Volví a fumar

Una se cansa de tanta ecuanimidad

He de confesar que extraño el mareo de los cigarros fuertes. Me permitía soltar la sensación de estrés. Por un momento me hacían sentir fuera de piso, lo más cercano a drogarme sin drogarme.

Volver a fumar. © Fotolia

No sé si me veo bien fumando, nadie me lo ha dicho. Mi marido se saca de onda cuando le envío mensajes pidiéndole cajetillas de Pall Mall camino al Oxxo, me responde con emojis exasperados. Puede que eso aclare mi duda, pero no sé. Tal vez no me veo tan sexy como se ven, por ejemplo, Sara Montiel o Susan Sontag con pitillo en mano, o como Eva Green. ¿Es súpersexy fumar? ¿Vale la pena que importen poco los pulmones con tal de mantener la pose intelectual que da el cigarro? A mí puede prenderme alguien que agarra un cigarro con estilo. Puede que a veces también me prenda el aliento a tabaco o el aroma a perfume mezclado con humo, pero no sé qué tanto al hombre le prenda eso en una mujer, y no sé qué tanto me importe. Ya no tengo trece años para considerar el cigarro una tentación excitante. El atractivo desapareció a los dieciocho un día que amanecí muy políticamente correcta. Por lo regular, y desde entonces, en las reuniones con amigos aspiro con asco el humo que emanan, aunque en ocasiones, como dije antes, cuando bebo con ellos termino antojada. Será el fetiche, el glamour, el ocio, no sé, siempre les robo un toque, siempre arrepintiéndome luego, claro, escupiendo el retrogusto.

A mis treinta y ocho años soy más del bando de los que no fuman por cuestiones de salud que por corrección política. La hipocondría, caray. Desde que tengo hijos la practico, siempre pienso que soy propensa a algo. Por eso evito el cigarro, el exceso de alcohol, las drogas, la obesidad, cruzar el límite al desquicio pues. Un exceso de rectitud me domina.

De vez en cuando veo necesario salirme del canal para vagar un poco en la distorsión, dañarme un poco, como con la comida chatarra. Relajarme de manera no convencional, meditar desde otras bajezas, darme chance de mantenerme menos cuerda.

Hace dos meses más o menos que renové mis votos con el vicio. No pienso estacionarme, pero quién sabe. Dios, cuánta falta me hacía. Una no busca desenfrenarse así nomás porque sí, cabe aclarar; no a menos que se encuentre hastiada de integridad. Entonces una lo hace, y se envicia, y sabe cuán tensa ha estado todo el tiempo. Ahora que fumo, cuando estoy en mi casa, me escabullo; subo al cuarto de lavado donde hay un patio y me siento a fumar, o me paro, depende del ratito. Es todo un ritual meditativo éste. Si una lo hace consciente termina meditando, haciéndose uno con los cangrejos que gozan de la inmortalidad. Porque supongo que el que ya está habituado lo hace en automático. Yo no, yo he encontrado un extra de intimidad ahora, de silencio, de solitud en ese lugar no común de mi vida.

Mis padres fuman. No sé si mi madre también, si aún lo hace. La mayoría de mis familiares y mi abuelo materno, que en paz descanse, fumaban. Y yo esos hábitos no los quería agarrar. De pronto me pareció absurdo e innecesario acoger la actitud de desamor propio, pensaba: “No voy a fumar porque me amo. Y porque me amo me cuido”. Como comercial. Creí rotundamente que toda persona a la que yo amase tendría que evitar lo mismo, para prolongar la vida y el amor, si no no tenía cabida en mi vida. Pésimo.

Volver a fumar. Foto de Tania Balleza.

Sufro de un elevado sentido de urgencia y responsabilidad desde que tengo uso de razón. Me sobrecargo de obligaciones y de pendientes, lo que me provoca una tremenda ansiedad. Cuando el compromiso de la maternidad es atípico, o cuando el estrés por trabajo sobrepasa mis capacidades, esto de la vida se vuelve ingobernable, enfermizo; viene la hipersensibilidad y no les cuento. Todo por querer lograr un buen desempeño en todas las cosas. Así he sido toda mi vida hasta hace cinco cajetillas. Se siente raro sacar cuentas y dinero de la cartera para otra cosa que no sean los fijos y los variables caseros, lo necesario, pues —en esto último incluida la cerveza, que es de cajón, y de vez en cuando un mezcal el fin de semana. ¿Pero cigarros? No, no es común que yo use el dinero de fondo para comprar cigarros.

Comencé con la intención de fumar poco y de calmar el ansia. Se me antojó ya de más cada vez que salía a divertirme. Compré una cajetilla pocket de Marlboro Light primero, de ésos que traen catorce cigarros de tres cuartos de tamaño de uno normal. Supuse que eran light, pero realmente no lo son, raspan la garganta, dejan tufo en el paladar y dan asco. Además de que me dejan agotada, los light son hoscos. A mí me producen mal humor. Un pudor extraño me invade cada vez que me termino uno, si lo logro.

Otra tarde que salí a tomar una cerveza le pedí un cigarro a un tipo en el bar. Era un Lucky Strikes. Me gustaron. Eran de los rojos. Su sabor se me hizo familiar y, cómo no, son los nuevos Raleigh, lo sé porque mi tía Gabriela los ha fumado toda la vida, y siempre me pareció valiente de su parte que fumara cigarros tan fuertes. Compré una de ésas.

Los cigarros son caros. Pero ¿entendemos que tres cuartos del precio de una cajetilla son puros impuestos? No fumáramos tanto. Sería más disuasivo que los fabricantes lo dejaran claro en el empaque. Lo que los viciosos nos estamos fumando va directo a Hacienda.

Los Lucky me los fumé en el cuarto de lavado, en las saliditas al parque “a pensar”, como les digo a mis hijas cuando me salgo de repente. Vuelvo en cinco minutos, les digo, y vuelvo en menos de diez. A la cajera le pregunté si había cigarros más ligeros que los blancos de Marlboro luego de que me acabé ésos y me dijo que debía intentar con los Kent. Tienen tres filtros. Me subí al coche, saqué el pequeño encendedor que compré y me prendí uno, no sin antes abrir las ventanas. El chiste es no apestarlo todo y minimizar la sospecha que se pueda generar en las niñas. Que no se acostumbren. Nadie quiere que sus hijos fumen. Nadie quiere que sus hijos los vean fumar. Yo de niña nunca tuve pensamientos propios cuando veía fumar a mis padres. Si opinaba algo era por influencia de un tercero que manipulaba mis reflexiones para intentar disuadirlos de fumar. Aun así, no deseo que mis hijas sepan que fumo. Sigue importándome.

El Kent es difícil de encender. Su tabaco no agarra tan fácilmente el fuego. Una tiene que darle de dos a tres caladas lo suficientemente fuertes para que prenda. Al exhalar no se saca nada de humo. Es decepcionante. Tienen dos líneas de pequeños orificios para dejar salir el humo antes de que llegue a los labios. Para fumar bien se tiene que apretar el filtro con dos dedos de manera que al tapar los orificios se pueda dar una buena calada. Los Camel que compré después también se fueron pronto, los apagué casi todos a la mitad. No me gustaron.

Luego de una semana sin fumar, por mi periodo menstrual, me paré en otra tienda. ¿Han sacado algo así como cigarros orgánicos o artesanales o algo?, le pregunté a la chica. Se atacó de risa. ¿Estás empezando a fumar? No, le dije, estoy volviendo a fumar. Tenía años. Yo también, me dijo, de vez en cuando se me antoja. Fumé hace mucho tiempo, y fumé mucho. Me pasó la cajetilla. La pagué e inmediatamente la abrí al salir para sacar un cigarro.

Otro tema son los encendedores. No sé en qué momento se pierden ni en dónde. Entiendo ahora por qué mi marido a veces trae cerillos y a veces encendedores desbalagados por todos lados.

Fue así como probé los Pall Mall. Son los que he estado fumando. No me producen mal humor ni agotamiento, ni la inquietud que da luego de fumar —¿es ansiedad? He de confesar que extraño el mareo de los cigarros fuertes. Me permitía soltar la sensación de estrés. Por un momento me hacían sentir fuera de piso, lo más cercano a drogarme sin drogarme.

Una se cansa de tanta ecuanimidad. De vez en cuando veo necesario salirme del canal para vagar un poco en la distorsión, dañarme un poco, como con la comida chatarra. Relajarme de manera no convencional, meditar desde otras bajezas, darme chance de mantenerme menos cuerda. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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