TRES POEMAS

El necio, Hombre bala, Varados en Bellas Artes

El necio

Habré de hacerme oír

cuando no quede seña de lenguajes

ni escritura humana.

En honda pulsación fuera de órbita

alguna intermitencia mía

se mostrará inteligente.

Leve música de mi nostalgia

acosará futuras naves,

y astronautas inconcebibles

asediados por una última aurora,

escucharán voces a la débil luz

de mi más potente grito.

Cierta vibración, algún pautado ritmo

redundará por siglos en el espacio

hasta formar la improbable piedra

asteroide de la Memoria.

Fragmentada, alcanzará sin duda

superficie de planetas nuevos,

sacudirá su milenario polvo

ante miradas extrañas

que brillarán morbosas

con una breve incandescencia.

Iluminadas,

festejarán la supuesta disolución

de este necio, contumaz recuerdo.

Hombre bala

Instantes fetales, amnióticos.

Se concentra con las piernas tensas,

rigidez cadavérica en los muslos.

No pierde la firmeza un solo instante.

Planea su mente la ensayada maroma,

el nacimiento que protagoniza cada noche,

expulsado del mundo ante el asombro

de rostros jamás distinguidos

en la marea negra murmurante.

A veces —no siempre—

una palabra toma forma.

A veces —no siempre—

una exclamación grosera

lo acompaña en el viaje.

¿Será él mismo quien la emite?

Palpa el extremo, la frialdad del tubo.

Observa el planeta al fondo del borde,

luna que se hará ancha de golpe,

al abrirse la Tierra con estruendo.

Se ilumina en la penumbra

la flecha de las palmas reunidas,

apuntando al centro del astro.

Deshacer el hilo de siempre, dar luz al rebaño,

alguien tiene que hacerlo:

es la hora del circo.

Varados en Bellas Artes

A tierra poco firme

vino a parar

el blanco mar de mármol

del Palacio.

En volcánico amanecer

convocado cada noche,

al cielo devuelto,

un sol fulge en su interior.

Sucumben nuestros muertos

en sus salas,

pequeños ante el homenaje

de las Edades.

Ecos guardados en la piedra

por metales cien años templados,

las notas de cristal ascienden

por las columnas.

Con el vórtice de su huida

Bellas Artes arrastra una ciudad

que se hunde lentamente

en arcoírico estertor.

En sus orillas petrificadas los mexicanos

—náufragos ciegos—,

no entendemos todavía el arribo:

no sabemos si embarcarnos o partir. ®

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Publicado en: Octubre 2010, Poesía

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