Tema del traidor y del héroe

El caso Nisman esclarecido por un intelectual de Carpa Abierta

Ciertas palabras que Jaime dijo por teléfono a Alberto Nisman el día anterior a su muerte fueron prefiguradas por Arnold Schwarzenegger al final de Terminator 2 y por Shakespeare en la tragedia de Macbeth: ser presidente del Congreso Judío Mundial o recibir un pasaje al Mundo Venidero en forma de pistola.

Borges, en el centro de la carpa, a la vista de toda la playa, con una camisa rabona (de las llamadas remeras) y sin pantalones ni calzoncillos, al aire el promontorio oscuro de testículos y pene. “Estás en bolas”, le digo, arreándolo detrás de la lona. “Ah, caramba”, comenta sin perder la ecuanimidad. “Como no ve —comenta después Silvina— está como una careta”.
Compañero Adolfito, Carpa Abierta, Mar del Plata, febrero de 1964.

Bajo el notorio influjo del ajenjo (discurridor y digestivo de rápidos efectos) y del consejero comercial de la embajada iraní en Buenos Aires, he imaginado un nuevo relato para el modelo, y para justificar de algún modo las tardes inútiles que le quedan a la presidenta de aquí a las elecciones. Como en todo relato, faltan pormenores, rectificaciones, ajustes, chicanas, chantajes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas por los agentes de la ex SI, ex SIDE; hoy, 17 de febrero de 2015, víspera de la marcha de los infieles, la vislumbro así.

A la derecha, Jorge Luis Borges. A la izquierda Adolfo Bioy Casares. A su lado Josefina Dorado y luego Silvina Ocampo. Balneario de Punta Mogotes.

A la derecha, Jorge Luis Borges. A la izquierda Adolfo Bioy Casares. A su lado Josefina Dorado y luego Silvina Ocampo. Balneario de Punta Mogotes.

La acción transcurre en un país dividido en dos facciones: algún estado peronista donde conspira la oposición. Ha transcurrido, debo admitir, pues el país ha debido ganar un siglo para que un narrador del futuro se atreva a referir esta historia que ocurrió en la realidad al final de la primera década ganada. Digamos (para comodidad narrativa) Argentina; digamos enero de 2015. El narrador se llama Brian; es bisnieto del circunciso, del coqueto, del suicidado fiscal Alberto Nisman, cuyo sepulcro estuvo a punto de ser el lugar destinado a los suicidas en el cementerio de La Tablada, y terminó estando justo enfrente de la explanada de los caídos en las guerras de Israel.

Nisman fue suicidado en un baño, lo que implica decir que alguien lo cagó; la prefectura no dio jamás pie con bola, pero el Secretario de Seguridad de la Nación Sergio Berni se apersonó en la escena del crimen cuando el cadáver aún estaba tibio, para asegurarse que esa institución no fuera a cambiar de hábitos justo en esa ocasión; los historiadores declaran que esa caracterización de los prefectos no empañan su crédito, porque muchas veces cobraban bastante por exagerarla.

Nisman, como todo fiscal, fue un agente, un secreto e ignominioso agente de inteligencia al servicio de potencias extranjeras; a semejanza de Moisés, que desde la tierra de Moab divisó y no pudo pisar la tierra prometida, lo último que divisó Nisman fue la tierra del Uruguay, donde reposaban gran parte de sus divisas extranjeras. También él, al que muchos llamaban Moishe, murió en las vísperas de la denuncia victoriosa que había soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte (enero de 2115, aclaro para quienes no tienen el don de hacer de cuentas); las circunstancias del crimen siguen siendo enigmáticas; Brian, dedicado a la redacción de un tweet sobre su bisabuelo, descubre que el enigma no se deja reducir a ciento cuarenta caracteres. Nisman fue suicidado en un baño, lo que implica decir que alguien lo cagó; la prefectura no dio jamás pie con bola, pero el Secretario de Seguridad de la Nación Sergio Berni se apersonó en la escena del crimen cuando el cadáver aún estaba tibio, para asegurarse que esa institución no fuera a cambiar de hábitos justo en esa ocasión; los historiadores declaran que esa caracterización de los prefectos no empañan su crédito, porque muchas veces cobraban bastante por exagerarla. Otras facetas del enigma inquietan a Brian. Son de carácter costumbrista y crónico; parecen repetir y combinar hechos que se dan siempre en la misma región del Río de la Plata: la ribera occidental. Así, nadie ignora que los esbirros que examinaron el cadáver del héroe primero debieron pasar ellos mismos un examen elaborado por el propio Berni; hallaron un escrito de Nisman en el tacho de basura y una carta abierta que le advertía el riesgo de concurrir al Congreso a la tarde siguiente sin invitar a las cámaras de la televisión pública; también Julio César Chávez, al encaminarse al centro del cuadrilátero donde los aguardaban los afilados guantes de su rival, recibió un memorándum por izquierda que no llegó a ver y lo dejó en la lona. La mujer de Nisman, Sandra, vio en sueños abatida la torre Le Parc donde vivía su ex marido y funcionaban los bulines de gran parte del senado; falsos y anónimos cables informativos, la víspera de la muerte de Nisman, publicaron el incendio del país, hecho que podría parecer desmedido, pues haría falta mucho más que una denuncia de encubrimiento para inquietar a la presidenta de los cuarenta millones de argentinos y argentinas. Esos paralelismos (y ningún otro) de la historia de Julio César Chávez y de la historia del conspirador judío inducen a varios periodistas a centrar sus investigaciones en las rutinas gimnásticas de Nisman, en suponer que sus camisas esconden un dibujo de líneas pectorales y cuadrados abdominales que se repiten, como los de un boxeador. Piensa en los hombres de Hesíodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro, y comprende por qué la tradición grecolatina ya le sentaba entonces mejor al país sudamericano que las culturas precolombinas. Piensa en la transmigración de las cuentas bancarias, doctrina que da honor quienes poseen ahorros en Suiza y que los propios suizos atribuyen a los druidas y gurúes que dirigen la banca británica; piensa que, antes de ser Nisman, los otros fiscales federales que convocaron a la marcha del silencio por la justicia eran meros burócratas abocados a entorpecerla. De esas persecuciones circulares y recíprocas entre fiscales, agentes secretos y políticos salva a Nisman un curioso ingeniero al que apodan Jaime por lo servicial; un ingeniero que se abisma tan hondamente en los secretos de estado que la propia secretaria de inteligencia prescinde de sus servicios: ciertas palabras que Jaime dijo por teléfono a Alberto Nisman el día anterior a su muerte fueron prefiguradas por Arnold Schwarzenegger al final de Terminator 2 y por Shakespeare en la tragedia de Macbeth: ser presidente del Congreso Judío Mundial o recibir un pasaje al Mundo Venidero en forma de pistola, that is the question. Que la política argentina hubiera copiado a un bardo a nadie resulta ya pasmoso; que un agente secreto sepa algo de literatura resulta ya inconcebible… Brian indaga que, en 2014, Antonio “Jaime” Stiusso, el más cercano de los compañeros del héroe, había traducido del farsi los principales improperios que había dedicado D’Elía a su bisabuelo. También descubre en los archivos de Wikileaks un artículo manuscrito de Stiusso sobre los soft coups: vastos e inefectivos golpes de estado que, a diferencia de los orquestados por la CIA cuarenta años antes, apelan a una sola bala y a miles de actores periodistas y periodistas actores que reiteran y denuncian hechos de corrupción en las mismas ciudades donde ocurrieron, sin que a ninguno de los acusados se les mueva un pelo. Otro talk show inédito le revela que, pocos días antes del fin, Nisman, presidiendo el último cónclave de los conspiradores, había firmado la sentencia de muerte de un traidor que porfiaba en proteger a los responsables de volar el edificio de la AMIA, cuyo nombre ha sido borrado. Esta sentencia no condice con los piadosos hábitos de Nisman, que en los diez años previos no ha ordenado una sola detención tan siquiera. Brian investiga el asunto (esa milagrosa investigación que llega a buen puerto es un hito en la historia argentina) y logra descifrar el enigma.

Nisman fue suicidado en un baño, pero de baño hizo también la entera ciudad, tanto los que se cagaron en su muerte como los que saldrán mañana a ducharse bajo la lluvia y marchar por primera vez en su vida, y los adultos mayores serán legión y el drama de su muerte abarcará varios titulares y varios zócalos muchos días y noches. He aquí lo acontecido:

Borges, María Esther Vázquez, Silvina Ocampo, Cecilia Boldarín, Adolfo Bioy Casares y Marta Bioy en Mar del Plata, el 21 de febrero de 1964.

Borges, María Esther Vázquez, Silvina Ocampo, Cecilia Boldarín, Adolfo Bioy Casares y Marta Bioy en Mar del Plata, el 21 de febrero de 1964.

El 2 de enero de 2015 se reunieron los conspiradores en el despacho de Magnetto, el CEO del grupo Clarín. El país estaba maduro para el golpe blando; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún judío traidor había en el país, además del Canciller Héctor Timmerman. Alberto Nisman había encomendado a Antonio Stiusso el descubrimiento de ese traidor. Stiusso ejecutó la tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Nisman. Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a muerte a Nisman. Este firmó su propia sentencia, feliz porque su castigo perjudicaría a la presidenta.

Entonces Stiusso concibió un extraño proyecto. La Recoleta idolatraba a Nisman; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la revolución de Macri; Stiusso se propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor el instrumento de la emancipación de Nordelta. Sugirió que el condenado muriera a punta de pistola, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular de la clase media alta pero en ninguna de las cámaras de seguridad de las torres Le Parc. Nisman juró colaborar con ese proyecto, siempre y cuando le facilitaran un arma que no manchara sus uñas con rastros de pólvora.

Stiusso, urgido por el tiempo y limitado por sus escasas luces, no supo inventar las circunstancias de la ejecución, y tuvo que pedir a un asistente de Nisman que proporcionara el arma; tuvo que plagiar a otro Jaime: el agente robot de Control; repitió escenas del inspector Clouseau y su secreta representación comprendió varios días. El condenado volvió de Europa, ingresó custodiado en Ezeiza, obró, rezó, blasfemó y cada uno de esos actos que reflejarían los programas de televisión había sido fijado por Stiusso. Miles de actores colaboraban gratuitamente con el protagonista; el rol de la mayoría fue momentáneo, sin nada de complejo de clase. Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los zócalos de TN, en las discusiones acaloradas de los cafés de Plaza Francia. Nisman, arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía para futuros partidos de tenis, más de una vez se enriqueció con actos y palabras vacías que nunca llegaban a los despachos de ningún juez. Así fue desplegándose en el tiempo el ampuloso drama, hasta que el 18 de enero de 2015, en un baño de funerarias cortinas, una bala apócrifa atravesó la sien del traidor y del héroe, que apenas pudo peinar, entre dos efusiones de brusca sangre, el mechón de pelo que le cayó sobre la frente.

En la obra de Stiusso, los pasajes imitados de James Bond son los menos; Brian sospecha que el actor los intercaló para que una persona, en el porvenir, lo confundiera con Sean Connery. Comprende que él también forma parte de la trama de Stiusso… Al cabo de tenues cavilaciones, resuelve silenciar un revolver y descerrajarse un balazo. Antes de hacerlo, publica un tweet dedicado a la gloria del héroe; también eso estaba previsto por Magnetto.

—Compañero Georgie
Carpa Abierta, 17 de febrero de 2015. ®

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Publicado en: Narrativa


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