Umbrales

El espejo y yo

El cuerpo ha sido pensado siempre como un páramo de significados que burlan al lenguaje, vehículo de las sensaciones y de los placeres, impureza mundana y perfección divina. Sin embargo, para mí el cuerpo es un umbral. El límite entre mi mundo y el mundo de los otros.

I

“¿Cómo le hace el espejo para reflejarnos?”, pregunté hace muchos años a la hora de la comida. Mi papá, mamotreto de alguna enciclopedia apoyado en rodilla izquierda, lee: “Un espejo es una superficie casi siempre plana muy pulimentada que puede reflejar la luz que le llega con una capacidad reflectora de la intensidad de la luz incidente del 95%…” Papá continúa leyendo y yo me aburro. Cuando me doy cuenta ya está hablando del mecanismo de las cámaras fotográficas, la gran pasión de la vida que le queda después de las cinco de la tarde. Entonces no hay nada mágico en los espejos, concluyo tranquila, pero por las noches, sobre todo, les sigo teniendo miedo.

Un sábado por la tarde, algunos meses después, mientras miramos las fotografías que acabamos de revelar le pregunto:

—¿Y si yo no soy así?

—¿Cómo que no eres así?

—Sí, qué tal si todos me ven diferente de cómo soy en realidad, qué tal si yo no soy como en la foto pero así me ves.

—Claro que eres como en la foto, ¿no te has visto en un espejo?

—¿Y si en el espejo también me veo diferente? Yo sola no puedo verme la cara, no puedo saber cómo soy. ¿Y si el espejo tampoco me refleja como soy en realidad? ¿Cómo puedo saber?

—El espejo te refleja como te vemos todos los demás y entonces así es como eres, hija.

Ese día mi padre provocó mi primera crisis de identidad.

II

La consciencia del cuerpo es igual a la consciencia de la muerte. Si pasara cada instante en la lucidez de la mortalidad la vida me sería insoportable. A pesar de estar oculta entre los pliegues de todo lo que vive, me olvido de la muerte hasta que algo me obliga a enfrentarla. Y cuando eso ocurre experimento una muerte anticipada, figurativa e incierta, acaso más terrible que la verdadera.

Asimismo me sucede con el cuerpo, aunque pareciera que estoy condenada a padecerlo y a pasar gran parte de mi tiempo atendiendo sus necesidades, lo abandono constantemente sin darme cuenta, camino deshabitada, ajena a mis propios gestos, como si fuera otra la que viviese a través de mí, hasta que algo me despierta de nuevo dentro de mi piel.

Los lugares y los cuerpos se habitan a través de la mirada, adoptan una forma y un color definitivo cuando los observas. Nadie puede tenerse a sí mismo porque nadie puede verse. Nuestro cuerpo no nos pertenece, es un cerco que les pertenece siempre a los otros, los que lo miran.

El cuerpo ha sido pensado siempre como un páramo de significados que burlan al lenguaje, vehículo de las sensaciones y de los placeres, impureza mundana y perfección divina. Sin embargo, para mí el cuerpo es un umbral. El límite entre mi mundo y el mundo de los otros. Mi cuerpo me permite actuar en ese mundo, pero nunca me permitirá ser completamente parte de él porque lo miro desde una frontera. La piel es un cerco infranqueable y una vez que lo sabes es imposible vivir siendo plenamente consciente del confinamiento y la soledad a la que nos condena.

Jamás se podrá poseer el propio cuerpo como se posee el cuerpo ajeno porque es imposible mirarlo completo, reconocerlo sin un objeto de por medio. Mijaíl Bajtín escribió alguna vez que nuestra imagen en un espejo es igual al otro viéndonos con nuestros ojos. Quiere decir que a pesar de que el espejo sea capaz de colocarnos delante de nosotros mismos como objetos, el filtro de cómo nos percibimos siempre es la alteridad.

Los lugares y los cuerpos se habitan a través de la mirada, adoptan una forma y un color definitivo cuando los observas. Nadie puede tenerse a sí mismo porque nadie puede verse. Nuestro cuerpo no nos pertenece, es un cerco que les pertenece siempre a los otros, los que lo miran.

III

Cuando tenía catorce años la monja que dirigía mi secundaria revivió mi fascinación infantil por los espejos al indicarnos una mañana después de misa que a las niñas que se enajenan en la contemplación de su imagen sin fines prácticos, como peinarse o lavarse la cara, se les aparece el diablo. En lugar de comprender que la Madre Rosario se refería a que no debemos incurrir en el pecado mortal de la vanidad, mi mente fantasiosa y primitiva comenzó a interesarse por las prácticas esotéricas. Los espejos me parecieron entonces objetos místicos y poderosos. Umbrales, como la piel, entre nuestro mundo y el mundo de los otros.

Una tarde mi mejor amiga y yo decidimos jugar a “los lápices” frente al espejo de su cuarto. No recuerdo muy bien la dinámica pero una tenía que sostener un par de lápices en las manos mientras la otra hacía preguntas, dependiendo de hacia dónde se inclinaran la respuesta era afirmativa o negativa. De pronto, las velas que habíamos encendido se apagaron de súbito. Mi amiga comenzó a gritar y las dos salimos corriendo de la casa. “¡¿Lo viste?! ¡Dime que tú también lo viste!”, y yo asentía una y otra vez aunque no había visto nada. Nunca volvimos a intentarlo ni a tocar el tema. Nunca me dijo tampoco lo que se supone que vimos.

IV

Hoy los espejos han perdido para mí su cualidad de umbrales, el cuerpo es la única frontera real entre los mundos. Sin embargo, algunas mañanas, cuando giro la llave del lavabo y antes de mirarme por primera vez en el espejo que pende sobre él me recorre una angustia terrible por aquello que podría mostrarme.®

Compartir:

Publicado en: (Paréntesis), Octubre 2012


Te invitamos a tomar nuestro curso en línea Presencia en internet para escritores.
Conoce el programa e inscríbete.

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.