Una noche en el Puerto

Veracruz ya no es lo mismo

La vida vale más que morir por un zape y una mujer que no es de uno. Volován entendería que Veracruz ya no era lo que era, una ciudad donde cada barrio podía defender su territorio sin el riesgo de salir descuartizado, tableado o quemado en ácido.

Fidel Herrera, gobernador de Veracruz de 2004 a 2010.

Fidel Herrera, gobernador de Veracruz de 2004 a 2010.

En esta historia hay un enamorado, la esposa de un narco sentenciado a muerte por paramilitares en un video de YouTube en 2012 y una mujer a la que le apodan la Cucharita. Es el primer día del año 2008. Sobre una calle de un barrio al norte de la ciudad de Veracruz los hermanos Volován y Gusano regresan de hacer un mandado de su madre, en su carro tipo sedán, aburridos, cansados de amanecer un día anterior con una caguama en la mano. Todo en ese Veracruz parece simular el silencio de los cementerios.

Los hermanos se estacionan en la casa de la Cucharita, del grupo de amigos del Gusano. Ahí están el Ojitos, el Koko, la Fany, La Lucy y la más buena de todas: la Linda. Quieren cotorrear pero no saben a dónde ir, aunque eso lo decidirán en unos instantes.

La Linda no es del grupo del Gusano pero es amiga de la Lucy, y se conocen de aquellos tiempos de la secundaria, de una Federal, en aquellos años donde se agarraban a batazos en los salones. “El marido de la Linda es uno de los más picudos de aquí, el bato está bien parado, loco, así que ni le hagas iris, Volován, porque nos vas a meter en un buen pedo”.

“El marido de la Linda es uno de los más picudos de aquí, el bato está bien parado, loco, así que ni le hagas iris, Volován, porque nos vas a meter en un buen pedo”.

Volován estudia el bachillerato en un colegio privado. Soñador, no entiende mucho de las relaciones y forma parte del barrio que lo vio crecer, enamoradizo, aventurero pero sin Rocinante, un pirata jarocho del nuevo siglo.

“No te preocupes, carnal, me gusta la vieja, pero no le haré iris, además creo que quiero llegarle a la verga para ir a descansar”.

Son tiempos en que ningún periodista ha muerto, en que “la Fidelidad” —el eslogan/ideología de la época— compró a todos los periódicos y a la mayoría de sus periodistas con viajes, becas, dinero, favores personales, camionetas, como demostrando que todo tiene un precio. Son los tiempos en los que Fidel Herrera es el rockstar al que todos quieren entrevistar y fotografiar. Los tiempos en que todo mundo lo quería y lo nombraba porque era como el Robin Hood de los veracruzanos. Ya ven lo que dicen algunos románticos: Se acaba el chayote, se acaba el amor.

No era muy difícil escuchar a la gente decir por esos días: Le roba a los ricos para darnos a nosotros los pobres. Tampoco encontrar jóvenes que le llamaran Tío Fide ni a señores de edad avanzada que presumían una foto con él en las salas de sus casas; era muy fácil hallar playeras rojas de campaña con su nombre en las cáscaras de fucho que se hacían en las canchas de los barrios.

—Podemos ir a Coco Beer’s o a Capezzio, no hay más, todo debe estar cerrado —le dice La Cucharita a todos.

—Mejor vamos a Coco, es que en Capezzio está el Gordo y no quiero verle la cara. Ya me dijo que no quiere que salga, pero que se vaya a la verga, yo quiero cotorrear porque hoy es mi noche.

El Volován cambia de opinión, se anexa. Todos abordan el carro del Ojitos en dirección al Bulevar jarocho, apretujados y oliéndose los sobacos.

Cappezzio, la casa de la raza

Un bulevar de la zona conurbada en penumbra adorna las miradas tristes de los amigos que miran el bar cerrado. La Cucharita hace uno de sus berrinches, la Fany se rasca la vagina, la Linda habla aparte con la Lucy, el Gusano se ríe sacándose un moco. El Volován no sabe qué pasa porque está en la cajuela.

—¿Y ahora a dónde vamos?

—Pues a chingar a su madre, loco, no hay nada abierto. ’Ale ’erga.

—¿Y sí nos vamos a Cape?

En el Capezzio (tomada de Facebook).

En el Capezzio (tomada de Facebook).

—Nel, ahí está el Gordo, y Linda no quiere pedos. Nosotros tampoco. ¿Te imaginas lo que ese bato nos haría al saber que la estamos sonsacando?

—A mí me pegaría unas cachetadas. El otro día ya me pegó unas cuando estaba trabajando para sus amigos, y no quiero eso al chile. Pinche Gordo culero.

Un silencio. Linda se acerca al grupo. Habla.

—Pues ya vámonos a Cape, que se vaya a la verga, yo quiero divertirme, me valen verga el Gordo y sus amigos.

Capezzio es un antro donde coexiste la esencia del barrio jarocho moderno. Del barrio jarocho donde la flota se agarra a vergazos entre ellos mismos para luego abrazarse. Del mismo en el que mentarse la madre es un saludo de cuates, que se vanaglorian de su situación marginal, de ser barrio, de criarse en la calle aunque vistan capris Adidas carísimos, luzcan circonias de plata en las orejas, playeras y gorras de equipos de futbol y tenis Nike shox.

En este antro se beben caguacoolers —cerveza con Caribe cooler—, que se venden en jarras y galones para gasolina, y mole de verga, una cazuela con caña, ron barato, tequila y brandy adulterado, todo revuelto con un consolador. Aquí bailan Las Bombastick, tres viejas bien buenas que lo único que saben mover son las caderas, y compiten en canto con Los Iluminados en el concurso de talento joven de reguetón porteño.

En este antro se beben caguacoolers —cerveza con Caribe cooler—, que se venden en jarras y galones para gasolina, y mole de verga, una cazuela con caña, ron barato, tequila y brandy adulterado, todo revuelto con un consolador.

Sólo aquellos con dinero tienen derecho a estar más cerca de la pista, en la zona de botella, donde se presenta el show de Juan Santiago y Eduardo “el Tupper” Cureño. El show es una especie de conciliábulo donde los que asisten pareciera que sólo quieren reírse de ellos mismos. Ahí Juan Santiago domina el escenario y hace apología de la clase baja, aunque él sea el esposo de la dueña y tenga un auto último modelo. Capezzio es la bullanga, el desvergue, el baile de máscaras.

La costera del Puerto de Veracruz.

La costera del Puerto de Veracruz.

Santiago y Cureño conducen de lunes a viernes Las Meganoches, un programa que se transmite por la EXAFM después de las nueve de la noche. Allí ponen al tanto a la flota jarocha de lo último del reguetón y del antro al que llaman La Casa de la Raza. Ellos son “la mera mata”, como dicen cada que pueden.

Durante el show Juan Santiago hace referencias a la verga y a la vagina, exhibiendo la misoginia de un puerto donde sus hombres se creen muy hombres cuando se visten de mujer o se pican la nalga. Algunas veces se baja los pants para dejar ver un kotex en medio de sus nalgas lampiñas, como si fuera un Kleen Bebé. En estos actos las que se más se ríen son las mujeres.

Luego hay artistas de reguetón locales que quieren demostrar su talento, como la Krysstal, “la más peerraaaa”, que canta: “Chucuchuchucu ¡locomotora!”, o el Jhonny 1: “Mi suegra es doña mondongo, peligrosa es, le dije a todos”. Después de tanto talento se escucha una canción de Cepillín mientras Juan Santiago se pasea con una bolsa para arrojar harina con agua a los que están cerca de la pista. “¡A cantar, a cantar! ¡A aplaudir, a aplaudir!” Y el final: “¡A silbar, a silbar!” Y quien no sepa ¡Pum!, harinazo con agua para que asiente el rostro.

Regularmente aquí hay pleitos por el conocido odio que los barrios del norte se tenían en aquel entonces. Veracruz, antes de la llegada de los Zetas, era una ciudad donde cada barrio defendía férreamente su territorio. Brisas contra Corsarios, Icazo contra Río Medio, La Primera contra La Sexta. Pero en ese 2008 los Zetas ya controlaban el Puerto bajo el amparo del Tío Fide y paradójicamente todos eran amigos estando “con la raza” o “con la letra”, de pronto todos eran “sobrinos” o “primos” de alguien que estaba “bien parado” con ellos. La organización se llamaba La Compañía.

El esposo de la Linda era uno de los tarjeteros más habilidosos en aquel entonces. Tanto que fue amenazado vía YouTube por el nuevo cártel —según paramilitares— que controla el Puerto.

Al llegar, la Linda nunca creyó que su marido la sacaría de los pelos y a empujones. En ese momento Volován se entristecería por ello, aunque el Ojitos y el Gusano serían los que más se preocuparían.

—Koko, agarra al Volován y a la Cucharita y llévatelos en el carro, nosotros nos iremos en taxi, nos hemos metido en unos iris maniacos, esos batos nos la van a meter toda y será mejor que ustedes se vayan.

—No carnal, llegamos juntos, juntos nos vamos, yo no me voy a ir sin ti.

—Estás bien pendejo, Volován. Yo no dejaré que te den unos toques en los güevos ni que te metan unos alambres en las uñas para que luego te las arranquen. Ahorita que les diga salimos en chinga, ustedes adelántense, iremos atrás de ustedes si es que todo sale bien.

En Capezzio, como en cualquier otro de los antros que frecuentaban, La Compañía se ponía en medio para demostrar su poderío y mandato. Aquí ese lugar era la zona de botella, que si se mira desde algún punto sería donde se ponen las barras en la grada de un estadio de futbol, donde se pone la realeza para que todos miren lo guapos y poderosos que son.

Para que todo saliera los amigos debían librarlos en el momento del show en que una mujer pasa a encuerarse por una botella, que es como el gran acto final. Después del show, los malandros se ponen a llorar con rolas de K-Paz de la Sierra y “La célula que explota” de Caifanes.

Mientras Juan Santiago invitaba a “la valiente que quisiera ganarse una botella por encuerarse enfrente de la banda”, Gusano y el Ojitos comprendieron que ése era el momento de retirarse, el trillado ahora o nunca tan parecido al de las películas.

Empezaron zigzagueando ese mar de jarochos vestidos con playeras de Croacia, el Barcelona, el Real Madrid y Argentina, jarochos vestidos de putos que buscaban un mayate que les empujara la reata a cambio de unas jarras de caguacoolers. Los gritos enardecían, pero adentro Volován y Gusano pensaban en el momento absurdo en que aceptaron salir junto a la Linda. Avanzaban como quien avanza lentamente para no querer despertar a sus padres en un día de peda.

Volován sintió la pesadumbre de las miradas en su nuca. Gusano recordaba aquella vez que lo tablearon por el barrio, la Cucharita aquella vez que se la mamó mal a uno de ellos y la cachetearon para luego dejarla encuerada afuera de su casa.

Al llegar al punto medio, casi enfrente de los amigos del Gordo, Volován sintió la pesadumbre de las miradas en su nuca. Gusano recordaba aquella vez que lo tablearon por el barrio, la Cucharita aquella vez que se la mamó mal a uno de ellos y la cachetearon para luego dejarla encuerada afuera de su casa.

Pero todo lo rompería un zape. Un zape meco y seco como el que te pegan cuando te esconden la cabeza con una playera y no sabes de qué mano ha provenido éste. Un zape de ésos que te tienes que tragar porque no sabes quién te lo asestó. La diferencia es que este zape provenía de uno de los de La Compañía, un pelón alto con ojos como de perro muerto, con un tatuaje azulado en el cuello hecho con máquina hechiza que se asomaba por encima de una playera Polo. Si no hubiera sido porque los demás estaban distraídos con el show del Cape y no se habían dado cuenta de los iris, seguramente en esta historia además habría cuatro muertos.

Por un momento, Volován pensó en voltearse y retarlos con la mirada. Gusano, al verlo, lo detuvo: se le quedó viendo insinuándole que siguiera avanzando, que no hiciera iris, que la vida vale más que morir por un zape y una mujer que no es de uno. Volován entendería que Veracruz ya no era lo que era, una ciudad donde cada barrio podía defender su territorio sin el riesgo de salir descuartizado, tableado o quemado en ácido.

Volován se calmó y siguió caminando. Volován, quien respetaba mucho a su hermano y del que aprendió que de nadie debía dejarse, ni siquiera de los puercos policíacos, no sabía lo que era tragarse el orgullo, aguantar machín, no conocía entonces la cara viva del biopoder, el poder que llevaría a un tipo sin preparación política como Javier Duarte a ser gobernador de Veracruz.

Cuando por fin estuvieron afuera, cruzando los dedos para no toparse al Gordo, los amigos se fueron en el carro a su barrio, al mismo punto de donde partieron. A Volován le siguió doliendo el zape. “Pa’mí que tenía un anillo porque todavía me duele un verguero, loco”.

Mientras todos sonreían y se bebían una caguama Indio, Volován pensaba si volvería a ver a la Linda, si vería esos ojos rasgados que le hubieran hecho decir: lo doy todo por nuestros niños. El Ojitos, por su parte, les decía a todos que por menos que eso ya estarían con las nalgas reventadas, o atados a un poste encuerados y vergueados.

—Al chile, loco, yo ya me hacía sin uñas.

—Sí, no mames, y todavía el Volován quería hacerles iris.

—Es que no mames, loco, me dolió hasta el culo cuando me pegó ese careverga.

—Pues sí, loco, pero no seas pendejo, si te estoy diciendo que aguantes machín es pa’ que agarres el pedo, Veracruz ya no es lo es lo de antes.

—Pues ya ni hagan iris, mejor hay que guardarnos unos días.

Volován volvería a ver a la Linda unos meses después para donarle sangre a uno de sus hermanos en el IMSS. La Linda movería sus contactos para hacer una credencial de elector falsa, ya que Volován era menor de edad. La Linda hablaría con el Gordo para que no molestara a sus amigos, que la que había ido de culo caliente era ella, que ellos incluso ni querían ir a Capezzio.

Después de eso el Gordo jamás se la haría de pedo a ninguno de ellos, ni ellos volverían a tener contacto con la Linda. Ella tuvo que irse de la ciudad cuando empezó la disputa por el Puerto en 2012. Hasta la fecha nadie sabe nada de ella.

Dos días después de que casi no la libran en el antro, el 3 de enero, mientras Don Omar sonaba desde una bocina hacia la soledad de las pinzas de la ropa de un condominio, Gusano —con resaca— escuchaba que Fidel Herrera se ganaba —extraordinariamente— la lotería por segunda vez. ®

Archivado en Apuntes y crónicas, Mayo 2013

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