UN PUÑADO DE IMÁGENES PARA LLEGAR A SERGIO PITOL

De cómo lo inventé y luego lo conocí

“Leyendo su traducción de Gombrowicz percibo el rigor literario, la intuición poética y la infinita pasión de un hombre abocado a la literatura. Pitol se me revela no sólo como un altísimo traductor sino también como un personaje profundamente vital y centellante”.

Mi talento literario se limita a los registros precisos de un diario de viajes.
—Joseph Roth

Siempre he creído que existe un mundo sospechoso y paralelo al mundo que habitamos, oculto a la mirada. Estoy convencido de que la realidad como la vivimos no es sino una fachada que recubre —no sé por cuáles y cuántas variadas razones— una verdad en la que todos nuestros actos se encuentran comunicados con otros actos y con todas las personas que jamás conoceremos. Creo con ciega fe no sólo que todo se encuentra en todas las cosas sino que la dimensión desconocida, expresada a través de las casualidades y los desatinos cotidianos, es un lugar palpable y densamente poblado. Entrar en esos bosques de árboles extraños es un viaje que entraña una decisión personalísima.

Sergio Pitol y Juan Manuel Torres, del archivo de Sergio Pitol, tomada del almacén del quincenario cultural Performance, dirigido por José Homero.

Creo también, en ocasiones, que ese mundo paralelo se nos revela por flashazos o relámpagos (líricos, lúdicos o trágicos) para hacernos saber que la realidad es siempre otra. Se trata de una cuestión de perspectiva y preceptiva.

Es posible, si se presta atención a los detalles, observar rastros, vestigios y pistas secretas de ese territorio alterno y alucinado.

Algunas escrituras y algunos instantes de la memoria pueden revelar ese mundo: enumerarlos ahora sería un capricho: cada quien tiene, o no, su galería de perplejidades. Sin embargo aseguro que, en alguna medida y en más de un sentido, la literatura de Sergio Pitol es un vistazo distorsionado a esos mundos paralelos.

Conocer a la obra y al personaje me ha hecho habitar la tierra —y el lenguaje— con ojos de otro mirar.

I

Contaba con catorce años la primera vez que me enteré de la existencia de Sergio Pitol. Corría el año de 1997. En la secundaria en la que estudiaba mi profesora de español me tenía una particular buena disposición sobre mis compañeros de salón por tres hechos que considero fundamentales.

a)      Desde los seis años mis padres me habían hecho estudiar música clásica con más bien limitados resultados; lo que por otro lado no me impedía jactarme de mis estudios extracurriculares a la hora de exhibir mis habilidades con la flauta transversa ante espíritus sensibles con la capacidad de ponerme dieces en la boleta.

b)      Para entonces había yo leído las Narraciones extraordinarias de Poe en una edición española encuadernada en piel maravillosa; lo que me sumaba puntos en un grupo en el que la mayor parte de la horda masculina estaba abocada a ignorar a la profesora y a afirmar la adolescente heterosexaulidad a través del poco decoroso divertimento de picar los culos con lápices, compases y reglas T a los despistados; ocupación a la que yo también solía entregarme con desenfreno a escondidas de mi novia, con la que compartía el pupitre.

c)      Una de mis más queridas tías, exclusiva lectora del Quijote y de las novelas de Pérez Galdós, trabajaba, al igual que la profesora, como catedrática de español en una escuela secundaria técnica, eran amigas y coincidían en sus juntas de academia.

Sentado lo anterior, llego al punto por el cual me topé con el mago de Viena.

Para una evaluación bimestral era necesario entrevistar por parejas a un personaje que consideráramos relevante para la sociedad. Todo mundo hizo un organigrama que yo, por mi cercanía con el poder, desdeñé con arrogancia.

El día de la evaluación me percaté de que mi buena suerte no podría con el mínimo rigor de la profesora, que ante mi tarea faltante y para mi sorpresa amenazó con reprobarme y, por lo bajo, acusarme con mi tía. Viéndome acorralado ante semejante contingencia, intenté salvarme lo mejor que pude y peroré:

“Lo que sucede, maestra y compañeros, es que concerté, junto con mi compañero de fórmula, una entrevista con el escritor Sergio Galindo (conviene acotar, para no dar falsas impresiones, que yo estaba familiarizado con el nombre de Sergio Galindo únicamente porque el bimestre anterior habíamos leído en clase la novela Polvos de arroz) y el autor no puede atendernos hasta hoy por la tarde. Pensamos entonces que la entrega de nuestra entrevista bien puede esperar hasta mañana”.

—¡Sergio Pitol! —interrumpió con ilusión la profesora—. ¡Qué maravilla! —No miento al asegurar que jamás otra mujer me ha vuelto a mirar con ojos similares: era tanta su alegría y esperanza que habían conseguido cambiar el apellido de mi hipotético entrevistado.

Momentos después, al estallar la chicharra indicadora del cambio de salón, la profesora me tomó con fuerza del brazo y me dijo, severa:

—Yo no sé cómo le vas a hacer, pero para la próxima clase me traes una entrevista con Sergio Pitol, a máquina y a doble tinta. Y cuidadito y no la traes, que te llevo a extraordinario.

Justo antes de abandonar el aula me gritó desde su escritorio:

—¡Sergio Galindo está muerto, tarugo!

Esa tarde, consciente de que había sido sorprendido en flagrante villanía, me dispuse a cumplir con mi tarea.

Como no se me ocurrió una mejor idea, y la palabra internet era todavía un criptograma del que mi padre contaba toda suerte de maravillas que no despertaban mi curiosidad, hice lo mejor que pude: inventé una entrevista con Pitol de la que lo único que recuerdo es la siguiente frase: “El escritor nos recibió silbando una canción que, según habría de relatarnos más tarde, le habían enseñado unos chiquillos menesterosos durante su último viaje a Madrid”.

II

Algunas escrituras y algunos instantes de la memoria pueden revelar ese mundo: enumerarlos ahora sería un capricho: cada quien tiene, o no, su galería de perplejidades. Sin embargo aseguro que, en alguna medida y en más de un sentido, la literatura de Sergio Pitol es un vistazo distorsionado a esos mundos paralelos.

Dos años después, durante un otoño espléndido en Xalapa, volvería a toparme con Pitol durante la presentación del libro La casa pierde de Juan Villoro, personaje que, debido a sus comentarios rápidos, un saco de pana color mostaza y una estatura que me deslumbró —hasta entonces yo pensaba que los escritores eran únicamente fotografías en blanco y negro— acabaría por volverse otro símbolo literario de mi vida. (Lejos estaba yo todavía de los comentarios de Villoro al respecto de la obra de Pitol: “Su literatura entera […] está marcada por la diferencia, la búsqueda de lo otro. La variedad de sus escenarios lo inscribe en la tradición de los cosmopolitas convencidos de que el sentido de pertenencia es portátil”).

Al finalizar el evento, y envalentonado por el mismo compañero de fórmula de la entrevista apócrifa, se me ocurrió acercármele al maestro y pedirle, ahora sí, un testimonio magnetofónico para un periódico de los alumnos del bachillerato de la Preparatoria Juárez.

Con una sonrisa atenta me dio su número. Y añadió, atemorizándome:

—Con gusto, joven. Pero en esta ocasión lea uno de mis libros.

III

La entrevista, desde luego, era sólo un pretexto para platicar con un escritor profesional y empaquetarle, de la manera más discreta posible, mis flamantes textos con la esperanza de recibir —en un descuido— su comentario. Sirvió también para que yo leyera Infierno de todos y quedará prendado de Victorio Ferri, el hijo del diablo.

Me presenté al encuentro con una grabadora inmensa, blanca y estorbosa porque no conseguí una de reportero y me dediqué a preguntar algunas generalidades que fueron respondidas con detenimiento e interés. Claro me quedó que el maestro me trataba, pese a mi juventud y desatino, con seriedad y respeto. Fumábamos de sus Marlboro.

Pitol guiaba y escuchaba, y al preguntarme si estaba interesado en escribir recibió con agrado mis manuscritos, sacó un par de libros y me los dedicó con generosidad apabullante, “con la esperanza de encontrarnos en la Universidad y el deseo de que se vuelva un gran escritor”. Emocionado como estaba en ese momento le comenté rumbo a la puerta la historia sucedida en mi secundaria y le pedí autorización para escribir un cuento gótico con él como personaje principal. El argumento sería sencillo: Pitol sería una suerte de Mr. Hyde mezclado con Barbazul, un asesino de sus entrevistadores con la finalidad de degustar un caldo neuronal que nutriría su literatura y los jardines de su casa.

Por toda respuesta obtuve una sonrisa amable.

Años después, durante mi estadía en la universidad, me enteraría de que esa parte de la conversación la habría escuchado con su oído defectuoso.

IV

Ese día, con mis ejemplares firmados de El desfile del amor y El arte de la fuga, en compañía de la grabadora de rapero, salí de su casa con la certeza y la esperanza de que yo también podría dedicarme a escribir.

Con y sin mentiras.

V

Primeros días en la Facultad de Letras de Xalapa. Ante un auditorio atestado literalmente hasta las ventanas Pitol lee a carcajadas Los empeños de una casa. Los asistentes al curso de teatro novohispano estamos extasiados, en completa romería y carnaval ante la genialidad de Sor Juana.

VI

Llego a un territorio desconocido, estimulante y atractivo como pocos: El arte de la fuga. Entreveo la posibilidad de una escritura elegante no peleada con la vida; una prosa nítida y sin embargo novedosa, brillante sin ampulosidades: una manera de transformar el adjetivo en una piedra redonda, perfecta y bruñida. Concisa y alegre.

En compañía de algunos compañeros leemos Domar a la divina garza, que no está contemplada, como buena parte de la literatura mexicana más enérgica, en ningún programa de la carrera.

Es tan pobre nuestra vida social universitaria, y tan desopilante la novela, que nos divertimos reconociendo a los distintos profesores que componen al licenciado Dante Ciriaco de la Estrella.

Intento leer El tañido de una flauta pero la novela se me cae de las manos. Demasiada pintura y mucho cine. Hiperreferencialidad que fatiga y ensordece.

VII

Me reconcilio con La vida conyugal y la entrañablemente odiosa Jacqueline Cascorró.

VIII

Cursos de cine y literatura rusa. Acercamiento preciso al expresionismo alemán, a Gógol, Chéjov y Goncharov, cuyo Óblomov transforma mi vida y reconstruye mi filosofía al respecto del spleen y el tedio.

IX

Llego a un territorio desconocido, estimulante y atractivo como pocos: El arte de la fuga. Entreveo la posibilidad de una escritura elegante no peleada con la vida; una prosa nítida y sin embargo novedosa, brillante sin ampulosidades: una manera de transformar el adjetivo en una piedra redonda, perfecta y bruñida. Concisa y alegre.

No comparto el arrebato por “la novedad” de la hibridación genérica (otras literaturas registran la técnica siglos atrás, y me parece que toda literatura digna se resiste a ser circunscrita dentro de los muros de su lengua). Sin embargo me apasiona el entrecruzamiento del ensayo, la autobiografía y la crónica, esa suerte de textualidades orgánicas que vuelven la realidad literatura. El viaje, a su vez, como fundamento de la escritura: hallazgos, inventos, miradas. Todo se revela como un conjunto distorsionado que hace de la experiencia en este mundo una realidad paralela y misteriosa, interesante y pesadillesca. El otro mundo nos habita plenamente.

Descubro Las ventanas clausuradas de Alexandru Vona y me entrego a una pasión maligna que desea agotar, sin conseguirlo desde luego, la escasamente traducida literatura rumana.

Comparto el libro. Termino la escuela. Conozco la dicha.

X

Durante una estancia considerable en Barcelona a principios de 2005, ciudad en la que ¡oh casualidades literarias! acabaré prendado de una rumana primorosa y servicial (si no leeré toda la literatura de la patria de Cioran al menos trataré de conocer el calor de sus mujeres) que después de algunos días, junto con sus besos y su español maravillosamente antiguo habría de llevarse por error mi cartera y mis anhelos (era tan bella como sólo puede serlo una cascada de obsidiana), conoceré por fortuna la deslumbrante colección “Los heterodoXos”, de Tusquets editores dirigida por Sergio Pitol. Es así como engroso mi biblioteca con Carta a la vidente de Antonin Artaud (selección de Héctor Manjarrez), Correspondencia Abisinia de Rimbaud (selección de Francesc Parcerisas), Escorpión y Félix, la única novela humorística de Karl Marx (escrita a los dieciocho años), Manera de una psique sin cuerpo de Macedonio Fernández (maestro de Borges), Cómo escribí algunos de mis libros de Raymond Roussel (con prólogo de Michel Foucault), Teatro laboratorio de Jerzy Grotowski, Giacomo Joyce de James Joyce y algunas otras maravillas disponibles a precios ridículos en las mágicas librerías de viejo de la capital catalana.

Pitol lo ha demostrado no sólo con sus lecturas sino también con su escritura: la excentricidad no se cultiva, se asume como una preciada pertenencia.

Una colección tan nutrida y extravagante, en la que no faltan obras de Swift, Dostoiesvski y Gombrowicz, sólo podría ser piloteada por un ciudadano de todas partes que sostiene como credo literario que “si algo abunda en mi lista de autores preferidos, son los creadores de una literatura paródica, excéntrica, desacralizadora”.

Pitol lo ha demostrado no sólo con sus lecturas sino también con su escritura: la excentricidad no se cultiva, se asume como una preciada pertenencia.

XI

Comienza la apoteosis. A través de sus ensayos académicos llego a dos autores magníficos, insustituibles.

Por una parte Jaroslav Hásek, maestro a su vez de ese milagro llamado Bohumil Hrabal, consigue con Las aventuras del buen soldado Schveik durante la guerra mundial además de redefinir el concepto de humor tabernario y arrieril y explorar las infinitas posibilidades del cretinismo, ofrecer un testimonio inquebrantable de que la realidad es una red interminable de estropicios. De allí el tono de la cita siguiente, tomada prólogo que hace el veracruzano a la edición publicada por Conaculta:

El humor de Hásek no evita ningún extremo. Se solaza en su carencia de límites. Se trata de un humor cuartelario y maligno, pero también rotundo y directo. Un humor que se propone perturbar la narración y hacerla estallar por medio de la risa y no sólo reflejarse en alguna mueca esbozada para acompañar la toma de conciencia del gran desorden que rige los destinos del mundo.

Queda claro que en la confección de la llamada “Trilogía del Carnaval” está presente la enseñanza puntual del checo, que ocasiona, a través de la parodia y la sátira, la transformación de la realidad estólida en pura caricatura.

Por otro lado, y en este caso mi deuda con Pitol será eterna e insustituible, debo a su magnífico y evangélico ensayo “El infierno circular de Flann O’Brien”, una de las justificaciones espirituales más profundas para seguir con vida.

La obra de O’Brien, que ha obsesionado a escritores como Joyce, Borges y Fernando Báez, es una decantada maravilla que comprende no sólo un laberinto metaficcional para perderse de por vida (pienso en At-swim-Two-Birds, ese instante de la gracia), sino que incluye los pasajes desquiciantes y seductores que nutren The Third Policeman, The Dalkey Archive o The Poor Mouth. En mi caso, después de leer su ensayo, corrí desaforado a adquirir todos los libros disponibles del irlandés que encontré por Amazon.

Flann O’Brien es un escritor tan singular que resulta pavoroso. Y dentro de la galería de perplejidades que ensanchan mi dimensión desconocida, no puedo dejar de asociarlo con otro irlandés delirante y borracho de los que dan calambres: Brendan Behan.

XII

Gana Pitol un premio generoso, por la obra de una vida. En compañía de un amigo pasamos a su casa a felicitarlo y le llevamos tres rosas amarillas. Sonríe como un niño. Luego añade, alegre:

—Tres rosas amarillas. Cervantes, Chéjov y Pitol.

XIII

Me encuentro algunos libros excelentes traducidos por Pitol, esa tarea que en mi opinión ha elevado al nivel de obra literaria de primer orden: Cosmos, Trasatlántico y el Diario argentino de Gombrowicz; Las tiendas de color canela de Bruno Schulz; su versión de El corazón de las tinieblas; La vuelta de tuerca de Henry James (aunque en este caso me quedo con la traducción de José Bianco, Otra vuelta de tuerca) y el milagro que constituye su traducción de Las puertas del paraíso de Andrzejewki, que contiene uno de los finales más bellos que jamás he leído: “Y caminaron toda la noche”.

XIV

Octubre de 2006. Me encuentro en Buenos Aires, plena primavera.

La calidad de sus traslaciones brilla en su castellano gimnástico; vigoroso por su elasticidad y capacidad de expansión. De repente asimilo que Pitol me ha vuelto menos ignorante en lo referente a las literaturas eslavas y en la polaca en lo particular.

Aunque las condiciones de mi primer viaje a la Argentina son inmejorables, me siento desecho y perdido ante la vida, caminando sin rumbo ni finalidad que no sea el abrazo nebuloso del alcohol y el desarraigo permanente de una ciudad desconocida.

En los discretos espacios de sobriedad leo un poco, para descansar las resacas.

Pese a las fatigas y dolores internos me percato de que leer el Diario argentino es un acto que me reporta un placer malsano y me doy cuenta de la innegable relación que guardo con Pitol.

Cuando fue mi profesor en la universidad asistir a sus clases me parecía, en ocasiones, desesperante. Una natural disposición de mi temperamento a la neurosis, las prisas y el déficit de atención me dificultaba enormidades seguir sus clases, estimulantes por sus contenidos pero pesadas debido a la didáctica implementada. Nunca he podido seguir las pedagogías textuales. Mi déficit de atención me impide, para mi pesar, estar más de media hora en completa inmovilidad.

Sin embargo, leyendo su traducción de Gombrowicz percibo el rigor literario, la intuición poética y la infinita pasión de un hombre abocado a la literatura. Pitol se me revela no sólo como un altísimo traductor sino también como un personaje profundamente vital y centellante.

La calidad de sus traslaciones brilla en su castellano gimnástico; vigoroso por su elasticidad y capacidad de expansión. De repente asimilo que Pitol me ha vuelto menos ignorante en lo referente a las literaturas eslavas y en la polaca en lo particular.

Me parece entonces que la intensidad de sus traducciones lo inserta, ya para siempre, en los vastísimos campos de la literatura universal.

XV

Escribiendo en el Distrito Federal, después de una semana de juerga, encuentro una cita del autor que resume perfectamente mis angustias.

Uno va a una fiesta, toma una copa, está espléndidamente a gusto, conoce uno a mucha gente muy brillante y reventada y, de repente, piensa que en esa noche tenía uno que estar traduciendo un texto o estudiando ciertas formas del Ulises Criollo, de Vasconcelos o del monólogo final del Ulises, de James Joyce o de un tratado sobre la novela, la retórica, etcétera, y entonces se le aplasta a uno la fiesta. Y al mismo tiempo cuando uno está en la soledad, lleva horas meditando, escribiendo, tachando, hay un momento en que uno se asoma a la ventana, ve la ciudad, la vida y dice: ¡estoy traicionando a la vida!

Cierro los libros sin el menor remordimiento y me lanzo de bruces a la noche.

XVI

Finalmente me veo sentado en mi escritorio, una vez más en Buenos Aires, intentando sacar en claro las relaciones con los lugares habitados, las experiencias vividas y los libros abandonados. Me encuentro conmigo, (d)escribiendo ese otro mundo agazapado en las entrañas.

Y sólo quedan, por el momento, unas imágenes, hechas y desechas, perdidas e inventadas: “Uno, me aventuro a decir, es los libros que ha leído, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos triunfos, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”. ®

A Juan Patricio Riveroll
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Publicado en: Agosto 2010, Ensayo


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  • Arturo Camarena Flores

    Siempre es una delicia leer al joven veracruzano (como Pitol), Rafael Toriz cuya niñez y juventud se ha visto favorecida por sus viajes, característica constante en la mayoria de los pocos grandes escritores que la humanidad ha tenido. Sigo siendo fan de Pitol (y hoy de Toriz desde hace años que leí lo escrito por de su estancia en Europa su juventud. En una FIL le pedí autografiara uno de sus libros pero le hablé por el lado de su oído bueno pues ya me había enterado de su falla por el mismo. Cuando descubrí la Revista Replicante le escribí una felicitación al editor mencionado la fibra de Toriz y ahora que recien descubro sus deleites con las féminas lo vuelvo a felicitar por gozar y hacer gozar no sólo con sus escritos si no gambien con sus imágenes y sus referencias que no leo por estar en otros idiomas y me pregunto si en mi laptop pudiera traducirlas. Atte. A. Camarena

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