Una teoría para la historia

Sobre historia y filosofía

“No son los historiadores muy dados a teorizar sobre la ciencia histórica. Bajo la influencia de la historiografía académica del siglo XIX, se ha tendido a creer que al historiador no le hacía falta tener ideas.”

La filosofía de una época histórica no es [...] otra cosa que la “historia” de esa época [..]: historia y filosofía son inseparables en ese sentido, forman un bloque.
—Antonio Gramsci

El comercio de la historia tiene en común con el comercio de los detergentes el empeño por hacer pasar la novedad por innovación. La diferencia estriba en que sus marcas están muy mal protegidas. Todo el mundo puede llamarse historiador…
—Pierre Vilar

En el principio no fue el caos. Tampoco la inteligencia, como quería Bloch. En el principio era el orden de la razón y la razón del orden en la historia. Desde entonces esta última ha estado sometida y sujeta a la tutela de la filosofía y, con ello y como resultado de ello, la historia, degradada a mera técnica de recopilación de datos, la historia en tanto que simple cronología (depósito de anécdotas, según la expresión de Kuhn), ha llegado a ser asumida —incluso por historiadores— como naturalmente separada de la teoría de la historia. Y como resultado de este resultado se impuso asimismo la sólidamente asentada división entre historiadores y teóricos o filósofos de la historia.

Pero no se crea que esta idea de la superior tutela de la filosofía sobre la historia, que esta consideración según la cual la teorización acerca de la segunda ni interesaría ni sería necesaria ni estaría al alcance de la limitada labor del historiador, sean algo respecto de lo cual los propios historiadores puedan alegar inocencia. No. En realidad, este tragicómico resultado de la plácida expulsión de la teoría, este perezoso y apocado convencimiento de que el filosofar y el teorizar quedan fuera del ámbito profesional y las capacidades intelectuales del historiador emana de la confluencia de dos factores explicativos: de aquella concepción seudoarmónica de la historia —con sus múltiples variantes— que infectó los orígenes, y de la mayoría de los historiadores por habérsela creído y por no haberla resistido, aceptando así —entonces y ahora— la reducción y el rebajamiento de su propio campo de acción y preocupación a la llana y simple recolección de banalidades.

I

“Era aquélla”, escribió Carr hace un millón de años, “la edad de la inocencia, y los historiadores paseaban por el Jardín del Edén sin un retazo de filosofía con qué cubrirse, desnudos y sin avergonzarse ante el dios de la historia. Desde entonces, hemos conocido el Pecado y hemos experimentado en nosotros la Caída; y los historiadores que en la actualidad pretenden dispensarse de una filosofía de la historia tan sólo tratan, vanamente y sin naturalidad, como miembros de una colonia nudista, de recrear el Jardín del Edén en sus jardincillos de suburbio”.

Bajo la influencia de la historiografía académica del siglo XIX, se ha tendido a creer que al historiador no le hacía falta tener ideas. Su misión era la de proveerse de una buena técnica de prospección de datos, convertirse en un excelente conocedor de las ‘fuentes’ bibliográficas y documentales, y, provisto de este utillaje técnico, proceder a la recopilación de los ‘hechos’ históricos.

¿Qué diría ahora de aquellos que no sólo tratan de evadirse de una filosofía de la historia, sino que ni siquiera saben con qué se ingiere una cosa semejante? ¿Qué de aquellos otros que, aprovechando que la marca registrada de la historia no está tan bien protegida como la de los detergentes, comercian libremente con ella y con la etiqueta de historiadores, presentándose y siendo tenidos por tales tan sólo porque al amparo —casi diría con el fuero— de la “crónica” y la “microhistoria” elaboran el tejido insulso de la “historia de” la calle o la avenida tal, de la plaza equis, o bien exponen al dedillo la fecha de fundación del poblado, sus festividades y la vida y obra de sus “personalidades”?

Es así entonces como, por ejemplo, el anónimo prologador de una de las ediciones de la invaluable ¿Qué es la historia?, de Carr, pudo con toda razón escribir: “No son los historiadores muy dados a teorizar sobre la ciencia histórica. Bajo la influencia de la historiografía académica del siglo XIX, se ha tendido a creer que al historiador no le hacía falta tener ideas. Su misión era la de proveerse de una buena técnica de prospección de datos, convertirse en un excelente conocedor de las ‘fuentes’ bibliográficas y documentales, y, provisto de este utillaje técnico, proceder a la recopilación de los ‘hechos’ históricos. Éstos, de por sí, mostraban aquello que había sucedido, y el historiador, cual notario, debía de dar únicamente fe de lo que había pasado”.

II

Pero ya antes de esta historiografía académica, de esta concepción liberal y providencialista de la historia florecientes en el siglo XIX y de aquella “edad de la inocencia” señalada por Carr, se encuentran los grandes presupuestos filosóficos encarnados sobre todo —para no remontarnos hasta san Agustín— en la tradición idealista alemana. Lo que algunos como Abbagnano clasifican bajo el nombre de “historia universal” en contraste con la “historia pluralista” no sería otra cosa que, justamente, el conocimiento del plan providencial del mundo histórico, y sería obra y competencia —de nuevo el ingrediente de “superioridad”— del filósofo y no del historiador, cuya obra tan sólo podría servir a aquél de “ayuda no indispensable”.

Para Fichte ésta era la historia a priori (independiente por completo de la historia a posteriori, que sería la historia de los historiadores), y en esta historia exclusiva de los filósofos la superior tarea de estos sería, nada más y nada menos, “comprender con clara inteligencia lo universal, lo absoluto, lo eterno y lo inmutable en cuanto guía de la especie humana”. Expresiones verdaderamente apabullantes, aunque por desgracia también más celestiales que terrenales.

En cuanto a las aportaciones de los historiadores, constreñidos a fijar “los fenómenos a través de los cuales procede la segura marcha de la especie humana” (nótese, dicho sea entre paréntesis, que ésta es una clara y exacta expresión de la concepción teleológica del desenvolvimiento histórico) tan sólo serían casualmente recordadas y tenidas en cuenta por el filósofo.

Hegel, el máximo representante y más complejo elaborador de esta concepción, avanza aún más; según él, para conocer “la realidad sustancial” de la historia es necesario “llevar consigo la conciencia de la razón: no ojos físicos, no un entendimiento, sino el ojo del concepto, de la razón”.

Todavía en fechas menos remotas el italiano Benedetto Croce reproducía el par de la “historia a priori” y la “historia a posteriori” bajo la forma de la relación-oposición de historia filológica (la de los historiadores) e historia especulativa (la de los filósofos), y apelaba incluso al mito de la anamnesis elaborado por Platón para oponerlo al extravagante “principio heurístico”, atribuyéndola al Espíritu Universal que teje la historia, para el cual las fuentes y los acontecimientos históricos sólo sirven como ocasiones y motivos para “recordar”.

Finalmente, ya en nuestra época, incluso un filósofo tan sobrevalorado en su momento como Karel Kosík, en su famosa —que no significa, ni mucho menos, estudiada— Dialéctica de lo concreto, acepta y reproduce aquella falsa división del trabajo entre filósofos e historiadores (dada entre otras cosas, como hemos visto, por la pertinencia tan sólo en uno de los dos lados de la preocupación y el esfuerzo teóricos) en los siguientes términos: el historiador estudia “lo que acontece” en la historia, mientras que el filósofo plantea el problema de qué es la historia y cómo puede existir eso que llamamos historia. Y no sólo, sino que, además, el filósofo no se inmiscuiría en la problemática específica del historiador; lejos de ello, al investigar los supuestos de la historia realizaría “una labor que el historiador, con sus medios y dentro de los límites de su ciencia, no podría investigar”.

III

Tenemos por consiguiente, recapitulando, dos órdenes de realidades a este respecto, correspondientes a dos niveles de —digámoslo así— calidad intelectual: 1) historiadores autoasumidos como “no-teóricos”, como cronistas, buscadores y ordenadores de “hechos” y datos para los cuales son necesarias las técnicas de exploración de las fuentes y una cierta metodología crítica, pero no una profundización en el terreno teórico. Para ellos el historiador no debería ser también, como sostengo, un teórico de la historia (o, dicho de un modo lapidario: el historiador es un ejercitador de la teoría de la historia, o no es en modo alguno historiador).

Hegel, el máximo representante y más complejo elaborador de esta concepción, avanza aún más; según él, para conocer “la realidad sustancial” de la historia es necesario “llevar consigo la conciencia de la razón: no ojos físicos, no un entendimiento, sino el ojo del concepto, de la razón”.

Y 2): aquellos otros, tan abundantes entre nosotros, que se encuentran incluso un enorme peldaño por debajo de los aprendices de historiadores reprendidos por Carr como “sabedores cada vez más acerca de cada vez menos, perdidos sin dejar rastro en un océano de datos”. Estos aprendices-de-aprendices de historiadores —entre los que puede encontrarse prácticamente de todo: profesores normalistas, ingenieros, abogados, sociólogos, sicólogos, médicos y todo tipo de autodidactas— son quienes, junto con muchos historiadores “de carrera”, todos los días refrendan la validez del reclamo de Vilar, quien ya desde 1973 y hablando de la cultura europea, decía que todo mundo se siente autorizado a llamarse historiador, del mismo modo en que cualquiera puede calificar de “historia” a cualquier ejercicio escolar de recopilación de datos.

Lichtenberg, ese excelente y profundo pensador fundamentalmente epigramático, decía: “Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa”. Que Lichtenberg no era injustamente duro lo prueba el destino de la historia como ciencia y como ámbito académico-profesional, pues es precisamente la proliferación de esos depósitos de anécdotas producidos por la inepcia entusiasta de individuos sin la menor formación —y no, conviene dejarlo claro, porque el haber cursado la carrera formal de historiador asegure la patente; la inteligencia y la dedicación también cuentan— lo que ha contribuido a degradar, al menos entre nosotros, la labor de historiar y la disciplina del historiador.

IV

La historia, la verdadera, sin necesidad de la “h” mayúscula —aquella que Marc Bloch nominaba cuando, desde entonces, advertía que “si no nos ponemos en guardia, la llamada historia mal entendida (es posible que) acabe por desacreditar a la historia mejor comprendida”—, es una ciencia. Y no cualquier ciencia, sino posiblemente la más difícil de todas.

Vilar ha dicho de ella que es “la más compleja de las materias de la ciencia: (la que estudia) las relaciones sociales entre los hombres y las modalidades de sus cambios”. Y recuérdese la sólo aparentemente exagerada y arrogante exigencia de Lucien Febvre, según la cual en los institutos y escuelas de historia habría que colocar la siguiente inscripción-advertencia: Nadie entre aquí si no es muy inteligente.

Si esto es así, habría que ser conscientes entonces de la abrumadora dimensión de lo que ha tenido que pasar y conjugarse para que la historia haya llegado a donde está.

A la historia, pues, como ciencia y para reafirmarse como ciencia, le hace falta que los historiadores empiecen a pensar de manera menos barata. Es necesario repensar, problematizar y transitar con humildad intelectual y arrogante decisión el camino de ese campo tan negligido de la teoría de la historia, de sus presupuestos metodológicos y filosóficos, de las bases mismas de su existencia. Si historiar significa interpretar, tenemos también que interpretar a la propia historia. Interpretarla e interpelarla. E interpretar e interpelar significa asumirla, enfocarla y concebirla no sólo desde dentro, sino también desde fuera de sí misma. “Saber” de historia, que entre nosotros ya sería mucho, no es suficiente. Si ha de ser cierto que el niño que sólo conoce a sus padres ni a ellos los conoce bien —y aquí parafraseo a Lichtenberg—, también lo es que el que sólo entiende de historia ni de eso entiende bien.

V

La historia —es decir, por supuesto, los historiadores— tiene que aprender a sortear sus propios peligros; ser capaz de avanzar entre el Escila de la vacía erudición, del culteranismo y la polimatía, del “saber” sin relación explicativa y el conocimiento sin uso real (cuando al contrario “la historia es siempre historia contemporánea, es decir, política”), de la comprensión del qué y tal vez del cómo, pero no del porqué, y el Caribdis de la conmovedora ignorancia y el audaz desparpajo de los monumentos a la intrascendencia vendidos como “historias concretas”, como “historia regional” o como “microhistoria”, aunque eso sí: con el infantil orgullo de haberlos construido desempolvando “documentos” —cualquier papel amarillento es válido— en los archivos municipales, o bien entrevistando al típico viejecito del típico poblado.

De los propios historiadores —a diferencia de los vendedores de historietas para la televisión y de los historiadores-novelistas, para quienes esta desnudez es precisamente su ventaja— depende el dejar de deambular desnudos y de vivir en el Pecado por no tener ni un miserable trozo de teoría con que cubrirse.

Y depende de ellos también evitar que alguien, algún día, les diga merecidamente lo que una vez Don Quijote dijo a Sancho: “Más has dicho, Sancho, de lo que sabes; que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”. ®

Este ensayo fue publicado originalmente en la entrega de febrero del 2012 de Días del futuro pasado, columna del autor en Replicante.

Archivado en Destacados, Filosofía contemporánea, Julio 2012

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