Un conocimiento fragmentado

La formación de semianalfabetas funcionales

Un modelo de educación tecnocrático, asegura el autor, carente de un sentido humano y crítico, está destinado a la creación exclusiva de semianalfabetas funcionales.

Si de algo podemos estar seguros es de que el mundo actual requiere personas cada vez más capacitadas para realizar determinadas actividades. El individuo que se desarrolla en medio de este sistema tecnocrático que nos dejó como herencia la segunda mitad del siglo XX se ve en la inaplazable necesidad de buscar por todos los medios a su alcance la llave que le abrirá las puertas del “éxito profesional”. Mientras tanto, el sujeto, sumido en una conciencia colectiva cada vez más pragmática, pierde todo ángulo de enfoque en torno a los medios por los cuales su fin se verá materializado. El hombre del siglo XXI, en la gran mayoría de los casos, ya no es capaz de preguntarse por el trasfondo más elemental de su actividad cotidiana, ha sacado de su vocabulario existencial el concepto de conocimiento en su definición más extensa.

La institucionalización de la ciencia como la expresión más concreta del razonamiento, establecida tras el triunfo inapelable de la revolución industrial, ha venido a cambiar desde los cimientos la estratificación social que se tenía hasta antes de ella, esa planteada en los ideales mas cándidos de Platón y su República. La máquina y el ingenio vinieron a sustituir al hombre y sus ideas, pensar no es un requisito más en las interminables listas de requerimientos que el mundo actual exige de nosotros, por el contrario, tal parece que en muchos de los casos la ausencia de un pensamiento crítico y autónomo es el primer punto a evaluar en el tejido industrial mercantilista de nuestros días. A las personas de esta sociedad poco crítica y carente de interés por su dignidad esencial poco les importa el hecho de que para alcanzar sus metas individuales más hedonistas tengan que dejar atrás uno de los más preciados valores inmateriales a los que el hombre puede tener acceso, el del conocimiento integral, aquel que se pronuncia como el germen de su libertad.

La máquina y el ingenio vinieron a sustituir al hombre y sus ideas, pensar no es un requisito más en las interminables listas de requerimientos que el mundo actual exige de nosotros, por el contrario, tal parece que en muchos de los casos la ausencia de un pensamiento crítico y autónomo es el primer punto a evaluar en el tejido industrial mercantilista de nuestros días.

Lamentablemente, la idea de éxito profesional ya antes referida no es en la actualidad sino una concatenación de ideales superfluos infundidos en el subconsciente de las masas a través de una gran cantidad de medios, una realidad social en la que la persona es valorada en torno a lo que posee y no a lo que piensa y comunica. El auto que maneja, la ropa que viste, los lugares que visita, todos ellos elementos secundarios que componen a cada uno de los individuos de nuestra sociedad, al menos desde la percepción de nuestro sistema neoliberal. Esto genera de manera ineludible el apetito de nuestra sociedad contemporánea por el ideal de vida sustentado en el alcance económico. De esta forma, las mentes jóvenes de cada generación entienden el conocimiento como un simple hilo conductor en la explotación de sus habilidades innatas. Los grados de educación, tanto formal como autoinstruida, sólo se perciben como el medio por el cual la persona podrá alcanzar un nivel de vida acorde con las expectativas planteadas.

Una pena el hecho de que las aulas, los libros y los profesores sean en la actualidad sólo un pequeño estuche de herramientas en el proceso de fabricación de cerebros envasados y etiquetados con la tinta del consumismo. Esto sin el afán de sonar nostálgico en torno a los métodos de enseñanza más tradicionales, que pueden llegar a ser cuestionables desde cualquier perspectiva. Sin embrago, me gustaría dejar en claro que gran parte de la problemática educativa de nuestro tiempo recae también en las propias universidades, las cuales, con el discurso de una educación cada vez más especializada, y ante todo regida bajo la aprobación burocrática del documento, se han ido convirtiendo en auténticos museos de metodologías paquidérmicas encaminadas a la simple incubación de cerebros.

Las opiniones en torno a los sistemas educativos actuales pueden ser tan variadas como el número de personas que han sido formadas bajo sus lineamientos. Por una parte, se acentúa cada vez más la validez de las instituciones educativas alrededor del mundo; en el entretejido social de la globalización, la competencia profesional parte del grado de instrucción y el estatus de aquellos que formaron la estructura de conocimientos y habilidades de cada persona. Pese a ello, la corriente más crítica de los que cuestionan el sentido de los modelos educativos vigentes asegura que las escuelas, lejos de formar personas íntegras, sólo buscan satisfacer las necesidades de un mercado laboral altamente desproporcionado. Es tarea fundamental de cualquier universidad el comenzar la preparación de sus estudiantes desde los cimientos más humanos, una educación en la que el individuo se desarrolle con base en el conocimiento y la explotación de su propia intelectualidad, y no sólo se limite a crear en ellos una visión estrecha de las infinitas posibilidades de aprendizaje que puede encontrar en las técnicas de estudio.

Lamentablemente, la idea de éxito profesional ya antes referida no es en la actualidad sino una concatenación de ideales superfluos infundidos en el subconsciente de las masas a través de una gran cantidad de medios, una realidad social en la que la persona es valorada en torno a lo que posee y no a lo que piensa y comunica.

Desafortunadamente, en medio de este conformismo cultural que nos absorbe, todo aquello que por algún motivo no entra en el rango de disertación de los prototipos curriculares es desechado de antemano, sin entender que la separación que las grandes instituciones han hecho del conocimiento, dividiéndole en diversos campos de estudio; se trata sólo de un mero artilugio subjetivo en la búsqueda de la institucionalización de ese conocimiento. De pronto las matemáticas han perdido su carácter filosófico, la física y la química marchan paralelas y en sentido contrario a la sociología y la historia, y las disciplinas artísticas son vistas hoy en día sólo como una mera válvula de escape a todo aquello que mantenga relación con la creatividad humana, ajenas, por supuesto, a todo rigor científico. Esta percepción tecnocrática del conocimiento no hace más que condenar a los sujetos a seguir las líneas previamente establecidas por terceros para cada uno de ellos, privándoles ya desde un inicio, de la inabarcable gama de ideas que se entrelazan sin prejuicios fuera del llamado lineamiento formativo. ¿Acaso no era ésta la visión que exponía Aldous Huxley en A Brave New World cuando hablaba de sus humanos alpha, beta, gamma y épsilon?

Sólo hay que recordar que Isaac Newton fue tan matemático como filósofo, que Leonardo Da Vinci es tan reconocido dentro del mundo del arte como aclamado en el de las ciencias formales y el diseño, imposible negar la influencia que Freud tuvo en el surrealismo, y que aun hoy sigue teniendo en gran parte del arte contemporáneo, así como también el indiscutible interés que Salvador Dalí tuvo siempre por la relatividad de Einstein y los avances científicos en general. La teoría de la evolución de Darwin no sólo se limita al campo de estudio de la biología, penetra también en lo más profundo de la filosofía y la teología. Una vez que el conocimiento es expresado en su forma más pura no existe barrera paradigmática que pueda detener su curso.

Para nadie es un secreto que el sistema sociopolítico que rige cada uno de los lapsos históricos marca de manera directa las tendencias y necesidades a las que los modelos educativos deben apegarse; en el caso de un sistema capitalista como el que ha regido por más de un siglo y medio en la cultura occidental es claro que los procesos de enseñanza deben estar encaminados a satisfacer las necesidades de una estructura industrial sustentada en la producción, ansiosa de mentes hábiles, mas no pensantes, que se encarguen de plasmar los sueños de todo buen mecanismo de control; necesidad, producción y consumo. Estoy convencido de que un modelo de educación tecnocrático, carente de un sentido humano y crítico, está destinado a la creación exclusiva de semianalfabetas funcionales. ®

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Publicado en: Febrero 2011, Política y sociedad


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