… Y líbranos del mal

De dirigentes sindicales y otras desgracias

En el contexto de los reacomodos posteleccionarios, y con el aderezo de capos del narcotráfico que ya no sólo escapan vivos de las cárceles sino también muertos de las funerarias, el turno para representar el realismo alucinatorio les ha tocado a personajes estelares. Si la clase política es como la reserva actoral de Hollywood, dentro de ella el protagonismo principal es disputado a los diputados por los dirigentes sindicales.

Elba Esther Gordillo

Estrambóticos y ocurrentes como suelen ser los jurados de los premios literarios —a diferencia de los que deciden los galardones científicos, en los cuales no hay espacio para los amplios vuelos de la verborrea—, el que otorgó al chino Mo Yan el Nobel de Literatura de este año sustenta su decisión arguyendo que su obra ha sabido mezclar el “realismo alucinatorio con cuentos populares, historia y contemporaneidad”.

Alguna vez albergué la idea de emprender una recopilación de estas joyas manufacturadas por los jurados literarios de todo jaez e importancia que en el mundo han sido, en su calidad de productores a destajo de frases hechas, verdaderos monumentos a la in-originalidad, la ridiculez literaria, la oquedad de contenidos y la comicidad involuntaria. Una variante, pensándolo bien, de las encomiásticas frases célebres de personas no tan célebres que suelen acompañar, hechas por encargo, las ediciones de novelas o colecciones de escritos sueltos de algunas luminarias menores o locales.

Desechada esa intención por vasta e ingrata retomo a estos nobeles. Y ya que de frases hechas hablé, recuerdo aquella que dice que la realidad suele superar a la ficción. Y sí: para “realismo alucinatorio” y “cuentos populares” lo que ocurre a diario en este país, con particular vigor prolífico durante las últimas semanas.

En el contexto de los habituales reacomodos posteleccionarios, y con el aderezo de capos del narcotráfico que ya no sólo escapan vivos de las cárceles sino también muertos de las funerarias, el turno para representar el realismo alucinatorio les ha tocado a personajes estelares. Si la clase política es como la reserva actoral de Hollywood, dentro de ella el protagonismo principal es rudamente disputado a los diputados (valga la cacofonía) por los dirigentes sindicales.

Ahí están los propios Deschamps, Gordillo y Flores. Pero también guías sindicales “de izquierda” cuyo paradigma es Hernández Juárez, llegado al poder en 1976 cuando los telefonistas se quitaron de encima a Salustio (juro que así se llamaba) Salgado. Éste tenía ya seis años como dirigente y eso era intolerable.

Lo que resucitó a los muertos fue la reforma laboral propuesta por el gobierno. Pero no se crea que fueron el abaratamiento de los despidos, que imita lo sucedido en España, ni los contratos temporales (“a prueba”, dicen) ni el pago por hora. Lo que desató la furia de estos golems de materia orgánica y la inmediata comprensión solícita de una mayoría de impopulares representantes populares fue la iniciativa, contenida en aquélla y de elemental sentido común político y ético, que pretendía garantizar la elección libre, directa y secreta de los dirigentes sindicales así como la obligación para estos mismos de rendir cuentas acerca del uso y destino de las cuotas de los agremiados, además de la transparencia —se entiende que pública— del manejo de esas sumas millonarias.

Que algo tan primario como la honestidad en organismos públicos haya estado tradicional y largamente ausente y que se necesite de leyes y normas para implantarla es algo que por sí mismo exhibe la ínfima calidad de la vida política prevaleciente. Para quienes han sufrido este estatus y por tanto están familiarizados con sus usos y costumbres no es de asombrar el que los “dirigentes” sindicales no digan ni “mú” ante los aspectos de esta reforma laboral que afectan aún más a los ya de por sí jodidos trabajadores y empleados. Tampoco que reaccionen —como toros (o vacas) embanderillados no en el lomo sino en salva sea la parte— ante la simple intención de obligarlos a dar cuenta de los dineros y a ser electos no a mano alzada y con presiones.

Y ahora estos zombis, hace decenios representados en las caricaturas de Quezada como decrépitas figuras bidimensionales de cartón, mantenidas en pie por un listón de madera en el que se apoyaban, hacen como que se movilizan, con sus masas de quinientos acarreados se plantan frente al senado y lanzan la amenaza, que no amedrentaría ni al perrito de aguas de la vecina, de una huelga nacional.

Los argumentos han estado pintados del mismo y consabido color: una mezcla de desvergüenza, falsedad, humorismo involuntario y disco rayado. “No podemos permitir”, decía una tal diputada Garfias Martínez, coordinadora del partido propiedad de quien es, quizá, la más conspicua y representativa de esos dirigentes sindicales, “que con esa propuesta [la del voto directo, universal y secreto] se atente contra las organizaciones de los trabajadores”. Y otro tal diputado, Castro Trenti de apellidos, mostró su sólida formación en la escuela priista de la simulación, la mendacidad y la demagogia: “Reconocemos en el empleado mexicano, en el hombre mexicano y la mujer mexicana que viene de las fábricas, de las comunidades, capacidad, valores, formación y, sobre todo, mayoría de edad para poder autodefinir la forma y términos en que debe seleccionar a quienes lo dirijan”.

Que el voto de los sindicalizados —que por lo demás tampoco es que posean mucho de lo que antiguamente llamaban conciencia de clase— siga sin ser secreto y continúe sujeto a presiones de diversos tipos, se presenta en el discurso para la prensa y la galería como signo y muestra de democracia, en tanto que el manejo libérrimo y discrecional de los fondos sindicales se expone como expresión y prueba de autonomía.

Y así, en un país en el cual el desempleo no cede y el descenso del nivel de vida de la población no se detiene, en el que el sindicalismo hace eones que no emprende una sola huelga y sólo 10% de los asalariados está sindicalizado, acudimos al espectáculo de la rebelión amagada de los muertos-vivos en defensa de sus privilegios.

Una fauna que comprende a “dirigentes obreros” cuya fortuna y tren de vida, de ellos y sus familias, dan para viajar en avión con todo y perros mascotas, poseer bienes inmuebles de lujo y comprar prendas de vestir o de adorno que cuestan más que el salario anual de un trabajador. Romero Deschamps, “líder petrolero”, y Elba Esther Gordillo, líder vitalicia y “dirigente moral” de los maestros no son los únicos, pero sí los más prósperos.

Además de un dirigente sindical sin sindicato al cual dirigir, como el “ferrocarrilero” Víctor Flores, lo que identifica a esta pandilla intocable es el enriquecimiento que hace algunos años se adjetivaba como “inexplicable” y la larga permanencia en cargos que bien parecen hereditarios o hasta la muerte. “Don” Fidel Velázquez fue el pionero y padre fundador de esta escuela, y su Confederación de Trabajadores Mexicanos conservó durante algunos años si no la exclusiva, sí la mayor notoriedad en cuanto a la longevidad de sus dirigentes. Ya no más. Aunque a aquél lo hayan sucedido otros eternos como Rodríguez Alcaine, célebre por sus exabruptos y sus mentadas de madre, y el actual gris y venido a menos Gamboa Pascoe, el ejemplo se propagó y ahora la permanencia prolongada del “líder sindical”, en su propia persona o a través de palafreneros y hombres de paja, es la norma.

En el juego que algunos juegan y la mayoría padece todo se reduce a la supremacía de las apariencias, a realidades evidentes y sobreentendidas pero que nadie castiga ni persigue (como el enriquecimiento ostentoso y sin sustento justificable, por ejemplo), a la fe cíclica y esporádica en un Salvador y largos periodos de resignada sumisión casi cristiana. Izquierdas, derechas y sindicatos operan y prosperan a sus anchas en este escenario.

Ahí están los propios Deschamps, Gordillo y Flores. Pero también guías sindicales “de izquierda” cuyo paradigma es Hernández Juárez, llegado al poder en 1976 cuando los telefonistas se quitaron de encima a Salustio (juro que así se llamaba) Salgado. Éste tenía ya seis años como dirigente y eso era intolerable. El democratizador se acerca a los cuarenta años en el puesto, con un breve interregno simulado, pero eso no le impide continuar ostentándose y ser reconocido por “la izquierda” como un demócrata.

Y mientras todo esto sucede la Secretaría de Economía —en una lista elaborada como parte del reglamento sobre el uso de las razones sociales con las que se pretenda constituir las sociedades y asociaciones— incluye como “humillantes y ofensivas”, al lado de “testículos”, “vagina” y “guerra” entre muchas otras, a las palabras “socialismo” y “socialdemocracia”. Y tanto el presidente aún en funciones como el presidente electo se apresuran a manifestar su solidaridad con una simpatiquísima conductora de noticieros, por dos huevos lanzados contra ella con pésima puntería.

A diferencia del proverbial horno que no está para bollos, la sociedad mexicana ha probado que aguanta esto y más; en todo caso no ha sido capaz de encontrar los mecanismos ni los medios para sacudirse esta perenne cascada de desgracias, ridiculeces y tonterías.

En el juego que algunos juegan y la mayoría padece todo se reduce a la supremacía de las apariencias, a realidades evidentes y sobreentendidas pero que nadie castiga ni persigue (como el enriquecimiento ostentoso y sin sustento justificable, por ejemplo), a la fe cíclica y esporádica en un Salvador y largos periodos de resignada sumisión casi cristiana. Izquierdas, derechas y sindicatos operan y prosperan a sus anchas en este escenario.

Si fuese a ponerme serio diría con Maranini que “las grandes ‘democracias’ históricas son en realidad, si estudiamos su estructura, válidos y complicados sistemas defensivos contra la mayoría…”. Por ahora prefiero concluir con otro caricaturista, que los que son buenos retratan en unos cuantos trazos lo que no haría mejor un sesudo ensayo. Así Helguera, que dibuja a un senecto Gamboa Pascoe, bastón en mano y diciendo: “A nosotros no nos contrataron por hora, sino por siglo. Así que se joden”. ®

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Publicado en: Días del futuro pasado, Octubre 2012


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