Under the Weather, Over the Top

Alexander McQueen en el Museo Metropolitano de Nueva York

La exposición de Alexander McQueen en el Museo Metropolitano de Nueva York muestra la mejor cara de la moda: el arte.

Una de las frases que han tenido más impacto emocional en mí proviene de un ensayo de Clive James sobre Coco Chanel: “My mother’s clothes were her sole connection with a better life and they were vital”. Tal vez me tocó porque yo también crecí, como hijo de una madre soltera, en el límite entre la precariedad y la capacidad, y por eso también adoraba los collares de ámbar o cristal de Bohemia de mi madre y nuestros insignificantes tesoros: un juego de te de porcelana traído de Amsterdam, algunas piezas de cerámica de Jorge Wilmot o una pequeña escultura de una deidad de Indonesia.

Entre las limitaciones brotaban o se implantaban recuerdos preciosos de viajes reales o imaginarios: un vaso de jarabe de menta en un café de Lille, un jarrón de malaquita verde en el Hermitage, la primera vez que vi el retrato de Madame Recamier en un libro sobre la historia del mueble, una reproducción del douanier Rousseau… las naturalezas muertas holandesas curaban la depresión y los impresionistas eran el último vestigio de belleza clásica de una Europa claramente obsoleta pero que yo hallaba evanescente.

Tal vez por eso entiendo la fascinación de la gente con la moda de manera emocional, más que la opresión que ejerce el fashion system sobre los pobres mortales consumidores esclavizados y masoquistas. Tal vez por eso no me importa si el grupo Gucci patrocinó la exposición de Alexander McQueen en el Museo Metropolitano de Nueva York o si en verdad los creadores de ropa merecen ser considerados “verdaderos” artistas.

El título de la exposición de McQueen (“Belleza salvaje”) hace referencia a la intención de la exposición de presentarlo como un artista historicista, heredero del romanticismo, fascinado por la naturaleza y su clasificación, por los gabinetes de coleccionistas, así como por la oposición victoriana entre la rigidez moral y la fascinación por la morbidez, el masoquismo y la perversión.

En las fichas de la exposición, curada por Andrew Bolton y diseñada por Sam Gainsbury y Joseph Bennett (los diseñadores de producción de los desfiles de McQueen) abundan las referencias a diferentes facetas del romanticismo: orientalismo, nacionalismo, primitivismo y naturalismo. Aunque las citas y referencias resuenan en las salas como pretextos para hacer más interesantes objetos que dicen mucho más por sí solos.

En las fichas de la exposición, curada por Andrew Bolton y diseñada por Sam Gainsbury y Joseph Bennett (los diseñadores de producción de los desfiles de McQueen) abundan las referencias a diferentes facetas del romanticismo: orientalismo, nacionalismo, primitivismo y naturalismo. Aunque las citas y referencias resuenan en las salas como pretextos para hacer más interesantes objetos que dicen mucho más por sí solos.

Mucho se ha dicho sobre la misoginia y los tintes sadomasoquistas de las piezas de McQueen; algunas veces eran obvios, como en ciertos vestidos rematados en el pecho con tiras de cuero negro o en un vestido que combina un kimono y una camisa de fuerza, o en los corsés rígidos de cuero o metal que comisionaba, y otras veces más sutiles, como en un vestido sinuoso y delicado hecho de platinas de vidrio pintadas de un rojo sangriento. Las colecciones se llamaban Jack el Destripador acosa a sus víctimas, Taxi Driver y Violación en las Tierras Altas [Escocia]; la pieza musical que acompaña el video para un holograma promocional que protagonizó Kate Moss en 2006 se llama “Everyone In The World Is Doing Something Without Me”.

Al parecer McQueen sí vivía todavía en plena época romántica, nada más que ahora las modelos no se mueren de tuberculosis, sino que son “heroin chic”. La melancolía legitima la valía moral de la moda: la descubridora de McQueen, Isabella Blow —musa de Philip Tracy y gran dama de la moda inglesa—, se suicidó en 2007 tomando herbicida. Tal vez existe en el centro de la moda una carencia que no tiene nada que ver con la ironía. Pero todo esto no tiene importancia. Ni el suicidio de McQueen (una tragedia, desde luego) ni el financiamiento del Instituto del Vestido por Henri-François Pinault ni el discurso curatorial de las exposiciones del Met ni la situación histórica de la moda respecto al arte.

Lo que cuenta es la sucesión incesante, exuberante de piezas que llenan las salas de piezas que mueren poco a poco, destinadas al gesto rápido, a la erosión y al olvido, a medio camino entre el culto al origen, la búsqueda de la proporción y la belleza, la fidelidad a las referencias y los materiales, la escultura y el performance. Eso es lo que hace que nuestros pequeños recuerdos, nuestros tesoros insignificantes, crezcan en el tiempo y se vuelvan, gracias a otros ojos, gracias a otras manos, magníficos. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Arte


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