UN FOTÓGRAFO AFICIONADO

Víctor Flores Olea

Un viejo y poderoso funcionario cultural que se la creyó hace más de veinticinco años: ¿quién le dijo que era fotógrafo, por favor? Habría que leer a Octavio Paz —si viviera— sobre la “obra” de este advenedizo…

El ex funcionario priista.

Alguien, a principios de los años ochenta, engañó a Víctor Flores Olea y le hizo pensar que, de verdad, era fotógrafo. El que para entonces había sido subsecretario de Cultura de la SEP y representante de la Unesco en París —en los últimos años de los setenta y principios de la siguiente década—, necesitaba validarse dentro del arte. No podía ser que tan alto funcionario cultural no hiciera algo creativo. Y lo más fácil fue tomar una cámara, al fin de cuentas que cualquiera podía ser fotógrafo.

Por eso no fue casual —nada en esto lo es— que siendo subsecretario en la Secretaría de Relaciones Exteriores algunos fotógrafos cercanos a él lo conminaran, es un decir, a publicar esas cosas en las que empleaba su tiempo libre. Mientras que por ese tiempo se estaba gestando la aparición en el Fondo de Cultura Económica de la colección de libros fotográficos Río de Luz. El segundo libro de esta colección, después de que apareciera el primer tomo dedicado merecidamente a Nacho López, le correspondió a Flores Olea. Claro, no era políticamente correcto que primero apareciera el del funcionario. Un breve tomo (titulado Los encuentros, 1984, con un prólogo insufrible de Carlos Fuentes) en donde el editor y fotógrafo Pablo Ortiz Monasterio hizo milagros para darle una cierta coherencia al divertimento de este político. Y para cuando esta colección feneció, a principios de los noventa, apareció otra, producida por Conaculta y Grijalbo, denominada Camera Lúcida, en donde el segundo volumen (Huellas de sol, 1992) le fue dedicado también al eterno funcionario cultural (que dejaría de serlo por los berrinches de Octavio Paz).

Ya validado por su séquito de amigos fotógrafos no faltaron las exposiciones (Los trabajos y los días, Museo de Arte Moderno, 1987) y nuevas publicaciones (Los ojos de la luna, Miguel Ángel Porrúa, 1994). Y ahora, por si no bastara para que todo lo anterior quedara en el anecdotario de un político al que construyeron como fotógrafo, aparece el libro Nuevo tiempo de arena (Dirección General de Publicaciones, 2009), el cual fue presentado hace dos semanas en el Centro de la Imagen con gran confluencia de quienes lo siguen engañando. ¿Y qué se da en este nuevo libro?

Pues pasa que los viajes turísticos, por París y Venecia, ¡vaya novedad!, siguen siendo los temas de Flores Olea. Viejas y nuevas imágenes en donde se exhiben las carencias de un politólogo que quiere hacer fotografía: un absoluto desequilibrio en las estructuras visuales (masas iconográficas cargadas hacia un lado, torres, caballos de Venecia, elementos metálicos, en pleno desbalance); imágenes en fuera de foco y barridas (no podía ser de otro modo ante la falta de pericia técnica); tomas visualmente saturadas y confusas (con líneas y elementos geométricos que se sobreimponen unos a otros); ausencia del conocimiento de la luz en las imágenes nocturnas y falta de compensación entre lo luminoso y las sombras (otra vez el desconocimiento técnico); cuerpos cortados en las escenas callejeras; insulsas cotidianidades urbanas; fascinación turística por cualquier elemento arquitectónico o escultórico urbano (fachadas y más fachadas que quieren expresar algo, cualquier cosa que esto sea); contraluces en donde las figuras pierden detalles; reflejos aquí y allá como intentos de encontrar nuevas formas, aunque sea por azar; obsesión por teatralizados personajes de festival como si sus caracterizaciones por sí solas ofrecieran un impacto como imagen. Y con todo ello Ernesto Lumbreras, en un obligado prólogo, habla del “saber óptico” (¡?) de Flores Olea. En realidad estamos ante un aficionado a la fotografía. Una persona con capacidad de viajar, como buen funcionario, que cree que su veneración por las viejas ciudades europeas, ya de por sí, hace imágenes aceptables. Y esto podría ser válido, desde luego, si éstas se quedaran en el ámbito personal o familiar o, vamos, el de sus cuates fotógrafos. Pero no, él insiste en hacerlas públicas. En exhibirse —literalmente— como hacedor de imágenes. Y nadie, con esa obsesión que se quiere tan creativa, se atreve a decirle que ya mejor se dedique a otra cosa. Y antes de que alguien salga a decirle que el rey va desnudo. ®

Publicado originalmente en El Financiero.
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Publicado en: Fotografía, Mayo 2010

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