Un drama interastral

Charles Cros y el romance de la venusina y el terrícola

Cros unió los discursos de la ciencia y del arte y creó uno de los episodios más ambivalentes de la ficción científica. El tránsito de Venus entre la Tierra y el Sol de 1874 y 1882 provocó gran expectación entre las academias científicas, entonces Cros escribió un relato en el que confluyen sus conocimientos científicos y su pasión literaria.

Retrato de Charles Cros hecho por Nadar en 1877.

Retrato de Charles Cros hecho por Nadar en 1877.

La historia de amor entre una mujer del planeta Venus y un hombre terrestre es el nudo del relato de Charles Cros (1842-1888) publicado en 1872. Si no fuera por sus investigaciones astronómicas y sus experimentos fotográficos y sonoros catalogaríamos “Un drama interastral” exclusivamente entre las obras de ficción científica avant la lettre de finales del siglo XIX. Pero el relato reúne la fascinación que ejerció en la década de 1870 el tránsito o pasaje de Venus, atendiendo que entonces se poseía la tecnología más avanzada para su avistamiento desde la última vez que fue visible, es decir, más de cien años antes.

El tránsito de Venus de 1874

El pasaje de Venus o tránsito de Venus es uno de los eventos astronómicos más seguidos durante la modernidad. Cada 105 años, con un intervalo de ocho años y posteriormente con otro de 121, se completa el patrón de 243 años en que sucede la alineación del planeta Venus entre la Tierra y el Sol. La secuencia completa es de 8 + 105.5 + 8 + 121.5 años. Gracias a que se produce con una periodicidad hasta cierto punto mesurable las observaciones desde el medievo han sido constantes. A pesar de que hay indicios de las observaciones del ciclo completo de Venus en la cultura maya y algunas aproximaciones en la griega, es desde el siglo XVI que se posee documentación fiable sobre los días en que ha sido avistado este fenómeno: 25 y 26 de mayo de 1518; 23 de mayo de 1526; 7 de diciembre de 1631; 4 de diciembre de 1639; 6 de junio de 1761; 3 y 4 de junio de 1769; 9 de diciembre de 1874; 6 de diciembre de 1882; 8 de junio de 2004; 5 y 6 de junio de 2012. Siguiendo esta regla, los próximos pasajes de Venus tendrán lugar el 11 de diciembre de 2117 y el 8 de diciembre de 2125, es decir, visibles para los habitantes del siglo XXII.

Observación del tránsito de Venus. Foto © David Finlay, Sydney, 5 de junio de 2012.

Observación del tránsito de Venus. Foto © David Finlay, Sydney, 5 de junio de 2012.

Es en el siglo XVIII cuando se entiende el pasaje de Venus como un asunto de Estado ante la importancia dada a la ciencia por las cortes y de las profusas redes de conocimiento de intelectuales y científicos extendidas por toda Europa, agrupados en academias, colegios o en sus propios gabinetes. Un documento en español que circuló a finales del siglo XVIII es Observacion del transito de Venus por el Disco del Sol (1761), de Christiano Rieger, cosmógrafo de la corte de Carlos III, trata de la importancia de las misiones científicas que tuvieron como fin observar el fenómeno y acometer uno de los objetivos principales del avistamiento: la paralaje (en español el término es femenino) entre la Tierra y el Sol. La paralaje es un método de cálculo de distancias, cuando Venus pasa entre la Tierra y el Sol, la silueta de su disco se puede ver fácilmente a través de un telescopio si se cuenta con un filtro adecuado. Tal como apunta Rieger, se planearon grandes empresas científicas que unieron a astrónomos de América, Asia y Europa en pos del estudio del tránsito de Venus. El intercambio de información y las polémicas conclusiones sucedieron durante décadas posteriores al fenómeno, siendo este espíritu de cooperación —y competencia— retomado en el siglo XIX con el fin de demostrar el desarrollo científico y tecnológico de las grandes potencias. Rieger se lamenta de que solamente pueden de momento incluir en su libro el grabado (la copia) que se realizó con motivo de la observación del tránsito de Venus de 1639 (¡más de 120 años antes!) por Jeremiah Horrocks y William Crabtree. El tratado de Horrocks Venus in Sole Visa (1662) fue publicado más de veinte años después de sus conclusiones por el también astrónomo Johannes Hevelius y reproducido en toda Europa, transcribimos la explicación (conservando la grafía original en español): “Por ahora nos contentamos con añadir en la lamina el tipo de la única observación de otro passo de Venus por el Disco del Sol, hecha en 1639. à 4. de Diciembre en Hoola cerca de Liverpool de Inglaterra, por Geronymo Horoxio, y Willermo Crabtrio. Este Phenomeno es tan raro, que desde quel año no ha vuelto a suceder, hasta el presente, pro se repetirà dentro de 8. años el dia tres de Junio de 1769. […] Despues en ciento y cinco años no bolverà à passar Venus por delante del Sol.”

Portada y grabado del libro de Johannes Hevelius Mercurius in sole visus Gedani, 1662, en el que edita como anexo Venus in sole visa de Horrocks.

Portada y grabado del libro de Johannes Hevelius Mercurius in sole visus Gedani, 1662, en el que edita como anexo Venus in sole visa de Horrocks.

Christiano Rieger entiende que el fenómeno sucede cada 105 años, luego un intervalo de ocho, tal como ya lo había predicho Johannes Kepler. Muy a su pesar Kepler murió tan sólo un año antes de poder ver el tránsito de 1631, no pudiendo tener el gusto de ver confirmadas sus teorías sobre el movimiento planetario expresadas en su libro Tabulae Rudolphine (1627). La comparación entre el avistamiento del fenómeno en el siglo XVII y su relación con el sucedido en 1761 y 1769 proveyó de una base documental de la evolución de los métodos y herramientas utilizados, que su vez concretará una tecnología fundamentada y del todo innovadora durante el tránsito del siglo XIX.

El fenómeno astronómico del tránsito de Venus de 1874 y 1882 produjo una movilización general en diversas disciplinas científicas que llevaron a replantearse desde sistemas de medición hasta la fiabilidad de los instrumentos de observación y representación.

De cara al pasaje de Venus del siglo XIX, las potencias económicas se esforzaron por demostrar sus avances en ciencia y tecnología. El fenómeno astronómico del tránsito de Venus de 1874 y 1882 produjo una movilización general en diversas disciplinas científicas que llevaron a replantearse desde sistemas de medición hasta la fiabilidad de los instrumentos de observación y representación, siendo éste el gran problema a enfrentarse atendiendo que la fotografía hace 35 años que es efectiva pero no estable. Con el auspicio de los gobiernos se conformaron expediciones que estudiaron tal fenómeno. Inglaterra organizó misiones a Egipto, Hawaii, Isla Rodríguez, Nueva Zelanda e Islas Desolación. Italia desplazó una expedición a India, al norte de Calcuta; Francia destinó a sus científicos a Nagasaki, Pekín, Saigón, Numea e islas San Pablo y San Mauricio; Países Bajos realizó observaciones en La Reunión y Batavia; Alemania envió al fotógrafo Gustav Fristch a Isfahán, en Persia, mientras que el astrónomo Karl Jensen observó el fenómeno desde las islas Kerguelen, entonces llamadas Desolación. Sin dejar atrás los topónimos sugerentes, el astrónomo Hugo Siegler construyó su observatorio en Terror Cove en las islas Auckland. Los rusos se instalaron en Beobachtugs y la península de Kamchatka. Estados Unidos envió expediciones a Kobe, Nagasaki, Pekín y en las antípodas a las islas Kerguelen, la llamada Molloy Station. Inclusive México envió una comisión a Yokohama, Japón, gracias a la intervención de Francisco Díaz Covarrubias, presidente de la Sociedad Científica Humboldt, quien presentó la ponencia “Exposición popular del objeto y utilidad de la observación del paso de Venus por el disco del Sol” (1874). Se merece un capítulo aparte la reseña del viaje de la “comisión mexicana” a Japón. Si bien la ponencia que describe la importancia de la observación del fenómeno por científicos mexicanos fue en abril de 1874, fue hasta el 18 de septiembre cuando se obtuvieron los fondos necesarios, autorizados directamente por el presidente Lerdo de Tejada. El día 24 septiembre desde la Ciudad de México tomaron a toda prisa un tren al golfo para embarcarse rumbo a Nueva York, pasando por Cuba. Una vez ahí, el 7 de octubre tomaron un tren que atravesó todos los Estados Unidos hasta llegar el día 14 del mismo mes a la ciudad de San Francisco, donde compraron cámaras fotográficas e insumos. Partieron el 19 de octubre de 1874 llegando el 9 de noviembre a Yokohama, justo un mes antes del evento astronómico. Evidentemente tal despliegue no significaba solamente un avance para la ciencia, también una carrera con facetas coloniales y nacionalistas.

Tránsito de Venus en el Observatorio Real de Greenwich, 1874. Archivo National Maritime Museum.

Tránsito de Venus en el Observatorio Real de Greenwich, 1874. Archivo National Maritime Museum.

Dentro de la gran expectación del tránsito de Venus de 1874 se generaron sinergias para obtener mejores medios de reproducción del fenómeno, pues la técnica fotográfica del colodión seco y húmedo presentaba problemas ante la rapidez y precisión que requería el acontecimiento. Entre los dispositivos puestos a punto estuvo el revólver fotográfico (1873) de Jules Janssen, una cámara capaz de disparar fotografías cada cierto intervalo, asimismo, tal como en el siglo XVII lo hizo Horrocks, las proyecciones a través del telescopio sobre telas y papel a pesar de la tecnología no variaría demasiado.

Proyecto de comunicación con los habitantes de Venus

Es aquí donde, hacia el año de 1868, Charles Cros entra en acción. Amigo de Paul Verlaine, Stéphane Mallarmé, Claude Monet y de muchos de los simbolistas e intelectuales de París, también fue uno de los que dio asilo al joven Arthur Rimbaud durante su fugaz paso por la ciudad. Cros no sólo fue poeta del círculo zutista sino un científico reputado aunque excesivo en sus expectativas. Atendiendo a lo maravilloso y fecundo de su trayectoria podemos destacar su aportación en la invención de la fotografía a color y el fonógrafo, como lo demuestran textos publicados en revistas y debatidos en la Academia de Ciencias de París como “Procedimiento de grabación y reproducción de los colores y de los movimientos” (1867), “Solución general del problema de la fotografía a color” (1869) y “Procedimiento de grabación y reproducción de los fenómenos percibidos por el oído” (1877).

Grabado del uso del revólver fotográfico de Jules Janssen durante el tránsito de Venus.

Grabado del uso del revólver fotográfico de Jules Janssen durante el tránsito de Venus.

Su doble vertiente de poeta y científico le llevó a experiencias tan sorprendentes como idear un sistema de espejos de acero de tal tamaño que permitieran reflejar una gran cantidad de luz con el fin de generar un sistema de comunicación interestelar. Un tipo de antena parabólica que se utilizaría como parte de un sistema de comunicación lumínico —color y ritmo—, que al emitir en intervalos matemáticamente estipulados lograse configurar un código de comunicación. Viene a nuestra memoria cinematográfica la película de 1977 de Steven Spielberg Close Encounters of the Third Kind (Encuentros cercanos del tercer tipo), con François Truffaut interpretando al científico Claude Lacombe, quien descifra el código extraterrestre de cinco tonos musicales y cromáticos.

Claude Lacombe observa el espectáculo extraterrestre de luz, color y sonido.

Claude Lacombe observa el espectáculo extraterrestre de luz, color y sonido.

En la revista Cosmos, entre julio y agosto de 1869, Cros publicó cuatro artículos titulados “Comunicación con los planetas”, en los que mostraba cómo su técnica permitiría la comunicación con los habitantes de otros mundos y, ante la inminencia del pasaje de Venus, la importancia de poner manos a la obra. Dice en el segundo de estos artículos:

Valdrá con decir que este sistema debe ser el más simple posible al principio, pudiendo cambiarlo después. […] Hay que utilizar muy pocos signos elementales, utilizar todas las variaciones posibles en el orden de generación de esas variaciones. Las cifras elementales serán: el destello simple, el destello doble, triple, etc.
. .. … . . . .. . … .. . .. .. .. … … . … .. … … etc., etc.,

En la medida en que se obtuviera alguna respuesta a la llamada desde la Tierra, ese lenguaje podría ir evolucionando:

La transmisión de los destellos rítmicos puede entonces conducirnos a una transmisión de dibujos, de proyecciones planas. […] me han dicho que la trasmisión sería muy lenta de esta manera; haría falta por lo tanto buscar si hay alguna otra. […] En efecto, si coloreamos diversos rayos, cada elemento de la numeración devendrá un destello simple el cual su simple color indicará su valor. O bien, tal signo dado tendrá tantos valores diferentes como coloraciones posibles.

Cuatro años después, en 1873, enfoca sus teorías en el próximo tránsito de Venus y expresa en la Academia de Ciencias de París su premura por concretar sus hipótesis. En las actas correspondientes a ese año se puede leer:

Un joven sabio que ha sido destacado por diversos trabajos específicos por la originalidad más remarcable, Sr. Charles Cros, piensa que el próximo paso de Venus será una ocasión favorable para saber si hay habitantes en ese planeta, y, en ese caso, comunicarnos con ellos. Como lo hizo notar el Sr. Cros, “es posible que Venus esté habitada; es posible que haya astrónomos entre sus habitantes, es posible que esos astrónomos crean que el paso de su planeta por el disco solar pueda llamar nuestra atención, es finalmente posible que sus sabios intenten, con ayuda de medios particulares, enviarnos señales, precisamente en el instante en el que ellos pueden suponer que muchos telescopios están apuntando a su planeta”.

Un joven sabio que ha sido destacado por diversos trabajos específicos por la originalidad más remarcable, Sr. Charles Cros, piensa que el próximo paso de Venus será una ocasión favorable para saber si hay habitantes en ese planeta, y, en ese caso, comunicarnos con ellos.

La idea de la posibilidad de vida en otros planetas le obsesionaba desde 1869, cuando concretaba los fundamentos de la fotografía a color y la grabación de movimiento; a esto se sumó el inminente tránsito de Venus de 1874 conduciéndolo tanto a intentar diseñar dispositivos para el contacto y comunicación extraterrestre como a ficcionalizar sus hipótesis imaginando fotografías en movimiento, fotoesculturas y voces grabadas. Todo un leit motiv desde la invención de la fotografía: lograr conservar lo efímero por naturaleza.

Entre Venus y la Tierra

El relato “Un drama interastral” es la historia de amor imposible entre un terrícola y una venusina. Fue publicado originalmente en el periódico La Renaissance Littéraire el 24 de agosto de 1872, donde solía publicar poemas y canciones satíricas junto a sus amigos Pierre Elzéar y Gustave Morel.

Es el año 2872, después de años de silencio el narrador decide hacer público el incidente que décadas atrás puso en peligro las relaciones interplanetarias entre Venus y la Tierra, siendo consecuencia directa de ese incidente una reglamentación estricta con el fin de dotar de seguridad todo intercambio de información. Puesto que todos los implicados han muerto y aquellas convenciones planetarias se ponen hoy en duda, el narrador procede a contar qué fue lo que se ha mantenido en secreto hasta ahora. Las relaciones entre Venus y la Tierra transcurrían con una cierta normalidad, los estudios sobre la vegetación de ambos planetas se realizaban mediante intercambio de muestras a través de “una batería de tres mil objetivos de 50 centímetros y de reflectores”. Este enorme instrumento, que parecía un “inmenso ojo de insecto”, reproducía imágenes a “cuatrocientos por ciento de su tamaño debido a la distancia entre la Tierra y Venus; de manera que sólo tenían los astrónomos venusinos que ampliar cuatrocientas veces las imágenes sobre la superficie de transmisión para obtener el tamaño real”.

Ida Johansson, "Intergalactic Intestines".

Ida Johansson, «Intergalactic Intestines».

El director de esta base —estación Andes-Sur— es un astrónomo reputado que poco a poco y a causa de su edad deja en manos de su joven hijo, Glaux, las responsabilidades de las transmisiones, rompiendo con todo tipo de normativa respecto del grado y preparación en el “misterio” de los maestros astrónomos. El joven, que para colmo es poeta, en una noche de guardia se percata de la presencia del otro lado del telescopio de una joven. El narrador insiste en que no le es permitido revelar todos los secretos de este incidente, entre ellos la naturaleza de “la belleza extraterrestre” de la joven, tan sólo decir que “nuestras flores más suntuosas sólo darían una idea tierna y monótona” de lo que era esa mujer. Evidentemente el contacto visual entre telescopio y telescopio se hizo regular hasta que empezaron a intercambiar imágenes con tal asiduidad que para poder “vencer la distancia que les separaba enviaban fotografías en series suficientes para poder reproducir el relieve y el movimiento”. En las horas en que no podían estar en contacto visual, el joven poeta se encerraba “en una sala y reproducía en los humos y vapores la imagen en movimiento de su amada, la imagen impalpable hecha sólo de luz. Él realizó también la forma inmóvil en sustancias plásticas”.

Como el deseo y la desesperación comienzan a ser palpables en la pareja, se vuelcan en concretar una máquina que les permita escuchar sus voces: “Todo esto fue consignado por las curvas y reproducido en el aparato eléctrico de diapasones. Yo no puedo decir nada de las palabras y de las canciones (¿?) venidas de tan lejos”. Hasta que “una noche que nuestro crepúsculo correspondía al crepúsculo del país venusino con todos los preparativos hechos de una parte y de otra, Glaux y la joven intercambiaron un último beso a través del implacable espacio y se mataron”.

“Todos los papeles, fotografías, fotoesculturas y fonografías de Glaux están depositadas en los archivos centrales”. Dado que no podría permitirse una situación semejante de nuevo es del todo imposible poder consultar esos documentos a menos que lo sea por un “astrónomo de onceavo grado”.

Dado que la joven también era hija de gran hombre de Venus, la tragedia estuvo a punto de distanciar ambos planetas, sin contar con la negligencia al romper con todos los reglamentos “metaplanetarios”. Por ello, “todos los papeles, fotografías, fotoesculturas y fonografías de Glaux están depositadas en los archivos centrales”. Dado que no podría permitirse una situación semejante de nuevo es del todo imposible poder consultar esos documentos a menos que lo sea por un “astrónomo de onceavo grado”.

Sorprende que la visión de la tecnología y la representación de la imagen acabe en lo que sería el fin del círculo de la representación, de pasar de una imagen bidimensional a una tridimensional. La mención a las sustancias plásticas como material de las “fotoesculturas” nos remite a la tecnología de impresión 3D.

Fotografías, fotoesculturas, fonografías… la representación y consignación de la imagen y la voz, el paso de lo efímero a lo permanente aproxima a este pequeño texto de Cros con aquellas obras en las que la simulación de la representación —en el sentido platónico de su definición— conforman una tradición de la imagen como nostalgia y extrañeza. Tradición que abarca desde Griphantie (1760) de Tiphaigne de la Roche hasta Bioy Casares en La invención de Morel (1940), por nombrar dos grandes textos. Encerrado en una sala —o cueva— Glaux disfruta de las proyecciones, esas imágenes no hacen más que exacerbar la sensación de vacío. La sombra fugaz, indeterminada por naturaleza —en el mito narrado por Plinio sobre este primer reflejo y reflexión, tintineantes son las sombras en las que basa Dibutades el trazo del mural de los amantes— es el ejemplo apropiado para referirse a la fijación, a la evolución sistemática del medio fotográfico y las grandes paradojas que son inauguradas ante tal fenómeno. Los simulacros, la representación fantasmal que mediante “humos” concreta el carácter brumoso de la imagen fotográfica, aluden al uso de los químicos y la aparente magia entre la realidad y el soporte, potenciando el estereotipo del fotógrafo como un alquimista moderno. Sorprende que la visión de la tecnología y la representación de la imagen acabe en lo que sería el fin del círculo de la representación, de pasar de una imagen bidimensional a una tridimensional. La mención a las sustancias plásticas como material de las “fotoesculturas” nos remite a la tecnología de impresión 3D, término contemporáneo paradójico en sí. La serie de fotografías que en su sucesión representan el movimiento que menciona Cros en su relato es una idea que flotaba en el aire, tal como lo demuestra el revólver fotográfico de Janssen de 1873, los experimentos de Muybridge de 1877 con hasta doce cámaras simultáneas, pero es hasta 1889 cuando comienza a concretarse la película y el dispositivo de la cámara kinetográfica de Edison, posteriormente perfeccionada por los hermanos Lumière en 1894.

La curiosidad de Charles Cros le llevó por los sinuosos caminos de la literatura, el espectáculo, la música y la ciencia, pero nunca dejó de mirar al cielo. Todavía un año antes de su muerte envió una nota a la Academia de Ciencias de París titulada “Contribución a los procedimientos de fotografía celeste” (16 mayo de 1887), de la que sólo consta su entrega. ®

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Publicado en: Entre la ciencia y la ficción, Junio 2013

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