Tiranía alfabética

Entrevista a Fernando Rivera Calderón

Fernando Rivera Calderón sí que las compone en el aire. Artista multifacético, va de la composición musical a la escritura de versos, de la conducción del programa radiofónico El Weso a la parodia política, y entre tantas preguntas que hace al mundo no encuentra mejor manera de ir tras de las respuestas que escribir un Diccionario del caos.

El caos del diccionario, de Rivera Fernando Calderón.

El caos del diccionario, de Rivera Fernando Calderón.

Rivera Calderón parece un académico de la lengua de saco oscuro y bombín. Así nos recibió para conversar en exclusiva para Replicante.

—Entre otras cosas, usted afirma que “las nalgas son esa parte del cuerpo diseñado para otras manos”, y también sabemos que prefiere los tacos de lengua a los de suadero o pastor, cuéntenos acerca de este Diccionario del caos [Taurus, 2013].

—Este Diccionario del Caos se viene cocinando desde hace muchos años, incluso ignorando que iba a determinar experiencias, desamores, encuentros y desencuentros. A la hora en que lo escribí, hace ya algunos meses, aparecieron conceptos que he acuñado a madrazos.

—De ésos que te aplica la vida…

—Mira, yo escribía otro libro que se iba a titular El laberinto de la sobriedad. Ya tenía el compromiso con la editorial para entregarlo, y justo antes de concluirlo se metieron unos ladrones a mi casa, me robaron la computadora, entre otras cosas, con el libro, del cual no tenía respaldo. Cuando al día siguiente les platiqué en la editorial, mi editora, Marcela González Durán, me dijo: “Escribe otro libro a partir de esas cosas que andan en tu cabeza de manera caótica… ¿por qué no escribes un diccionario?”

—¿Cuál fue tu reacción?

—Cuando escuché la palabra “diccionario” todo se acomodó. Recordé, entonces, que el primer libro que yo tuve en mis manos fue un viejo diccionario de la Real Academia con el que me divertía mucho: me parecía que en su caos y en su inconexión sus páginas tenían mucho que decir.

—Tuviste tu primera clave.

—Sí, de algún modo este Diccionario del Caos es una parodia, una crítica, una burla a los diccionarios tradicionales; pero no por eso deja de ser un homenaje entrañable a los libros que tienen un idioma críptico, y que si bien no dejan de ser fríos, te puedes encontrar con palabras jamás dichas, palabras maravillosas.

—Los ladrones entran a tu casa, se roban la computadora y en perfecto estado de sobriedad. Tú vas del mismo estado de sobriedad en ese laberinto al estado de ebriedad que pueden causar las palabras.

—Así es, las palabras son narcóticas. Yo tengo varias de las que me he hecho adicto irredimible, las cuales aparecen en el Diccionario del caos.

Fernando de Rivera y Calderón.

Fernando de Rivera y Calderón.

—Dame algunos ejemplos.

—Amor, vida, muerte, deseo, droga… palabras que están alrededor de mi existencia. Escribí este Diccionario del caos no sólo para ser aceptado en el Colegio Nacional, como tú señalas, claro, eso si fallece algún miembro… esperemos que sea pronto, sino para que este libro pueda ser leído por mis palabras favoritas y así tener la oportunidad de conocerlas en persona. Muero por conocer al amor, al placer, esos conceptos que aparecen de vez en cuando… me gustaría llevarme mejor con ellos.

—¿La similitud del caos del diccionario con el caos de tu vida es mera coincidencia?

—¡Con el caos sí puedo! Con lo que no puedo es con el orden, con la idea, completamente artificial, de querer ordenar lo que ya viene dispuesto de una manera practicamente divina; en realidad no padezco el caos, al contrario: el caos es un escenario donde me muevo desde hace muchos años. Mi madre lo decía desde que yo era niño: Tu cuarto es un caos, Tu cabello es un caos, Tu ropa es un caos. Y la estafeta se la pasó a mis primeros maestros, luego pasó a mis novias, a mis esposas, a mis ex esposas.

La palabra “caos” me ha acompañado toda mi vida. Y para mí no es más que una disposición natural de entender al mundo. El caos no deja de ser una especie de orden divino. Lo que me parece pretencioso es querer clasificar todo y estructurar los diccionarios de la A a la Z, pues es un absurdo.

—El caos como fiel Sancho que acompaña a un desordenado Quijote.

—La palabra “caos” me ha acompañado toda mi vida. Y para mí no es más que una disposición natural de entender al mundo. El caos no deja de ser una especie de orden divino. Lo que me parece pretencioso es querer clasificar todo y estructurar los diccionarios de la A a la Z, pues es un absurdo: el agua y el aceite no deben estar en la misma categoría.

—Tengo entendido que El diccionario del Diablo de Ambrose Bierce es uno de tus tantos altares.

—No podía aventurarme a escribir el Diccionario del caos sin contar con la bendición y sin estar bajo la sombra sardónica, irónica y divertida de Ambrose Bierce, pues si bien tuvo la deferencia de venir a morir a México, como gringo viejo, le rindo tributo por ese libro único, loquísimo, el cual tuve la oportunidad de leer a los quince años. Son de esos libros que te marcan, te aceleran, te ponen en una línea con una posición ante la vida, de guerra constante. Decides ponerte del lado de los que están inconformes, de los que están encabronados, de los que quieren señalar a los demás.

—Llegas a cualquier librería, pides el Diccionario del caos del gramático Arturo Rivera Calderón y pides que te lo envuelvan para regalo. ¿Es el “prepucio” de Jorge F. Hernández la envoltura ideal?

—Sin duda. Le pueden poner más moños o lo que el cliente pida, pero no hay mejor envoltura. El texto de Jorge es parte del regalo que implica el libro. Yo quería que él fuera mi padrino literario, mi presentador. Es un maestro entrañable a quien leo con un gusto inusitado. Más que un prefacio, lo que le pedí fue algo más íntimo, más cercano, y optamos por el prepucio.

—A ver, Fernando, ¿te entendiste un poco más después de escribir el Diccionario del caos, o, por el contrario quedaste peor que como estabas?

Nunca pretendí que el libro fuera humorístico. Sin embargo, creo que las cosas fluyeron y ha sido un trabajo muy divertido. Finalmente, lo que trataba de hacer era desnudar al mundo del barniz que le aplicamos encima como una nueva especie de contrato social en el que vemos las cosas con un poco más de merengue de lo que en verdad tienen.

—Creo que lo comencé como un afán para reentender el mundo; no obstante, ya en el proceso de la escritura, que fue nocturna, de madrugadas, creo que más que reentender el mundo lo estaba volviendo a escribir para terminar de desentenderlo. Esta vocación de entender lo que está sucediendo es cada vez más desgastante y estéril. Recuerdo cuando Benedetti decía: “Cuando al fin supimos todas las respuestas nos cambiaron todas las preguntas”. Estamos en una temporada así: las certezas se diluyen como Alka-Seltzer en agua; creo que prefiero aportar mi granito de arena al desentendimiento colectivo y al caos, lo cual me parece una postura mucho más honesta a la que tienen los científicos y los políticos, que aparentan saber y entender todo. Yo, mientras más vivo cada vez entiendo menos de qué se trata esto, y celebro tal desentendimiento.

—Las propuestas del Diccionario del caos van de las definiciones al aforismo, de la sentencia al ensayo breve, de tal manera que se consigue una miscelánea que se complementa con el extraordinario diseño gráfico de Alejandro Magallanes, quien reitera que si algo provocó trabajar en tu diccionario fueron risas y más risas.

—Nunca pretendí que el libro fuera humorístico. Sin embargo, creo que las cosas fluyeron y ha sido un trabajo muy divertido. Finalmente, lo que trataba de hacer era desnudar al mundo del barniz que le aplicamos encima como una nueva especie de contrato social en el que vemos las cosas con un poco más de merengue de lo que en verdad tienen. Te pongo el ejemplo del Starbucks: te tomas un café de ahí y sientes que te tomas algo más que un simple café, y ves cierto canal de televisión y sientes que estás viendo algo más que un canal. Es como revivir el traje nuevo del emperador: ahora nos lo ponemos todos, se democratizó la ropa de simulación. Y cuando le quitas el barniz queda un mundo que te hace reír o llorar, un mundo en el que caminas sobre hielo delgado que se puede desmoronar. Es el que yo veo. Y al que trato de acercarme desde mi concepción.

—Confianza, mujer, Dios, vicio, corazón, amor, muerte… sin embargo, destaco que si una palabra llama la atención en el Diccionario del caos, tanto por su curioso diseño como por su significado, es la palabra “pendejo”.

—Es una palabra importante para la cosmogonía mexicana. Quise poner un “pendejo” muy grande. Además, creo que define muy bien el concepto, ya que lo puedes usar como póster desplegable y pegarlo en la cabecera de tu cama si así te sientes, o pegarlo en el coche de alguien que así lo consideres.

—O incluso obsequiarlo con una nota que apunte en esa definición.

—¡Exacto! Tiene muchas funciones. Es una palabra que a mí me encanta y la hemos descuidado en el país. Por ejemplo, los políticos le quitaron el peso a palabras como “solidaridad”, Salinas acabó con ella; también a palabras como “paz”, “consideración”.

—Dame una definición de solidaridad.

—Solidaridad: piratería emocional.

—De anarcos.

—Anarcos: especie de narco con A.

—De CNTE.

—CNTE: palabra que solía ser decente.

—Esperamos, Fernando, que se haga tu nombramiento a la Real Academia…

—A la Academia, al Colegio Nacional, hay varias instancias donde quizás ya tenga una silla disponible.

Para concluir, cuéntame, una vez que te instituyas como miembro de la Real Academia ¿cuál será el primer cambio que propondrás?

—Primero: erradicar la tiranía alfabética. Segundo: despenalizar el Ola ke ase. ®

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Publicado en: Diciembre 2013, FIL


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