Un artefacto disolvente

Sobre El último ciclista, de Pedro Damián

¿Quién recuerda un antepenúltimo cigarro o la penúltima cuba? ¿Y el relato de nuestra primera cogida no pertenece más al reino del mito personal que al de lo verificable?

el último ciclista

¿Será que lo último de algo, lo último de lo que sea, está definitivamente perdido?, ¿condenado a la desaparición? / El último cigarro, el último mohicano, el último trago… ¿No será más bien que estos supuestos últimos persisten en la memoria aún más machaconamente que los penúltimos, los miserables antepenúltimos o los insoportables primeros? ¿Quién recuerda un antepenúltimo cigarro o la penúltima cuba? ¿Y el relato de nuestra primera cogida no pertenece más al reino del mito personal que al de lo verificable? Lo último, quizá por colindar con su propia desaparición, se vuelve una persistencia fantasmagórica, algo siempre a punto de no–ser que porfía y se agarra, se clava; pincha y patea a la infame desmemoria, a la sintaxis nítida, al modo civilizado de hacer poesía, ese lenguaje último, él también.

En El último ciclista, de Pedro Damián (Cuernavaca: La Ratona Cartonera, 2016, 2ª edición), eso último, que porfía en su porfía, que pincha, patea y magulla, me ha parecido ser un cuerpo que recorre, o mejor, que se arrastra a través de los once poemas del libro, aunque justo sería decir que no hay cuerpo alguno, por lo menos no en el sentido físico antropológico / sino lo que de éste va quedando, lo que queda después de que un tráiler pasa por encima o una bomba estalla; lo que resta una vez que el poeta proclame: “Que caiga la cabeza. Que caiga fuera del cuerpo la cabeza/ Rechinampa para las rodillas necias/ […] Que en su fulgor caigan también los ojos y el débil equilibrio/ de la mente […]” y remata: “Que caiga primero el cuerpo —en fin—/ y luego lo que de él piensa la cabeza” (“El poeta al caerse se sale del poema”). Queda entonces un poso, una voz, un residuo último que, como en el viejo dicho, toca y comercia carnalmente con lo intachable primero (los últimos serán los primeros, versa el evangelio de Mateo) en una suerte de festivo merequetengue poético: “Un poeta mató a un somoza. Dontforguerit, batos/ La poesía entonces como una galaxia y el poema la fusca/ “La Tierra es un satélite de la Luna” estipuló otro cervatillo./ Fiebre y pleuresía. Corro vuelo me acelero” (“Cielos de mermelada”). En ese batiburrillo lo alto y lo bajo pierden su altura y su bajeza y se desperdigan las canicas de un discurso en el que el lector cree conocer las reglas del juego, aunque rápidamente caiga por tierra esa ilusión: aquí el lector no conoce nada, cree conocer… reconocerse en ese lenguaje, pero al poco la palabra se vuelve y se muestra irreconocible, como un hijo pródigo que ha pasado de boca en boca, que ha sido masticado, paladeado, vomitado y ultimado demasiadas veces antes de volver, porque aunque en apariencia la voz residual de los once poemas de El último ciclista sea de raigambre oral, ésta no deja de ser un artificio literario, un porfiado artefacto que al tiempo que hace temblar al Mercado Abelardo L. Rodríguez, apunta hacia la anti–poesía de Parra y nos devuelve una palabra ya “maldita, inverosímil, inconmensurable”, cual cocaína.

Ciertamente es posible reconocer expresiones y usos del habla coloquial, pero siempre pasados por la boca y el diente del poeta, que en estos casos se convierte en un auténtico devorador de las múltiples voces que pueblan la ciudad: la voz del ebrio, la de un tal AMLO (personaje oscuramente esquivo), las de los tantos samueles, el erotismo alborotador de unas calentísimas chicas católicas…

Ciertamente es posible reconocer expresiones y usos del habla coloquial, pero siempre pasados por la boca y el diente del poeta, que en estos casos se convierte en un auténtico devorador de las múltiples voces que pueblan la ciudad: la voz del ebrio, la de un tal AMLO (personaje oscuramente esquivo), las de los tantos samueles, el erotismo alborotador de unas calentísimas chicas católicas… Una caterva de personajes y voces residuales que al tiempo que dislocan llaman a la memoria individual, que deviene colectiva: los samueles otra vez, el castor, lecturas y vicios —qué diferencia hay— como estados de ánimo; el poema como vicio y al revés; un residuo ya sin cuerpo, hecho sólo de sustancia: el cuerpo–piedra que acerca, a través del sueño (de la poesía), a un mendigo y a Shakespeare: “un príncipe sueña que es mendigo/ y un mendigo sueña que es Shakespeare/ Shakespeare niño de la calle…/ duro y dale poniéndole a la piedra” (“Cocaína”).

En El último ciclista se desbaratan territorios conocidos, como quien da un manotazo a un rompecabezas recién terminado (¿la poesía y el poema quién los conoce?), para proclamar el dolor del hambre, el hambre a secas, la incertidumbre, el infecto sabor de la emulsión de Scott, “la esperanza vana”, la juventud que baja en bici por la cuesta de tabachines, la cocaína que sube por doquier, la desmemoria, el cuerpo derruido, la pregunta por el ser del pasado… la crematística. Así se titula el último poema del libro, texto escrito en una prosa que a ratos se antoja litúrgica o jaculatoria (a tramos eyaculatoria), y en el que irrumpe una voz Otra, un yo poético femenino por cuya boca habla la Ley, mezclando, a lo largo de una riada de conciencia, una vez más, lo alto y lo bajo, la chingadera y la oración; la madre, el valemadrismo más culero y la chingada madre. A los pantagrueles con los samueles, y a éstos con violentos aguardientes. A una voz que procura la acumulación, la reproducción y el apaciguamiento se la deja junto a una furia sin origen ni explicación.

El término “crematística” proviene del griego chrēmatistikḗ, el arte de ganar dinero, de acumular bienes, aunque esta crematística sería inversa porque, si como dijimos es “el arte de ganar dinero”, la de El último ciclista es el arte de la dilapidación… justo lo contrario a la acumulación de bienes, o quizá no, quizá es una crematística positiva, no sólo este último poema sino todo el libro, en la que se acumulan, ¿qué más?, infamias y puteadas en un auténtico sermón cuyo tema es la disolución, solvente incluido, de quien ya es un sola voz que amaga:

atascarse con todas las uñas con todos los pelos con todos los vicios los hígados los estómagos y las baisas; llegar a ponerse al parejo con los troncos y con el cielo y el solazo y montarse en valer gran pura cosa que es la verdad y la verdadera gran y pura chingada… (“Crematística”).

Sea, pues. ®

Publicado en: Libros y autores

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