Trilogía de la soledad

Tres volúmenes de Alejandro Badillo

A través de personajes que se erigen en un nebuloso territorio a medio camino entre la hiperrealidad y la ensoñación, Alejandro Badillo (Puebla, 1977) ha sido capaz de construir un universo narrativo pleno de oficio y poderío narrativo.

Alejandro Badillo

Son tres volúmenes de cuento producidos en un lapso de dos años: Vidas volátiles [BUAP, 2009], Ella sigue dormida [FETA, 2010] y Tolvaneras [Secretaría de Cultura de Puebla, 2009], libros que nos hablan no sólo de un narrador prolífico, sino de la seriedad en la apuesta de su oficio escritural.

La voz de este autor se antoja una suerte de instrumento óptico que lo mismo se ajusta en un movimiento panorámico que en minuciosos acercamientos —casi táctiles— en torno a mundos donde la ciudad, con sus laberintos y desencuentros, con sus enigmas y resplandores, se vuelve un personaje omnipresente y mutable.

A contracorriente de modas que postulan la preeminencia de las formas en detrimento de las historias, el oficio narrativo de este alumno aventajado en los talleres del narrador Alejandro Meneses se ciñe a la mejor tradición literaria, revelando a fuerza de tesón nuevos resplandores a formas centenarias. Ecos de Mallea, Onetti, Arreola, Elizondo —narradores poco atractivos a las nuevas generaciones de narradores, deslumbrados por las disgresiones posmodernas- fluyen a lo largo de estos tres libros que podríamos clasificar como capítulos de un proyecto narrativo más amplio.

El autor, quien actualmente cocina una novela, asume este afán totalizador: “Podría ser una trilogía por los intereses y el lenguaje que comparten los libros. Comencé escribiendo ficción científica y fantasía y me fueron ganando temas como el absurdo y la creación de atmósferas que no dependan tanto de una anécdota fuerte”.

Letras y fotogramas

Así, la paciente labor de orfebrería narrativa recuerda mucho la obsesión de Kundera por los pequeños detalles, esos que terminan teniendo un peso significativo en el desenlace de una trama; además de una fuerte influencia de la narrativa cinmatográfica, en esa idea de “ver” la acción.

La voz de este autor se antoja una suerte de instrumento óptico que lo mismo se ajusta en un movimiento panorámico que en minuciosos acercamientos —casi táctiles— en torno a mundos donde la ciudad, con sus laberintos y desencuentros, con sus enigmas y resplandores, se vuelve un personaje omnipresente y mutable.

Pero quizá el aspecto esencial de este conjunto narrativo es que tres libros participan de un eje y denominador común: la soledad.

El autor complementa: “La verdad no soy un gran cinéfilo, aunque trato de ver cine lo más que puedo. Entre lo último que más me ha llamado la atención es el cine de Ingmar Bergman, sobre todo Persona. Creo que esa influencia me viene de algunos autores con una narrativa así. En especial recuerdo un excelente cuento de Antonio di Benedetto llamado ‘El abandono y la pasividad’. Pienso mis cuentos en forma de escenas y, con base en esa aproximación, salen los detalles que aprovecho para delinear el lenguaje y la atmósfera. Sobre la soledad, es algo casi inercial y viene sobre todo de las lecturas de Onetti: personajes que vagabundean e imaginan fabricándose ensoñaciones imposibles o inútiles. En algunos de mis cuentos la soledad sirve para introducir algún elemento fantástico o absurdo que viene a subrayar la condición de aislamiento en las grandes ciudades”.

El laberinto

La ciudad casi como un personaje. Una entidad que puede ser imaginada, no sólo descrita. En nuestro país autores como Usigli, Bonifaz Nuño y sobre todo Pacheco han planteado la condición alienante de la ciudad. Relatos donde hay también un marcado ingrediente voyeurista —un eterno narrador omnisciente que espía por la cerradura: “Mis cuentos usan a la ciudad como un escenario que influye en los personajes, una especie de lugar indefinido en el que apenas se dibujan algunos elementos urbanos. La soledad es intrínseca en ellos, pero no es un elemento trágico, más bien es parecida a la condición del flanneur de Baudelaire: un sujeto que deambula por la ciudad, con cierta actitud contemplativa, quizás estoica. En el caso de Pacheco, por ejemplo, en Las batallas en el desierto, hay un recuerdo un tanto romántico de una ciudad que se transformó en un monstruo que eliminó cualquier asomo de colectividad. Creo que autores como Onetti o Roberto Arlt tienen una visión más descarnada de la ciudad con la que simpatizo más”.

Los tres libros de Alejandro Badillo nos dibujan a un fabulador oficioso y tenaz.

Sin embargo, un relato que sobresale como una isla en esta trilogía es “Bitácora del naufragio”, que en su temática y estilo narrativo se despliega a través de los cinco sentidos, entablando diálogos con otros textos y otros lenguajes —las cintas Aguirre o la ira de Dios, Cabeza de Vaca, La Misión, El Nuevo Mundo— merece ser desarrollada como una novela aparte.

Narraciones como “Café Bagdad”, “Los felices días del bombardeo”, “Historia del durmiente despierto”, “Rito de paso”, “Una flor encendida” y “Ella sigue dormida” son ocasión de metaliterarios devaneos que convergen en una realidad encerrada en el cuerpo de muñecas chinas, imágenes apocalípticas de un mundo en ruinas, calles y casas como laberintos y como bocas, páramos cotidianos donde el absurdo irrumpe con su oscura maquinaria, hombres y mujeres fragmentados o fuera de foco, caminos de nieve donde la soledad deletrea su propio alfabeto de pisadas y desencuentros, departamentos y vidas brillantes como peceras, donde la melancolía es un colorido pez que nada en aguas tranquilas. ®

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Publicado en: Febrero 2012, Libros y autores

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