TIRESIAS ELEVEN

Scott Walker, Primera parte

Situado en el panteón de los semidioses, el mito de Scott Walker cuenta que él poseía la gracia genética y una voz barítona capaz de sublimar y desencadenar una insurgencia hormonal en quien lo oyera. Rival férreo de los Beatles con sus Walker Brothers en las listas de popularidad, disfrutó de todas las prosperidades de la “vida pop” llevando por un corto tiempo la máscara de ídolo con orgullo y disipación.

Scott Walker

A través de las ondas hertzianas los escuchas son distraídos de las demandas de la realidad por un tipo de entretenimiento que no requiere atención ni esfuerzo. Cual agente encubierto, el pop se vale de su sonido infeccioso para distraer nuestras cabezas, disipando al sistema nervioso de las malas nuevas, haciendo las veces de un analgésico que nos abre una puerta hacia un mundo en donde todo parece ser mejor. El cantante pop es casi el encargado de asegurar la permanencia de la especie, vendiendo con su imagen y voz fantasías que bien pueden llegar a convertirse en meses de gestación. “La vida soñada es una ‘vida-pop’…un medio de colmar la ausencia de sentido del mundo”.[1] Por ello la guerra, la enfermedad, el hambre, el fascismo, la muerte y la tortura no están dentro de su catálogo y cualquiera que intente infiltrar semejantes temas dentro de su esfera perderá sus privilegios, descendiendo a la oscuridad del anonimato o a una aún peor, capaz de hacer perder la visión del mundo que yace detrás de la máscara de la cordura, la esperanza y sobre todo de la ilusión. Sin la necesidad del simulacro, aquel que posee la voz puede sumergirse en el más profundo silencio para hundirse o tal vez, sólo tal vez, emerger con furia transformando todo aquello que conocemos como música.

Situado en el panteón de los semidioses, el mito de Scott Walker cuenta que él poseía la gracia genética y una voz barítona capaz de sublimar y desencadenar una insurgencia hormonal en quien lo oyera. Rival férreo de los Beatles con sus Walker Brothers en las listas de popularidad, disfrutó de todas las prosperidades de la “vida pop” llevando por un corto tiempo la máscara de ídolo con orgullo y disipación. Pero los gritos de adoración y los reflectores comenzaron a perturbar su configuración de semidiós, desviando sus pasos hacia las tinieblas de los estudios de grabación, en donde comenzó a centrar el foco de su sonido hacia aquello que justamente el pequeño agente trataba de encubrir celosamente.

Cual agente encubierto, el pop se vale de su sonido infeccioso para distraer nuestras cabezas, disipando al sistema nervioso de las malas nuevas, haciendo las veces de un analgésico que nos abre una puerta hacia un mundo en donde todo parece ser mejor.

Lejos de desecharlo de inmediato, y a pesar de los arrebatos pueriles que lo llevaron a separarse de sus Brothers, la máquina pop siguió alimentándose de esa voz y sus muy redituables formas seductoras. A la cuenta de Scott One (1967), Two (1968) y Three (1969), la lírica y psique de Jaques Brel, el trovador existencialista francés, se apoderó de su cuerpo, dando paso a sus primeras letras originales, primitivos pasos dentro de la selva confusa del efecto de las palabras integrado a esa entidad resonadora que cada vez se volvía más extraña y densa. Pero a la cuenta de Four (1969), y pese a haber sido alimentada con las baladas de rigor, la máquina no podía soportar un paso más dentro de esa espesura en donde la voz había dejado de seducir para incitar terror. Un terror hermoso y sublime que amenazaba el cometido mismo de la “vida-pop”. Calidad de existencia ridiculizada por Walker en programas de variedad dominical en donde el amor y el deseo púber fueron reemplazados por recuentos de heridas de guerra, cortejos con la muerte, iniciaciones sexuales con prostitutas venéreas, cantos contra el fascismo y odas a Ingmar Bergman.

Con situaciones como ésta, la máquina no tuvo otra opción más que desterrar a la voz de su paraíso por medio de obligaciones contractuales, forzándola a vender ilusiones para llenar vacíos y no cavarlos. El otrora ídolo aceptó las condiciones viendo en ello el tronco que lo mantendría a flote, pues recónditamente intuía que esas aguas lo volverían a llevar hacia el portal de esa tiniebla sónica en la que ya había avanzado con fascinación.  Anestesiado en litros de alcohol y cine de arte, vendió por algunos años el alma de su voz en forma de música country y baladas fútiles que las antes jóvenes féminas, cuyas hormonas había sacado del letargo de la infancia, escuchaban al lavar los trastes.

Anestesiado en litros de alcohol y cine de arte, vendió por algunos años el alma de su voz en forma de música country y baladas fútiles.

Pero la máquina sabía que podría obtener más de ese fantasma que se atesoraba en su cuello, y a medio camino entre la resignación y el desempleo, Walker acepta la proposición de reunirse con sus Brothers para un reencuentro. El éxito de semejante ardid por la nostalgia de una juventud perdida lo regresa de golpe a las listas de popularidad y la máquina complacida, con rastros de comilona en sus fauces de bestia, acepta que el trío se embarque en una nueva aventura discográfica sin poner condición alguna. Walker toma la oportunidad como si fuese la de un condenado a muerte, revirtiendo todo el silencio al que había estado subordinado en aullidos de severa creación.

Como la cosquilla que antecede a los golpes en una sesión de sadomasoquismo, Walker abre el último disco de los caminantes consanguíneos (Nite Flights, 1978) con cuatro temas que van de un aparente pop simplón (“The Shoutout”) que escala la pendiente entre un rocknroll tocado en RPM erróneas (“Fat Mama Kick”) pasando por vistas al futuro electro (“Nite Flights”) para llegar al que probablemente sea el lugar más escalofriante y sublime al que ha llegado el pop (“The Electrician”).

Baby its slow
when lites
go low
theres no help
no.

Anuncia la voz como un Elvis drogado de ultratumba, y quien escucha queda a merced del músico que se identifica con el papel del torturador. El ataque no desciende de la disonancia, sino que va mucho más allá al ser una armonía sostenida en la pura tensión. Sin posibilidad de relajarse, pues esto ya dejó hace mucho tiempo de ser una aspirina, el escucha se somete a la plegaria del torturado, la víctima del “electricista” del título, que reza por la verdadera existencia del espíritu santo para que haga efectiva su muerte pues no hay otra salida. Son los años setenta y obviamente Walker se refiere a los golpes militares en Sudamérica, pero tanto la lírica como en la forma en la que está dispuesta musicalmente no nos hace pensar jamás en “pop de protesta”, si es que tal género existe. Walker pretende mediante la creación de atmósferas conjugadas con la acción de algunos verbos llevarnos al lugar mismo de los sucesos, como un Tiresias  que canta los horrores que mira en su cabeza.

Con “The Electrician” Walker inaugura un auténtico pop para el futuro, para el tiempo cuando la era de la información ocupe nuestras cabezas como bodegas y del mundo sólo queden pedazos. Un pop que tanto la máquina, como el semidiós de la voz barítona han sumergido en las últimas tres décadas en periodos de silencio separados por once años. Creaciones que emergen de las tinieblas para contarnos de aquellas especies sónicas que ni siquiera imaginábamos. ®

[Continuará…]

Ver video de “The Electrician”.
[1] Attali, Jaques “Ruidos: ensayo sobre la economía política de la música”, Ed. Siglo XXI, México 1995, p. 163.
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Publicado en: Aquí no es aquí, Septiembre 2010


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