Televisión en España

Remedios contra la telebasura y el sensacionalismo informativo

Ver la tele en directo no es moderno. Es una pérdida de tiempo que algunos sólo nos permitimos cuando queremos dormir una siesta. El televisor continúa siendo un genial somnífero a medio volumen a media tarde.

La televisión es un cacharro más del hogar. Así como de tu horno no van a salir buenos platos de comida si no te esmeras antes, seleccionando con mimo los ingredientes y ejecutando los pasos necesarios de la receta, en tu televisor no vas a ver programas de calidad si tu único esfuerzo es llegar a casa y sentarte en el sofá a digerir lo que toque en la parrilla de programación a esa hora.

En España está cada día más difícil —o más fácil, según se mire— consumir una televisión de calidad. Los horarios prime-time están llenos de telebasura, compuesta fundamentalmente por talk-shows donde lo más importante es dilucidar con quién duerme el famosete de turno (lo de follar se le supone, como antes en el ejército el honor a los soldados); por informativos donde los sucesos, las declaraciones de políticos y los espectáculos de variedades priman sobre lo demás y por reality-shows que son simples variantes, más o menos descabelladas, del Big-Brother original. A todo esto le sumamos series de producción nacional, series extranjeras dobladas al castellano (contra lo que se está pronunciando, quizás demasiado tarde, algún sector, pues impide que nuestro nivel de inglés progrese adecuadamente) y películas. Todas ellas trufadas con bloques publicitarios de varios minutos, autopromociones de las cadenas y demás fruslerías que ocasionan que la digestión televisiva sea larga como un día sin pan y más pesada que una comida copiosa.

¿Qué hacer ante este panorama? Reaccionar, bien en sentido apocalíptico, apagándola, o en sentido integrado: confeccionando cada uno su propio menú. Algo poco complicado si, como indican los últimos estudios sobre el fenómeno de las obsoletas 625 líneas —se ha abandonado la televisión analógica en España, ahora está implantada por completo la TDT, Televisión Digital Terrestre— la vemos solos. Entonces, cada persona, un televisor. Y cada televisor, una parrilla de programación distinta.

La dictadura de los índices de audiencia

Escribía Pierre Bourdieu en su ensayo Sobre la televisión [1996]:

Se puede y se debe luchar contra los índices de audiencia en nombre de la democracia. Parece una paradoja, porque la gente que defiende el reino de los índices de audiencia pretende que no hay nada más democrático, que hay que dejar a la gente la libertad de juzgar, de elegir. Los índices de audiencia significan la sanción del mercado, de la economía, es decir, de una legalidad externa y puramente comercial, y el sometimiento a las exigencias de ese instrumento de mercadotecnia que es el equivalente exacto en materia de cultura de lo que es la demagogia orientada por los sondeos de opinión en materia de política. La televisión gobernada por los índices de audiencia contribuye a que pesen sobre el consumidor supuestamente libre e ilustrado las imposiciones del mercado, que nada tienen que ver con la expresión democrática de una opinión colectiva ilustrada, racional, de una razón pública, como pretenden hacernos creer los demagogos cínicos. Los pensadores críticos y las organizaciones encargadas de expresar los intereses de los dominados están muy lejos de analizar claramente este problema.

Que en España lo más visto, cuando es gratis, sea el fútbol, indica que, antes que la democracia que proclama Bourdieu —conste que estoy con él— importa el pan y circo que pusieron de moda nuestros antiguos conquistadores, los romanos. No hay nada que hacer contra este deporte de masas en este país: hasta nuestros políticos están abducidos por él y llegaron a declararlo, como si hubiera que protegerlo aún más, “de interés general” (Álvarez Cascos, ministro de Aznar hoy cabreado con el Partido Popular y empoderado en Asturias, llegó a hacer una Ley del Fútbol) para que las cadenas de televisión de pago no “nos privaran” del espectáculo de 22 hombres persiguiendo una pelota.

A los que no nos gusta este deporte, que mueve cifras de escándalo en nuestra economía pero entre muy poca gente, los días de “partidos del siglo” (casi cada mes) son ideales para hacer fotos de ciudades vacías o para conducir tranquilos, pues el país se paraliza por completo.

La televisión no sirve para la filosofía, ni aquí ni en China

Como bien explicó en su día el discípulo de McLuhan, Neil Postman, la televisión no sirve para la filosofía: la forma que se emplea en ella, que tiende al espectáculo, a lo breve, a lo conciso, no sirve para el fondo de la filosofía. “La televisión nos brinda una conversación de imágenes y no de palabras, su forma conspira contra el contenido”, puntualizó.

En los inicios de la televisión y de la democracia en España (1976 a 1985 y 1990 a 1993) existía un programa, La Clave, en el que se debatía sobre los principales asuntos que preocupaban al país y en el cual, al final, incluso ofrecían bibliografía sobre el asunto tratado. El programa, copiado de uno francés, aún se sigue tomando como modelo de lo que debe ser una televisión de calidad: en él preponderaba la pluralidad, la rotación y frescura de los participantes y la capacidad crítica.

En España está cada día más difícil —o más fácil, según se mire— consumir una televisión de calidad. Los horarios prime-time están llenos de telebasura, compuesta fundamentalmente por talk-shows donde lo más importante es dilucidar con quién duerme el famosete de turno (lo de follar se le supone, como antes en el ejército el honor a los soldados)

Hoy en día los pequeños espacios que se dedican al debate político van metidos en inmensos programas-contenedor y, en una clara muestra de la deriva y ramplonería de nuestra democracia bipartidista, las posiciones de los participantes y casi lo que van a decir se sabe de antemano. Auténticos diálogos de besugos entre tertulianos que dicen lo que quieren oír los de sus posiciones ideológicas o alguna brutalidad para crear polémica barata, como en las nuevas televisiones con tendencias ultraderechistas, de las que se está llenando la escaleta televisiva. Un ejemplo de esos programas es La Noria, en la cadena Tele5 (propiedad de Berlusconi). Luego de contar, pongamos por caso, la última aventura amatoria de Belén Esteban, actual musa-choni (de la televisión nacional), el presentador da paso, con pasmosa diligencia, a una tertulia donde se va a hablar sobre el último escándalo en el Parlamento, del penúltimo caso de corrupción política o sobre los efectos de la reciente visita del teócrata que gobierna el Vaticano y las mentes de sus acólitos en otras partes del mundo. Los participantes en la tertulia apenas suelen variar: tres para el espectro de las derechas y otros tantos para el abanico de las izquierdas. Es ya raro que haya un mediopensionista, alternativo o hippie en estos programas, tan reglados y —aunque parezca paradójico— políticamente correctos. Eso en una cadena privada, como la del gobernante italiano: en la pública, TVE1, programan 59 segundos, donde se fía a ese tiempo lo que cada participante puede decir en su turno de palabra sobre el tema tratado. ¿Qué significa eso? Que sólo se pueden soltar mensajes convencionales y concisos, como bien sostiene el maestro Chomsky.

Lo mismo que aplicamos al debate político —la televisión como herramienta para la cohesión social, como formadora de comunidad— se puede colegir de la cultura en general. Los programas sobre libros, además de ser soberanamente aburridos, aunque los presenten provocadores cambiachaquetas como Sánchez Dragó, los ve aún menos gente que la que habitualmente lee. Por el medio también se introduce la industria editorial, que busca promocionar a sus autores y no se suele guiar por calidades ni autoridades, sino, como se dijo antes de la publicidad, por estudios de mercado y las dictatoriales cifras de lo más vendido o lo más demandado en determinado —y cada vez más efímero— momento. Los programas de música, justo cuando más música se produce pero más repartido está el pastel, casi han desaparecido de la parrilla de televisión. Ni siquiera la MTV, que nació para dar visibilidad a una parte de la música, ha resistido la tentación de dedicarse a reality-shows y telebasura de esa especie.

¿Periodismo o cabezas parlantes?

El periodismo, al menos tal como se concibe en sentido estricto, tampoco se puede hacer en televisión por el carácter de espectáculo que ésta imprime a cualquier producto que allí aparezca. En 1996 —apenas se había popularizado internet en el mundo y Bourdieu escribió su ensayo incluso antes— el pensador francés sostenía que

los periodistas deben su importancia en el mundo social a que ostentan el monopolio de hecho de los medios de producción y difusión a gran escala de la información, mediante los cuales regulan el acceso de los ciudadanos de a pie, así como de los demás productores culturales, científicos, artistas, escritores, a lo que a veces se llama el espacio público, es decir, la difusión a gran escala. […] Y gracias a ello gozan, por lo menos los más poderosos, de una consideración con frecuencia desproporcionada en relación con sus méritos intelectuales.

La Red ha desbaratado esa posición dominante y está comiendo el terreno a las cabezas parlantes de los telediarios —noticiarios de tv— a pasos agigantados. En España, uno de los espacios con más solera en el periodismo propiamente dicho es Informe semanal, donde se recogen los temas más “duraderos e importantes” y se tratan en profundidad. En periodismo de investigación se dan situaciones chocantes como que la presentadora del reality Gran Hermano, Mercedes Milá, también colabora en un programa de denuncia de corrupciones cotidianas. Esta periodista de formación —su hermano también lo es y fue presentador de telediarios en la cadena pública— justifica su presencia en un reality diciendo que es un “gran experimento sociológico” (sic).

La crudeza de las imágenes de los noticiarios televisivos es a menudo denunciada, incluso en revistas satíricas como El Jueves, donde pusieron a Pedro Piqueras dibujado como un carnicero, ya que en su telediario aparecen más vísceras y sangre que otra cosa. Es curioso cómo cada vez Internet es una fuente de noticias-espectáculo: se proyecta el video más visto en YouTube, se comenta cuál es el trending topic de twitter o se habla —normalmente mal— de los grupos curiosos de Facebook. La Red ha pasado de ser una fuente de noticias desagradables donde se la demonizaba —era una cueva de piratas y pederastas— a ser una parte más del panorama informativo con un ingrediente fundamental: es gratuita y rápidamente accesible. El periodismo en sentido estricto es caro y el periodismo de investigación todavía más. Así que las cabezas parlantes de los telediarios se conforman con un menú compuesto por noticias de agencia, videos de la Red, chascarrillos de políticos, sucesos a cual más sangrientos y absurdas encuestas a los ciudadanos que, curiosamente, suelen contestar a través de Internet. Todavía las cadenas españolas están intentando exprimir el negocio de los sms para sufragar sus costosos programas, pero aquella mina se está terminando. Es divertido mirar los mensajes cortos enviados con teléfono móvil, con faltas de ortografía o bien con mensajes de amor al televidente que tienen sentado al lado, por aquella estúpida sensación de luego poder decir “ha salido mi mensaje en televisión”.

Solución principal: bájeselo todo de la Red

Yo no veo televisión, y si lo hago es por una costumbre social, como antes hacían algunos fumadores casuales, que encendían un cigarrillo para acompañar a los demás. La razón principal es que no tengo tiempo, y si lo tengo creo que son minutos perdidos los de exponerse delante del aparato sin nada planeado. Suelo ver series de televisión, pero nunca en directo. Mi cadena favorita para ficción es la HBO, y les recomiendo desde Breaking Bad hasta Game of Thrones, o incluso Entourage; si les van los vampiros, True Blood es sensacional, y si quieren ver una buena de psicólogos, In Treatment es fabulosa. Están todas en Internet, con sus correspondientes subtítulos en castellano por si el inglés les flojea. Tampoco le hago ascos a The Walking Dead, en la Fox, ni a la neozelandesa Spartacus —las películas y series peplum son una debilidad. Hay un blog fabuloso para enterarse de las series más interesantes, el del argentino Hernán Casciari, Spoiler ¿Quiere política? Mejor vaya a los comentarios de las noticias de sus diarios preferidos: encontrarán más originalidad y diversión que en cualquier anodino debate de televisión. ¿Quiere cultura? Revistas como Replicante en la Red o sus viejos libros en papel le consolarán más que cualquier programa televisivo. ¿Lo suyo es la música? En Internet está toda, la antigua y la moderna, incluso con videoclips que ni siquiera sabía que existían, pues en televisión apenas hay espacio para ella.

El periodismo en sentido estricto es caro y el periodismo de investigación todavía más. Así que las cabezas parlantes de los telediarios se conforman con un menú compuesto por noticias de agencia, videos de la Red, chascarrillos de políticos, sucesos a cual más sangrientos y absurdas encuestas a los ciudadanos que, curiosamente, suelen contestar a través de Internet.

Lo que hago yo es una tendencia creciente: miles de ciudadanos que nos comunicamos en red y compartimos nuestros gustos en Internet nos hemos rebelado, por así decirlo, contra las tiranías de los índices de audiencia y de los programadores televisivos. Hacemos “nuestra televisión”, consumimos “nuestra programación”. Puede que perdamos ese componente sociológico y gregario de antaño —yo soy de la generación de Mazinger Z, La casa de la pradera o Verano azul, cuando en España sólo había dos cadenas de tv— pero hemos ganado en calidad y, sobre todo, en libertad. Escogemos nuestro menú audiovisual. E incluso lo compartimos: cada vez más grupos de gente quedan para ver su serie preferida determinado día de la semana y poder comentarla luego alrededor de una comida o una buena cerveza.

¿Que quiere saber cuál es el programa que más ha impactado durante la semana en su país? Váyase a twitter y lo encontrará. Seguramente alguien lo haya subido a YouTube y lo podrá recuperar. ¿Aún se informa en televisión? Demasiado tarde: seguramente en la Red lo hayan puesto antes. Los periodistas televisivos aún se levantan por la mañana y ojean los periódicos del día para ver sobre lo que pueden informar. Están desfasados, casi tanto como el papel de los diarios.

En serio: ver la tele en directo no es moderno. Es una pérdida de tiempo que algunos sólo nos permitimos cuando queremos dormir una siesta. El televisor continúa siendo un genial somnífero a medio volumen a media tarde. ®

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Publicado en: Destacados, Nuevas miradas a la televisión, Septiembre 2011

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