Una desgarradora afección del alma

La tirisia, de Jorge Pérez Solano

Frente al drama social de una región de nuestro país, el director apuesta por la paciencia, el detalle y muestra con pocos elementos —dándole sobriedad al melodrama—, algunas representaciones sociales que forman parte de la cultura de esos pueblos que viven en los márgenes del sistema.

Gabriela Cartol como Ángeles en "La tirisia".

Gabriela Cartol como Ángeles en “La tirisia”.

En el segundo largometraje de Jorge Pérez Solano, La tirisia (2014) la propuesta trasciende su anécdota porque rompe las fronteras de la región mixteca, donde sucede la historia, para lograr transmitir un sentimiento tan profundo, una tristeza tan desgarradora que hace de la vida un desierto donde la arena del desasosiego se mete en el alma —arraigando en ella tan personalmente que cada lengua la denominarla de forma única. En la Mixteca la gente le dice “la tirisia” y de ella se sabe que es una afección del alma, pero no basta para explicar cómo se puede estar muerto y seguir andando.

El relato abre poco a poco los días del mes de abril. La mirada comienza recorriendo lenta y estáticamente los caminos de polvo fino como el olvido, en donde sólo se escucha fielmente la vida desértica. Los personajes aparecen. La pantalla se llena de lomeríos espinados con sahuaros milenarios y organeras que parecen inabarcables. Se podría decir que tiene un ánimo contemplativo.

Mediante el deslizamiento de la trama con un ritmo lento que avanza a saltos por el calendario vamos conociendo el presente de dos mujeres: Cheba, quien lleva una vida signada por los estragos del abandono de su esposo que migró, y Ángeles, una niña embarazada.

En una escena, Ángeles se recuesta sobre un montículo de sal en el interior de una bodega estrecha y oscura y con su mano cierne chorros de sal sobre su vientre.

Ángeles vive con su familia en una salinera y la tirisia la envuelve. Acaso hace falta ser mujer para comprender esta enfermedad… pero no, porque en este caso, Silvestre —su padrastro— también la padece sin saberlo. En medio de ese sufrimiento, cuyas causas son evidentes a través de las imágenes, la sal aparece como un rencor que se acumula cotidianamente cuando la violencia no encuentra contención. En una escena, Ángeles se recuesta sobre un montículo de sal en el interior de una bodega estrecha y oscura y con su mano cierne chorros de sal sobre su vientre. La sal será la herencia de sus hijos, la sal que todo lo quema sin dejar lugar para que algo crezca, mucho menos el amor.

Silvestre, padrastro de Ángeles, tiene un deseo, o un proyecto definido por el poder sobre las relaciones que configuran su vida. Sueña con irse sin hacerse responsable de los actos engendrados en su profunda desazón. Gustavo Sánchez Parra lo interpreta y la creación de este personaje resulta un gran acierto porque Jorge Pérez, en su filmografía, cuestiona un modelo hegemónico de masculinidad que retrata constantemente.

El macho encarna en los hombres de sus historias, cruelmente, como es la vida. Una forma violenta muy particular de ser hombre determina el futuro de las generaciones de sus personajes, y para contar eso en el cine le basta mostrar un auto destartalado, como símbolo de la heredad paterna, de un padre ausente y migrante que alguna vez logró un estatus, una porción de prestigio y honor en cuatro ruedas, para terminar como un objeto abandonado y oxidado que nadie reclamará ni tratará de componer ni echará de menos, como el afecto.

Y así como se aprende a ser hombre en un pueblo alcoholizado y destinado al abandono, también se aprende a partir, para dejarlo todo atrás en la persecución de una quimera, algo que calme el hambre y también la desesperación y otros sentimientos latentes y violentos que tarde o temprano volverán, porque la semiesclavitud del sueño americano no es tan fuerte como las ganas de volver.

En contraste, la película presenta a “Canelita”, un personaje homosexual cuya dignidad se contrapone a caricaturas y estereotipos burdos. “Canelita” es otro elemento de la constitución binaria negativa del hombre hegemónico de la película; aporta la ternura, la comprensión y la libertad en el discurso narrativo del director para representar a cuadro un modelo de masculinidad mixteco o de cualquier otra región colonizada de nuestra dolida geografía.

Cuando la película se estrenó en el teatro Macedonio Alcalá, en la ciudad de Oaxaca, el público disfrutó de toda la gama de emociones que despliega el actor en la personificación de “Canelita”. En la charla al término de la función, Noé Hernández diría sobre su interpretación que el director le había pedido algo neutro, reafirmando que en el cine menos es más y la contención es una virtud bajo las cámaras.

En este escenario de la historia del pueblo Ñu’ savi y popoluca, donde brota el agua salina, la explotación de la mano de obra para cosechar la sal es incluso anterior a la conquista. La historia de la Mixteca es en sí misma la de una colonización permanente que hoy se manifiesta en las decenas de asignaciones y concesiones mineras que abarcan más de 300 mil hectáreas de territorios indígenas y campesinos, sólo en esa región.

Las revoluciones han ido y venido, y que ellas han sido olvidadas. También sabemos ahora que incluso en medio de la quietud y la aparente calma subyacen, latentes, sentimientos subversivos.

El ejercicio del poder cotidiano de un hombre atormentado por sus pasiones, cruel y poderoso, no podía ser más que vertical, y en una de sus mejores escenas el personaje nos muestra su complejidad: un día Silvestre se encuentra trabajando bajo un sol abrasador, suda cuantiosamente y resopla mientras raya la superficie blanca de la salinera con un palo largo de madera, rasguñando el aire indolentemente como si se rascara el alma para ver si siente algo.

Ellas, por su parte, algunas solas y otras acompañadas, tendrán que sobrevivir. Al final, ahora sabemos que las revoluciones han ido y venido, y que ellas han sido olvidadas. También sabemos ahora que incluso en medio de la quietud y la aparente calma subyacen, latentes, sentimientos subversivos, de liberación y rompimiento. En ese sentido, la normatividad masculina a lo largo del filme se resquebraja.

Frente al drama social de una región de nuestro país, el director apuesta por la paciencia, el detalle y muestra con pocos elementos —dándole sobriedad al melodrama—, algunas representaciones sociales que forman parte de la cultura de esos pueblos que viven en los márgenes del sistema, demostrando que el arte es necesario y que nosotros, los espectadores, necesitamos vernos reflejados. ®

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Publicado en: Cine

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