Un gran crítico en una revista

George Steiner en el New Yorker

Los artículos y ensayos de uno de los grandes críticos literarios de nuestros tiempos en una de las revistas más prestigiadas fueron recopilados en un solo libro.

George Steiner ha declarado no ser un pensador o un creador de obras originales sino un simple difusor de geniales ideas ajenas. “Soy un parásito, porque vivo de otros, pero un parásito contento”, dijo alguna vez en una entrevista con forzado optimismo al ser cuestionado acerca de sus tentativas como creador. Las falsas modestias, ponerse uno al final de la fila para que alguien, siendo la mano invisible y justiciera de Dios, lo coloque al principio, parece ser uno de los trucos de la antigua escuela que, junto con otras estratagemas, figura en el maletín de herramientas del crítico. El camino del muchacho judío y lisiado de un brazo pero dotado de una memoria prodigiosa que le valdría notas sobresalientes en el liceo francés de Nueva York, donde tendría por maestros a pensadores de la talla de Claude Lévi-Strauss o Jacques Maritain, habría de volverse tortuoso al entrar al medio universitario estadounidense y enfrentarse con sus deficiencias en matemáticas, física y biología. Sólo tras un largo peregrinar por Yale, Chicago, Harvard y Oxford, donde no halló eco para sus intereses humanísticos dispersos bastante inclinados por las letras, Steiner pasó por The Economist en Londres donde, desempeñándose como reportero, lo enviaron a entrevistar a Openheimer, por entonces al frente del programa nuclear. Aunque éste al principio lo recibiera con cajas destempladas, logró colarse al círculo científico más prestigiado de su época. Ahí acabó de pulir sus ciencias naturales y exactas. Poco después, habiéndose doctorado en Oxford, obtuvo una fellowship que le permitió pasar una temporada en Princeton, con Kurt Gödel y Albert Einstein paseándose por las aulas. Finalmente coronaría su carrera académica con un llamado en la Universidad de Ginebra para ocupar la cátedra de Literatura general, la primera en literatura comparada del mundo.

La amplia gama de intereses y puntos de vista de este egregio doxógrafo, quizá el más grande de nuestro tiempo, no conoce fronteras, extendiéndose de la filosofía analítica a la antropología cultural, siempre con un estilo argumentativo e informado, ajeno a pruritos de estilo.

George Steiner se muestra satisfecho de su carrera universitaria y su papel como maestro. En su itinerante existencia entre Ginebra y Nueva York, donde pasaba cinco meses al año, reemplazó en The New Yorker a Edmund Wilson, el insigne biógrafo de Joyce, como reseñista de libros y crítico, publicando entre 1967 y 1997 más de 150 colaboraciones, algunas de ellas muy extensas, de las que se presenta una selección de Robert Boyers, publicada como George Steiner en el New Yorker [FCE, 2009]. La amplia gama de intereses y puntos de vista de este egregio doxógrafo, quizá el más grande de nuestro tiempo, no conoce fronteras, extendiéndose de la filosofía analítica a la antropología cultural, siempre con un estilo argumentativo e informado, ajeno a pruritos de estilo, con esas pequeñas grandes intuiciones que tan iluminadoras resultan a veces en el caso de los autores abordados en el libro, como son Walter Benjamin, Albert Speer, Bertolt Brecht, Karl Krauss, Gershom Sholem, Elias Canetti, Thomas Bernhard, entre los de expresión alemana, o bien Louis-Ferdinand Céline, Cioran, Simone Weil, entre los franceses, sin faltar naturalmente los autores anglosajones como Bertrand Russell, Noam Chomsky, George Orwell, Graham Greene, más algunos rusos como Solzhenitsin e incluso sudamericanos como Borges.

Gracias a su formación universal, sobre todo de cuño francés, Steiner es capaz de lanzar una mirada crítica a la ingente y dispareja obra de dos pensadores como son Russell y Chomsky. El primero, junto con Whitehead, G. E. Moore y Wittgenstein, figura como uno de los pilares de la tradición analítica quien, fuera de sus trabajos estrictamente lógicos y matemáticos, era un opinionator en todo lo demás (posiciones éticas, políticas o sociales). El caso de Chomsky puede ser más cercano, por su postura de izquierdas, quien empezó bajo la dirección de Zelig Harris, su maestro, a aplicar el análisis lógico al lenguaje natural, llegando a resultados relevantes que, sin embargo, parecen presuponer la existencia de una gramática universal, más una generalización apresurada hecha desde el propio idioma que un modelo aplicable a lenguas distintas, como en el caso del chino. Noam Chomsky es, como Steiner señaló en una entrevista, totalmente monolingüe, no sabe decir ni sí ni no en más de un idioma, el gran pecado cultural de los estadounidenses. Aquí Steiner parece tomar una posición aristotélica y señalar que la materia es importante para el lingüista, no únicamente la forma. ®

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Publicado en: Febrero 2012, Libros y autores


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