Turista mexicano en Chiapas

La incapacidad de entender

“Todo aquel que ha venido a esta tierra se ha acercado como enemigo, conquistador o visitante incapaz de entender”. Esa frase de Carlo Levi, que originalmente se refiere a Albania, parece costurada a la medida de Chiapas, tierra con una realidad y una historia compleja, mitificada en el resto del país.

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Plaza principal de San Cristobal, © Edgar Velasco

En su novela Cristo se paró en Éboli Carlo Levi escribió una frase más que concluyente para referirse, según el poeta Remzi, a lo que podría ser Albania, región cercana y parecida a Sicilia, donde se ubica la historia del libro: “Todo aquel que ha venido a esta tierra se ha acercado como enemigo, conquistador o visitante incapaz de entender”.

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Pido una torta vaquera en La Torta Vaquera porque es la especialidad de la casa. Pierna, jamón, quesillo. Me obsequian agua de horchata que katafixio y obtengo agua de jamaica y un pay de queso que se ve de lo peor. Me siento y deposito mi charola en una mesita de las muchas que hay vacías en la zona de comida de este mall de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

La torta está sabrosa y, más que nada, es la oportunidad de mandar lejos el omnipresente chipilín, las bolitas de nixtamal, el cochito que he comido durante días. Es extremo confesarlo, pero hubiera preferido McDonalds, aunque, como casi todo a esta hora, ya cerró. Es de noche. Pocos locales se mantienen abiertos.

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A partir de entonces, exhibida la ancestral desigualdad en el estado más pobre de la república, la insuficiente dotación de servicios públicos, el olvido indígena, en suma parte del carácter tercermundista de México, sobrevino un sospechoso entendimiento de Chiapas y su problemática.

El levantamiento neozapatista de 1994, más que oponer un verdadero movimiento belicoso al gobierno federal presidido por Carlos Salinas de Gortari, puso en escena los lastres de pobreza y marginación aún existentes en el país, lo cual contradecía de manera escandalosa las gracias neoliberales y las políticas públicas puestas en marcha por el gobierno salinista, que en el discurso supuestamente encaminaban al país hacia el primer mundo.

A partir de entonces, exhibida la ancestral desigualdad en el estado más pobre de la república, la insuficiente dotación de servicios públicos, el olvido indígena, en suma parte del carácter tercermundista de México, sobrevino un sospechoso entendimiento de Chiapas y su problemática, un ejemplo aparentemente contrario a la frase arriba citada de Cristo se paró en Éboli: muchos quisieron hacer creer que llegaban a esta tierra amigos, pacificadores, empáticos.

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Frente a mí, una familia de cuatro integrantes come Pizza Hut y bebe gaseosa de manzana. Me miran, los miro.

Me levanto, sujeto la charola, tiro los restos, incluido el pay, en un bote que pide dividir la basura en orgánica e inorgánica. Miro el reloj. Ya no tengo hambre, pero para hacer hora voy a Taco Inn y pido un paquete que incluye minitaquitos de bistec y pastor y más agua de jamaica. Uno de los tres jóvenes que atienden me da una especie de ovni pequeño, que no vuela pero tiene foquitos que prenden y apagan tipo el Fabuloso Fred. Y vibra. Cuando vuelva a vibrar y se ilumine una secuencia vuelva por su orden, me dice, estará lista. Los otros dos despachadores hacen cuentas en un cuaderno. El cierre del día es inminente.

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De pronto, al tiempo que el encapuchado subcomandante Marcos ocupaba los titulares y las pantallas de medios nacionales y extranjeros con su discurso político-literario y su mediático look, las diversas instancias gubernamentales, periodistas, intelectuales de todas las ideologías, religiosos activistas, europeos fascinados por el exotismo indígena o cineastas que pensaban más en un premio de festival italiano o francés que en los tzotziles sobre los que apuntaban sus cámaras, creyeron comprender como nunca la realidad chiapaneca.

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Vuelvo a mi sitio a la mesa. En rigor, cambio de mesita. Una chica muy potable se despide de beso de un tipo que despacha detrás del mostrador en Subway, pero no se va. Siguen platicando. Ella parece enamorada. Él también. Pero como que no se atreven a dar el siguiente paso en su relación. Miro el ovni-Fabuloso Fred. Se prende y vibra al poco rato. Me levanto enseguida y tomo la charola con mi orden y regreso a mi lugar. Como. Tiro los restos. Han apagado varias luces. Me marcho.

Tianguis de artesanías en la frontera

Camino por el mall, por poco, vacío. Las tiendas están cerradas. Bajo las escaleras y llego a Cinemark. Ya había decidido cuál vería, aunque sigo sin estar convencido. Lo malo es que ya vi casi toda la cartelera de este cine, en mi breve estancia en Tuxtla. Y, de momento, me niego a ver a Jackie Chan o una de dibujos animados. Orillado por las circunstancias, voy a la ventanilla, seguro de que aún no quiero regresar a mi hotel.

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Sin negar entendimientos posibles pero aislados, probables pero no de primera plana ni de estatuilla cinéfila cool, gracias a la atención que atrajo el neozapatismo sobre el estado, la simplificación de esa complejidad milenaria chiapaneca se adivinaba dudosa e interesada. O sea, falsa. Oportunista.

Así pude comprobarla, además, al visitar Chiapas. Una percepción quizás personal, pero mía y no por ello menor. Puesto que, por principio Chiapas es la totalidad de su gente, su territorio, su infraestructura, su decena de lenguas, sus 118 municipios y no sólo los ciertamente numerosos atractivos turísticos, sus principales cabeceras administrativas y sociales o, peor aún, sus nada baratos souvenirs.

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Entro en la sala 2. Está vacía. Seré el único espectador. Esto de estar solo en un cine sólo me ha ocurrido en Chiapas, que conste. Busco una butaca que me agrade, todas están disponibles para mí, excepto una que tiene una manta blanca que dice Fuera de servicio.

Tomo asiento. Con el celular me saco algunas fotos en esa soledad que no es tan solitaria puesto que hay cine. Baja la luz. Empiezan los trailers, vienen los anuncios. Miro el proyector, nadie lo opera. Comienza la cinta.

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No fui a Chiapas como enemigo ni tampoco como conquistador, volviendo a la frase de Carlo Levi. Pero en pocos sitios me he sentido más ajeno que en Chiapas y, en cierta forma, con menos capacidad para comprender su realidad. Y juro que traté.

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Estuve en Tuxtla Gutiérrez, en Chiapa de Corzo, en San Cristóbal, en Comitán, en los top sites turísticos. Por fortuna, llevaba cine en mi PSP. Me hubiera hecho falta. Pero igual fui al cine. Al de pantalla grande. Varias veces. Sentí esa necesidad de refugio.

No fui a Chiapas como enemigo ni tampoco como conquistador, volviendo a la frase de Carlo Levi. Pero en pocos sitios me he sentido más ajeno que en Chiapas y, en cierta forma, con menos capacidad para comprender su realidad. Y juro que traté.

O sea, no se puede estar indefinidamente en la selva mirando una naturaleza de belleza pródiga que, sin embargo, convive con tierra agotada y explotación desmedida; una pobreza extrema y sin salida que sólo puede verse en un territorio caciquil; navegando el Grijalva dejándose cautivar por el Cañón del Sumidero, haciendo de cuenta que uno —uno: es decir los turistas nacionales— no es tratado como turista de segunda ante los extranjeros, que pagan y dejan propinas en dólares o en euros a los seducidos prestadores de servicios de la región.

En otras palabras, sí se puede. Pero es difícil comprender que se está en un estado que en apariencia tiene todo, aunque en la realidad su gente, al menos la mayoría, carece de lo mínimo. Eso es el atraso, la injusticia, la indolencia. Pero eso no es culpa del turista nacional, del resto de los mexicanos. ¿O sí?

Algo debía hacer entonces mientras emprendía el largo camino a casa, paradójicamente con una sensación de extranjería. Paradójicamente, porque ahí el extranjero es visto y tratado con calidad gran turismo. En todo caso, el cine, como suele hacerlo todo buen arte, me extendió los brazos cuando más lo necesitaba, cuando las circuntancias me hicieron sentir offside. ®

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Publicado en: Abril 2011, Apuntes y crónicas


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  • Luis e

    éoN,

    no creo que sea lo hipster, quizás un tanto Indie; por otro lado, es esa maldita cuña de lo neozapatista, es decir, fue más falso el gobierno salinista y sus seis míseros años, eso sí, neoliberales o neomexicanos.

  • ana: gracias por leer y por tu comentario,
    que no discutiré. sólo me gustaría
    saber dónde encontraste las faltas de ortografía
    para tomar nota de ellas. eso.

  • Ana Aranda

    Faltas de ortografía y mamonerías hipster. Tienes la rebeldía y la novedad de un Tv notas manoseado de una peluquería.