Turismo sexual en Haití

Vers le sud, de Laurent Cantet

Cantet aborda el problema desde el punto de vista de la mutua explotación entre dos partidos, los jóvenes negros, de pieles tersas y lustrosas, con ganas de divertirse pero sin un centavo ni mayores perspectivas en la vida, y un par de señoras maduras procedentes de la América del Norte.

Bienvenida al paraíso.

Bienvenida al paraíso.

Las modelos anoréxicas, los tipos de gimnasio, el ideal de la eterna juventud, la piel lozana y bronceada, la sonrisa luminosa y decir veintitantos o treinta años, la diferencia entre sentirse in or out en un bar del mundo desarrollado, no importa si en Boston, Montreal, Londres o París. La crisis, entre los cuarenta y los cincuenta, orilla no sólo a los seres humanos de sexo masculino a buscar paraísos sexuales sino también a las mujeres solas (viudas, divorciadas, quedadas o simplemente féminas demasiado independientes). Una de esas últimas esperanzas, tierra de promisión, la constituye el Caribe, más marcadamente Haití, un país donde sigue imperando el hambre y más desde el terremoto de 2009, de hecho ya imperaba en los años setenta cuando era necesario darse ciertas habilidades.

Laurent Cantet, realizador de películas como Ressources humaines (2000) y L’emploi du temps (2001), centradas en personajes masculinos, con un tinte un tanto documentalista, ecos del cinéma-vérité, se embarcó en el proyecto de adaptar un relato del narrador haitiano Dany Laferrière, quien fue testigo en aquellos años del mercado carnal que se daba en Puerto Príncipe entre algunas mujeres maduras. Lejos de la intención de denuncia o amarillismo, Cantet aborda el problema desde el punto de vista de la mutua explotación, bajo un esquema de reglas aceptables, entre dos partidos, los jóvenes negros, de pieles tersas y lustrosas, con ganas de divertirse pero sin un centavo ni mayores perspectivas en la vida, con Baby Doc Duvalier en el poder y sus esbirros, los tristemente célebres Tontons Macoutes silenciando gente, y un par de señoras maduras procedentes de la América del Norte.

La manera de abordar la filmación fue directa: película sensible a la luz, tonos claros, en ocasiones quemados, que dieran la sensación de época, en una suerte de cinéma pur; la cámara, muchas veces sostenida manualmente, para dar la idea de testimonio; el trabajo con las actrices, casi dejado a su criterio, a excepción de tres monólogos interiores, casi frente a un espejo, donde cada una de ellas encara la cámara de forma frontal, casi en un alarde brechtiano; el resto de las escenas con planteamientos y enlaces muy previsibles.

Paraíso de las rubias.

Paraíso de las rubias.

Helen (Charlotte Rampling), una inglesa con domicilio en Boston, es el alma del hotel La Petite Anse, una suerte de matrona que asigna los garañones, quedándose naturalmente con la mejor parte. En ese mundo onírico y exótico, Helen, una mujer de una existencia perfectamente convencional y gris en Nueva Inglaterra, se convierte en toda una vamp con delirios de reina de Inglaterra, hasta que llega Brenda (Karen Young), la retadora, quien no es sino una más de esas sosas hijas de Norteamérica, más joven que la primera, rubia clara, eso sí, quien ha tenido un antecedente hace un par de años con Legba (Ménothy César). El muchacho haitiano era entonces un niño de quince años pero la norteamericana no pudo resistir la tentación. “Todo es tan distinto aquí”, afirma Sue (Louise Portal) como queriendo empujar a otra añosa huésped a iniciar a un niño de color. La simpleza de la vaca gorda quebequense, como la tilda Helen, establece un equilibrio entre los dos partidos en conflicto.

“Todo es tan distinto aquí”, afirma Sue (Louise Portal) como queriendo empujar a otra añosa huésped a iniciar a un niño de color.

Uno y otro personaje femeninos, Helen y Brenda, representan visiones contrapuestas del mundo: Helen, el hedonismo de cuño más racional y refinado, consciente de lo delicado del placer y su consiguiente graduación; Brenda, la puritana reprimida, de una sexualidad histérica, quien siente que se le va la vida y tiene entonces todas las de la ley para dejar libre su otro yo. En realidad, el desenlace no va a decidirse por la oposición y el enfrentamiento de estas dos posiciones mutuamente excluyentes, casi teorías filosóficas en discordia, por el lado del deleite, tal como sostuvieron los griegos Epicuro (racionalismo) y Aristipo (irracionalismo), sino por la influencia del medio político de una dictadura, que es donde se desarrolla la acción. A Legba, objeto de la disputa, van a sacarlo de circulación sus propios compatriotas, por motivos que no resultan del todo claros, aunque el espectador presume que tienen que ver, en todo caso, con la envidia ante la inusual apostura y simpatía del efebo. Si bien el inspector de policía no deja pasar la ocasión cuando interroga a Helen de aludir al expediente no del todo limpio del muchacho.

Aunque el desenlace de Vers le sud (Bienvenidas al paraíso, 2007) de Laurent Cantet resulta previsible desde el primer momento ‒así debían acabar las cosas en un país tan corrupto y miserable del Tercer Mundo, con sangre y un cuerpo muerto‒, el espectador se queda con la última imagen de la racional Helen engañada, volando de regreso a Boston, elegantemente vestida como toda su persona, y la desenfadada Brenda, a bordo de un barco con rumbo a otra paradisíaca isla de las Antillas a seguir consumiendo carne, sin hacerse demasiadas preguntas; finalmente ha aprendido la lección, aunque sea a costa de la dicha de dos seres, el infortunado Legba y la demasiado pagada de su inteligencia Helen. ®

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Publicado en: Cine, Junio 2013


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