Vacaciones en la cloaca

Hotel DF, de Guillermo Fadanelli

Hotel DF [Mondadori, 2011] podría ser considerada la acometida literaria más ambiciosa hasta la fecha, por lo menos en cuanto a su extensión y estructura, de Guillermo Fadanelli, autor defeño que siempre ha dado una notable importancia como escenario de sus novelas y relatos a la ciudad que lo vio crecer y que vive de una manera a todas luces intensa. Quienes le conozcan sabrán que muchas de las situaciones aquí narradas, aunque ficción, provienen de la experiencia directa, más que de la investigación, en un momento literario en México en el que toda novela que se precie pasa indefectiblemente por el tema del narco y sus derivaciones. ¿Cómo podría ser de otro modo si la constatación de que el narco impregna todos los estratos de la sociedad, por activa y por pasiva, es un hecho dolorosamente cada vez más evidente?

En este caso, un hotel del centro histórico, el nada ficticio hotel Isabel, actúa como un microcosmos en circuito cerrado que aglutina a la mayor parte de la fauna que transita por las calles de ese cuadrante de la ciudad: buscavidas, meseras con salidas extra, borrachos, delincuentes de baja estofa, modelos de ropa interior cuarentones, crápulas de todo pelaje, narcomenudistas, secuestradores y el propio personal del hotel, que conviven con una horda de anónimos turistas despistados, otros más colmilludos (como un alemán que viene a la Ciudad de México de vacaciones, a conseguir cocaína y a imbuirse de sordidez tropical) e incluso un artista conceptual (otra casta que prolifera como los hongos en la capital) y su alocada prima, provenientes del nebuloso y lejano mundo de las Lomas, en una salvaje analogía de los abismos entre clases que se dan en esa urbe.

Un panorama social de algún modo extrapolable a cualquier punto de la ciudad, o del país, sólo que en el Centro Histórico la postal es más efectiva, mil veces más reconocible por verdadera, donde la amalgama es más fecunda y promiscua. Todo ello contado con una sólida y efectiva narrativa, con los tempos bien medidos.

Hotel DF es una novela que se asemeja a un thriller cinematográfico en su estructura, con personajes principales un tanto siniestros que a lo único que aspiran es a su supervivencia inmediata, sabiendo de antemano que no hay salvación ni redención posible, ni la posibilidad de escapar de esa cloaca donde no hay nadie, pertenezca al estrato social que sea, que se pueda salvar de una muerte inesperada y violenta. Otra salvaje analogía de en lo que se ha convertido México como país y su alarmante situación de inseguridad crónica.

El protagonista, o más bien el hilo conductor de la historia, es Frank, el artista, Henestrosa, un periodista mediocre consciente de su mediocridad, pero de afilada lucidez, que rebosa humillación y rencor y que convierte el desprecio a los demás en un ejercicio de autodefensa, de mera supervivencia, y quien después de haber conseguido unos cuantos miles de pesos, no muchos, decide alojarse en el hotel Isabel para escapar de la anodina y odiosa cotidianidad de su pequeño departamento de la colonia Álamos y confundirse con el cosmopolitismo de alpargata, de segunda división, que atiborra ese hotel cuya fama mundial corre por el boca a boca.

Allí se obsesionará por una turista española a la que sólo una mezcla de desgana crónica y curiosidad insana podría haber llevado a escoger el Distrito Federal como lugar de vacaciones, en lugar de Buenos Aires o alguna playa caribeña, y alojarse precisamente en el hotel Isabel. Aunque Henestrosa, por las imbricaciones de su profesión con los bajos fondos, acabará descubriendo que no todo lo que pasa en ese hotel tiene que ver con el trasiego de turistas.

Como en la casi totalidad de la literatura de Fadanelli, los ambientes son opresivos, el hecho de que la mayor parte de la historia ocurra en un hotel contribuye a ello, y sin atisbo de esperanza para los personajes involucrados, narradas las situaciones con parquedad de florituras en el lenguaje, que el autor usa de modo directo y contundente para describir de manera muy acertada y veraz, muy reconocible para quienes los hayan frecuentado, los espacios de sordidez por donde discurre la trama, en la que incluso hay incursiones a las cercanas vecindades de Tepito, zona por antonomasia del narcomenudeo y la piratería. Y lo hace evitando los lugares comunes, práctica no exenta de riesgos que al autor, a mi parecer, resuelve con solvencia.

Hotel DF es una novela que se asemeja a un thriller cinematográfico en su estructura, con personajes principales un tanto siniestros que a lo único que aspiran es a su supervivencia inmediata, sabiendo de antemano que no hay salvación ni redención posible, ni la posibilidad de escapar de esa cloaca donde no hay nadie, pertenezca al estrato social que sea, que se pueda salvar de una muerte inesperada y violenta.

Es ésta una novela protagonizada por antihéroes (los que no, abundan en el cinismo) con una clara tendencia al fracaso, cargando el estigma del perdedor de quien vive sin demasiadas ambiciones, del que da todo por perdido de antemano y al que lo único que lo inspira a seguir aferrado a este mundo es el miedo a morir, y a vivir, en la más absoluta soledad. Sobreviviendo únicamente en aras de obtener un salvoconducto que puede durar apenas unas horas, tiempo suficiente para procurarse el siguiente placer, ya sea éste los favores pagados de una prostituta, un fugaz coito con un desconocido o unas líneas de cocaína para sostener el simulacro hasta poder, por fin, alcanzar una cama, la que sea, y olvidarse de ese mundo miserable por un rato.

En tal panorama de cinismo consensuado, sólo las niñas ricas podrían albergar un dejo de inconsciente ingenuidad que pagarán muy caro. Una pequeña parte del hotel permanece oculta a todos los ojos, convertido en centro de operaciones clandestino y amparada por un pacto entre criminales y policía, bien descrito en su jerga y modus operandi, bastante creíble en líneas generales.

Hotel DF es una novela pesimista pero plagada de imágenes que brillan por su sarcasmo. La literatura triunfa pírricamente sobre la realidad, sin grandes entusiasmos y mucho menos esperanzas. Encierra también profundas reflexiones acerca de la decrepitud del cuerpo en la madurez (edad que vive el autor), acompañada por una decrepitud moral que tiñe la existencia de un gris ceniciento como el smog. Y cuando habla desde el punto de vista de las mujeres maduras también describe sus realidades sin piedad, con aciertos que despejan dudas sobre la altura de Fadanelli como escritor, tomado el término en su vertiente antropológica.

Novela plagada de canallas, al lector le es imposible emitir juicios sobre ninguna de las actitudes de los personajes, muchas en principio reprobables. Cunde la estética del sálvese quien pueda. Nadie que estuviera condenado a vivir en esas condiciones podría actuar de otro modo. Imposible dar un paso atrás. No hay hacia donde.

Fadanelli viene diciendo desde hace mucho que el D.F. es una ciudad inhabitable, llena de peligros, habitada mayormente por una jauría de hienas desalmadas peleando por una tortilla, por un taco, por avanzar a toda costa hasta el siguiente semáforo, por conseguir sexo y drogas como si el mañana no existiera. Una cloaca, en sus palabras.

A pesar de todo, y de manera casi inexplicable, la ciudad se sobrevive a sí misma, e incluso a veces hasta luce bella. Y el hotel Isabel probablemente seguirá recibiendo mares de turistas, en su mayoría ignorantes del lodazal tenebroso que les rodea. Si lo supieran probablemente escogerían otros destinos más amables para sus vacaciones. ®

Publicado en: Julio 2011, Libros y autores

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