Tres historias breves de una fugaz visita a casa

Hogar, agridulce hogar

A veces el trayecto de regreso a casa puede ser largo, inclusive cuando la distancia sea corta.

Aunque la mona vista de seda, mona se queda.
—Proverbio mexicano (o eso creo)

La estatua de los Montejo al final de Paseo Montejo

1

Mi amigo Juancho, reconocido artista de Mérida, se ha ofrecido a ir por mí a la estación del ADO. Como lleva tiempo sin verme desea parar en un bar a tomar una cerveza. Yo, en cambio, solo deseo ir a casa a dormir. Así que de inmediato me arrepiento de no haber tomado un taxi. En la avenida del Paseo de Montejo, detenidos en un semáforo en rojo, Juancho me señala con el dedo un montón de cajas de madera apiladas una sobre otra en mitad de la acera. “¿No te parece genial?”, me pregunta. “Increíble”, miento. “Mira esa otra obra de arte”, me señala una casita de madera hecha pedazos. “¿Qué pasa, no te gusta?”, me pregunta descubriendo en mi rostro un atisbo de duda. Silencio. En mi cerebro busco un calificativo rebuscado para que mi amigo no piense que no soy un artista tan genial como él. “Me parece muy abstracto”, digo a la desesperada. Juancho me mira con un dejo de desprecio. “Mira qué genuina esa de allá”, digo apuntando con el dedo al azar una de las decenas de obras regadas por la avenida. Juancho endurece el semblante. “Ese es un vagabundo durmiendo en una banca”, me dice. “No seas tonto, Juancho”, le digo y señalo otra obra al azar rezando en mis adentros para no caer de la gracia artística de mi amigo. “Rodrigo, esa es una letrina”, me dice Juancho indignadísimo y me lleva directo a casa. En silencio doy gracias a Dios por la existencia del arte moderno.

2

Mamá está viendo Señorita México. Hipnotizada ante la pantalla del televisor apenas repara en mi presencia. La saludo y no puedo evitar decir un chascarrillo desagradable: “A esas chicas deberían ponerles precio como a las reses de las ferias ganaderas”. Mamá endurece sus habituales dulces facciones del rostro. “No digas esas cosas horribles; tu hermana va a ser Señorita Mérida el próximo año”, dice. “¿Cómo estás tan segura de que va a ganar?”, pregunto. “Esta vez comerá menos y hará más ejercicio. Mucho más ejercicio”, responde. “Creí que mi hermana quería ser comunicóloga”, digo. “Las mujeres podemos hacer muchas cosas al mismo tiempo”, dice mamá (en plural). “¿Como tener cerebro y ser una tonta al mismo tiempo?”, pregunto. “Para tu información, Sarah Palin fue reina de belleza”, dice mamá. “Sarah Palin le pide a sus votantes que le recen a Dios para que se construya por obra y gracia divina un oleoducto en Alaska”, digo. “¿Cuando veas a tu hermana concursando pensarás que es un pedazo de carne?”, me pregunta. Suena el claxon del auto de Gustavo. Le digo a mamá que han venido por mí, que regreso en un par de horas. “No respondiste a mi pregunta”, insiste mamá. “No, yo no la veré como un pedazo de carne pero todos los jueces y todos los televidentes y Donald Trump, sí”, respondo. Sospecho que mamá llorará toda la noche.

3

Entregamos nuestras identificaciones. El oficial lee nuestras identificaciones. “¿A dónde se dirigen?”, nos pregunta. “A mi casa”, respondo. “Tu identificación dice que vives en Campeche”, me saca de mi error el oficial.

De regreso a casa, Gustavo se detiene en el Oxxo. Lo espero en el auto. Una patrulla último modelo y de apariencia futurista se estaciona del otro lado de la calle. Sus brillantes luces azules me ciegan por unos instantes. Del auto se baja un policía impecablemente uniformado. Armado hasta los dientes. Entra al Oxxo. Su pareja se queda en la patrulla. Gustavo sale del Oxxo y entra al auto. Un par de esquinas adelante, justo a una cuadra de llegar a casa, la patrulla futurista nos detiene. “Revisión de rutina”, dice el oficial gallardo y profesional. La pareja del oficial gallardo y profesional también es un oficial gallardo y profesional que nos dice que su intención no es molestar a ciudadanos responsables y buenos como nosotros, pero debido a que las placas del auto de Gustavo no son de Mérida y gracias la ola de asesinatos cometidos por el narcoterrorismo, uno nunca sabe, es necesario este tipo de cateos de rutina, si no es mucha la molestia. “Identificaciones, por favor”, nos dice el oficial. Entregamos nuestras identificaciones. El oficial lee nuestras identificaciones. “¿A dónde se dirigen?”, nos pregunta. “A mi casa”, respondo. “Tu identificación dice que vives en Campeche”, me saca de mi error el oficial. Le digo que vine a visitar a mamá. Que su casa está en la esquina, así que en teoría puedo decir que ésa también es mi casa. El oficial me mira con recelo y desconfianza, así que le digo que si lo desea nos puede escoltar hasta casa de mamá para que la despierte en mitad de la madrugada y pueda identificarme como su hijo legítimo y no como un sicario peligroso. “No es necesario”, dice el oficial. Secretamente me alegro, porque a estas alturas dudo de que mamá quiera reconocerme como su hijo. “Gracias, oficial”, le doy las gracias al oficial. “Nada de gracias, ustedes dos están borrachos”, dice el oficial. Gustavo se indigna. Justificadamente. Probablemente en dos horas estemos ebrios, pero no ahora. “No lo complique más, joven”, dice el oficial acariciando la funda de su pistola. Palidezco. Gustavo también. La pareja del oficial va a su patrulla y pide refuerzos por la radio. En un parpadeo llegan dos camionetas de lujo con oficiales uniformados con chalecos antibalas y metralletas de grueso calibre. Gustavo vacía su cartera y los oficiales desaparecen. Gustavo me lleva a casa.

En la soledad de esa casa (que ya no es mía) me siento miserable y solo. ®

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Publicado en: Junio 2011, Narrativa

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