Un trío de siete

Buscar lo remoto con férvidas ansias

Llegaba tarde a todos lados, los colectivos me cerraban la puerta en la cara, se me pasaban las fechas de entrega; sentía que si ponía una fábrica de sombreros comenzaban a nacer los niños sin cabeza. Quizá por todo esto no podía creer la propuesta que me hicieron y que acepté con desconcierto aunque lleno de excitación.

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Es verdad que muchas fantasías son realizables. ¿A quién no le ha sucedido ese placer efímero de regodearse no ya en la realización, sino en la simple sensación de estar cumpliendo una fantasía, aunque sea pequeñita? Son momentos increíbles, sin duda, pero también debemos ser claros en una cosa: hay otras fantasías que es mejor no consumar, aunque este saber nos inunde sólo después de intentarlas y fracasar.

Desde la infancia, uno va forjando cuidadosamente un sinfín de imaginerías; ideas, deseos que uno busca afanosamente cumplir, a veces sin darse cuenta. Y es que el acto mismo de crearlas en la mente genera un placer incomparable: “¡Qué goce ser el dueño de una cosa que no existe!”, dice el poeta Juan Ramón Jiménez, ¡y qué placer más grande dibujar con el pensamiento!

Todas nuestras fantasías nos caminan el cuerpo por dentro, como grandes ríos subterráneos buscando su cauce, alimentando las raíces de los árboles que somos. Pero uno imagina tantas cosas durante el camino que a veces termina encimándolas unas con otras, pegoteándolas hasta convertirlas en alebrijes de la imaginación y ellas mismas cobran vida, mutando conforme atravesamos el tiempo, acompañando eso que dicen es crecer. Y es que no se fantasea con lo mismo en la infancia, la adolescencia o la adultez, por suerte, o por lo menos no lo cubre con el mismo empaque y muchas veces, debajo del disfraz, hay sorpresas inesperadas. Para decirlo simple y mal: no todo en la vida es color de rosa ni todos los sueños son placenteros; también hay fantasías que es mejor guardarlas en el cajón de irrealizables y sólo sacarlas de allí para jugar con ellas en soledad. Algunas fantasías sexuales, ese mar bravío de deseo, pasión y carne, son de éstas.

Más allá de que cada quien sabrá sus cuándos, sus porqués, sus cuáles y por dóndes, la fantasía de hacer un trío (en sus múltiples variantes) se le habrá cruzado por la cabeza a más de unoa.1 Y sin duda, también sin vergüenza, más de unoa la habrá cumplido. Yo formo parte de ese más de unoa. Hacer un trío era una fantasía que parecía incumplible hasta aquella noche y algo me dejó claro: uno debe tener cuidado con lo que desea porque se puede cumplir y salir, si no mal, por lo menos raro.

Había tenido una semana muy complicada con horarios y fechas límite que me tenían turbado, con pocas horas de sueño y breves e insustanciosos baños. Llegaba tarde a todos lados, los colectivos me cerraban la puerta en la cara, se me pasaban las fechas de entrega; en fin, sentía que si ponía una fábrica de sombreros comenzaban a nacer los niños sin cabeza. Quizá por todo esto no podía creer la propuesta que más adelante me hicieron y que acepté con desconcierto aunque lleno de excitación.

Aquella noche de viernes volvía desbaratado, hambreado y con ganas de terminar de una buena vez con toda esa energía de mierda que cargaba sobre la espalda, como si fuera el Pípila del desconsuelo. Paré en el bar cerca de casa, me senté en la barra y pedí una buena milanesa napolitana con papas fritas y una pinta de cerveza bien fría. Eran cerca de la una de la mañana y el día, junto con el fin de semana, había terminado para mí, pues no pensaba más que en dormir hasta el domingo.

Terminé de cenar cerca de las tres, con media estocada por las cervezas que se multiplicaron, la barriga llenísima y el espíritu restaurado, cuando me saludaron desde una mesa del fondo. Devolví el saludo sin entusiasmo (no sabía lo que vendría) y seguí en la mía. Pedí la cuenta, pagué y subí al baño. En el camino me crucé con quien me saludaba, era una amiga y me presentó a su acompañante. De regreso del baño me invitaron a sentarme y me compartieron cerveza. Me cuesta trabajo decirlo, pero quería irme a casa y nada podía hacerme cambiar de opinión.

Hacer un trío era una fantasía que parecía incumplible hasta aquella noche y algo me dejó claro: uno debe tener cuidado con lo que desea porque se puede cumplir y salir, si no mal, por lo menos raro.

A esta altura me es difícil recordar todo lo que se dijo en esa mesa durante los siguientes minutos. Mi amiga era linda, y la amiga de mi amiga también. Nos convencimos de ir a la casa más cercana y la mía estaba definitivamente borrada de las opciones. Recuerdo con vergüenza haber dicho, al inicio de la conversación, que mi casa estaba casi tan sucia y tirada como yo, y ejemplificar un par de sus características. Antes de olvidarme de todo, la amiga de mi amiga le dijo: “Lo vamos a tener que bañar en mi bañera”. Yo, por supuesto, me excité desde ese momento y me mantuve firme hasta que sucedió lo que sucedió.

Antes de salir del bar me comí un beso y una sorpresa. El beso fue de mi amiga, la sorpresa vino de su amiga. Con un balanceo singular se levantó de la mesa y caminó, paso a pasito, con su pierna derecha enyesada hasta arriba de la rodilla. Nunca había estado con alguien en esa situación, pero tampoco le di mucha importancia, de última en lugar de un trío hacíamos un dos y medio —pensé y al final de la noche lamenté el juego numérico. La casa era a dos cuadras, pero a ese paso tardamos en llegar. Mi amiga y yo, mientras tanto, íbamos calentando la situación —¡como si hiciera falta!—, y al llegar al edificio se quedó comprando algo de beber mientras yo subía con su amiga y su yeso por el ascensor. Era muy linda y no perdimos el tiempo, nos trenzamos en una batalla de besos subiendo pisos y temperatura, mezclando nuestras lenguas vacilantes entre el ir y venir de nuestras manos por los cuerpos ajenos.

En lo que nosotros entramos al edificio y nos tiramos sobre su sillón, llegó mi amiga. Descorchó, sirvió, brindamos y después de unos minutos nos abalanzamos, yo sobre su amiga, ella sobre nosotros, nosotros sobre ella y todos los viceversas que caben. No sé cómo hacía para moverse, pero era muy hábil con una pierna inhabilitada. Estaba en un sueño del que sólo salía cuando me golpeaba con el yeso o queríamos cambiar de posición y había que hacer circo, maroma y teatro.

Era increíble. Dos bocas besándome todo. Dos lenguas paseando, apasionadas, por mi cuerpo. Ganas de volver a ser pulpo para poder tocar todo lo que quería al mismo tiempo. En el mejor momento llegué a estar, primero, sentado en medio de las dos, combinando las seis manos, los tres cuerpos; después, recostados, sintiendo la suavidad de la piel de ambas rozar mi cuerpo, con la máxima tensión. Los pezones en mi pecho y espalda. Mi erección debatiéndose entre el frente y la retaguardia, pasando de una mano a otra, extasiado.

Y en ese clímax, en ese punto de excitante delirio, sentía más de lo que la realidad me conminaba a sentir. La lengua que me acariciaba dulcemente el cuello, de pronto pasó a recorrer mi pierna izquierda y derecha, mis pies, ambos al mismo tiempo, y una más recorría mi entrepierna. Cosquilleo, mareo, éxtasis. Una leve mordida en el dedo gordo, una más en el otro pie y después en la entrepierna, simultáneamente, como un coro angelical y depravado que me hizo dudar de mi cordura arrebatada, forzándome a abrir los ojos y mirar.

Ellas estaban ahí, con mi boca, mi espalda y mi cuello, y a la vez en mis pies. Bajé la vista y tres gatitos me lamían los dedos y jugaban con ellos mordiéndolos. Un leve cosquilleo me recorrió, como una pluma leve que me susurrara al oído las más dulces alegrías. Les pedí que pararan, mientras me sacaba a los gatos de encima, pero ellas se besaban dulcemente a la altura de mi nuca. Fue entonces que el aquel cosquilleo siguió bajando por mi hombro y vi que un hurón saltaba para jugar con el gato que tenía entre las piernas, golpeando mi firmeza con sus patitas. Lo saqué de un aventón y una erupción rojiza comenzó a caminarme el cuerpo, desde los pies hasta la cara. Mi amiga me miró, interrumpida por el golpe del animal contra la pared, y me preguntó si era alérgico a los animales; yo tampoco lo sabía. Mi cuerpo continuó pintándose de rojo y una comezón insoportable me fluía de arriba abajo, mientras buscaba entre la ropa mis calzones.

Quizá no vale la pena seguir con el desastre. Digamos que conseguí sobrevivir sin marcas físicas permanentes ante tal ataque de alergia inoportuna. Días después me encontré con mi amiga. Nos miramos y sonreímos. Siete somos demasiados, le dije, y su sonrisa se hizo infinita. Era claro, yo necesitaba desaparecer aquel fin de semana, descansar; la energía que cargaba era para hacer nada, para negarme a todo. Pero no cabe duda que por los ojos nos vamos de la vida, y yo, sin reparar en las advertencias dibujadas en mi camino, escuché en el fondo del alma las palabras de Julio Cortázar e insistí, como insistiré siempre, en “Buscar lo remoto con férvidas ansias, y en limbos extraños hundir obstinado el deseo.” ®

Nota
1 Neologismo bisexual, por no arrobarles las vocales ni caer en la conjugación del sexismo simple.

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Publicado en: agosto 2013, Narrativa


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