Vida, historia e Iglesia

Katyń, de Andrzej Wajda

El octogenario Andrzej Wajda, siempre fiel a su denuncia del socialismo real y a su cine político e histórico, ofrece en Katyń, con base en la novela post mortem de Andrzej Mularczyk, un recuento sobrio, casi plano, acerca de la matanza de oficiales y soldados polacos —se presume 22 mil en número— consumada por los soviéticos.

Es bueno no olvidar. La era de los totalitarismos puede haberse extinguido, no así sus secuelas y enseñanzas para el futuro —no tanto para darles ideas a posibles sátrapas, estadounidenses o chinos, sino para suscitar la reacción general del pueblo, sin el fondo de mezquindad de sus dirigentes. El nacionalsocialismo alemán y el socialismo de Estado ruso fueron dos ideologías contrarias —en sus ambiciones expansionistas— aunque convergentes en su cosificación del ser humano, sus proclamas mesiánicas y sus instintos genocidas —si es que así puede llamárseles. Exterminar todo un grupo humano a causa de su raza, filiación religiosa o consumo del espacio vital jamás será un instinto en el hombre, sino más bien una perversión adquirida y cultivada por el intelecto y sus manipuladores. No existe crimen, en su vastedad y hondura, de consecuencias más atroces para la humanidad. Lástima que sus perpetradores —las más de las veces— se escabullan bajo las espumas insondables de los mares de la historia, sea en Tlatelolco, Kósovo o, más recientemente, en Afganistán e Irak.

El octogenario Andrzej Wajda (Suwałki, 1926), siempre fiel a su denuncia del socialismo real y a su cine político e histórico, ofrece en Katyń (2007), con base en la novela post mortem de Andrzej Mularczyk, un recuento sobrio, casi plano, acerca de la matanza de oficiales y soldados polacos —se presume 22 mil en número— consumada por los soviéticos, a la sazón aliados de los nazis, durante la primavera de 1940 en pleno corazón de Rusia, no lejos de Smolensk. Emparentada con las innumerables cintas sobre el Holocausto, Katyń se distingue por varias razones: víctimas y verdugos no son los mismos, a pesar del parecido. El drama de la cinta no se desprende del hecho de presentar esqueletos que caminan ni discursos sobre la superioridad de la raza. Va más allá de estos lugares comunes, siendo más bien la historia de Polonia, en su totalidad, la que comparece en el trabajo, sofocada siempre por esos gigantes que el destino quiso imponerle por vecinos, Alemania y Rusia.

Rusos y polacos se parecen; desde lejos, sus conflictos hasta semejan guerras fratricidas. Vistos de cerca, sin embargo, ambos países presentan diferencias históricas notables. La filiación lingüística puede conducir a no pocos equívocos. En el filme, soviéticos y poloneses se entienden sin necesidad de traducción —poco más o menos como sucede entre los portugueses y los de expresión hispana. Para oídos polacos —depende si cultos o no tanto— el ruso suena como una lengua más antigua, idónea para la poesía, propia de gente con un fuerte origen rural. Esta última observación, que puede parecer un prejuicio, está fundada en un hecho tanto geográfico como histórico: los montes Urales y la Edad Media.

Rusia, atraída por Bizancio y la Iglesia oriental, no tuvo propiamente un Medioevo, como Francia, España, Alemania y Polonia, pasando de una edad primitiva al Iluminismo del siglo XVIII, propiciado por Pedro el Grande. Rusia, por otra parte, es el resultado de la fusión de grupos eslavos y tartáricos. En su sed de dominio aflora el atavismo del huno y el mongol. Los rusos han envidiado siempre a sus primos europeos, en particular a los polacos y los checos. Más afines a búlgaros y serbios, también ortodoxos y de escritura cirílica, quienes han resultado siempre más fáciles de persuadir.

En el filme, echando mano de la confusión y la ambigüedad propias de un conflicto bélico, se manejan dos tipos de lead o indicios: ¿La masacre de Katyń fue obra de los nazis o bien de los soviéticos?

Después de la desigual invasión de Polonia, por parte de las tropas alemanas en septiembre de 1939, la flor y nata del diezmado ejército polonés es concentrada y enviada a campos de prisioneros. Sellado el pacto germano-soviético, por el Tratado Von Ribbentrop-Molotov apenas en agosto de 1939, los comunistas fungen como carceleros de los fascistas en los territorios orientales. El propósito oculto de Stalin: pasado el maremágnum, quedarse con media Europa. Cuando Hitler marcha sobre territorio ruso el plan se bambolea. El invierno y la previsión del viejo zorro, aunado a la ayuda de los aliados, hacen que se confirmen las sospechas de Winston Churchill: Stalin se apodera de Europa Oriental como botín de guerra.

En el filme, echando mano de la confusión y la ambigüedad propias de un conflicto bélico, se manejan dos tipos de lead o indicios: ¿La masacre de Katyń fue obra de los nazis o bien de los soviéticos? La escena con la esposa del general (Danuta Stenka) en la Oficina de Propaganda del Reich es escalofriante. De forma escueta se le presentan las condolencias oficiales, se le informa de los presuntos responsables (los soviéticos), se le hace entrega de alguna insignia hallada en el cadáver de su marido como reliquia y, finalmente, se le pide que firme una declaración, culpando a los rusos. La generala se rehúsa. De inmediato la separan de su hija, amenazan con enviarla a Auschwitz y le muestran una grabación en cine de las fosas comunes halladas en Katyń.

Haciendo uso de esa ambigüedad oscura, que alguna vez caracterizara ciertos momentos de su obra, Wajda —en su siguiente escena— presenta a aquella mujer impecable, segura de sí misma, consciente de toda la dignidad en ella investida, saliendo de la Propagandaabteilung, con el rostro demudado y con una mueca entre asco y dolor; de pronto pierde el paso, sufre un conato de vahído y, no cae al suelo, porque su hija Ewa (Agnieszka Kawiorska) la sostiene. Luego hasta de su brazo se zafará. Es la personificación misma de la antigua Polonia que, por un instante, creyó ser libre y merecedora del respeto del mundo, como cualquier otra nación civilizada. Por desgracia no hay civilización, no hay Europa, no hay hermandad entre las naciones, sino países opresores y oprimidos.

La ambigüedad radica en por qué no quiso firmar al principio la generala y si lo hizo al final para que la liberaran. El filme no es ingenuo: no se trata de ir contra los rusos y exculpar a los alemanes. Hay un escena brutal, sobre todo para humanistas y gente de universidad, la de un profesor de historia (Wladysław Kowalski), precisamente el padre de Andrzej —homónimo de Wajda y personaje inspirado quizá en su propio padre también víctima de Katyń— quien es el protagonista y narrador del filme (Artur Zmijewski), cuando el anciano académico se dirige a la Universidad de Cracovia, al Collegium maius de la Jagielski Uniwersytet, máxima casa de estudios en Polonia, sólo para que un soldadote alemán, con título de mayor y doctor, insulte al senado, incluido el rector, los declare enemigos de la germanidad o Deutschtum y los envíe a Sachsenhausen, de donde tan sólo regresarán sus cenizas a vuelta de correo —y quien sabe si las de ellos o alguien más.

Imponente la escena en que esa decana del teatro y cine polacos, Maja Komorowska, madre de Andrzej, recibe el paquete postal con los despojos de su marido, el profesor Jan. Sin extremos en el rostro, con la iluminación y maquillaje más sobrios, actuando de verdad, provocando una reacción emotiva en el espectador casi por omisión. Igualmente notable resulta el trabajo de la joven actriz, Maja Ostaszewska, esposa de Andrzej. Escenas así, más la fotografía y la música —esta última de Krzysztof Penderecki, el mayor compositor vivo de música académica de su patria— son algunos de los elementos que hacen apreciar el arte y la sabiduría de un viejo realizador, guionista de casi todos sus filmes, inclinado más hacia la vertiente política y la de crear una conciencia social que hacia el melodrama donde, por cierto, ha sufrido algunos reveses. Andrzej Wajda, un director comprometido con la verdad histórica y la prácticamente extinta Polonia de Solidarność. Ahora que han vuelto antiguos funcionarios socialistas al poder, su postura ha sido recibida con frialdad y displicencia. Hollywood se ha mostrado aún más reticente, otorgándole a Wajda, por lo común ignorado, un Óscar aunque honorario y eso gracias a la mediación de la actriz Jane Fonda.

Wajda es sumamente crítico y cuidadoso con sus ideas: en Katyń responsabiliza a los soviéticos, desenmascara a los polacos colaboracionistas, lejos de reivindicar a los nazis. El actual gobierno ruso sigue sin reconocer el Crimen de Katyń como un genocidio sino como un abuso del poder por parte de Stalin. Es difícil apechugar con un crimen de lesa humanidad, perpetrado en aras de dejar a un país huérfano de sus guardianes, en un estado de cabal prosternación ante sus nuevos amos. El retrato que el director hace de la Iglesia polaca resulta sumamente ilustrativo. Curas aparecen por doquier en el filme —hasta con ligeros errores de pronunciación en latín. Están en los campos de prisioneros, con sobrepelliz y birrete, aunque también con quepís e insignias, infiltrados como oficiales. Curas en las filmaciones de los nazis legitimando el hallazgo de las víctimas de los rusos en Katyń. Curas en las grabaciones soviéticas esparciendo con hisopo agua bendita sobre las supuestas atrocidades cometidas por los fascistas. Curas que quieren ayudar a los deudos de las víctimas de Katyń —en plena dictadura socialista— y curas que vuelven la espalda a éstos, celosos de salvar el pellejo. La vida, la historia, la Iglesia y la denuncia imparcial de Wajda, todo eso y más se hallan en esta obra. Katyń, un trabajo modesto, mesurado, llano, muy digno de analizarse y sopesarse, en particular en estos tiempos en que la Unión Soviética y la Alemania nazi han trascendido a la historia, no así —por desgracia— la tentación de controlar las esferas de la vida del individuo por parte del Estado. Wajda parece decirle al espectador, en cualquier país pobre o rico donde se encuentre: no es posible permitir que así sea. ®

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Publicado en: Cine, Julio 2012

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