TV: un instrumento de manipulación sobrepasado

La Red y la televisión convencional

El modo de consumir televisión ha cambiado tanto, al menos para una parte de la población mundial, que podríamos decir que la televisión no sólo influye por sus programas sino por la pantalla en que son visionados.

La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: más él contempla, menos vive; más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo con respecto al hombre activo se muestra en el hecho que sus propios gestos ya no le pertenecen, sino que pertenecen a un otro que se los representa. Es por eso que el espectador no se siente en ninguna parte en lo propio pues el espectáculo está en todas partes.
—Guy Debord, versículo 30 de La sociedad del espectáculo

La televisión en los cincuenta.

La televisión en los cincuenta.

Podríamos estar de acuerdo con el sociólogo francés Debord en que cuanto más vemos televisión menos vivimos, pero eso se podría aplicar también a la lectura, y muchos sentimos que al leer no sólo estamos viviendo, sino reviviendo con ayuda de un autor otras vidas que éste ha imaginado antes. Quizás usted, que ahora lee este texto, lo haga en una pantalla en la que también ve productos televisivos. Yo lo he escrito en el mismo portátil en que consumo habitualmente televisión: nada que ver con las televisiones con su mando a distancia donde quedas inerme bajo el dominio de un programador que decide introducir en el momento más inoportuno una serie de comerciales para intentar venderte algo. El modo de consumir televisión ha cambiado tanto, al menos para una parte de la población mundial, que podríamos decir que la televisión no sólo influye por sus programas sino por la pantalla en que son visionados. Pero comencemos por el principio.

En España la televisión llegó en plena dictadura, en 1956. Era un aparato costoso, para ricos. Hasta que terminó el franquismo (para despistados: ahora vivimos en una democracia de mala calidad que podemos denominar posfranquismo, con un gobierno neofranquista en la actualidad) muy poca gente se la podía permitir: había que ir a los bares o a locales de asociaciones de vecinos a ver lo poco que emitían, pues tan sólo había dos canales y las horas de emisión comenzaron siendo sólo tres. En los años setenta del siglo pasado había cuatro millones de aparatos de televisión en España. En 1983 se aprobó la ley del tercer canal, por la cual cada comunidad autónoma podía tener su propia televisión y las emisoras privadas no llegarían hasta casi 1990. Ahora estamos en plena jungla de las TDT (televisiones digitales terrestres), pero en plena crisis económica algunas ya han tenido que fusionarse con otras o simplemente desaparecer. Con la bonanza económica, en cada hogar español hay varias televisiones y, con la expansión de las nuevas tecnologías, sobre todo la popularización de internet y los teléfonos móviles, cualquier contenido televisivo se puede ver en múltiples pantallas.

En España la televisión llegó en plena dictadura, en 1956. Era un aparato costoso, para ricos. Hasta que terminó el franquismo (para despistados: ahora vivimos en una democracia de mala calidad que podemos denominar posfranquismo, con un gobierno neofranquista en la actualidad) muy poca gente se la podía permitir: había que ir a los bares o a locales de asociaciones de vecinos a ver lo poco que emitían.

La escasez de televisiones y de horas de programación provocó que determinadas generaciones de televidentes en España quedáramos marcados por un imaginario “televisivo” propio: las generaciones de los setenta y los ochenta del siglo pasado aún tenemos en común series de dibujos animados como Mazinger Z, La abeja Maya o Heidi, programas de debate como La clave; seriales estadounidenses del tipo Colombo, Bonanza, El gran héroe americano, El equipo A o de factura propia como Curro Jiménez y Verano azul. En aquella época los escolares y los trabajadores podían hablar del programa visto el día anterior en su lugar habitual de reunión, algo impensable hoy en día ante tal cantidad de canales, productos televisivos disponibles y pantallas en que verlos.

La antigua diversión familiar.

La antigua diversión familiar.

Con el despliegue tecnológico actual ha quedado desfasada esta conclusión del especialista Roland Barthes: “En la televisión, aunque también se pasan películas, no hay fascinación; la oscuridad está eliminada, rechazando el anonimato; el espacio es familiar, articulado (por muebles y objetos conocidos), domesticado: el erotismo (digamos mejor la erotización del lugar, para que se comprenda lo que tiene de ligero, de inacabado) ha sido anulado: la televisión nos condena a la familia, al convertirse en el instrumento del hogar, como lo fuera antaño el lar [el fuego de la cocina], flanqueada por el caldero comunal”. Barthes contraponía cine y televisión, mas aunque sigan existiendo ambos, las nuevas pantallas y modos de producción de las golosinas audiovisuales han causado que lo que realmente importe sea el producto —de calidad o pésimo— y no el lugar o el momento en que se consuma.

Cómo vemos ahora televisión

En Europa es cada vez más frecuente ver cualquier producto televisivo con el teléfono móvil o un tablet —siempre conectados a internet— en la mano. Mientras ves, por ejemplo, el programa de debate, haces comentarios en Facebook sobre lo que te interesa o te burlas en Twitter de los tertulianos con los que no simpatizas. El propio programa te lo facilita y lo fustiga proponiéndote una etiqueta (hashtag) para que todo el “rebaño” que está viendo ese programa identifique a las otras ovejas y sigan al pastor o le tiren piedras. En este último año, en España la lucha de las emisoras de televisión por las audiencias también incluye esta “guerra en las redes sociales”. Al dato puntual y sagrado del “share” conseguido por cada programa, por cada serie, por cada “reality show”, se le añade el presunto alcance de comentarios en las redes sociales, fundamentalmente Facebook y Twitter, aunque en algunos segmentos de edad valoren otras como Tuenti. Por supuesto, como ocurre con las votaciones y las oleadas del Estudio General de Medios, todos “ganan”: unos porque mejoran con respecto al programa pasado, otros porque alcanzan más audiencia que la competencia y los más porque venden a sus patrocinadores datos específicos del tipo de espectador que puede llegar a ver su propaganda comercial.

Yo he terminado la fabulosa serie Breaking Bad esta semana, en su último capítulo, y en las cinco temporadas no he visto un solo comercial ni nada me ha interrumpido su visionado. Un grupo de colegas decidió verla conjuntamente y fueron rotando por la casa de cada uno para cada episodio, donde cada reunión era una envidiable fiesta: ¿quién decía que la televisión aislaba y atontaba?

Sin embargo, lo recién referido sólo atañe a los que todavía ven televisión convencional. Cada vez somos más los que apenas vemos esa televisión y consumimos series, debates o documentales cuando queremos y donde queremos (léase “podemos” también, pues el tiempo de ocio es limitado). Yo he terminado la fabulosa serie Breaking Bad esta semana, en su último capítulo, y en las cinco temporadas no he visto un solo comercial ni nada me ha interrumpido su visionado. Un grupo de colegas decidió verla conjuntamente y fueron rotando por la casa de cada uno para cada episodio, donde cada reunión era una envidiable fiesta: ¿quién decía que la televisión aislaba y atontaba? Cada vez el consumo de televisión tiende al mismo esquema en que navegamos por internet: buscamos lo que nos interesa o lo que nos recomiendan nuestros prójimos, lo bajamos a la computadora o a algún dispositivo donde podamos visionarlo y ya. Los periódicos en papel, también en vías de extinción, todavía llevan un par de páginas al final con la parrilla de la televisión de ese día. ¿A qué espectador avanzado le interesa ya eso teniendo todo al alcance de varios clicks en internet?

La televisión como instrumento de manipulación superado

“Creo, en general, que no se puede decir gran cosa en la televisión, especialmente sobre la televisión. ¿No se debería, si es verdad que no se puede decir nada en la televisión, entonces concluir con un buen número de intelectuales, artistas, escritores, entre los más importantes, que uno se debe abstener de tratar de explicarse allí?”, señalaba Pierre Bordieu en su ensayo “Acerca de la televisión” en los años noventa del siglo XX. En su nacimiento, como ocurre ahora con internet, la llamada “caja mágica” estaba llamada a ser una potente herramienta cultural y educativa. Se intentó, pero al final se descubrió —algunos aún no lo tienen muy claro— que la televisión no servía para educar ni para filosofar: las masas quieren espectáculo, queremos entretenimiento. Y aquí estamos, tras miles de horas de televisión, de millones de minutos de basura y cientos de joyas que hoy sólo se pueden ver en YouTube porque en una televisión al uso apenas serían contempladas, como este debate entre Chomsky y Foucault en 1971, que a muchos nos gustaría que se repitiera, pero ya que Foucault ha muerto, con Bauman, Onfray o Zizek.

La televisión es, por definición, velocidad. Y en la urgencia no se puede pensar. Por eso en ella sólo triunfan los que tienen el verbo rápido pero que dejan muchas veces el pensamiento en casa. Es absurda y artificial la gran cantidad de tertulias con los mismos opinadores o “todólogos” —mañana, tarde y noche— que hay ahora en España. En palabras de Bourdieu, lo que a la gente nos están haciendo ver en realidad son —debates verdaderamente falsos o falsamente verdaderos”. Por ejemplo, sería impensable que hubiera un debate con los tertulianos habituales sobre las condiciones de trabajo en El Corte Inglés o Movistar, dos de los mayores anunciantes en todos los medios de información españoles.

Es absurda y artificial la gran cantidad de tertulias con los mismos opinadores o “todólogos” —mañana, tarde y noche— que hay ahora en España. En palabras de Bourdieu, lo que a la gente nos están haciendo ver en realidad son —debates verdaderamente falsos o falsamente verdaderos”.

La capacidad de manipulación de la televisión es brutal. Antes de comenzar a estudiar periodismo la sufrí en carnes y desde entonces la temí: me preguntaron por la calle, cámara en ristre, mi opinión sobre el bloqueo a Cuba por parte de Estados Unidos —tras más de dos décadas de aquella cuestión, la situación sigue. En mi respuesta aproximada señalaba que mientras Estados Unidos siga en su postura y Fidel Castro con su lema “Socialismo o muerte”, será siempre el pueblo quien sufra. Como casi todos los consultados respondieron algo similar —sin quedarse con el diablo ni con su enemigo—, en Telecinco se arreglaron para cortar mi intervención y poner en mi boca “socialismo o muerte”. Por supuesto, mis amigos sabían mi postura al respecto, pero para quienes vieron esas imágenes yo quedé como un castrista furibundo. Esa capacidad de cercenar cualquier opinión, de montar la que conviene al editor de informativos de turno, puesto por el gobierno amigo (en España las televisiones públicas, salvo honrosas excepciones, han estado siempre al servicio del partido en el poder y su ideología y las privadas responden a los mismos intereses, pero repartidos en lobbies), ya sólo cuenta para los que ven la televisión tradicional y sólo se informan por esa vía. Una gran mayoría aún, por desgracia. Los ciudadanos que se interesan por lo que en realidad ocurre tienen múltiples fuentes para hacerse una opinión, no sólo en las redes sociales con la opinión formada de otros concernidos, sino incluso en la prensa internacional, todavía accesible de modo gratuito en su mayor parte a través de internet.

Rajoy, el CaraPlasma. Foto © Enrique Cidoncha.

Rajoy, el CaraPlasma. Foto © Enrique Cidoncha.

Esa conjunción de medios y dispositivos que no había hace tan sólo un lustro ocasiona que los discursos de los políticos, antes considerados casi oráculos, hoy sean escrutados casi al minuto y, si hay algo falso u oculto, desmontados al segundo. Está ocurriendo ahora mismo con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, al que en las redes sociales ya han bautizado como “CaraPlasma” por intentar ocultarse con discursos en una televisión en la sede de su partido y por no permitir preguntas de los periodistas tras sus comparecencias públicas. El bochorno que causa un político así, al que constantemente están aireando conexiones con la corrupción y que, en vez de afrontarlas, se dedica a echar carreras a los periodistas para huir de ellos o escudarse incluso en informadores de su cuerda para que le hagan la pregunta fácil, es indignante. Todas las revoluciones de baja intensidad producidas estos años en España (movimiento 15M, plataforma Stop Desahucios y similares) no serían posibles sin un microsistema de fuentes de información directas, casi simultáneas y diversas. La hegemonía de la televisión como instrumento de intermediación manipulado está ampliamente superado y tan sólo es necesario que se extienda. La falta de memoria y contexto que supone la televisión convencional se ha paliado con la Red, donde queda un repositorio de lo que nos han contado antes y lo que intentan vendernos ahora cada político y cada partido.

La hegemonía de la televisión como instrumento de intermediación manipulado está ampliamente superado y tan sólo es necesario que se extienda. La falta de memoria y contexto que supone la televisión convencional se ha paliado con la Red, donde queda un repositorio de lo que nos han contado antes y lo que intentan vendernos ahora cada político y cada partido.

Bordieu apuntaba sobre lo “caro” que es hacer minutos de televisión, lo cual obligaría al medio por sí mismo a una “censura económica”. Ahora que cualquiera, con un simple teléfono y su cámara, tiene acceso a YouTube como productor de contenidos, eso sería irrelevante. Pero el control de los medios sigue siendo el mismo: o los gobiernos o grandes grupos de comunicación. Incluso YouTube, llegado el caso, puede retirar tu vídeo con cualquier excusa. Los recientes descubrimientos sobre espionaje por parte de Wikileaks o de Snowden nos señalan dónde está el poder, que acaba por tener forma de pentágono. Como estos detentadores saben que la televisión ya no tiene el monopolio de hecho sobre la formación de los cerebros de una parte importante de la población, están intentando poner coto a internet. Mientras en tv convencional se llena mucho tiempo “con el vacío, con la nada o casi nada, se desechan las informaciones pertinentes que debería poseer el ciudadano para ejercer sus derechos democráticos”, que explicaba Bourdieu, en la Red no ocurre, porque escoges tú lo que quieres ver y sobre lo que quieres informarte. Pero para eso tienes que apagar el aparato y, como decían los rockeros argentinos Soda Stereo en “Sobredosis de televisión”, mover el orto. ®

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Publicado en: La televisión y otras pantallas, Octubre 2013


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