Una cabeza en busca de hombros

Fecha de caducidad, de Kenya Márquez

Una crítica oblicua, bastante irónica y expresiva, parece suscitar Kenya Márquez con su más reciente trabajo, donde descuellan las actuaciones de dos leyendas de la pantalla nacional: Ana Ofelia Murguía, quien hace el personaje de Ramona, una madre ya anciana, incluso senil, y sobreprotectora, cuyo único hijo es víctima de un levantón.

Escena de Fecha de caducidad

Escena de Fecha de caducidad

Ópera prima de la directora Kenya Márquez (Guadalajara, 1972), distinguida en los festivales de cine de Gotemburgo en Suecia, Huelva y Morelia, la cinta Fecha de caducidad (2011) se destaca en varios rubros: las notables actuaciones de los intérpretes, la historia y la manera en que está narrada, el trasfondo histórico y social que dejar entrever. Una gran urbe enclavada en el Tercer Mundo, en este caso Guadalajara, marcadamente el centro histórico, el rumbo del mercado de abastos e incluso Tlaquepaque, además hay tomas furtivas de un pueblo de Jalisco, Tlajomulco de Zúñiga. La época es obviamente la actual, un periodo histórico que se asemeja de manera alarmante a aquel de las secuelas dejadas por la guerrilla ‒que sí se atreve a confesar su nombre‒ en Nicaragua y El Salvador, o más bien al clima de violencia y violación de los derechos humanos que la absurda cruzada contra las drogas por parte de la DEA y otras organizaciones militares y paramilitares estadounidenses sembraron tras de sí en Colombia. En México, curiosamente, la historia oficial no registra eventos comparables, sin embargo, se sigue viviendo en un clima de gran incerteza. Países donde las ejecuciones, los cuerpos mutilados, las cabezas cercenadas y los anfiteatros repletos de cadáveres no identificados son cosa de todos los días. El Security Budget, al parecer, tiene sus avatares o más bien éstos son conditio sine qua non para traer a cuento una razón o un pretexto para comenzar con el lanzamiento de operativos tan espectaculares como rentables para los financieros.

Una buena dosis de humor negro y de truculencias con la historia vuelve este filme material fresco y significativo

Una crítica oblicua, bastante irónica y expresiva, parece suscitar Kenya Márquez con su más reciente trabajo, donde descuellan las actuaciones de dos leyendas de la pantalla nacional: Ana Ofelia Murguía, quien hace el personaje de Ramona, una madre ya anciana, incluso senil, y sobreprotectora, cuyo único hijo es víctima de un levantón, cuya oscura causa jamás se aclara. Un acierto de la directora y guionista, el cual constituye un vívido recordatorio de lo que sucede en realidad: la mayor parte de las desapariciones permanecen inexplicadas, ya ocurran por intervención del crimen organizado, el vandalismo ocasional o bien las llamadas fuerzas del orden (el Ejército o los distintos cuerpos policiales). El otro intérprete es Damián Alcázar, quien, en un alarde de histrionismo y caracterización, supo sacar buen provecho de la prótesis dental que usó para fingir un acento algo gangoso y sibilante, el propio de un hombre más bien retraído, que vive solo y se dedica a deshuesar autos y que, por pura afición, frecuenta la morgue; más tarde se sabrá que casi completó la carrera de médico. Genaro termina haciendo las veces de factótum, encargándose de labores varias, hasta haciendo mandados y cargando muebles. De mirada algo insidiosa y sin oficio ni beneficio es, en apariencia, el candidato ideal para ser el asesino que se oculta en la sombra, si bien en una peripecia del guion resultará justamente hallándose del lado contario. Otro más de esos daños colaterales, desdeñables para quienes hacen las estadísticas de los caídos. Al final, mientras menos estómagos peregrinos queden, mejor. Ésa parece ser la ironía del sistema capitalista global en la actualidad. Genaro termina a manos de Ramona, quien, creyendo vengar la impune muerte de su hijo, le propina un empujón que lo hace caer justo encima de las vías del metro.

Kenya Márquez, en un impresionante despliegue de recursos para jugar con las diversas posibilidades del guion, que en algo recuerda Corre Lola corre (1998) del alguna vez joven prometedor Tom Tykwer, aunque sin ofrecer tantas versiones paralelas sino más bien concentrarse en dos puntos de vista en principio encontrados: el de Ramona y el de Mariana, personaje que hace la joven actriz Marisol Centeno, cuya historia gira en torno del maltrato de que son objeto las mujeres por parte de sus parejas varones. Algo sucede que empuja a la muchacha a huir del pequeño poblado de Jalisco donde vive en un calvario y emigrar de ilegal a Estados Unidos; de seguro el haber ultimado a su victimario. Una buena dosis de humor negro y de truculencias con la historia vuelve este filme material fresco y significativo. Eso sin mencionar las eficaces intervenciones en papeles secundarios de Jorge Zárate, quien funge como médico forense, Marta Aura, la secretaria, y el hijo de Ramona, la curiosa y sorprendente víctima, Eduardo España, el móvil de cuyo crimen la directora no comete el error de contarlo en una tercera versión ofrecida desde la óptica de alguno de los personajes, la historia seminal de la cinta. Con ello parece querer significar que lo que menos importa son las causas concretas de una ejecución sino emprender algo en concreto para solucionar la situación que parece engendrarlas en la sociedad. Los tonos oscuros de Guadalajara y los ambientes de miseria, en su imperturbable silencio, son más que expresivos respecto de las verdaderas causas de la violencia. ®

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Publicado en: Cine, Diciembre 2013

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