Viaje a Bomblefuck

La tierra profunda

Sentado en un pub en el norte de Miami, y harto de ver tanta belleza, es necesario dar un golpe de timón, algo que refresque la aventura. Al preguntarle a un par de punks que qué sería lo opuesto a la vida en el sur de Florida, sin chistar ambos responden: “Debes ir a Bomblefuck”.

A la prima Daisy Duke

¿Dónde queda Bomblefuck exactamente? Me responden que son todos aquellos puebluchos en el interior del continente norteamericano. Efectivamente, un tipo de Chicago me recomienda tomar la ruta que va de Miami al lago Michigan, si es que en verdad quiero experimentar el verdadero sabor de ese rinconcito en el campo, la vida rural y el bourbon. Un grupo de lituanos se ofrece a llevarme, van de regreso a los Grandes Lagos. Abordamos la hermosa ballena púrpura (como ellos la llaman), un viejo Buick. El amable caballero lituano-estadounidense recalca que lo que vamos a cruzar es algo que a pocos interesa, pueblos llenos de gente armada y blancos supremacistas. Dejamos el sol y las tangas y acelerando a todo lo que da el cetáceo púrpura nos enfilamos al norte, cruzando los famosos pantanos llenos de lagartos y agua pútrida. Por delante quedan tres días de viaje sin parar cruzando este país bendecido por Dios. La noche cae y yo con ella. Al despertar, se me informa que estamos en el puente que nos lleva a Tampa Bay y pregunto si ya estamos en las zonas rurales. Me dicen que no, que el espectáculo tomará aún unas tres horas antes de entrar en la tierra profunda. Al volver a abrir los ojos lo primero que veo ondeando gloriosamente es una bandera de batalla sureña, la misma que enarbolaba el legendario general Lee. El paisaje ha cambiado, las palmeras se han ido; en su lugar, pinos y paisajes similares a los de los Dukes de Hazzard enmarcan los letreros que amablemente nos invitan a reflexionar con frases pegajosas como “Escucha la palabra de Dios y entiende lo que dice”, “Confiesa tus pecados ante DIOS y arrepiéntete”, “Cuando mueras conocerás a Dios”, “La homosexualidad es una abominación”, “Jesús murió por tus pecados”, “Jesús es real”, “El infierno es real”, “X mart, tienda para adultos, especializados en juguetes sexuales”, “Armas y municiones”, “Biblias en venta, garantizamos el precio más bajo”, “América vuelve a Dios, un Dios poderoso”. Hacemos una parada técnica. En cada pueblito que hemos rebasado, sin falta, siempre, un McDonalds y una iglesia, en algunos no hay ni siquiera cadenas de hamburguesas, pero siempre, siempre hay una iglesia. Me sorprende encontrar que un anuncio me invita a pertenecer a la religión sij, la quinta fe más profesada en el mundo. Nos aprestamos a continuar el viaje pero un grupo de personas emergidas de algún punto del siglo XIX aparece a nuestro lado, se me indica no involucrarme con ellos, son patriotas ensayando la representación de las batallas entre el Ejército de Estados Unidos y el ejército de negros e indios seminolas que terminó sucumbiendo ante el poder de la fe y la pólvora. Sí, si otra cosa además de anuncios religiosos he encontrado en este camino son tiendas de armas y publicidad de ferias y exhibiciones de equipo bélico.

Al entrar al estado de Georgia el paisaje no cambia mucho. El poderío blanco se manifiesta en la forma de motoristas malencarados y más cadenas de hamburguesas, tiendas de armas y pornografía se hacen presente. Banderas confederadas de distintos estilos y gustos ondean, el orgullo es palpable.

Al entrar al estado de Georgia el paisaje no cambia mucho. El poderío blanco se manifiesta en la forma de motoristas malencarados y más cadenas de hamburguesas, tiendas de armas y pornografía se hacen presente. Banderas confederadas de distintos estilos y gustos ondean, el orgullo es palpable. Un amigo mío de esta región me había anticipado: la gente es amable, cordial, hospitalaria, te ayudarán siempre que estés en apuros… pero nunca perdonarán al ejército yanqui que incendió todos estos hermosos pueblos. En el sur la guerra es una afrenta que se sigue asimilando todos los días. Uno de los pocos graffitis que he visto en días reza Jódete Lincoln. Y si algo se siente es un apacible espíritu, una inquebrantable voluntad pero sobre todo la sabiduría suficiente para saberse herederos del verdadero espíritu estadounidense. El museo que recrea los mejores momentos de Lo que el viento se llevó lo valida. El aire huele a magnolias, pero de golpe una onda gélida nos atrapa al llegar a Tennessee. La tierra de Elvis nos recibe generosa y en un lapso de cinco horas no hay nada, algún campo de algodón perdido, algunos silos donde almacenar granos, más, en conjunto, la nada, los árboles secos… y una extraordinaria cantidad de tiendas que venden fuegos pirotécnicos y que, aseguran, pueden transformar el abúlico cielo en la orgía de luces del mágico mundo de colores de Disneylandia. El extremo sureño de los montes Apalaches nos mantiene en trance, todo parece estar hecho de plata. Paramos en un restaurante en Murfreesboro (lugar de una de las batallas más sangrientas entre el norte y el sur durante la Guerra Civil) a recibir el 2012, en donde una hermosa sureña de alegre acento y hermoso cuerpo nos recibe con una blanca y entrenada sonrisa, y entonces, por alguna razón, recuerdo que si uno quiere ser una gran estrella (y digo estrella con respeto y honor) uno no va a esas ciudades del pecado en las costas, no, uno apunta a Nashville, orgullosa capital mundial de la música, sí, la música country. Por la televisión en el hotel observamos la lejana y fría celebración del año nuevo en Times Square comercializada por Nivea. Al cambiar de canal, una cálida y sombreruda recepción de año en la capital del estado deja claro que allá en las ciudades la gente no sabe nada y ha olvidado festejar y bailar las viejas melodías granjeras de punta y tacón. Arrancamos de nuevo con destino al norte, la radio inunda mis oídos de mezclas de hardrock y country. Al llegar a Kentucky, en sueños, alcanzo a avisorar los fantasmas de millones de búfalos cruzar la planicie al tiempo que son arrancados como plumas por los poderosos tornados que asolan cada tanto estas praderas. El relinchar de un caballo en una gasolinera me recuerda lo que Hunter Thompson ya sabía, Kentucky es un sitio depravado. Y cómo no, las destilerías se encuentran a lo largo de la carretera, pero lo extraño es que en muchos de estos pueblos simplemente no se vende alcohol por ir en contra de su moral puritana. Así, en esta región de tornados y bebidas fuertes, de la nada, el Museo Nacional de Chevrolet- Corvette aparece en el horizonte; desafortunadamente se encuentra en el lado de la carretera que va hacia el sur, por lo cual y muy a mi pesar no puedo visitarlo, mas sólo confirma lo que he aprendido hasta este punto: el sur es el depositario de todo aquello que satisface y ennoblece a esta gran nación. Seguimos devorando millas en este fabuloso automóvil estadounidense, el paisaje vuelve a ser repetitivo, la tarde va cayendo. Entramos a Indiana y la nieve comienza a caer. Cuesta trabajo imaginar que monstruos de la talla de Michael Jackson y Axl Rose salieron de estas planicies, al igual que muchos hombres y mujeres que tomaron la carrera de las armas en busca de gloria. Una infinita granja de molinos de viento nos despide de la Norteamérica profunda, y al salir de el estado ráfagas de hielo barren todo, la visibilidad se hace casi nula. Apenas alcanzo a ver que un letrero nos anuncia la cercanía de Illinois.

La ballena morada se agita ante el embate de estos furiosos vientos del norte, el gran refrigerador ártico arroja hielo, siento temor, y cuando la tormenta parece empeorar mis amables y lituanos amigos me avisan que hemos llegado a nuestro destino. Chicago me recibe con una Marylin Monroe gigante y me dispongo a ver nevar debajo de su famoso vestido blanco. Si, trae sus calzoncitos bien puestos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Enero 2012


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