Un realizador con gratas sorpresas

La obra fílmica de François Ozon

François Ozon, digno de la mejor tradición del cine francés, envuelve a sus personajes en un misterio profundo, mientras narra una historia que aborda temas como la infancia y la maternidad.

François Ozon

Si un nombre hoy en día da el tono y define la cinematografía francesa ése es, sin duda alguna, el de François Ozon. Una de sus últimas películas, Ricky (2009), con la curiosa paráfrasis que es el título en español, al menos en México se llamó “Sólo los niños van al cielo”. El diminutivo en inglés, Ricky, que tan expresivo y lleno de ternura suena a oídos franceses, no fue suficiente en la opinión de los distribuidores internacionales y sus consejeros de mercado para provocar una atracción sobre las multitudes. La cinta llegó algo tarde a nuestro país y tuvo, como tantos otros filmes europeos, poco tiempo de exhibición. El cartel con la sonriente cara del bebé actor (Arthur Peyret) era ya bastante expresiva como para despertar la curiosidad del espectador. No deja de sorprender en Ozon su carácter lúdico y caprichoso en los temas y tratamientos de sus cintas. Ozon se lo ha permitido todo, o casi todo, desafiando no pocas veces la capacidad de tolerancia de los espectadores. Una vez que se acepta la convención, uno acude a la sala justamente a ver qué nueva sorpresa le tiene deparada el realizador, la impresión es siempre grata.

Con Ricky al principio el espectador queda un poco desconcertado, pues no sabe bien de lo que va. Hay un misterio del cine francés, herencia de grandes directores como Resnais, Truffaut y Chabrol, que se cierne sobre los personajes. Se ve a una mujer, aún joven y atractiva, Katie (Alexandra Lamy), de pelo rubio cenizo, moverse entre las instalaciones de una fábrica, llegar a casa, abrazar a su pequeña hija, como de seis o siete años, Lisa (Mélusine Mayance). Más tarde se ve a esta madre soltera (aunque también puede ser divorciada o simplemente dejada) liarse con un robusto y sanote trabajador comunitario, el español Paco (Sergi López). Alguna escena de una ligera y evocadora sensualidad no ha de faltar entre la delicada francesita y el macho español, muy velludo de lomos y pecho. El resultado de estos escarceos es previsible, la mujer queda preñada y al poco tiempo da a luz un rozagante y rubio bebé. Algo va a pasar, se siente en la atmósfera, pero no se sabe en concreto qué cosa. Ozon juega con las hipótesis o los distractores. Primero es la niña, despechada por compartir el amor de su madre con un extraño y ahora celosa de la ternura y los mimos que suscita su hermanillo. El supuesto infanticidio imprudencial por parte de la pequeña en la frágil persona de su hermano es el primero que se maneja. Hay una escena donde se ve a la hermana blandir a escondidas unas amenazadoras tijeras.

Un día le encargan a Paco, quien ha seguido haciendo el galán con cuanta moza se le atraviesa en el camino, que se encargue de cuidar a Ricky por algunas horas. Al regresar las dos mujeres a casa encuentran al bebé molesto y muy inquieto; tiene en su espaldita dos moretones terribles. ¿Cómo se los ha hecho? El supuesto del padre abusador es el segundo en surgir. Como resultado inmediato, ella le pide que se vaya de la casa; al final, sólo estaban en unión libre. La niña vuelve a tener a la madre y ahora también a Ricky para ella sola y a su merced. La suposición de que quiere hacerle daño al bebé no se excluye por completo pero va matizándose en la medida que de los cardenales, que evolucionan en llagas, brotan unos asquerosos artejos. ¿El bebé se está volviendo The Thing (Howard Hawks-Christian Nyby 1951, John Carpenter 1982, Matthijs van Heijningen 2011), es decir un fenómeno extraterrestre? El espectador es inducido a cuestionarse acerca de la genética, sobre todo del padre (el racismo moderado está siempre presente en la cultura francesa con ecos lejanos del conde Joseph Arthur de Gobinau, inspiración de los nazis). Pronto los muñones informes empiezan a echar plumón y se convierten en graciosas y casi inútiles alas de pollo. Ahí comienza a irrumpir el absurdo, donde se ha querido ver ecos de Buñuel, aunque perfectamente podría invocarse una buena dosis de realismo mágico, muy en la vena de García Márquez y su cuento “Un señor muy viejo con unas alas enormes” (1968). La idea de llamar a un médico causa horror a la madre. Presiente por instinto que de hacerlo sólo conseguiría que la separen del hijo. Como mejor pueden se las arreglan las dos para sujetarle las alas con vendas, inmovilizándolas. En cierto momento, Lisa vuelve a blandir las tijeras pero no, falsa alarma, es sólo para cortar una pluma rota que el mismo Ricky se ha estropeado haciendo sus primeros pinitos por los aires planeando en el cuarto donde se da contra el techo.

Con Ricky al principio el espectador queda un poco desconcertado, pues no sabe bien de lo que va. Hay un misterio del cine francés, herencia de grandes directores como Resnais, Truffaut y Chabrol, que se cierne sobre los personajes.

El absurdo se condimenta con escenas con la madre poniéndole al hijo un casco, de los que se usan para andar en bicicleta o en patines, para que no se lastime más. Ricky es ya un portento y comienza a ser visto como una bendición, aunque también como una posible fuente de notoriedad. Así ocurre cuando, de manera inexplicable, pues llevaba bien sujetas y ocultas las alas bajo el pulóver, se suelta en la enorme nave del supermercado donde se encuentran. Ricky revolotea de aquí para allá, de una lámpara hacia la otra, sin tener el más mínimo control sobre sus movimientos, carcajeándose. La gente se queda atónita. Pero saben que todo eso es más bien un signo positivo, de buena fortuna. Tienen que apagar las luces del supermercado para que Ricky se anime a descender. Más tarde Paco, al enterarse de los sucesos por la televisión, decide volver. Él es al final el padre. Convence a la madre, tras pactar con una cadena de medios a cambio de una exclusiva que, atado de un cordel de seguridad, saquen a Ricky y lo muestren al mundo. Eligen como escenario un espacio abierto, cercano a los multifamiliares donde residen. Ahí hay un estanque.

Ricky comienza a hacer sus piruetas voladoras, la madre es quien sostiene el cordel, el niño está eufórico, por hallarse afuera, al aire libre. La madre le suelta cada vez más cuerda. Está pasmada ante la hermosura de su bebé. En cierto momento, como por accidente, se le zafa. Ricky vuela libre y cobra altura, después se aleja por los aires. Jamás regresa ni lo hallan. La madre está inconsolable. El padre y todos se preguntan por qué soltó la cuerda. Las cosas, poco a poco, tornan al orden cotidiano pero queda un fondo de inmensa nostalgia en la madre. Cada vez está más triste y desolada, hasta el punto en que una mañana, muy temprano, antes de que todos despierten, todavía en camisón de dormir, descalza, se dirige al estanque, ahí donde se vio por última vez a Ricky. Comienza a entrar en el agua helada. Es claro lo que quiere hacer, matarse. Tantas veces ha vuelto al mismo lugar y nada, pero en esta ocasión algo misterioso ocurre. Ricky aparece desnudo (había escapado con ropa de invierno) volando desde lo alto. Viene a salvarla. Ella le dice: “Eres tan hermoso que no podía retenerte sino dejarte partir, volar libre”. Casi tan pronto como aparece se esfuma el niño alado. ¿Volvió por un instante, en realidad, o fue nada más su imaginación?

Más que del misterio inefable de los ángeles, Ricky es un filme sobre otro misterio no menos difícil de desentrañar, el de la maternidad. El sacrificio en virtud de otro ser, con el fin de dar vida y, al final, entender que esa nueva vida es algo distinto y tiene derecho a sus propias elecciones, a obrar de acuerdo con su naturaleza. Ricky quizá era un ángel y pertenecía a las alturas. Su patria era otra. No era un fenómeno de circo para tenerlo en una jaula y mostrarlo a las multitudes o un espécimen de laboratorio para llevar a cabo experimentos con él o bien, como le sugirió el último profesor de medicina, con quien consultaron, practicarle una ablación de las alas, para volverlo normal. Todas estas posibilidades favorecían acaso la permanencia de Ricky pero violaban su naturaleza. La madre lo entendió así. Destacado, el trabajo actoral de Alexandra Lamy; sin su versatilidad y adaptación a todos los géneros, desde el tono de la comedia hasta el melodrama, hubiese resultado difícil que se cumpliera el propósito de la cinta.

En realidad, el poder de convocatoria para integrar repartos excepcionales no es una cosa nueva en el caso de François Ozon. Huit femmes (2002) tenía a Catherine Deneuve, Isabelle Huppert, Emmanuelle Béart, Fanny Ardant, Danielle Darrieux, Ludivine Sagnier, Virginie Ledoyen y Firmine Richard. Ahora en su más reciente realización, una comedia, Potiche (2010) aparece de nueva cuenta Catherine Deneuve, al lado de Gérard Depardieu y Fabrice Luchini, en el papel de la mujer de un rico industrial que de pronto tiene que asumir las funciones de su marido en la fábrica, provocando su enojo y el de su antiguo amante. Le refuge (2010) es la historia de dos adictos, él muere de una sobredosis y ella queda preñada. Él era de una familia aristocrática. Más tarde ella se refugiará en una casa de campo de la costa bretona. Ahí la va a visitar el hermano del padre del niño, a quien contraviniendo los arteros consejos de la suegra, la madre decide conservar y no abortar. El hermano, quien luego resultará hijo adoptado y gay, tendrá cierto affaire con la madre. Después se va pero cuando nace el niño en París va a verla al hospital. Ella le pide que lo cuide por unos instantes y luego la vemos que va en el metro por Versalles. En una nota le da a entender al cuñado que él sabrá ser padre y madre a la vez.

Más que del misterio inefable de los ángeles, Ricky es un filme sobre otro misterio no menos difícil de desentrañar, el de la maternidad. El sacrificio en virtud de otro ser, con el fin de dar vida y, al final, entender que esa nueva vida es algo distinto y tiene derecho a sus propias elecciones, a obrar de acuerdo con su naturaleza.

Angel (2007) se filmó en Inglaterra y en inglés, una cinta algo desconcertante, por sus múltiples ecos de comedia histórica romántica, acerca de la vida de una escritora de éxito que de una perfecta desconocida pasa a ser una celebridad millonaria, casi un tributo a los clásicos ejemplos del género, entre otros Gone With The Wind (Victor Fleming 1939). Charlotte Rampling ha aparecido hasta ahora en dos cintas de Ozon, Swimming Pool (2003), al lado de Ludivine Sagnier, y Sous le sable (2000). En la primera hace el papel de una escritora en medio de una laguna de creatividad, a quien de pronto comienzan a suceder cosas, donde la literatura se confunde con la vida cotidiana, mientras que la segunda es la historia de una mujer cuyo marido desaparece sin dejar rastro cuando se hallan en la playa. Él acaba volviendo o ella evoca su retorno en la mente, pues regresa siempre a buscarlo al mismo lugar. De nuevo, fantasía y realidad se confunden.

Soberbias actuaciones en Gouttes d’eau sur pierres brûlantes (1999), las de Ludivine Sagnier y Bernard Giraudeaud, Malik Zidi y Anna Thomson, sobre un drama psicológico y sexual de Rainer Werner Fassbinder. La primera cinta que tuve oportunidad de ver en una sala de cine de François Ozon. Los temas escabrosos, las formas alternativas de intimidad, el sadomasoquismo, el engolosinamiento con cuerpos jóvenes y desnudos signaron la primera etapa en la producción de Ozon, películas como Sitcom (1998), Les amants criminels (1998) y cortometrajes como La petite mort (1995), Une robe d’été (1996), Scènes de lit (1997), Regarde la mer (1997), X2000 (1998), Un lever de rideau (2006) y otras once piezas más que van de 1988 a 1994.

Desde la comedia musical combinada con mystery story como en Huit femmes, la detective story en mancuerna con el retrato autobiográfico de una escritora en Swimming Pool, hasta filmes que abordan el rompimiento de la pareja como 5×2 (2004) y Le temps qui reste (2005), que pinta los últimos días de un fotógrafo homosexual aquejado de cáncer en su etapa terminal. No parece haber límites para este todavía joven director francés, sin riesgo a equivocaciones, el más destacado de su generación. La calidad visual, la fotografía fija y en movimiento, correctas y expresivas, la dirección de actores, los temas y sobre todo los tratamientos, siempre con un sesgo moderno, muy actual, si bien desde cierta perspectiva moderada y elegante, todos estos y otros más son rasgos que caracterizan la obra fílmica de François Ozon, un realizador de quien aún es posible esperar gratas sorpresas en los años por venir, lo cual no es posible afirmar de muchos entre los jóvenes cineastas. ®

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Publicado en: Cine, Mayo 2011


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