quizás en menor tiempo aún, a la industria de los medios de comunicación —que ustedes lean Replicante ahora en digital y no en papel es uno de los cientos de ejemplos— y, en breve se abalanzará sobre la industria editorial por antonomasia, la de los libros.

Arthur C. Clarke escribió en su día (en el siglo pasado, entre 1962 y 1973) tres postulados que me vienen perfectos para ilustrar esta reflexión:

  • Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
  • La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
  • Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Arthur C. Clarke, visionario.

En cuanto a la primera ley de Clarke, probablemente todos los que nacimos en la era Gutenberg (por llamar de alguna manera a la etapa anterior a la Galaxia Internet) nos convertimos en científicos equivocados o poco previsores. Hace apenas unos años habríamos tachado de locos a quien nos dijera que en apenas cinco años cerrarían más de cien periódicos en Estados Unidos y que diarios centenarios como el The Washington Post tendrían problemas para salir en papel y deberían cerrar varias delegaciones para adaptarse a los nuevos tiempos. Mi hermano el mayor, que toda su vida ha comprado enciclopedias en papel, me habría mandado al cuerno si le hubiera planteado que en 2001 llegaría Wikipedia y dejaría obsoletos en unos años todos los árboles muertos que aún decoran la habitación más grande de la casa familiar. Y si a mi profesor de música, que se gastaba todo su dinero de las pagas extraordinarias en renovar su equipo de alta fidelidad, vinilos, CDs y ahora DVDs le hubieran dicho que los soportes físicos se extinguirían a esta velocidad le habría dado un síncope. Lo de los periódicos, las enciclopedias y la música va a pasar, está pasando ya, con los libros. Ese formato, que todos los que amamos la cultura idolatramos, será relegado como lo fueron los retratos de pintor por la fotografía. No sabemos con qué artefacto sucederá, si ganará el Kindle, si el iPad o algo que aún no ha salido (un amigo químico en Estados Unidos me dice que espere por el QUE ). ¿Qué importa? Lo que tengo claro es que durante un tiempo seguiremos conviviendo con el papel y, si la industria editorial no se enquista como hizo la de la música diciendo, como los científicos distinguidos equivocados, que algo es imposible, nos pasaremos en breve al libro digital.

Sí, millones de libros, miles de textos de enciclopedias a nuestro alcance. ¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer ante tanta abundancia? Si creen que yo tengo la respuesta me han sobrevalorado o son ustedes unos ingenuos. Sin embargo, las palabras no son inocentes y he escrito abundancia, no saturación o sobreinformación. Cada uno tiene que establecer sus prioridades, en función de la educación recibida, del medio social en que se inserta y de otros factores. Sabemos que los clásicos nunca fallan. ¿Qué ocurre con ellos? Están libres de derechos de autor. Una vez colocados en la Red su coste tiende a cero. Que su acceso sea totalmente libre y casi gratuito es cuestión de tiempo. Necesitarían más de una vida para leer los clásicos de todas las lenguas en sus diversas ramas. Así que procuren, al menos, divertirse con sus escogidos. ¿Se atreverá alguien, al estilo de Harold Bloom, a hacer un canon para la era de Internet? Si es así, que tenga cuidado con el título: en España nunca triunfaría algo titulado El canon digital.

Canon digital. Ese derecho medieval del portazgo en pleno siglo XXI

En la Edad Media había en Europa, en sus numerosos reinos, un impuesto llamado “del portazgo”, que se recuperó del antiguo Imperio Romano. Se aplicaba a las mercancías que entraban en determinado reino pero aquel impuesto era totalmente arbitrario: podía ser permanente (sobre caminos, para pagar el derecho de paso) o eventual (sobre todo en ferias y mercados). ¿Quién lo aplicaba? Los señores feudales de cada reino. ¿Basado en qué? En la protección y seguridad que decían que ofrecían. Un impuesto así se aplica en España ahora mismo sobre determinadas mercancías con excusa parecida:  los discos duros y los CDs vírgenes, entre otras cosas, pagan un canon digital como impuesto preventivo por si los usamos para copiar obras protegidas por derechos de autor. ¿Quién permite esto? El gobierno —da igual el color político o la ideología, aquí en España sólo ha gobernado la derecha (aunque con siglas socialistas) y la ultraderecha hasta ahora— presionado por lobbies de sociedades de gestión que dicen defender los feudos de sus autores/creadores.

Ese canon digital, ese portazgo del tercer milenio, se quiere extender ahora —el debate se está encarnizando este año, en Francia ya han hecho estragos Sarkozy y sus lobbies— a otros territorios de Internet, con lo que se puede poner en juego la neutralidad de la Red. Me ahorro explicarles este concepto con este excelente video de AdnStream.tv.

En resumen: quieren convertir la Red en una televisión de pago. Operadoras telefónicas (multinacionales que quieren trozos del pastel publicitario de Google y otras herramientas exitosas de Internet) presionan para que los gobiernos controlen nuestro acceso a todo ese mar de información en que hemos convertido Internet —no precisamente con la ayuda de estas multinacionales. Medios de comunicación que se han convertido en auténticos dinosaurios, tanto por su mastodontismo como por su evidente incapacidad de adaptación, buscan que en la Red todo sea de pago, que Google no liste y ofrezca en sus enlaces lo que ellos mismos o sus lectores han subido a la Red. En Latinoamérica quieren hacer lo mismo con el controvertido Acuerdo de Comercio Anti-piratería (ACTA si atendemos a sus siglas en inglés).

Todo ha cambiado: los mass media gestionaban antes una economía de la información de bienes escasos. Ahora en Internet, la abundancia de noticias, contenidos y cultura ha hecho que su posición y la de los productos que antes nos servían baje de precio, que no de valor.

Según otro de los gurús de los nuevos medios, el periodista Jeff Jarvis, el contenido dista de ser escaso: “Por muchos motivos diferentes siempre hay alguien ahí fuera que puede crear contenido que sirva a un propósito más o menos similar, que responda a la misma pregunta y que sea suficientemente bueno. Vender contenido como si fuese un consumible está desfasado. La información no es un bien escaso, o al menos no lo será durante mucho tiempo. Cuando no sé algo busco una respuesta, pero ahora es mucho más fácil conseguirla: Google te la da en 0.3 segundos, y si no lo hace, y muchos pedimos lo mismo, entonces alguien en Demand Media la escribirá para mí y para el resto del mundo por 20 dólares”.

Periodismo y democracia

Tenemos muchos contenidos, mucha información, eso es evidente, pero ¿quién la genera? Los últimos estudios que han salido de facultades de comunicación estadounidenses apuntan que casi 90% de lo que leemos cada día en los medios procede de notas de prensa. Eso quiere decir que periodismo independiente, las noticias críticas, los contenidos construidos con el debido y necesario contraste de fuentes, con el tiempo y el dinero necesario para hacer buen reporterismo, queda muy poco. Por si no fuera ya preocupante este escenario, la crisis mundial se ceba con los auténticos creadores de noticias, que suelen ser los periodistas de los medios de comunicación impresos (la televisión y la radio nunca han pasado de ser, salvo honrosas excepciones, meros replicadores y amplificadores de la tinta impresa. No lo sostengo a humo de pajas, pues he trabajado y conozco por dentro todos esos medios y a varios locutores y cabezas parlantes).

El periodismo riguroso es necesario en una democracia: ayuda a la gente a pensar, a controlar a sus gobernantes y pedirles explicaciones, a formar su criterio a la hora de acudir a las urnas. Pero, si nos ponemos a mirar el estado actual del mundo, ¿tenemos una democracia rigurosa en algún país? ¿O todos se limitan a copiar la democracia de Estados Unidos con ligeros toques nacionalistas en Europa y Latinoamérica? ¿Hace falta periodismo riguroso en una sociedad que va engañada a las urnas porque sus candidatos son escogidos por grandes lobbies o colocados a dedo por partidos que funcionan como tales? Quizás, si me dejo llevar por la depresión, diría que sólo hace falta periodismo de entretenimiento, que es el único que da dinero en este momento. Periodismo como entendían la religión los marxistas: opio para el pueblo.

Las nuevas tecnologías permiten ya que aquella idea de 1791 del panóptico de Bentham (aquella cárcel donde la sociedad entera podría mirar a sus delincuentes para corregirlos y rehabilitarlos) se pueda aplicar a nuestros gobernantes. Es aquí donde les quiero refrescar la segunda ley de Clarke: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Eso es lo que tenemos que hacer los periodistas con las nuevas tecnologías. Podemos publicar casi a coste cero, informar sobre lo que nos interesa como ciudadanos y lo que les interesa a nuestros vecinos. Sabemos que eso es complicado si los que nos gobiernan, incumpliendo reglas fundamentales de la democracia donde se supone que moran, no proporcionan información, no son transparentes. Si no entienden que el derecho a la información es un pilar básico del Estado de Derecho, pues garantiza la libertad de pensamiento, poco podemos hacer. Pero no podemos desistir y quizás debamos reinventar el lema del mayo de 1968 en Francia: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

¿Cómo hacer lo imposible? Cada día estamos observando cambios en los medios. Si nos siguen, verán también esos cambios en Replicante. Los periodistas y los creadores de contenidos culturales tenemos que perder esa obsesión instalada en conseguir audiencia (tráfico en Internet) y caminar hacia la calidad de los contenidos y la conexión intelectual con nuestros lectores —ahora no hay excusas para no saber lo que quieren, los tenemos conectados a nuestro Facebook, a nuestro Twitter, a nuestro Buzz o al RSS. Los editores deberán ingeniárselas para, una vez liberados de los enormes costes de impresión y distribución de antaño, hacer rentable un modelo tan cambiante. Patrocinios, publicidad e incluso donaciones serán tareas obligadas.

La conectividad con los lectores también tiene que darse con otros medios con tendencias similares a la nuestra u objetivos y áreas geográficas compartidas, hasta el punto de formar ecosistemas de medios digitales. Son las nuevas experiencias que se están multiplicando por todo el mundo: periodistas —que en muchos casos han sido despedidos de medios-dinosaurios— y bloggers independientes se ponen de acuerdo y generan una página donde informan de lo que ocurre en su comunidad. Nadie tiene mejor información ni de más calidad: no son notas de prensa replicadas, escriben sobre lo que pasa en la calle y han visto, el único periodismo riguroso que existe. El que contrasta y participa de la vida en la sociedad en que se inscribe.

En caso de que fallemos en esta búsqueda de lo imposible quizás los periodistas debamos buscar nuestra ropa de abrigo e irnos a Islandia. Allí, los de http://wikileaks.org nos aseguran absoluta libertad de expresión, un auténtico paraíso del reporterismo, según se puede leer aquí.

También podemos los periodistas intentar emular a viejas glorias, que creen que volverán las oscuras golondrinas en nuestro balcón los nidos a colgar, como Enrique Meneses en esta charla para jóvenes desorientados.

Los que quedan por el camino

Tercera ley de Clarke: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Sí: a alguna generación la daremos por perdida. En ocasiones por simples cuestiones geográficas —no me pidan datos de conexión a Internet en África porque no los conozco. Los esfuerzos de gurús como Nicholas Negroponte, de un portátil por niño, no han bastado—. En otras, porque a determinadas edades algunos humanos son reacios al cambio. El salto tecnológico es enorme: ahora que habíamos hecho grandes progresos en alfabetización llegan los ordenadores y media humanidad se queda encajada en la brecha digital. Más de media: en los países en vías de desarrollo las estadísticas están hablando de un acceso a la sociedad de la información en Internet de un escaso 15% de la población. Casi nada, casi nadie.

Algunos, y es lamentable, tendrán todo lo necesario para participar de la cultura con estas tecnologías pero no les dejarán: pongamos que hablamos de China, Cuba o Irán. La extensión de la democracia —aunque esté descafeinada como sucede ahora en el mundo— como el menos malo de los sistemas políticos debería llevar aparejada también una reducción de esa brecha digital, aunque en muchas ocasiones el acceso o no a las nuevas tecnologías es más cuestión de actitud personal que de país o sistema político en que a uno le tocó vivir.

Con magia o sin ella, si usted está aún leyendo esto es que confía en el medio y en la tecnología que lo hace posible. Es señal de que espera algún nuevo rumbo, una orientación en este océano tecnológico, quizás algún destello que podamos arrancarle a esta nueva lámpara de Aladino. Procuraremos eso: iluminar para que, al menos, sepamos quiénes son los 40 ladrones en esta cueva que, incluso antes de Platón, siempre fue la realidad. La analógica y la digital. Tiéntese la ropa, el genio no se puede volver a meter. ®

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Publicado en: Abril 2010, Tecnología, educación y cultura


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