La fascinante odisea de Pixar, IV

Toy Story 2: No se puede vivir para siempre

Vaya forma de superar algo que parecía insuperable. Dos formas inteligentes de crear una historia con múltiples capas, aprovechando el desarrollo de personajes de la primera parte, no para cebarse y explotar la bien merecida fama de Andy y sus juguetes, sino para utilizarlos y abordar otra interesante cuestión en la vida de un juguete.

Woody y Stinky Pete, dos lados de un mundo que tiene que desaparecer.

Alguien tendrá algún día que analizar el ritmo que monta Pixar en sus películas. En Toy Story 2 (1999) vamos del slapstick a la secuencia de aventuras, y un minuto más tarde al suspenso de Woody intentando recuperar su brazo en un pasaje que es a la vez de genuino suspense, hilarante a más no poder. Y minutos después la bella voz de Sarah McLachlan cantando “When She Loves Me”, para ilustrar la en verdad triste (poner algo tan melancólico, pero que apela a lo reflexivo, a la pregunta sincera y no al chantaje a mitad de una “película para niños” es en verdad algo revolucionario, artístico, sin duda) historia de Jackie, uno de los diez mejores momentos en la historia de los filmes de la compañía californiana. La historia de Jackie parece un prólogo al cierre de la trilogía, la fastuosa Toy Story 3, de la que nos ocuparemos en su momento.

Mención aparte merece la audacia del humor de referencia cultural que acompaña el filme. Es The Empire Strike’s Back una mejor película que A New Hope, en la saga de Star Wars, y en Toy Story 2, la célebre escena entre Darth Vader y Luke es parodiada con una frescura encomiable. Y es curiosamente en la secuela de Toy Story, película que se creía insuperable, que Pixar supera a la original, una muestra más de que el humor de Pixar es en verdad algo único y algún día se denominará pixariano o algo por el estilo.

Pero quizá la cuestión más importante de Toy Story 2 está en su complejo subtexto. Bien sabemos que Woody y Buzz son los alpha dogs, pero todos los demás juguetes son personajes en toda la acepción del término, y habiéndoles creado un carácter, Lasseter y Pete Docter simplemente los dejan vivir, y ellos mismos van encontrando su papel, una cátedra sobre cómo crear personas interesantes con sólo unas pinceladas.

Woody es el último dodo, una leyenda que tuvo su apogeo en una lejana época (1952, según la revista Time que aparece en el filme). Los niños que adoraron sus andanzas ahora son los adultos de este mundo.

El cómo saber cuál es Buzz no es un simple juego, en verdad es la reproducción en masa la que elimina al individuo, todo en una escena escalofriante, versus la nostalgia del show televisivo de Woody’s Roundup. Los fantasmas de la niñez de gente de la edad de Lasseter y Stanton saliendo del armario.

Y Buzz Lightyear vive su momento, la secuencia inicial de la película nos muestra la clase de intrépido héroe que es y la efigie cultural que va forjándose; la estampa que va dejando en su época y lo que representa para la niñez, al menos en ese videojuego que manipulan Ham y Rex. Los niños ya no quieren (aunque más bien simplemente no les tocó, y no se identificaron debido a que no es un fenómeno propio de esa generación) al vaquero, que con su dosis de humor absurdo salta el Gran Cañón montando a Bullseye para derrotar al grotesco Stinky Pete; quieren la acción, la virtualidad de Buzz, la tecnología, la modernidad. Los tiempos cambian drásticamente.

Bajo la crueldad de ese capitalismo tardío el olvido tiene que engullir al obsoleto y nada importa lo que aquello significó para otros; está condenado, dejó de servir, de importar.

Que escalofriante entonces cuando Buzz camina por en medio del pasillo de la juguetería de Al y ve a cientos de Buzz formados, en estado de hipersueño (jor jor), la pesadilla del sistema de reproducción capitalista. El cómo saber cuál es Buzz no es un simple juego, en verdad es la reproducción en masa la que elimina al individuo, todo en una escena escalofriante, versus la nostalgia del show televisivo de Woody’s Roundup. Los fantasmas de la niñez de gente de la edad de Lasseter y Stanton saliendo del armario.

Lasseter confronta así los dos mundos y no oculta la predilección por el que le tocó, el de Woody. Pero esa ingenuidad ya no tiene lugar en este mundo, la candidez de la canción country, el aire de desenfado y de espontaneidad ya no respiran, pues la modernidad los ha desterrado para siempre.

Y cuando Woody tiene que decidir si el último dodo será admirado en una vitrina por el resto de su vida comprende que hay cierto encanto en ser finito, falible, extinguible, y opta por vivir pleno el efímero tiempo que le queda con Andy. El destino humano en una película “para niños”, nada menos. ®

—Siga la próxima entrega con Monsters Inc.

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Publicado en: Cine, Mayo 2012

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