Una pastorela más que termina en embriaguez

Como si no lo supiera

Los podemos ver como retrasados mentales siguiendo una estrella, con la camisa desfajada como rey y el cabello revuelto, el olor a divino ginebra y en la mano una tarjeta de regalos del Palacio de Hierro porque no encontraron por ningún lado mirra ni incienso.

© Nabuyoshi Araki

Una vez más viene llegando esa fecha en la que toda la ciudad queda impregnada de alcohol y hay adornos con heno y lucecitas y gordos con pijamas rojas y un aumento en los suicidios que hará trabajar horas extra a los paramédicos de la Cruz Roja.

Las bajas temperaturas, la euforia de las carteras llenas por el aguinaldo, las visitas planeadas desde enero de los paisas con camionetotas de placas extranjeras; los niños enloquecidos por el juguete de moda, los carruseles de cocacola con edecanes invernales muy primaverales, las ofertas, los trinos, las compras de corbatas de último minuto en el Sanborns, los nacimientos con niños Gerber de porcelana y un ángel escondido en el clóset; todo ello convierte al ciudadano capitalista medio y religioso cinco días al año en un zombie que deambula por las calles entre posadas del trabajo, de la escuela, de la cuadra y porque le viene en gana.

Los podemos ver como retrasados mentales siguiendo una estrella, con la camisa desfajada como rey y el cabello revuelto, el olor a divino ginebra y en la mano una tarjeta de regalos del Palacio de Hierro porque no encontraron por ningún lado mirra y el incienso ya se lo habían agenciado los hippies drogados que compran pulseritas huicholas en el tianguis navideño del Centro.

Por allí van tambaleándose y cantando villancicos a media voz, enfocando con lo blanco del ojo y devastando los pasillos de licores de La Europea y cuando se acerca el día hasta de los supermercados, coqueteando con las edecanes a cambio de un Baileys con hielo y luego siguiéndose con las empleadas de tapabocas para bajar un poco con chilorio o algún rollito de queso.

Son gente simpática. A medida que comienza diciembre se les van enrojeciendo las mejillas y se les suelta la lengua; para la última semana del mes están minuciosamente ebrios tras dar una y otra vuelta por la ciudad llenando de recibos de tarjeta de crédito sus carteras y de regalos sus carritos —chocolates para los parientes lejanos, una o dos botellas para los conocidos, muchos libros y una tele de tres mil pulgadas para seguir creyendo en dar regalos.

Ya cuando llega el día cero se les ve departiendo en familia con todo optimismo por el destino del mundo y siendo testigos del milagro del niñito Dios convirtiendo la Nochebuena en lata de Tecate volcada bajo la mesa en monumentales tiraderos que dejarán mancha en las paredes, los regalos y todo lo comprado trastocado en mierda, y la roja pijama del santo clós transmutada en amarillo bilis del uniforme del cobrador de Elektra que vendrá ni bien termine de retirarse la última hoja del calendario a decir Jo jo jo. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Narrativa

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