Todos somos culpables

La rafle (Los niños de la esperanza), de Roselyne Bosch

Las películas del Holocausto tienen algo que toca fibras muy sensibles. Yo no había vivido en aquella época, pero me había acercado demasiado a los alemanes, no sólo a ellos, como una cultura singular, sino también al ideal de progreso, de civilización, que se había alcanzado en Occidente.

Oigo voces desde lejos, percibo el rumor indiferenciado de muchas cosas. La vibración de un motor, quizá el tren o bien una aeronave. El ulular que se acerca de una sirena. Tal vez una ambulancia o quién sabe. ¿Existirá una manera de distinguir el sonido de la sirena de una ambulancia y el de una patrulla de policía? Quizá sí pero yo, al menos, lo ignoro. Helicópteros y sirenas se oyen todo el día. Son un presagio cierto de que algo grande se prepara. Ahora, por fortuna, los sonidos han cesado y lo que queda es un silencio cargado de expectación y vagos temores. Cuando estoy a punto de dormir, de nuevo el estruendo de motores. Es un convoy aéreo que a medianoche sobrevuela la zona de la ciudad donde vivo, Saltillo. El taxista que me había traído esa noche desde Cinépolis La Nogalera comentó que el precio de la gasolina, justo aquel día, de un tirón había aumentado casi un peso. La inflación está disparada. Eso es el pan de cada día para las madres que deben ir a abastecerse al mercado. ¿Hasta dónde es posible continuar? Más tarde el apacible silbato del tren, imagen de tiempo congelado, recuerdo de otros días donde reinaba la relativa paz, me reconforta. Me esfuerzo por revivir viejos días en la memoria pero es inútil. De una manera íntima y definitiva sé que nada volverá a ser como antes, ni yo, ni mi entusiasmo por ir en pos de la aventura, ni el país, ni el mundo, ni la economía. Los hombres hemos perdido la fe en un futuro promisorio.

Hurgar entre los recovecos de la memoria, individual y colectiva, procurando hallar el filón de rico mineral o más bien la grieta abierta entre dos capas del subsuelo, la fisura que es un pasaje directo al centro, el meollo mismo de la vida y de todos sus conflictos. La realidad está hecha de contrarios que se enfrentan en batalla continua. Recorrer el camino hacia atrás, en el pretérito personal, es en cierta forma contemplar toda la historia humana. En cada existencia individual está cifrada la existencia de la raza. Más que hondura de pensamiento hay que buscar profundidad en el recuerdo. Me tocó venir al mundo justo a mitad de la Guerra Fría en 1968, año señero de revueltas estudiantiles y protestas sociales, tanto en Praga como en París y la Ciudad de México. Seis años antes, en 1962, había ocurrido la Crisis de los Misiles o de Octubre, en la vecina isla de Cuba. El epicentro de un probable conflicto de dimensiones mundiales se trasladaba de Europa y el Medio Oriente (los Estados Unidos habían colocado cohetes de largo alcance, provistos de cabezas nucleares, en sus bases de Turquía y Alemania que, en cuestión de minutos, podían borrar las principales ciudades de lo que entonces era la Unión Soviética). En ese momento se volvió claro que los líderes del mundo no habían aprendido mucho de las dos guerras anteriores, seguían siendo títeres de los intereses supremos, los del capital detrás de ellos que los financiaba que, poco a poco, fue tomando conciencia de la estupidez implícita en una guerra con armas de destrucción masiva. Tenían planes para hacer del mundo un lugar mejor para esos cuantos privilegiados, the happy few, y sus generaciones. Para ello había que reducir la población global a un tercio sin destruir el planeta o vulnerarlo seriamente por medio del uso de las armas nucleares. Existían otros medios —más suaves y menos contraproducentes— como las enfermedades catastróficas y la hambruna, que se encargarían de hacer el trabajo, como se decía en inglés. Esa campaña se había iniciado y ahora prometía rendir frutos más sazones y abundantes.

Se trataba, a no dudarlo, de la idea de decadencia implícita en el concepto mismo de civilización. Las civilizaciones nacen, alcanzan su nivel más alto de desarrollo y finalmente se extinguen. Si el antiguo filósofo Aristóteles las hubiese estudiado como Arnold Joseph Toynbee hizo, de seguro, habría acabado afirmando que —al igual que los planetas en su Física— eran seres vivos, dotados de ánima o principio vital, en pocas palabras, animales.

Mi padre había sido funcionario del ministerio de salud y aún podía evocar sus razonamientos respecto del combate contra la tuberculosis y la cabal erradicación en unos cuantos años. En los setenta y los ochenta, sin embargo, no se inventaron nuevos fármacos sino, al contrario, las campañas de vacunación aminoraron y desapareció la investigación médica en este campo. La tuberculosis, el cólera, la malaria, la lepra, la meningitis y otras enfermedades, que eran potenciales pandemias, se convertían así en los callados y antiguos aliados de los poderosos, sobre todo, en los países pobres; para los ricos estaban el cáncer, el cloro y el flúor disueltos en el agua potable, el aspartamo como edulcorante y las baterías de los teléfonos celulares. Una veta inagotable para los propietarios de la industria química y farmacéutica, caras de la misma moneda. Aquella tarde había visto La rafle (Roselyne Bosch, 2010), exhibida en México como Los niños de la esperanza, un filme sobre la razzia o redada, en el Velódromo de Invierno, que hicieron los franceses, con la anuencia del mariscal Pétain y su régimen títere. Planeaban coger 24 mil y sólo lograron enviar la mitad a los campos de exterminio en Europa del este. La cinta explora el colaboracionismo de las autoridades francesas con unas cuantas excepciones de personas que se condolían de la suerte de los judíos, en realidad, los parisinos escondieron en sus casas, casi siempre en el sótano o el desván, unos diez mil. Recordaba de niño haber mirado muchos filmes sobre la Segunda Guerra. No sería sino hasta que vi casi todos los capítulos de la serie televisiva Holocaust (Marvin J. Chomsky, 1978) cuando comencé a acceder al otro punto de vista. Era fácil para muchos mexicanos, sobre todo nacidos poco antes de la última guerra (mi padre era de 1932), ver en Hitler y la persecución de la llamada “judería internacional”, en particular de sus conspicuos representantes en Wall Street y Londres, con el consiguiente enfrentamiento de los intereses anglosajones, un cierto retador, un oponente de consideración para esa potencia que había sido la pesadilla de México, los Estados Unidos. Era fácil tomar partido y más con Salvador Borrego y sus libelos infamantes atizando el fuego. Poco a poco, sin embargo, fui adoptando el otro punto de vista, el de las masas de indeseables donde, es importante señalar, no sólo había hebreos sino gitanos, homosexuales, comunistas, anarquistas, opositores del régimen nazi, huelga decir que de todas las naciones ocupadas, principiando por la potencia de ocupación, la misma Alemania. El filme en cuestión, como tantos otros de su género, aborda con exclusividad la opresión de los judíos, haciendo caso omiso del resto de los indeseables. Si es un acierto o no, habría que revisar un poco quiénes fueron los productores. De seguro, judíos franceses como la misma directora. Los productores de cine, entre quienes predominan los judíos, esto no es ningún secreto, han pretendido como siempre curarse en salud y atajar posibles suspicacias sobre las fuentes de financiamiento extranjeras del régimen nazi. Se dice que muchos de ellos eran judíos acaudalados que se desinteresaron de la suerte de sus hermanos menos favorecidos. Desde las guerras napoleónicas los Rothschild —desde Londres— le han dado cuerda a ambos bandos en contienda y, más tarde, han reclamado los dividendos. Si esto puede ponerse en tela de juicio, es innegable, por otra parte, el hecho de que entre esa gente se encontraban justamente quienes financiaban el otro bando, el de “los buenos”, los aliados, y que la intervención para detener el exterminio fue nula o tardía, pues ocurrió sólo al final de la guerra, nunca se trató de una cuestión prioritaria (siempre se ha pretextado que el Holocausto sólo se conocería en los últimos días). Desde el punto de vista de la crítica histórica la cinta es más bien lene, presentando al Pétain intransigente y senil, que conocen todos los franceses, en manos de hábiles colaboradores y colaboracionistas, exaltando —si bien de modo indirecto— el papel del gaullismo y la resistencia. En realidad, ese movimiento, al igual que la Iglesia católica, nunca abandonó la cautela. No que no condenaran de palabra, mediante declaraciones y comunicados más menos oficiales, pero tampoco que emprendieran acciones concretas para detener el exterminio. Es sorprendente y al mismo tiempo terrorífica la facilidad con que, en un estado de guerra, se pasa al discurso de la limpieza étnica, sin que nadie diga nada, donde todos se vuelven culpables de pecado por omisión. Para no ir muy lejos, en México existen muchas desapariciones inexplicables de mujeres, migrantes, jóvenes, indigentes. La lista que tiene las Naciones Unidas con los nombres de las víctimas es copiosísima.

La Francia ocupada, junto con la Francia libre, durante la Segunda Guerra, pueden verse como demasiado lejanas, tanto en el espacio como en el tiempo. El Holocausto se presenta como un hecho único en la historia, en verdad, lo fue en la magnitud y la eficiencia tecnológica con las que se ejecutara, pero el exterminio de grandes sectores de la población civil es por desgracia una constante en casi toda guerra. Muchos incluso —entre aquellos que integran la élite— ven en este acto algo positivo, una suerte de poda necesaria o profilaxis, el sacrificio de muchos en provecho de unos cuantos. La guerra es, en esencia, eso. Algunos de los vecinos de asiento se conmovieron ante la brutalidad de los hechos que veían en la pantalla. Por un momento pensé que eso era sólo posible si los espectadores se colocaban en el lugar de los protagonistas. El México de hoy, con tal crecimiento de la población y con tantos desvalidos, es un escenario idóneo para que algo semejante ocurra y, mayormente, con el descontento ante el resultado de las elecciones, ¡qué mejor pretexto! La justificación última del Holocausto según algunos historiadores es que no había suficientes recursos para alimentar a la población. No todos podían sobrevivir, jamás hay que olvidarse de eso. Ojalá sea el delirio de una pesadilla que sólo me atormenta a mí. Las películas del Holocausto tienen algo que toca fibras muy sensibles. Es verdad, yo no había vivido en aquella época, pero me había acercado demasiado a los alemanes, no sólo a ellos, como una cultura singular —en el concierto de las naciones europeas— sino también al ideal de progreso, de civilización, que se había alcanzado en Occidente. La manipulación de la Naturaleza, en virtud de la aplicación de la ciencia, era un vórtice que jalaba hacia el abismo, una especie de agujero negro, cada día más potente, que amenazaba con devorarlo todo. Se trataba, a no dudarlo, de la idea de decadencia implícita en el concepto mismo de civilización. Las civilizaciones nacen, alcanzan su nivel más alto de desarrollo y finalmente se extinguen. Si el antiguo filósofo Aristóteles las hubiese estudiado como Arnold Joseph Toynbee hizo, de seguro, habría acabado afirmando que —al igual que los planetas en su Física— eran seres vivos, dotados de ánima o principio vital, en pocas palabras, animales.

Ése es el reto que enfrenta el género humano, vuelto igual para todos gracias a la globalización. Los principios de la física nuclear, la química, la biología y las matemáticas son instrumentos que se hallan al alcance de casi cualquier nación. Todos los pueblos de la tierra quieren lo mismo y los más poderosos están ahí para asegurarse de que los beneficiarios sean, en todo caso, los menos. El poder consiste en otorgar beneficios o bien anularlos. Los recursos naturales no son ilimitados y menos con el desperdicio suicida que se ve por doquier. Ya este hecho aislado, prescindiendo de la idea de conspiración por un instante, ha introducido el tema del gran finale. Buen título, La redada, arresto masivo e imprevisto, como la define el diccionario Larousse en francés. Esperar hasta el último minuto para asestar el golpe definitivo. Los verdugos llegan en la madrugada, arrean el ganado humano, sin miramientos con niños, enfermos o mujeres encintas, concentrándolos en establos, primero en el Velódromo techado de París, más tarde —en los campos de concentración— los harán trabajar metódicamente hasta el agotamiento, disponiendo al final de sus despojos mortales en los hornos. “Quiero que sólo queden cenizas”, afirma el actor alemán (Udo Schlenk) que hace de Hitler, imitando sin escrúpulo la caracterización de ese personaje histórico que Bruno Ganz hizo en La caída (Oliver Hirschbiegel, 2004). Otros ecos de Moloch (Aleksandr Sokúrov, 1999) son perceptibles en las tomas de la residencia de reposo, enclavada en las cumbres de los Alpes bávaros, donde Hitler se rodea de su grotesca camarilla. El sueño de todos los estadistas es no dejar rastros de sus actos. Las cenizas, al final, carecen de identidad. No son ni niños ni mujeres ni hombres, ni siquiera huesos. Son casi una pura nada que, al soltarla por el viento, se esparce cayendo en forma de gránulos casi invisibles. Virtualmente desaparece. Se transforma en carbono, fósforo, nitrógeno. Acaba por confundirse con la materia misma del Universo. Ésa era la redención de los judíos a ojos del Führer. El sacrificio necesario de los indeseables para que los elegidos tengan mayor y mejor espacio vital (Lebensraum). Crescite et multiplicamini, son las palabras del Génesis. Era lo que Hitler, nuevo Jehová ario, habría querido decir a los suyos si hubiese ganado la guerra. Como la perdió, ¿quiénes eran en realidad los suyos? ®

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Publicado en: Cine, Septiembre 2012


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