Un Everest en un páramo

Entrevista, muy larga, con Antonio Ortuño

De la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que acaba de concluir, de su literatura, del lenguaje, de cine, de editoriales tapatías, de sus amigos, de libros y de encuentros inesperados, o no tanto, habla extensamente un escritor tapatío que se define como verborreico.

Ortuño. Foto J.A. Monterrosas.

Ortuño. Foto J.A. Monterrosas.

Días previos a la 25 edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el escritor Antonio Ortuño (México, 1976) publicó una crónica en el periódico español El País en la que hacía un recuento sobre su experiencia, a lo largo de 24 años, en ese gran espacio dedicado a los libros. En sus líneas resalta un tema que generó un murmullo incómodo en los editores tapatíos. Dice el destacado narrador mexicano en esa publicación del 19 de noviembre 2011: “En una ciudad sin editoriales y con menos de cincuenta librerías [refiriéndose a Guadalajara], con un promedio mediocre de lectura en un país donde no se lee casi nada (1.1 libros anuales, cuando la media nacional es de 1.5), la feria es, necesariamente, un chipote descomunal”.

Durante la FIL 2011, realizada del 26 de noviembre al 4 de diciembre, Ortuño, quien vive en esa ciudad, presentó su novela más reciente, Ánima [Random House Mondadori], además de la reedición de su primer libro El buscador de cabezas [Ediciones B], el cual apareció originalmente en 2006. También compartió la mesa con otros literatos, como el joven escritor también de Guadalajara Mariño González, autor de Vietnam, un libro publicado por una de las editoriales más sólidas en Guadalajara, Arlequín, que con diecisiete años cuenta con un catálogo de 140 títulos y en 2011 dio a la luz catorce novedades —una de ellas del ecuatoriano Luis Alberto Bravo, Cuentos para hacer dormir a una niña punk, quien formó parte del grupo de autores que la FIL reconoció como “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”.

El “verborreico” —así se define Antonio Ortuño— argumentó al respecto hasta agotar el tema. Éstas son las palabras de un escritor con éxito en su trabajo literario, pero que nunca ha publicado libros en la ciudad en que vive, Guadalajara, lugar donde la FIL —así lo escribió— es “Un Everest en un páramo”. También adelantó que su próxima novela será con un humor “más reposado, con un ritmo un poco más lento” del que han tenido hasta ahora sus cinco obras —tres novelas y dos libros de cuentos. En seguida, Ortuño, periodista y escritor hilarante, dentro de ese “chipote descomunal” que es la FIL.

—¿Qué significa que Ánima sea tu tercer trabajo en expresión narrativa?

—Es la tercera novela, como bien señalas, el quinto libro en total si contamos a los dos de cuentos. Yo quería hacer un libro diferente a los que había hecho hasta ahora. Mis dos primeras novelas, aunque abordan temas diferentes, tienen retórica distinta de cierta manera, pero son más parecidas entre ellas de lo que son a Ánima. Por una cierta manera de enfrentar el lenguaje, un poco por la temática, porque abordan ambas en su estilo y en su ámbito la violencia; se interesan por la violencia como medio de relación entre las personas con una suerte de fatalidad entre las personas. En El buscador de cabezas en el ámbito de lo público, de lo político, y Recursos humanos en el ámbito de lo laboral y un poco en lo íntimo. Yo quería hacer una cosa completamente diferente con Ánima y mis estrategias fueron dos: por un lado, es mi primera novela que está ubicada espacialmente en México, las otras dos no se menciona en dónde ocurren, simplemente ocurre la acción entre una serie de personajes, pero no se da mayor dato geográfico y, por otro lado, por el lenguaje, los dos primeros libros echaban mano de un lenguaje permanentemente libresco, muy voluntariamente teñido por ciertos, me atrevería a decir, incluso, tintes de aforístico relacionados con el hecho de que yo leo mucho aforismos, leo mucha filosofía, mucha poesía y digamos que buscaba ese tipo de exactitud en el lenguaje. El reto con Ánima era una historia que ocurría en México, en un México contemporáneo, tenía que abordar las peculiaridades de un medio específico como es el medio del arte, el medio de la cultura en México, pues necesitaba echar mano del lenguaje coloquial mexicano que es algo que yo no había hecho, a lo que voluntariamente había ido eludiendo en lo que escribía.

”Trabajando mucho en mi propia prosa, rompiendo muchas inercias, finalmente escribir es seleccionar una palabra tras otra. Entonces tienes que cambiar la manera en que aprovechas los cambios semánticos para ir agarrando palabritas. Integrando ese lenguaje coloquial mexicano a los diálogos, sobre todo a los personajes. Me resultaría una farsa que mis personajes hablaran como astrohúngaros traducidos, necesitaba que hablaran como mexicanos contemporáneos y eso para mí fue un reto. Hay otros escritores que lo tienen interiorizado perfectamente desde el principio o incluso que nunca pasan de ese registro del lenguaje coloquial mexicano. A mí me costó trabajo y realmente es un proceso de revisar, corregir mucho, leer en voz alta, leerle unos fragmentos a otras personas, para a ver cómo les sonaba aquello de rastrear un poco esa combinación que a mí me interesaba de un lenguaje riguroso como el que busco con el lenguaje coloquial, por lo cual fue muy útil volver a la lectura de ciertos autores como Daniel Sada, por ejemplo, recientemente fallecido. Él era un maestro en la combinación de esos registros literarios, que lo mismo en una frase que era un alejandrino, le metía tres mentadas de madre. Eso a mí me parece fascinante, lo necesitaba para poder abordar la historia como quería y ésos son, desde mi punto de vista, los dos cambios principales; el hecho de que tenga una localización geográfica, que es el México contemporáneo y el hecho del lenguaje al que recurrí para crear esta construcción.

—Hay un tema importante que es el mundo cinematográfico, concretamente, dedicado a un buen amigo tuyo que vivía aquí en Guadalajara. ¿Ese fue el detonante para intentar escribir una novela relacionada con el tema del cine, con los festivales y con todo ese mundillo?

El reto con Ánima era una historia que ocurría en México, en un México contemporáneo, tenía que abordar las peculiaridades de un medio específico como es el medio del arte, el medio de la cultura en México, pues necesitaba echar mano del lenguaje coloquial mexicano que es algo que yo no había hecho, a lo que voluntariamente había ido eludiendo en lo que escribía.

—Definitivamente que fue el detonante. Ánima no estaba en mis astilleros, aunque sí aproveché cosas que había escrito. Es decir, no la tenía registrada como tal, como proyecto en la cabeza, pero sí necesitaba hacerlo en el momento en el que un amigo muy querido, Rigo Mora, un cineasta tapatío, al que considero en cierta medida un mentor mío, falleció, aunque tenía problemas de salud, falleció de una forma más o menos repentina y yo tuve que dejar la novela que estaba escribiendo, se quedó estacionada y ahí sigue. Me resultaba completamente imposible relacionarme con una historia que en ese momento no era la que me interesaba. Entonces llegué al mundo del cine y a recuperar un anecdotario, una atmósfera, por esa vía: la vía de la remembranza, del homenaje, hasta cierto punto, a un amigo querido, que además, al menos desde mi punto de vista, debería tener unas líneas de la historia de la cinematografía mexicana porque fue uno de los pioneros del cine animado en México, de la animación sobre todo con cuerpos rígidos, plastilina, con látex; fue uno de los primeros que empezó a experimentar en ese campo en México. Un amigo que tuvo una mala fortuna extraordinaria que hasta el final no ganó becas, ya cuando estaba muy deteriorada su salud, que nunca tuvo productores que invirtieran en sus proyectos, que siempre tenía que hacerlo con dos pesos y rodaba con un equipo de absolutos novatos involuntarios, uno de los cuales fui yo, para poderlos tratar de sacar adelante y, en ese sentido, al recuperar todo eso, lógicamente fue perfilándose una visión crítica y una visión satírica, muy negra, de todo nuestro medio cultural mexicano que finalmente somos todos: los que creamos, los que reporteamos, los que critican, los funcionarios, los propios consumidores. Todos le damos forma a ese ecosistema que tiene muchas vetas que a mí me parecen infinitamente parodiables y en ese sentido, digamos que con todas esos elementos se dio forma al libro. Desde luego que el detonador fue la muerte de Rigo, que entre otras muchas cosas me hizo replantearme mi propio pasado, presente y futuro como creador. También es una novela en contra mía, en contra de lo que escribía antes, en contra de esta imagen o cliché del joven creador, de la joven promesa, sabes, muy crítico, muy acerbo, incluso, el libro en ese sentido. Me parece que la sátira tiene que empezar por uno mismo o incluirte a ti o de otra manera es sólo arrogancia.

—Contabas ahora que tú fuiste una de las personas que vivió de cerca el hecho de estar en un rodaje…

—Sí. Rodajes completamente amateurs, de animación. Es decir, no había actrices glamorosas semidesnudas en los camerinos, lo que teníamos eran botes de látex, plastilina, luces de cinco mil watts, con muchas ganas de hacer algo que naturalmente es difícil de hacer. Algo que fue absolutamente casual, no es que yo fuera el fotógrafo de las cintas ni nada por el estilo, yo era un adolescente, fue mi primer empleo y lo que yo hacía era barrer, ir a la tienda por los lonches. Con el paso del tiempo, porque colaboré ahí muchos años, estuve cada vez más cercano a parte de la creación. Me tocó ver cómo se discutían guiones, cómo se desarmaban guiones hasta que llegó el momento al que yo mismo empecé a garrapatear algunas ideas en términos generales con todos los que estuvimos ahí. Otro de los que estuvo ahí fue Francisco Payó González, el guionista de Salvando al soldado Pérez. Rigo creó ahí una especie de equipo de discusión de ideas. No es que hiciéramos una especie de taller, ni mucho menos, sino sencillamente es un grupo de gente que veía cine, que leía libros, que escuchaba música, que nos comentábamos lo que cada quien leíamos y que nos comentábamos las ideas que íbamos teniendo y creo que de esa manera aprendimos bastante los que estábamos alrededor, fotógrafos y demás. Hubo gente que colaboró con Rigo, más adelante, pero a nosotros nos tocó el periodo más difícil para él, cuando menos recursos y apoyos tuvo, fueron un montón de años, y en ese sentido fue como un aprendizaje muy importante para los que estuvimos ahí.

—¿De qué va la historia del Gato Vera y el Animal Romo?

—El Gato es justamente un jovencito, no trata de ser una autobiografía mía, sino que trataba de aprovechar esa percepción que yo tenía desde la posición del aprendiz absolutamente ignorante de todo, quien se va enterando paso a paso de lo que se hace, y el Animal Romo es justamente una especie de parodia-homenaje de este creador completamente entregado a su trabajo pero a quien todo le salía absolutamente mal. La cámara le traga el celuloide, los monos se le rompen, las luces se le funden, fallan en hacer los contratos, termina haciendo unas cosas rarísimas, porque son las únicas chambas que consigue, como una escultura del dios Anubis para unas chicas que dan cursos de tarot y no es que se trate, insisto, de una biografía sino de explorar todo esos caminos increíblemente lodosos, increíblemente traicioneros de la creación. Esta competencia bestial entre creadores, pero, bueno, a la vez que hacer una reflexión general sobre lo que es crear.

—Representa algo que se presente en la FIL 2011 esta novela…

Ortuño y su Ánima. Foto J.A. Monterrosas.

Ortuño y su Ánima. Foto J.A. Monterrosas.

—Para mí es importantísimo en la medida de que todos mis libros se han presentado en la feria, en la medida en que yo mismo he estado presente en todas las ferias del libro, en las 25 ferias que van yo he estado, desde chamaco. Me trajeron primero de la escuela y luego viene y solo: año con año con año con año. En esta feria he hecho absolutamente todo: he sido el niño que iba a los talleres, público que entra a las presentaciones, gente que se forma para que le firmen el libro, reportero que cubre la feria para su periódico, presentador de libros, organizador de ciclos, moderador de mesas y, finalmente, escritor que presenta sus libros en la feria y que responde entrevistas. En ese sentido, bueno, pues es una satisfacción; a mí me encanta la Feria del Libro. Yo veo la feria del libro como una extensión de mi casa y he llegado incluso sentirme un poco anfitrión de la feria en el sentido de que vienen muchos amigos, amigos escritores que viven ahora en otro lado del país o del extranjero y quienes en estos días me toca pasear, guiar, ser como su guía nativo, en Guadalajara. Es la posibilidad de ver a muchísima gente querida, en fin. Vamos, yo sé que hay mucha gente que critica la feria y en ocasiones con motivos bastante sólidos. En mi caso particular, pues no puedo hacerlo, a mí me encanta la FIL. No soy ciego a los problemas que puede generar, no soy ciego al hecho de que seguramente el 90 por ciento de los libros son malos, como en toda librería el 90 por ciento de los libros son malos, son malos para uno. A uno no le interesan esos temas, a uno no le interesan esas cosas, pero el hecho es que aquí puedes escuchar todo tipo de libros y, aunque muchos son muy caros, hay otros que son accesibles, que promueven todo tipo de ideas, realmente la posibilidad de estar en una suerte de librería gigantesca y de que haya tanta gente inteligente hablando sobre literatura, también que hay muy estúpida hablando sobre todos los temas posibles en la feria, pero sí hay mucha gente brillante a la que vale la pena sentarse y escuchar. En ese sentido, a mí me encanta y el hecho de que el libro se presente aquí para mí es un placer.

—En tu artículo en El País antes de la feria del libro dices que no hay editoriales en Guadalajara, aunque hay algunos sellos como Arlequín o Mantis editores.

—Mira, aquí habría que distinguir dos cosas. Seguramente el texto no es suficientemente asertivo —mira qué palabrita de manual de autoayuda acabo de sacar de la bolsa—, no es suficientemente claro al respecto, pero creo que sí hay un matiz importante. Yo he sido, en la medida de mis posibilidades, un promotor de Arlequín. Yo reconozco en Arlequín el proyecto editorial más sólido que hay en esta ciudad. Arlequín, hagamos el matiz, no tiene los 24 años que tiene la feria del libro. Lo que hice en el artículo fue una perspectiva histórica de las ferias desde mi punto de vista. No lleva ahí 24 años Arlequín, tiene ya algunos años trabajando y en los últimos años Felipe Ponce, desde luego con el esfuerzo que le ha puesto y la dedicación completa, ha ido solidificando ese proyecto. Mantis es un sello que evidentemente le da preferencia a la poesía. Ha sido bien trabajado en ese sentido, pero ellos lo saben, además de que es un sello absolutamente minoritario. Es decir, si ponemos juntas todas las novedades de Arlequín y Mantis nos da para la mitad de una mesa, porque es la realidad, ésa es su capacidad de producción y en eso lo mueven muy bien; lo que yo digo en el artículo es que en Guadalajara no hay una superestructura que facilite el camino a los propios escritores tapatíos y a los propios lectores tapatíos que justifiquen en cierta medida la existencia de la feria. Es desproporcionado el número de editoriales, de sellos, de editores, de escritores de todo el mundo que están en la feria con respecto a lo que es Guadalajara. O sea, ni siquiera el 0.5 a los stands para eso da, digamos, la industria editorial tapatía. No lo hay. No existe. Insisto, dan para meter una mesa. Arlequín tiene su stand con todo su fondo editorial, Mantis está aliado con otras editoriales independientes de muchos lados del país y ahí están sus libros en su stand. Están estas pequeñísimas ediciones universitarias o de pequeños sellos que tienen convenios con universidades y pues reciben dinero de la universidad y sacan algunas cositas. Claro, pero finalmente estamos hablando aquí de la gran industria editorial del mundo y en ese sentido Guadalajara no pinta, como tampoco nuestras librerías. Yo no estoy diciendo que sea mala Gandhi de Guadalajara o que no me gusten las librerías del centro, las de viejo, pero eso no es un mercado de libros. Vende más libros Sanborns como cadena nacional, probablemente, si quitamos a Gandhi y al Fondo de Cultura Económica y a la Gonvill, son excepciones, pero Sanborns debe ser el lugar donde más libros y más novedades se vendan, probablemente, en la ciudad, a donde va mucho más gente que entre otras cosas ve libros y los compra. Claro, qué tipo de libros, y alguien me dirá bueno, es que sí hay tres escritores tapatíos y medio, sí, pero han tenido que enfrentar unas dificultades tremendas para publicar sus libros. Sí hay escritores, muchos se han tenido que ir de Guadalajara para publicar. Una cantidad escandalosamente alta de escritores tapatíos talentosos que después, yéndose al Distrito Federal, por ejemplo, los han empezado a publicar y han empezado a publicar a la altura de su talento. Pienso en Juan Pablo Villalobos, Mauricio Montiel, Bernardo Esquinca, Luis Felipe Lomelí, sabes, son cuatro personas de mi generación, algunos un poco más grandes, que se tuvieron que ir de Guadalajara para publicar porque en verdad las posibilidades de hacerlo en Guadalajara son mínimas, e insisto, con excepción de Arlequín, que se ha esforzado más en trabajar su distribución, la propia Mantis está en canales de los que utilizan los poetas para distribuirse los libros mutuamente. No hay un camión de Mantis con un logo en el costado repartiendo libros, y eso se debe a que es una ciudad que no puede sostener una industria editorial. No hay suficientes lectores que compren libros locales, lectores tapatíos también tienen una relación como de corto circuito con su propia literatura, digamos, local, A eso me refería, no es que no existan y que de verdad sea el páramo al cien por ciento, es solamente un páramo al 99.8 por ciento. La otra es que el corrector de estilo en El País que quitó el “casi” sin editoriales, y me lo dejó “sin” editoriales no más, pero, imagínate, si yo acabo de perorar siete minutos haciendo matices para más o menos darme a entender, pues me come la mitad del artículo publicarlo. No se trata de un desplante de “Nadie de ustedes existe”, se trata de decir entre todos damos para una mesita, si nos va bien y aquí resulta que no es que haya dos mesitas, es que hay seiscientos o setecientos sellos editoriales cada uno con enemil mesitas. Creo que también llevamos los tapatíos, yo generalmente no me pluralizo junto con el resto de los tapatíos, no por mamón sino porque no hago vida colectiva, no formo parte digamos de una colectividad de creación aquí, que fundamentalmente se quejan, que no los invitan a la FIL a los grandes espacios, que no los sientan con Lobo Antunes o que no los sientan con James Ellroy. Bueno, no lo hacen porque nadie conoce sus libros, porque están publicados en editoriales que han tenido muy poca distribución en institutos de cultura. ¿Sabes?, es una especie de circulo vicioso interminable. La Feria del Libro me parece que hace bien, porque además no lo organiza cien por ciento el programa. Los organizadores de la FIL, buena parte del programa, lo proponen las editoriales mismas que son quienes traen a sus autores. Si entre esos autores no hay tapatíos, pues no van a estar los tapatíos en el programa. Así de sencillo, y sí hay una cantidad, digo, generalmente nos invitan como moderadores a las mesas, porque pues no tenemos un libro accesible, tenemos que salir ahí a hurgar entre los que se nos quedaron de la última edición del comité editorial del Instituto de Cultura de Huejuquilla. Esto es industria editorial, no estoy hablando de calidad literaria. Eso es otra cosa, eso le puede pasar a cualquiera, puedes escribir en una servilleta y ser absolutamente genial y te puede publicar Alfaguara y que sea una absoluta porquería, las dos cosas pasan, pero hay que entender cuál es la lógica con la que se mueve la Feria del Libro.

—Tú has sido uno de los escritores que no ha publicado en Guadalajara, ¿a qué se debe el que hayas podido estar en editoriales fuera de Guadalajara y vivir aquí?

—Número uno, a que yo nunca he vivido de la literatura. Yo trabajo.

—¿A qué te dedicas?

No hay suficientes lectores que compren libros locales, lectores tapatíos también tienen una relación como de corto circuito con su propia literatura, digamos, local, A eso me refería, no es que no existan y que de verdad sea el páramo al cien por ciento, es solamente un páramo al 99.8 por ciento.

—Siempre he trabajado en el periodismo y en la comunicación en diferentes medios, empresas, etcétera. Que también muchísima gente no lo hace, la única diferencia es que yo nunca he tenido becas, por ejemplo. Tampoco he buscado obsesivamente y nunca ha sido mi meta en la vida tener becas. A lo mejor las hubiera tenido si las hubiera buscado y hubiera dedicado tiempo a conseguirlas. Número dos, a que yo supongo que he tenido una mezcla de muy buena suerte, y eso lo acepto; de que mis libros hayan caído en manos de editores a los que les gustaron, porque, insisto, vivo en Guadalajara, no es que me haya ido yo a sentar afuera de la oficina del gran señor que decide todo en el Distrito Federal, que no sé quién podría ser, pero digamos eso y llevarle adornos florales hasta que accedió que me publicaran un libro en algún lado. Vivo en Guadalajara, no hago ninguna clase de lobby en ninguna parte. Primero empecé a mandarle artículos a revistas fuera de Guadalajara, porque las de Guadalajara, con excepciones, no me invitaron jamás a publicar con ellos y, bueno ya, si le iba escribir a desconocidos pues prefiero escribirle a Luigi Amara para que me pusiera en Paréntesis, que fue la primera revista que me publicó algo, que ubicar revistas que también en Guadalajara cuál es su distribución: es casi mano a mano. Muy poca gente se ha tomado la molestia a lo largo del tiempo siquiera de hacerlas correr por algunas librerías, hay algunas que están por ahí en un cafecito al que hay que ir si quieres ver la revista, o sea tampoco tienen un trabajo. Se piensa que una revista en el momento en que se tiene impresa se acaba y que entonces toda la responsabilidad es de los lectores, cuando finalmente los editores también se tienen que preocupar por hacer que ese material le llegue a su lectores. Lo primero que hice fue empezar a mandar artículos y colaboraciones para publicaciones, casi todas del D.F. que tenían mayor distribución, que tenían correos electrónicos y que los editores, de hecho, se tomaban la molestia de contestar. Hay otras editoriales que en su momento no me contestaron correos a ofrecimientos de colaboración. Con los que sí me contestaron que fueron, insisto, mayoritariamente revistas del D.F., comencé a colaborar hasta que llegó el momento en el que tuve un manuscrito de un libro, que después de muchos años de trabajarlo, que fue El buscador de cabezas, ya tenía yo treinta años cuando salió publicado El buscador de cabezas y tenía 29 años cuando empecé a mover el manuscrito, lo mandé a las editoriales que publicaban libros que me gustaban y una de ellas fue Joaquín Mortiz, que agarró el libro y me lo publicó. Tuve otra oferta de otra editorial que no era tan interesante y como todo el mundo ha tenido en esta vida pues cartas diciendo Muchas gracias pero no queremos publicar el libro, o gente que ni siquiera el acuse de recibo de que le llegó el paquete.

”Finalmente, lo que yo hice fue plantarme en una Estafeta y mandar el libro. Claro, ya después de que salió el primer libro, que fue un libro que apenas ahora lo podrá comprar la gente porque la primera edición tuvo una distribución rarísima, terminó agotada pero pues hace tantos años que nadie la veía; lo que estaba circulando eran reseñas que fueron muy positivas y eso de alguna manera me ayudó a que me conociera más gente y a partir de ahí fue un poco más fácil publicar, pero hasta ahí, es decir, no es ninguna clase de historia-conspiración sino sencillamente el que escribí cosas que les interesaban a los editores. Hay gente que se siente el James Joyce del barrio de Analco, que empieza por escribir historias que suceden en el barrio de Analco, con un lenguaje herméticamente analquense, pues el mundo se va a venir a rendir a sus pies. Claro, Joyce lo hizo, y voy a poner todas las comillas del mundo, con el Ulises, y con esta mezcla de inglés gaélico, francés. Señores, pero James Joyce era otra dimensión de escritor. Me parece que uno, como escritor, una de sus primeras misiones debería ser preocuparse por entender cuáles son tus alcances, realmente hasta dónde vas a dar como escritor. Yo en ese sentido tengo una relación rara con la ciudad, insisto, yo no me siento parte del medio cultural de Guadalajara, no porque tenga nada en contra del medio cultural de Guadalajara, sino porque ésta es la ciudad en la que vivo, en la que voy a comer pescado, que voy por la crema, en la que trabajo, pero no he sido una especie de personaje literario que ande presidiendo mesas o armando cenáculos o peleándome con la Secretaría de Cultura para que me den presupuesto. Bueno, a quién le interese que lo haga. Lo que creo desgraciadamente es que Guadalajara no es ni una cosa ni otra, sino en realidad una ciudad que da muy pocas alternativas a quien quiera escribir y que ha orillado a que mucha gente de gran talento migre.

Ortuño, tercera y última. Foto J.A. Monterrosas.

Ortuño, tercera y última. Foto J.A. Monterrosas.

—Mientras profesionalmente sea lo que me convenga, sí. Tengo la ventaja de que puedo ir al D.F., a ver a los cuates, y a pasear. Me parecería terriblemente estresante vivir en el D.F. con una rutina de exigencia continua, cuando he tenido que moverme en el D.F. con horarios fijos ha sido pesadillesco, como todo mundo te dice que es allá. Aquí estoy acostumbrado a vivir, e insisto, no tengo nada en contra de la ciudad, que aquí sigo en Guadalajara. Otra cosa es que no mitifique mi propia estancia en Guadalajara como: “Yo estoy aquí porque yo soy Atlas que va a resistir a la editorial jalisciense sobre mis hombros”. Bueno, pues no es cierto, yo creo que todas las editoriales jaliscienses hacen muy bien en no sentirse representada por mí, porque mi literatura tiene realmente poco que ver con la tradición literaria jalisciense, que es muy robusta. Yo no vengo de ahí. Mi familia no era de aquí, yo acabé aquí por error, familia poco hermética. Entonces, tan así que pues mi consumo de platos típicos comenzó casi después ve los veinte años, no era algo que se acostumbrara a comer en mi casa. No conozco por qué se llaman así las calles de centro de la ciudad, en la mayoría de los casos, a menos que sea la de Enrique González Martínez; apenas hace un año supe por qué la calle 8 de Julio se llama 8 de Julio. Hay escritores cuyo temperamento los hace ser como ciudadanos vitales de su comunidad y el mío no me da para eso. Yo soy alguien al que le gusta leer cosas variadas, llegó el momento en que leía más centroamericanos, por ejemplo, que jaliscienses; leí tarde a Rulfo en la vida, lo admiro infinitamente como al que hay que admirar infinitamente, pero para mí no fue una influencia literaria; admiro infinitamente a Arreola, pero mis referentes son otros. Insisto, no tengo nada en contra de eso, nomás pos soy un bicho distinto, no soy un representante local ni me asumo como tal. Quien lo haga, bien, pero, insisto, Guadalajara es una ciudad que está produciendo muchos escritores y muchos de ellos se van a buscar otra cosa porque se sienten asfixiados aquí y esa parte, al menos cultural, vitalmente no me ha pasado.

—¿Cuál sería tu lugar en ese sentido?

Al momento de hacer literatura soy completamente esquizofrénico y no trato de escribir como periodista y me resisto al periodismo literario y a la literatura periodística. Ahí hago corto circuito, pero considero como un periodista me relaciono con la gente más como periodista.

—Pues es que yo veo mi lugar como un lugar en el mundo, sabes. En su momento también Rulfo o Arreola fueron migrantes. Regresaron a Guadalajara en la vejez. Mi lugar en el mundo como escritor la verdad es que no tengo la menor idea cuál sea, ni es algo en lo que me he puesto a pensar. También porque yo no veo a mí mismo como escritor, sino como alguien a quien le gusta escribir. A mí me gusta escribir, me gusta esa actividad y le doy toda la seriedad posible, lo hago con toda la ambición posible, pero en el momento en que dejo de escribir y cuando no, estoy pensando en lo que voy a escribir. Es algo que hago bastante. No me asumo como escritor, soy escritor todo el tiempo, contesto las cosas como escritor y pido ciento cincuenta gramos de jamón Corona como escritor, tengo una vida muy normal. Alguna vez leí una entrevista con Cronenberg, el director canadiense de cine, y decía: “Bueno, por la temática de algunas de mis películas se me acerca la gente y pues piensa que soy un monstruo depravado que tiene en su casa cinco chicas en cueros a las que les da de latigazos y que come insectos vivos, cuando soy un señor canosito realmente, al que esencialmente le gusta pasear a su nieto en una carriola”. Yo me identifico más con el señor canosito que pasea a su nieto en una carriola que con alguien que come vidrio y que hace pronunciamientos. Las cosas que se me ocurren tienden a ocurrírseme en forma de narración y ahí están en mis libros y en mis cuentos. Lo de personaje público se me resiste, para empezar ni siquiera parezco escritor, me acaba de pasar que en Jalapa no me dejaban subir a la mesa en la que iba a hablar porque iba vestido igual que el chofer de la camioneta, mientras que otro de los escritores presentes llevaba un saquito de pana con codos, sabes, tenía esta suerte de elegancia culta. A mí me da mucha flojera vestirme de esa manera o adoptar ciertas posiciones para parecer escritor. Igual porque mi oficio ha sido el periodismo, porque yo me siento periodista, periodista sí me siento. Sí me interesan las cosas más como periodista. Al momento de hacer literatura soy completamente esquizofrénico y no trato de escribir como periodista y me resisto al periodismo literario y a la literatura periodística. Ahí hago corto circuito, pero considero como un periodista me relaciono con la gente más como periodista. Incluso, si veo que llega Rius me pongo a pensar casi en la entrevista que le podría hacer a Rius, sabes, no en llegar, platicar con él y colarle un librito, tomarme una foto, decirle “Maeeestrooo”. Yo me sigo acercando a la gente como periodista. Así es como me veo.

—Ésta es una feria en la que has estado en múltiples presentaciones, además escribiendo una columna a diario y también dando entrevistas. ¿Cómo te puedes multiplicar en tantas labores en una semana?

—Yo conozco bien la feria, por haber estado en 25 ferias, y la parte de dar entrevistas para mí es confusa todavía. Aunque he dado bastantes entrevistas, pero me pierdo, hablo mucho, esa mesura que debe tener el reportero que dices dos cosas y pones la grabadora como ahora lo haces tú, pos de este lado realmente se pierde y empieza uno manotear y a contar con los deditos las 25 ferias y cosas así. La parte de la columna… yo ya había hecho columnas diarias en ferias anteriores, en el periódico en el que trabajaba, la única diferencia es que entonces eran columnas que escribía un reportero al periódico y que la gente leía o no y a veces no veía ni el nombre y ahora hay tres personas que saben quién soy. Entonces pues las leen de otra manera. Creo que hay un tono que conviene para el periodismo, ha habido otras columnas que yo he leído de otras ferias, incluso también, de repente le piden colaboración a un escritor y hace un asunto como poético, etcétera, y yo la verdad me lo topaba las mañanas en el periódico y decía Qué horror, sabes, no quiero leer esto. Es un periódico, no me vengas a mí con esta losa, vamos, a mí me gusta el lenguaje literario, me gusta el lenguaje libresco. No dejo de corregir un texto hasta que logra tener esa calidad literaria, de densidad del lenguaje, pero eso no es periodismo para mí. El periodismo es la plaza pública, en cierta medida, aun con la especialización relativa de las actividades culturales, pero pues es el mínimo común denominador del lenguaje al que hay que buscar que tiene que entender cualquiera. Sí es un reto, en cierta medida, el buscar que no quede exagerado, débil, mal argumentado y por recurrir al lenguaje coloquial, por recurrir a una escritura digamos ágil, que yo trato que el que lea el periódico en la mañana pueda ver la feria desde un ángulo peculiar, particular, distinto digamos al institucional, tanto de los organizadores como de los propios medios que tiene su línea editorial muy marcada y ver cosas que no van a estar en las notas periodísticas y que no tienen que estar en la notas periodísticas. ¿Quién es el rey de la pista en el Salón Veracruz? Por ejemplo. Para mí sería una buena crónica posible, pero como no la he visto en ningún lado pos la escribo yo y tratar de enseñarle a la gente estos ángulos que yo he ido encontrándole de las 25 ferias del libro a esta convivencia tan rara, para mí de verdad es alucinante que el día de la inauguración estaban en un baño, en un mingitorio, hombro con hombro, un maestro mío de la universidad a lado de Mario Vargas Llosa y por ahí había una exnovia de mi juventud y a un lado estaba Taibo y a lado estaba el súper editor Herralde y al lado estaba un amigo que fue mi vecino; esa convivencia para mí fue alucinante, de gente de ámbitos tan distintos, del ámbito local, del ámbito cultural-local, del ámbito universitario-local, del ámbito personal-local, nacional y del gran ámbito literario internacional, parece que ofrecen muchísimas posibilidades para contarle cosas a la gente de la relación de entre todos estos estratos y porque me ha tocado ver muchas cosas que voy contando que me parecen peculiares y que, insisto, no están ahí en las notas informativas formales.

And the cover!

And the cover!

—Hoy hablabas de los presentadores de libros, de profesionalizarse…

—Claro, en alguna ocasión en otras de las ferias en las que escribía croniquitas hice una especie de decálogo del mal presentador del libro: el que llega a última hora y ni se leyó el libro… habla de cuál es su amistad con el autor para maquillar el hecho de que no leyó el libro… balbucea dos o tres cosas, pero luego se excusa diciendo: Bueno, no les voy a platicar más para no romperle la tensión del libro. Cuando lo que pasa es que no lo leyó y postulando también es que son números un poco complicados. A veces son presentaciones aburridas o guangas o la gente se aburre. Cuando yo he tenido que ser presentador de libros trato de ser lo más breve posible y, por ejemplo, no acepto presentar libros que no me gustan, o al menos hace mucho que no acepto presentar libros que no me gustan. Llegué a presentar libros que me parecían tibios, ahora, incluso si son de amigos, pues me escurro y le saco al bulto si no me gusta el libro, porque me parece que tampoco es el espacio, no es una mesa como para ir a insultar al autor. También me parece grotesco cuando un presentador toma el protagonismo de la mesa, es como ir al cumpleaños de alguien a embargarlo, me parece de mal gusto esencialmente. Entonces, lo que yo hago ahora con las presentaciones del libros, si tengo que presentar a alguien lo hago porque me gusta el libro. Acepto relativamente pocas presentaciones de libros, digo, si descuento las mías y el hecho de que moderé una mesa narrativa que es distinto a presentar un libro, pues presenté dos libros en la feria; el de Mariño, que es un escritor justo de Guadalajara que publica en Arlequín, mi prueba fehaciente de que ni odio a los escritores de Guadalajara ni odio a Arlequín, al contrario me gustan los escritores de Guadalajara y respeto muchísimo a Arlequín y el de Marcos Giralt Torrente, me parece un súper libro, una gran obra narrativa el libro de cuentos nuevo de Giralt que presenté. Presenté dos libros en una feria que se presentan quinientos, es decir, es una participación relativamente baja como presentador. Si lo comparo con los catorce eventos que ha tenido Jorge Volpi, por ejemplo, en esta feria y los trece que ha tenido Andrés Neuman, yo estoy absolutamente en pañales. Claro, ellos son personajes de escala internacional, a los que invitan creo que literalmente a todo. Si Volpi presentó quince cosas, pues ha de haber rechazado cuarenta y seis.

Regresando a tu libro, me interesa preguntarte sobre la filias y las fobias fílmicas. ¿Cuáles son para ti, en ese rubro que tiene que ver con Ánima, esas películas que te han influenciado en tu literatura?

Cuando encuentro una obra narrativa que me interesa por su densidad, por su profundidad, por su lenguaje, por su manera de interesarse en la vida y en otras materias, en la política, por ejemplo, es un tema que me interesa, o sea que yo lo considero que está muy bien. Digamos, como influencia, me ha influenciado mucho más, estéticamente la música que el cine.

—Mira, pese a que el cine me interesa bastante, soy bastante esquizofrénico entre una cosa y otra. Yo tengo una disciplina de lector muy fuerte desde niño, así me eduqué, en mi casa había muchos libros, durante mucho tiempo no hubo televisión o era una tele tan vieja y defectuosa y había tan pocos canales que la verdad es que no la veía mucho, leía mucho más siempre de lo que vi de televisión, soy mucho más verbal que audiovisual. Con el paso del tiempo me interesé en el cine y vi mucho cine. Ahora veo mucho menos cine, de hecho lo que veo últimamente son casi exclusivamente series de televisión, veo pocas películas. Lo que llega aquí o es cine festivalero internacional que sigue como unos ciertos parámetros, por lo general no me interesan, aunque haya obras maestras ahí, pero muchas de esas películas no me interesan o el cine hollywoodense en su etapa de este decenio, básicamente efectos especiales con unas pocas personas pegadas, tampoco me interesa mucho. Como no tengo esa relación de apasionamiento con el cine como tengo con la literatura, pues soy muy modosito y soy un consumidor maniático y me considero malo como espectador de cine. Me he aburrido en muchas películas clásicas y mi criterio pues se parece al de un niño de doce años, pues realmente las películas que me gustan son las de Sergio Leone, de vaqueros, me gustan las películas de Kurosawa, de samurais, me gustan las viejas películas de guerra y una cantidad limitada y cada vez menor de películas, digamos, de actualidad. Si sale una nueva película de Lars von Trier muy difícilmente voy a ir a ver una película de él, pues porque me gustó una, otras dos me parecieron más o menos, cinco me han perecido horrorosas, de reírme en mitad de la película, por decir no es posible que este sujeto haga esto. Entonces, soy un mal espectador de cine y me siento poco influenciado, en cierto sentido, por el cine. Sobretodo, como te habrás podido dar cuenta al hacer la entrevista, soy más bien verborreico y mis libros lo son. Están narrados en primera persona hasta ahora todos, las tres novelas y la inmensa mayoría de mis relatos están narrados en primera persona, y esto te hace casi a prueba de adaptaciones cinematográficas porque si describes acciones pero a través del lenguaje, tachonadas de opiniones, de percepciones, de reflexiones, todo eso le estorba a quien adapte. Yo llevo un buen rato trabajando con un cuate, está haciendo una adaptación de guión de mis dos primeras novelas, pero de verdad hemos topado con problemas de adaptación porque textos que leídos pueden parecer muy dinámicos y que tú dices: Esto es completamente cinematográfico, mira va así, así, así la acción. Luego sacas tu esquema para ver el storyboard y te das cuenta: ¡Qué acción! ¡Un carajo! Todo es verbal. Todas son frases, parece que hay una virulencia terrible en la escena, pero es verbal. Entonces me parece que son universos difíciles de compaginar. Desde luego hay películas que veo de repente, como las dos partes de esta brasileña Tropa de elite. A mí me parecen obras maestras de narrativa, independientemente del medio en el que esté, claro, son cine y no podrían haber sido sino cine, pero realmente lo que a mí me interesa es la narrativa. Los efectos visuales, las actuaciones, la parte digamos que es más teatro, en cierto sentido del cine y la parte como más técnica o la parte directamente pues esotérica, del simbolismo y demás. La verdad es que me elude, pero es la narración. Cuando encuentro una obra narrativa que me interesa por su densidad, por su profundidad, por su lenguaje, por su manera de interesarse en la vida y en otras materias, en la política, por ejemplo, es un tema que me interesa, o sea que yo lo considero que está muy bien. Digamos, como influencia, me ha influenciado mucho más, estéticamente la música que el cine.

¿Ánima nació con ese nombre?

Ánima nació con ese nombre. Como habla de un muerto, pues el ánima es el fantasma, como habla de la animación, sabes, finalmente la animación y los fantasmas terminan teniendo la misma raíz como palabra, como la misma raíz etimológica. El ánima es el alma, lo que anima, lo que hace que se mueva el alma finalmente y la animación eso, lo que le insufla vida a los objetos inanimados. Entonces es eso, la historia de un muerto y la historia de alguien que le insufla vida a las cosas, por lo tanto el nombre Ánima. Tenía un nombre originalmente el manuscrito, cuando lo empecé a escribir, muy similar pero que no era ese nombre, aunque era muy similar, digamos que era una frase más larga en donde iba la palabra ánima y después de una plática con un amigo escritor me di de cuenta que tenía que ser Ánima, como nombre único

—¿Para ti es fundamental el humor para escribir o pensarías de pronto evitarlo?

—Depende del texto, también, insisto, el humor, repito mucho esa frase porque me gusta mucho, es una frase de Ibargüengoitia que dice que “No es un condimento para que el guiso sea más sabroso”, sino es una suerte de deformación de las retinas. Tú ves las cosa de cierta forma que luego los lectores la interpretan como humor. Uno, me parece, lo tiene adosado a la visión. Entiendes el mundo del lenguaje de esa forma. Yo me considero un tipo bastante escéptico, bastante irónico y le cuesta mucho más trabajo pensar que algo está bien. Tengo muchos filtros mentales hacia las cosas y soy muy crítico a las cosas y hacia mí mismo, para mí escribir en cierta medida, aunque lo disfruto mucho, se vuelve tortura porque reescribo y corrijo y corrijo y corrijo y corrijo y corrijo y corrijo… Y lo hago, lo dejo armado y al día siguiente lo abro y digo: Esto es pura estupidez. Y corrijo y corrijo y corrijo y corrijo de nuevo. Yo así lo veo. Entonces evidentemente, pues me resulta difícil pensar que haya textos donde lo pueda evitar porque sería como decir: Mi percepción no va a existir en el texto. Tú interpretas necesariamente como humor, pero en mi caso es mi visión. Sin embargo, desde luego que también uno no escribe inconscientemente, ni soy alguien que diga así salió, así se queda. Todo lo contrario, corrijo compulsivamente. Entonces, depende de muchas cosas. Ahora, por ejemplo, que no tiendo a hablar de lo que estoy escribiendo hasta que no esté terminado, estoy escribiendo una novela que tiene un humor muy diferente al de los libros anteriores, que es más reposado, con un ritmo poco más lento, que digamos la percepción del narrador es diferente a la que han tenido hasta ahora. Es menos epigramático, menos cáustico. También tiene humor, pero uno lo negocia de manera distinta en el texto. Lo que unos llaman humor yo lo llamo agudeza. La percepción de cosas que están ahí, pero que organizadas ligeramente de otra manera, puestas ligeramente en perspectiva pueden parecer absurdas, pueden parecer gravosas, pueden parecer ridículas, pueden parecer incluso ofensivas, girando ligeramente la percepción que se tiene de una situación. En El buscador de cabezas la situación era la política en un país que no se menciona, pero que fatalmente es México, lo que yo decía es que en un país tan clasista y tan racista, si se organizara ese clasismo y ese racismo en un movimiento político qué pasaría, pues el resultado es el libro; lo mismo en el trabajo, esa especie de sorda guerra entre los oficinistas con sus jefes y esas tensiones de envidias, qué pasaría esa tensión que normalmente se vive como grilla, se viviera como una campaña guerrillera en forma: con ataques, con repliegues estratégicos. Digamos que sí trato de responder esas preguntas y sí, bueno, forman parte de mi visión. No lo hago con el humor, sino que pienso que el humor es una consecuencia, un intento por tener un acercamiento agudo afilado con la realidad, con la propia imaginación, con la forma de ver el mundo.

—Antonio, muchas gracias y ya nos veremos, espero, en la 26 edición de la FIL.

—Exactamente, cuando hallan pasado 25 años. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Libros y autores


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