Turismo paria

A postcard from Barcelona

La humanidad es una maquinaria sorprendente. Una verdadera cajita de sorpresas diabólica. En verano hace calor. Para eso están las sombras. Siglos de sabiduría contemplativa estival, propia de los pueblos mediterráneos, están siendo aniquilados por la compulsión desenfrenada del turista.

A Anita Belda, asesinada de dos balazos en Iguazú de Foz, Brasil, en agosto de 2006.

Cualquier explicación del mundo es siempre menos estrambótica que el hecho de que haya mundo.
—Salvador Paniker

Barcelona

Los situacionistas estarían muy contentos, es un jodido decir, con el pavoroso panorama que presenta esta deriva (detournement) generalizada y enlatada que es el turismo urbano. En sus teorías sobre el urbanismo y un nuevo mundo abogaban por una sociedad que se dedicaría básicamente a la creación de situaciones y a la deriva continua. Lo que no predijeron es que eso además iba a costar dinero (ya que pretendían abolirlo junto al trabajo) e innumerables sacrificios.

Bien. Tal como están las cosas, una parte de sus predicciones se ha cumplido, aunque sea de manera parcial. La mayoría de los habitantes de las economías llamadas del primer mundo trabajan (los que pueden) once meses y once días al año sin descanso, obreretes posmodernos al fin y al cabo, para poder pillar un avión low cost —en el que te hacen pagar el papel de baño y por supuesto TODAS las copas que te tomes, y darse un garbeo internacional ya sea con la pareja, un grupo de amigos o con esa amorfidad social aberrante que es la FAMILIA. Y ya puestos, gastarse los euretes arduamente conseguidos durante TODO un año en ese simulacro de descanso que son las vacaciones (que a menos que se viaje solo suelen desembocar en horripilantes psicodramas), y que, dicho sea de paso, exigen una disciplina y arrojo por lo menos iguales al necesario para manejar una plancha industrial durante jornadas de ocho horas tratando de no pillarse los dedos.

Los aborígenes de las ciudades masivamente visitadas no pueden dejar de caer en la tentación de preguntarse con asombro, para pasar el tiempo más que nada, qué coños hacen esas hordas de paletos nórdicos, gringos, eslavos o japoneses dejándose derretir las neuronas a las 3.30 de la tarde de un día cualquiera (36 grados) del mes de julio o agosto recorriendo las calles insufribles y apestosas, de por ejemplo la ciudad condal, con unas expresiones faciales que más que al éxtasis arquitectónico apuntan a la subnormalidad más estrepitosa. Esos seres de ignotos y misteriosos designios pasean por las calles —en bermudas imposibles y primorosos vestiditos, mirando la mayor parte del tiempo hacia el suelo para evitar pisar las grandes cantidades de detritos tanto humanos (léase lapos, orines en proceso de costrificación o condones quizá rellenos de semen letal, entre otras cosas —las jeringuillas hace bastante que se extinguieron junto a sus usuarios) como de la variada fauna adoptada como animales de compañía, que por si fuera poco llevan el incomprensible nombre de mascotas!!! y cagan sin parar. Dios mío, no hay nada más enajenante y descorazonador que la visión de un humano recogiendo las heces del bicho que pasea.

Los aborígenes de las ciudades masivamente visitadas no pueden dejar de caer en la tentación de preguntarse con asombro, para pasar el tiempo más que nada, qué coños hacen esas hordas de paletos nórdicos, gringos, eslavos o japoneses dejándose derretir las neuronas a las 3.30 de la tarde de un día cualquiera (36 grados) del mes de julio o agosto recorriendo las calles insufribles y apestosas, de por ejemplo la ciudad condal.

La humanidad es una maquinaria sorprendente. Una verdadera cajita de sorpresas diabólica. En verano hace calor. Para eso están las sombras. Siglos de sabiduría contemplativa estival, propia de los pueblos mediterráneos, están siendo aniquilados por la compulsión desenfrenada del TURISTA, esa subespecie de geipermans sin imaginación adolecidos, además de por una considerable afasia, de un boyescautismo radical que arrasa con todo: ciudades, santuarios, mares, sierras… con, con, con el surimi disfrazado de camarón de los antros con terraza del paseo Juan Carlos I (a 45 euros la docena, juar juar)… y sobre todo, con la ya de por sí precaria salud espiritual del personal indígena, una de las razones por la cual muchos de aquí han optado por pirarse definitivamente. Aunque a los paletos nativos lo que de verdad les mola es chapurrear su precario inglés de charcutería en los trenes de cercanías para presumir de cosmopolitas. Mierda de espíritu olímpico.

—Por favor, ¿dónde queda el barrio gótico?

Mi amor, mi alma, mi walkiria soñada… ¿acaso me ves cara de mapa? ¿O quizás la tengo de señor hospitalario y amable? Déjame en paz, PENDEJA!!!, y piérdete por donde te salga del coño… Con un poco de suerte te estafarán o te robarán la cámara. ¿No querías aventuras?

Todos hemos sido turistas en algún momento de nuestras vidas. El que esto suscribe se ha declarado hace mucho turista crónico pero ha desistido de la lógica proyección geográfica que tal diagnóstico implica, apenas traspaso los límites de mi barrio. La psicogeografía que practico, visto el panorama, es puramente mental, que además es más barata. A la pregunta recurrente de si estoy de vacaciones, como buen turista crónico, declaro que SIEMPRE estoy de vacaciones, sembrando la envidia general a mi alrededor. Vacaciones parias, por supuesto, ya que nadie me las paga. Ni las vacaciones ni ninguna otra cosa (mis amigos alguna que otra cerveza). Como artista y escritor free lance (que traducido al catalán de cerdanyola significa tira piedras hasta que alguien te las devuelva y te abra la cabeza) habito un limbo de precariedad y censura económica, social y afectiva —las únicas instituciones a las que he sido invitado son las comisarías y lógicamente, los únicos funcionarios que me han dirigido la palabra han sido miembros de los cuerpos de seguridad nacional (en varios países, eso sí).

Del mismo modo que no quiero tener más amigos —tengo más que suficiente con las amistades a las que YA estoy condenado—, desisto de pasear mi aliento alcohólico voluntariamente por ninguna otra latitud a la que la suerte o el amor me arrastre indefectiblemente.

Todos los starwaks del mundo son iguales. Y por si fuera poco sirven la misma mierda de café. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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  1. Vero Villagrán

    Cuando andamos de turistas pensamos erroneamente que los lugareños siempre nos atenderán y recibirán con honores. Mala cosa!!! Parece que el ser turista te da un linaje momentaneo donde te pares, grave falta al sentido común!!!

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