Elena Garro tuvo dos famas. De la de escritora sale airosa, como mujer vivió cercada y perseguida. Su obra fue ejemplo de innovación y subversión creativa. Con este texto, escrito días después de su muerte, la autora recuerda a la gran escritora mexicana.

[Nota aclaratoria: En los medios radiales y periodísticos, impera la creencia de que los textos son efímeros. Hace unos cuantos días, el 22 de agosto, yo evoqué éste, a raíz del vigésimo séptimo aniversario luctuoso de Elena Garro y como línea de entrada a compartir un conversatorio entre académicas garreanas, convocadas por Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa y estudiosa de Garro, que hoy alienta la publicación de este lejano/cercano documento. No pude buscarlo de inmediato, ya que esos archivos languidecen “guardados” en una memoria externa, que a menudo se me vuelve perdediza y que tengo que hacer coincidir con un poco de tiempo y una pc que la lea. Por fin hoy, ya a punto de cerrar agosto, se dieron esas variables. Buscaba otras cosas y al entrar en la carpeta titulada “Plata” —el nombre de la estación radial zacatecana que difundió mi texto— apareció: “Garro”, Agosto, 1998. Me emocionó leerlo. Fue la primera contribución que hice para el programa radial “Hablando en plata”, en el que los jueves aparecía mi cápsula en el espacio titulado “Opinión calificada”. Jamás había hecho radio hasta entonces. El conductor del programa, Luis Medina Lizalde, me invitó. En los controles grababa Antonio Vela. Me escuché decir que entrar en ese estudio de grabación, aislado por completo del mundo, me había vuelto consciente de las cosas que solemos decir y de su trascendencia. Y… al releer estas líneas, me pregunto si aquello no fue una rebanada de tiempo que hoy vuelve a alcanzarme, intacta, como si mi intención hubiera sido esa. Un año antes, en Cuernavaca, habían convocado a un encuentro con Garro. La reunión fue de académicos y escritores. Por caprichos de la academia, los textos de ese encuentro, que debieron aparecer en una memoria, en coedición con el Programa de Estudios de la Mujer de El Colegio de México, se extraviaron, de modo que el evento, tan concurrido, quedó “en la fragilidad de nuestras cabezas”. Mi texto, en cambio, que nació al calor de las pláticas por e–mail, en el espacio de los mexicanistas que fue la lista “Comala” —¿Recuerdan esas listas que antecedieron a las redes sociales? Mi texto, decía, nació para la fugacidad de los espacios radiales. Almacenado en un rtf, hoy revive, documento que capta ese momento excepcional. Aquí se los comparto.]
Elena Garro
11 de diciembre de 1916–Cuernavaca, 22 de agosto de 1998
¡Las escritoras cuentan y existen, tanto, que no se las puede dejar de leer! Quién puede negarnos que entre los libros más vendidos en el extranjero están hoy los de Ángeles Mastretta y Laura Esquivel. Que ninguna película mexicana ha logrado compartir el éxito taquillero de Como agua para chocolate… Dedico pues este comentario acerca de Elena Garro, fallecida el pasado 22 de agosto, a todas las escritoras que como el resto de las mujeres parecen ocupar, casi siempre, lugares secundarios, en la sociedad, en la historia.
Como nos dice Luz Elena Gutiérrez de Velasco, Elena Garro tuvo dos famas. De la de escritora sale airosa, como mujer vivió cercada y perseguida. Su obra fue ejemplo de innovación y subversión creativa. Lo malo de la literatura es que un texto lúcido y original puede quedar en un baúl, mientras las páginas insípidas de un buen promotor seguido se las ve en impresos de lujo. No sorprende que a Garro se la tilde de loca y delirante. Se le acusó de todo, desde que declaró en el sombrío escenario del 68 contra líderes e intelectuales, si bien rupturas y enemistades personales se han dado a granel entre los acusadores, algunas muy desleales, durante los siguientes treinta años. Octavio Paz la llamó poco antes de morir “la plaga de mi vida”, curioso lugar común para quien fuese distinguido Nobel de Literatura por su talento creativo. No fue poca cosa para Garro ser indeseable a quien estableció tan reducido círculo, redes de poder… ¡El autodesignado árbitro de nuestra cultura! Garro eligió al escribir nuevas maneras de contar, de recordar. Se lamentaba de que las mujeres acaben por creer, como Isabel Moncada en Los recuerdos del porvenir, que “es una dicha ser hombre, para poder decir lo que se piensa”.
En Los recuerdos del porvenir Garro trató de manera atrevida dos temas condenados, la guerra cristera y el ascenso del autoritarismo, en épocas de Obregón y Calles. Pero señalar grandes controversias: la corrupción, el clientelismo, el sistema personalista le valió, paradójicamente, el epíteto de reaccionaria. Al anticipar en sus páginas el desgaste del discurso nacionalista Garro mostró hasta qué punto la mujer puede ser la enemiga de un sistema que coarta la búsqueda de la voz, disidente natural en un país construido sobre la imagen individualista del general revolucionario. En las páginas de Garro ese general, Francisco Rosas, detuvo el tiempo al tomar a la mala al pueblo de Ixtepec, como se toma a las mujeres que no le corresponden “al que las puede”… Pero, como la Comala de Rulfo, Ixtepec es hoy memoria y desafío que nos dice que para entrar en la historia hay que aprender a recordarnos.
Garro eligió al escribir nuevas maneras de contar, de recordar. Se lamentaba de que las mujeres acaben por creer, como Isabel Moncada en Los recuerdos del porvenir, que “es una dicha ser hombre, para poder decir lo que se piensa”.
Claro que recibir el Premio Villaurrutia en el 63 y el premio Juan Grijalbo por Testimonios sobre Mariana en el 81 habla de cierto reconocimiento… pero Garro nunca ocupó su verdadero puesto entre los más grandes. La validación de la escritura en México, como la de las personas… resulta del amiguismo, del compadrazgo. En nuestro país, para la mayoría, si no se está con el poder el futuro se esfuma. La fuerza de Garro residió justamente, como nos propuso Margo Glantz, en lo que se le condenaba… “su antisolemnidad, su odio a las instituciones, su capacidad crítica, su locura, su gran talento”. Garro fue una sobreviviente rodeada del silencio y el repudio de quienes la miraron con la lupa de los defectos; quienes encontraron oportuno y hasta normal que se la despojara hasta de su nacionalidad, porque la nacionalidad, todavía en los setenta, no podía darla la madre y su padre era español.
Las mujeres mexicanas seguimos sobrellevando la condición de seres de segunda. Basta una mirada a las vidas de las más célebres. No existe un premio de jerarquía semejante al Villaurrutia o al Nacional que se llame Rosario Castellanos, a pesar de que Rosario fuese reconocida internacionalmente, a la vanguardia, hoy por hoy, en las academias del extranjero. En sus páginas ella reveló los abismos propios de nuestra accidentada geografía cultural y las complejidades del racismo que dicta desigualdad e indignante pobreza en su natal Chiapas. En fuertes páginas que nos hablaron de Comitán y de San Cristóbal, cuando éstos ni siquiera existían en los libros de texto, Rosario fue como Garro, premonitoria y lúcida. Aquello de que detrás de cada hombre hay una gran mujer queda comprobado con su pesada carga misógina en las vidas de esas mujeres destacadas. A la hora del divorcio quedaron fuera de la fotografía. Nadie se atrevió a tomar partido por ellas, porque temían al desamparo del patriarca que a ellas les tocó, para su mala suerte, llevar delante; Paz una, Ricardo Guerra, la otra.
Pregúntense también ¿qué fue de Nellie Campobello…? Desapareció en circunstancias increíbles de su casa y de la historia. Años después de desaparecida Campobello se produjo el cadáver, se organizaron sepelio y homenaje. Los más curiosos habían venido preguntándose si sus telones pintados, por algún grande de la plástica, habrían caído en manos deshonestas, pero de su vida, de su muerte, al igual que de su obra, no se ha dicho casi nada. En una biografía de Campobello la norteamericana Irene Mathews, una de las pocas estudiosas de Nellie, nos demostró hasta qué punto fue ella voz de la revolución villista. Si algún archivo hubiera que rescatar para esa parte de la historia ahí están los recuerdos, los apuntes, las fotografías de Nellie. Es probable que Martín Luis Guzmán los haya utilizado como fuente de sus mejores textos. Y, a pesar de eso, la disparidad con la que el canon y las academias los trató a ambos, cronistas y narradores de lo mismo, resulta insólita.
La crítica a momentos como que las revive, pero en el acto surgen los atracos comparativos. Que si su obra tiene defectos, que si sus vidas fueron reprobables, que si se colaron en los caminos del éxito.
¿Se imaginan qué habría pasado en México si hubiera desaparecido sin dejar rastro, aunque fuese sólo por un día, Mariano Azuela? ¿Toleraríamos que alguien secuestrara a Carlos Fuentes? Sólo a una mujer puede acontecerle el olvido y la oscuridad del modo como nos ocurrió con Campobello.
Todo parece indicar que las que sobresalen ofenden. No he visto en mi carrera literaria conferencias o seminarios en torno a la obra de Amparo Dávila, zacatecana de Pinos, por cierto, o cursos dedicados a la sinaloense Inés Arredondo. La crítica a momentos como que las revive, pero en el acto surgen los atracos comparativos. Que si su obra tiene defectos, que si sus vidas fueron reprobables, que si se colaron en los caminos del éxito.
A la muerte de Octavio Paz, en abril de este año, todos, de acuerdo o no con él, se hicieron de la vista gorda frente a lo malo y mezquino, dejaron de lado su “delirante” vejez, sus posturas reaccionarias, su desempeño en el mundo cultural como el más autoritario de los patriarcas. Para con Garro, en cambio, parecería que todos hubieran esperado que al morir firmara su “Yo la peor de todas” (como Sor Juana). No fue así. Murió casi sola, sin memoriales ni grandes declaratorias. Supo que recordar —escribiendo— es algo que no digiere bien el sistema machista mexicano. Quiero, pues, recordarla como el personaje/memoria que fue ella misma… solitario personaje de Ixtepec que nos regaló como premonición del México en crisis que seguiremos padeciendo por mucho tiempo.
Cierro, así, con un fragmento de Los recuerdos del porvenir, en voz del pueblo:
Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo vengo a encontrarme en su imagen cubierta en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga. ®