Uranio enriquecido

Oddfellows, de Tomahawk

Tomahawk representa bien las características de esta generación de artistas que tienden al caos. Su debut, hace doce años, inmediatamente hizo girar las cabezas iracundas hacia ellos. La música de Tomahawk es agresiva, mas no en el sentido de Mayhem, sino en cuanto a su impredecibilidad.

Tomahawk Oddfellows

La nuestra es la generación de la ira y también del caos que la abona. El último tercio del siglo pasado marcó nuestro comienzo. Somos los hijos, en el mejor de los casos, de la deconstrucción, pero en todo caso de la destrucción. A este proceso degenerativo, sin embargo, le seguimos dando el nombre de evolución. No es errado. Se trata, pues, de una evolución degenerativa, es decir, el caos y la destrucción entendidos como manifestaciones naturales de nuestro momento psicohistórico.

Las artes no sólo no escapan a lo antedicho sino que conforman permanentemente un escaparate de las novísimas formas de sociabilidad. Buena parte de nuestra generación (tengo 37 años) ha optado por encontrarle las virtudes al caos. Ese caos nuestro de cada día navega entre dos mares: el de la violencia y el de la melancolía. A partir de esa ambivalencia nos hemos hecho de una certeza áurea: no hay orden en el caos, pero puede haber belleza.

Ese caos nuestro de cada día navega entre dos mares: el de la violencia y el de la melancolía. A partir de esa ambivalencia nos hemos hecho de una certeza áurea: no hay orden en el caos, pero puede haber belleza.

Tomahawk representa bien las características de esta generación de artistas que tienden al caos. Su debut, hace doce años, inmediatamente hizo girar las cabezas iracundas hacia ellos. La música de Tomahawk es agresiva, mas no en el sentido de Mayhem, sino en cuanto a su impredecibilidad. Hay violencia en el extravío que experimenta el escucha cuando el cascabeleo hipnótico de una guitarra se extiende sólo para acelerarse aún más hacia el final, cuando batería y bajo siguen la misma ruta a destiempo y la voz susurra latigazos. Así comienza Oddfellows.

Los sonidos tenebrosos, la vocalización monstruosa o los tarolazos ejecutados con desenfreno no son la única veta explotable de la subversión musical contemporánea. El caos, insisto, se bifurca en violencia y melancolía, y el ingrediente —una especie de lazo retórico— que los mantiene en continua simbiosis es la ironía. Tomahawk no rehuye a este último recurso. Después de todo, acá tenemos a dos maestros en la materia: Mike Patton y Trevor Dunn. Baste recordar que era precisamente la ironía el bastión conceptual del bebé de ambos: Mr. Bungle, uno de los mejores proyectos musicales de las últimas décadas.

Tomahawk

En Tomahawk el pop se vuelve belicoso y el punk una cadencia seductora. “We are the police and now we’re gonna start a riot”, anuncia Patton con una voz sutilmente afeminada, para después alterarse líneas más abajo: “And the crop of the cream, ain’t gonna fuck with me, cause it’s on, and it’s on!” Extractos líricos de la pieza, “You Can’t Win”del album Mit Gas, editado en 2003. Al repertorio irónico se suman piezas como “God Hates a Coward”, con una letra desencajante, en la que, entre otras cosas, se escucha: “En el único piano escribí el chingado concierto, jugué al pool con tus ojos, los acomodé, hice comida con tu ano y mastiqué tu alma gorda, derramando tu corazón en mi vinagre. Dios odia a los cobardes, mi hijito”.

Al repertorio irónico se suman piezas como “God Hates a Coward”, con una letra desencajante, en la que, entre otras cosas, se escucha: “En el único piano escribí el chingado concierto, jugué al pool con tus ojos, los acomodé, hice comida con tu ano y mastiqué tu alma gorda, derramando tu corazón en mi vinagre. Dios odia a los cobardes, mi hijito”.

El nuevo trabajo del cuarteto no está exento de este sentido irónico. Aunque no es ahí donde radica su genialidad. A diferencia de sus dos primeros trabajos, Tomahawk (2001), el ya mencionado Mit Gas (2003) y en las antípodas del sui géneris Anonymous (2007), donde el caos va de la mano con el folclor indígena norteamericano, Oddfellows presenta la cara más conjuntada y madura de esta banda hasta la fecha. Esta vez sí, por excesivo que esto pueda sonar, la producción muestra la mejor combinación que podría resultar del cruce entre The Jesus Lizard, Mr. Bungle, Faith No More y Helmet. Hay elementos de cualquiera de ellos. El trabajo en las guitarras de Duane Denison es de un alcance formidable. Nunca lo escuché tan centrado y versátil a la vez. Sus riffs en ocasiones se arrastran con la siniestra cautela de un lagarto, pero en otras es una cuerda chirriante con la que decide inundar todo el ambiente. Patton, qué novedad, hace uso de sus variadísimos recursos. Su voz va llenando el laberinto con suspiros, falsetes, desgarros ocasionales y breves monólogos barítonos. La reminiscencia a los últimos disparos de Faith No More, por momentos, es ineludible. Por otro lado, el singular golpe seco de John Stainer en su batería impregna el álbum tanto de momentos de rítmica progresión como de contratiempos jazzísticos que pueden saltar de la sensualidad a la angustia en cuestión de un parpadeo auditivo. No obstante, el arma secreta de Oddfellows radica en el nuevo miembro de la familia. Es a través del bajo del polifacético Trevor Dunn como Tomahawk logra ese sonido de continuada solidez referido anteriormente. Su solvencia y su pericia con el instrumento son privilegiadas. No ha hecho mal Patton al traer a su viejo amigo. En piezas como la magnífica “The Quiet Few”, Dunn simplemente se erige como el alfa de la jauría. Su habilísimo movimiento de dedos conduce por igual melodías musicales que vocales.

En el coro del primer sencillo, “Stone Letter”, Patton es insistente con la frase “You don’t know me anymore”. Y así es, no se confundan, este Tomahawk no es esa rudimentaria hacha para despellejar cabezas, tampoco se trata de un simple misil teledirigido. No, esto es puro uranio enriquecido. ®

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Publicado en: Diábolo, Febrero 2013


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