Días y meses interminables

Diario de un espectador, XXVIII

Acaso muchos hemos perdido la cuenta de los días desde que todo esto empezó, pero para nuestra fortuna hay polímatas de pluma fina y afilada que llevan el registro preciso y amoroso de la vida, de la música, del horror y de la muerte.

Domingo 5 de julio

Amanecer veraniego en Guadalajara. Foto © Rogelio Villarreal.

Atmosféricas. Con las primeras aguas el jardín adquiere fuerza y las frondas expanden sus dominios imperceptiblemente. Los pájaros, como animados por el reciente esplendor, trazan sus vuelos con gozosa precisión. El gato doméstico reconoce sus pasos y va y viene por los senderos que nada más él sabe. Tiempo de podas que aligeren el peso del temporal sobre los ramajes, y habrá que saber cuáles guías moderar, cuáles detener y cuáles otras que cuidar. Las calles, más quietas esta temporada, siguen entregando visiones que llegan de hace años. Recorridos sabidos desde entonces, arquitecturas que entregan su presencia ahora recobrada.

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La vuelta de los años. Ruedan en la memoria, a través de todos estos temporales, los días señalados para iniciar otros calendarios. Visiones de una laguna de un azul inolvidable, de jardines a su vera que progresaban rumbo al futuro. Las amables presencias duran a lo largo de las estaciones, que enseñaban con su ejemplo la paciencia y el coraje. Excursiones a lo largo de cerros gentiles, y las voces de júbilo que daban ritmo y sentido a la travesía. Toda una secuencia de escenas diversas, de parajes alegres y promisorios que llegan hasta estos días.

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Viajeros. Fue ya hace décadas y las caras sonrientes dan cuenta de trayectos de amistad y descubrimientos compartidos. Al fondo se adivina un paisaje que va variando con las luces que se alternan. Nada como los recorridos a través de otros lugares para devolver el gusto primigenio de lo inédito, de lo vagamente esperado. Miran hacia el frente los viajeros, y su talante cordial llega y saluda hasta estos días. Cada uno de ellos lleva sus particulares recuentos, las perspectivas que mejor se acordaron con su mirada. Recorren los amigos el venturoso camino de la marcha compartida, del entrevero de la felicidad, del tranquilo asombro que se devela a su paso. Esos y otros tantos trayectos recorren con humilde persistencia los senderos del recuerdo, las huellas rumbo al futuro. Eran Yves Palomar y Mimía Verea de Palomar; Hermann Petersen y Antonia Orendain de Petersen, Ángel Urrutia y Cristina Martínez de Urrutia, Rogelio Castiello y Susana González Luna de Castiello. Todos estarán ahora en el cielo rentando otra camioneta para dar la vuelta por sus regiones, ciertas y eternas.

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De Ciudadela, ese frondoso e inclasificable libro de Antoine de Saint–Exupéry, la traducción de un pasaje más que recordable:

Utilizas tu pasado como de un paisaje flanqueado aquí de una montaña, allí de su río, y dispones con libertad las ciudades futuras, teniendo en cuenta lo que existe. Y si lo que es no lo fuera, inventarías ciudades de sueño que son fáciles, puesto que a los sueños nada se les resiste, pero, al mismo tiempo, qué fáciles, perdidas y disueltas en lo arbitrario. No te quejes de tu ubicación, que es ésta y ninguna otra, puesto que la virtud de una ubicación, de entrada, es serlo. Es así de mi palacio, de mis puertas, de mis muros.

Domingo 12 de julio

Atmosféricas. Las plantas del jardín cumplen su cometido, su tenaz intento de mantener su ámbito a salvo de las oleadas amenazantes que recorren el aire. La ciudad camina a un ritmo entrecortado, a veces cauteloso, otras veces pareciendo ajena a los peligros que conlleva la pandemia que sigue asolando nuestros contextos. Los pájaros prosiguen sus actividades, como si fueran ajenos a la general emergencia. El gato, paciente, aguarda con milenaria sapiencia la llegada de un futuro mejor. Siguen todos los cuidados pertinentes.

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De la batea de las postales.

El paisaje podría ser el de tantas ciudades en cuyo centro se yerguen, apiñadas, varias torres orgullosas. A su alrededor los barrios arbolados discurren y dan contraste al panorama. Cada edificio representa la voluntad de ir más alto, de demostrar su poderío y su presencia rotunda en el ámbito urbano.

Una. Gustav Klimt se demoró largamente en dar razón y sentido a un muro sobre el que una feraz enredadera gana terreno. Seis ventanas abiertas dejan pasar el día, que se antoja benévolo en su atmósfera calma y serena. El tejado de pizarra emite brillos cambiantes bajo el sol de lo que pudiera ser el de la media tarde. Cada una de las ventanas transmite su propia historia y da cuenta del particular talante de sus habitantes. Algún interior se adivina, y deja ver el reflejo del jardín sobre un espejo al fondo del cuarto en penumbras. Los brotes de flores añaden una quieta alegría a la escena.

Dos. El paisaje podría ser el de tantas ciudades en cuyo centro se yerguen, apiñadas, varias torres orgullosas. A su alrededor los barrios arbolados discurren y dan contraste al panorama. Cada edificio representa la voluntad de ir más alto, de demostrar su poderío y su presencia rotunda en el ámbito urbano. Un pálido cielo sirve de fondo para esta permanente lucha de las torres por imponer su dominio.

Johannes Vermeer, Oficial y muchacha sonriendo, 1658.

Tres. Una conversación revisitada. Johannes Vermeer hace el imposible retrato de una atmósfera de intimidad y gracia. El cuadro se llama “Un oficial y una muchacha que ríe”. Sin embargo, la risa de la joven es discreta, contenida. Quizá oye con atención el recuento de alguna campaña de la que el oficial regresa, de cierta escaramuza de la que apenas logró escapar. Al fondo, cuelga del muro un gran mapa sobre el que está plasmado un territorio que quizás alguien llegara a identificar, por en el que tal vez las operaciones militares tuvieron lugar. Pero ahora todo se condensa en el recuento que el oficial, casi de espaldas, la cara en sombras, hace a la muchacha, a la vez sorprendida y dueña de una larga sapiencia sobre los desvaríos humanos, que oye con atención al guerrero, al Blade Runner en turno.

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De Rilke, en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge.

Y después, de pronto, una serie de miradas nuestras quedaba enrejada en el encaje de aguja veneciana, como si fuésemos claustros, o más bien prisiones. Pero el espacio se hacía libre y se veía lejos, en el fondo de jardines que se hacían cada vez más artificiales, hasta que todo ante los ojos se volvía frondoso y tibio…

Domingo 19 de julio

Atmosféricas. La noche y el grillo. Sigue el canto giratorio que hace para el universo un humildísimo diapasón. Pero esas dos notas justas completan, misteriosamente, las fuerzas que hacen del planeta lo que aquí es, todo lo que aquí transcurre. Trabaja el grillo su canto, y una imposible notación pudiera entregar la exacta clave de lo que pausadamente va diciendo, de lo que va dictando.

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Películas mexicanas. Seguramente fue la costumbre de iluminar las escenas de una cierta manera, el ritmo de la trama que se desdobla tan parecida una y otra vez, la misma calidad del sonido. Las películas de cierta época dejaron testimonio de un cierto ánimo, de un registro certero de lo que todo un imaginario proponía. Juegos de grises, claroscuros, cabalgatas y luces de cantinas o cabarets siempre encendidas. El aire de unos tiempos. Ah, el Tenampa glorioso… y Jorge Negrete cantando en primer plano: los machos de Jalisco, afamados por entrones, para eso traen pantalones…

Garibaldi, Ciudad de México. Foto cortesía El Universal.

Por cierto, hay una larguísima secuencia en el que en primer plano el charro y los mariachis cantan, y al fondo, la fachada del Tenampa. Sobre su fachada dos letreros de neón se alternan todo el tiempo. Uno dice: Salón Tenampa; el otro dice, en el corazón de Chilangolandia “Aquí es Jalisco”. Ai pinchemente, como dice el vate Doñán.

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Bob Dylan, entre lo que muchos críticos se ponen de acuerdo, sigue adelante entregando una inextricable mezcla de poesía desgarrada o irónica, de lamentos y celebraciones de la vida, de amores derrotados, del siglo que oyó sus primeras composiciones, de la presente centuria en la que continúa siendo el juglar absoluto.

Dos traducciones que intentan expresar algo de lo que el vate de Minnesota ha ido diciendo a través de los años. Del álbum Desire.

Oh sister
Oh hermana, mientras llego a descansar en tus brazos
No debieras tratarme como a un extraño
Nuestro Padre no gustaría de la manera en que actúas
Y debes darte cuenta del peligro

Oh hermana ¿no soy yo un hermano para ti
Y uno que merece tus afectos
Y no es nuestro propósito el mismo en esta Tierra
Amar y seguir sus enseñanzas?

Juntos crecimos
De la cuna hasta la tumba
Morimos y fuimos resucitados
Y entonces en el misterio salvados

Oh hermana, cuando vengo a tocar a tu puerta
No me rechaces, no traigas la desdicha
El tiempo es un océano pero termina en la playa
Podrías no verme mañana.

Resonancias bíblicas, metáforas de la redención, invocaciones al amor. Y aun así, la canción guarda un aliento misterioso, hondo en su aparente sencillez.

Un fragmento de “Sara”:

Me acosté sobre una duna
Cuando los niños eran chicos y jugaban en la playa
Viniste de mis espaldas, te vi pasar
Fuiste siempre cercana y siempre a mi alcance

Sara, Sara,
¿Qué fue lo que te hizo cambiar de parecer?
Sara, Sara,
Tan clara a la vista, tan difícil de precisar.

Domingo 28 de julio

Atmosféricas. Bajo la pérgola el claroscuro, más marcado, de las enredaderas anuncia el talante de la estación que regresa. Procesiones de nubes oscuras vienen a dejar las primeras aguas. El jardín respira y reconoce la temporada de lluvias que recién comienza. Dos zanates, azules de tan negros, juegan a perseguirse, y sus raudos vuelos dejan trazos de júbilo en el jardín. Una chuparrosa solitaria cumple su oficio con ejemplar esfuerzo. Toda la verde maquinaria cambia su régimen y las frondas recortan una silueta más decidida sobre los cielos cambiantes.

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Danza la bailarina sobre la terraza y cuenta con sus giros la latitud del día. Baila para la alegría y baila para la gracia. Al fondo la ciudad se extiende hasta el horizonte y parece brillar al contraste de la muchacha que rápida se desplaza. Quizá todas las danzas se tratan de esto, de hacer los días más brillantes y más plenos por la potente armonía de ciertos movimientos que subrayan una precisa música que transcurre y da misteriosos ecos a todo su alrededor.

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De la batea de las postales, dos escenas. En una de ellas, Jean–Siméon Chardin da cuenta del “Filósofo que lee”. La atmósfera de la habitación parece cargada de una densidad que expresa la profunda concentración con la que ese hombre atiende a su lectura. Los suntuosos tonos de las vestimentas del filósofo sirven de contraste y dan cuenta de una luz que lo enciende, como sin duda lo ilumina el texto que con pasión sigue. La pluma está presta a las anotaciones y los apuntes que al vuelo puntúan la lectura. Un pardo cortinaje completa la composición, como para subrayar la luz que por el momento busca con pasión el filósofo.

Jean Siméon Chardin, Le philosophe lisant, 1734.

En la otra imagen se mira, bajo una inscripción latina que ennoblece el dintel, una puerta que se abre de par en par al umbral penumbroso. La puerta de recias maderas acentúa el hogar abierto. El zaguán guarda todavía las sombras del día que pareciera promediar. Sin embargo, las losas del piso brillan con una luz que se adivina fugitiva. Al fondo se recorta un cancel que tras de sí anuncia el dominio doméstico. Una verde espesura anuncia el patio bajo una luz más clara. Una secuencia de luces que dan, en un fragmento, la estructura y el ánimo precisos de una casa castellana, austera y a la vez alegre.

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Fotografías contadas. Dos estructuras de concreto, con rigurosa geometría, guardan entre sí una cercana distancia. La proximidad establece una tensión que carga a la imagen de una severidad memorable. La fuga es central, y una línea de cielo otorga una acentuada profundidad a la escena. Desde unos trazos previos a esta materialidad discurre la línea que da razón del vuelo de la imaginación y sus juegos. Es ahora una poderosa presencia, bajo el cielo cambiante, puesta a durar en los vaivenes del tiempo. Es una foto tomada durante la construcción de la Biblioteca Vasconcelos, que hicimos Alberto Kalach y su servibar de 2004 a 2006.

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Como la paso, aparece una vieja canción que interpreta, a mediados de los años cincuenta, Perry Como. Se llama, con antiguas resonancias, “Se derramó mi copa”. Va un ensayo de traducción dedicada a María Inés Camarena de Obeso, quien hace cuarenta años me enseñó, entre tantas cosas, esta canción.

A veces por la mañana cuando hondas son las sombras
Yazgo aquí nomás mirándote dormir
Y a veces murmuro lo que estoy pensando
Con amor mi copa se derramó
A veces por la noche cuando no estás mirando
Considero las pequeñas cosas que sin cesar haces
Y guardo en la memoria los momentos más queridos
Con amor mi copa se derramó
En sólo un momento los dos seremos viejos
Y no notaremos el mundo volviéndose más frío
Y por eso, en estos momentos bañados por el sol
Con amor mi copa se derramó.

Domingo 2 de agosto

Atmosféricas. El vagabundo se aguarda junto a la puerta de un Horroroxxo. Tiene paciencia. Cada que un cliente va a entrar o salir del apestoso tendajón el vagabundo le abre la puerta con todo comedimiento. Acompaña ese servicio de sanitización con una caravana digna de las que los caballeros les hacían, en la Edad Media, a las princesas, o a los príncipes. No queda más remedio, entonces, que darle al paje vagabundo un mínimo de cincuenta pesos en pago por su invaluable ayuda para no embarrarse la mano de los trillones de virus que están aguardando al cliente sobre las jaladeras de la puerta del Oxxo. Se dice que el paje–vagabundo saca más utilidades al día que el tendajón horroroso. Y va subiendo sus tarifas: ya hay quien le ha dado cien pesos, sobre todo por lo de la caravana. Por mientras, el patio de las inscripciones se reporta muy falto de los cuidados de Zorba mayor. Zorba menor todavía no le entiende a ese patio secreto. Kublai–Kan, el perro, apodado Tope en honor de una señora que ya no está y que se llamaba Soledad, ya le entiende perfecto a ese patio y nunca entra en él. Resultado, ese espacio es sagrado, es refugio inexpugnable para Forlán, el gato doméstico. Se seguirá informando.

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El Tiliche Villaseñor es una leyenda tapatía. Fue uno de los ingenieros centrales del siglo XX jalisciense. Tiliche es una maravillosa palabra tapatía (?) que designa a cualquier estramancia, animada o inanimada. Bueno, pues el Tiliche era el hijo chiquito del Mayorazgo de San Juan de los Cedros. Corría, posiblemente, el año de 1921. El Mayorazgo y su mujer salían de expedición, junto con estrepitoso cortejo, rumbo a su casa de Guadalajara. Cada vez, el señor del lugar volteaba con la nana de un niñito de seis años (Lorenzo Villaseñor Cortina) y le decía: “Enedina, ai te encargo a ese tiliche”. Total, el Tiliche creció en Cedros sano y fuerte y a lo largo del tiempo llegó a ser uno de los pilares de la conversión de Guadalajara en la mejor ciudad de México, etapa que sucedió entre los años de 1936 y 1968. En este último año, precisamente, se murió el Tiliche. Dicen que sabía velear, litigar, administrar, enseñar, construir y querer de manera absolutamente ejemplar.

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Ora verás muchacha, te voy a montar sitio. Saldrás de tu castillo hincada, directo a mis brazos, de eso puedes estar más que segura. Me podré tardar otros cuarenta años en mi intento, pero, aunque sea en silla de ruedas, ya te rendirás. Y entonces, ora lo verás, te voy a enseñar lo que es amar en tierra de indios.

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Cuatro bandas españolas fundamentales: Los Planetas, Vetusta Morla, M.O.D.A (La Maravillosa Orquesta del Alcohol), Izal. Rock, rap, folk, punk, ska, etcétera. Si algún improbable lector quiere darse un leve color nomás ocupa utilizar los servicios de YouTube y oír (no “escuchar” que es cursísimo y nomás se utiliza en la lengua godín, como “carro”, “cabello” y todo eso) a estas bandas. La piel se pone china ante su potencia y ante su poética. Trépenle (Poncho Castellanos dixit) y dense chance de salir de sus rutinas acústicas pequeñoburguesas.

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Histoires de Corto Maltés. Tales of Corto Maltés. Historias de Corto Maltés. Histoires de Corto Maltese. Simplemente Corto: un ídolo básico de este espectador. Para quien quizá no lo sabe, Corto nació, obviamente, en Malta. El personaje fue creado por uno de los mejores dibujantes y guionistas del cómic contemporáneo. Hugo Pratt. Una gitana le leyó a Corto Maltés la palma de la mano en una isla griega. Resultó que la gitana le informó a Corto que no tenía en su palma la línea de la suerte, la línea del azar. Sin decir palabra, Corto sacó su navaja suiza y se hizo un profundo corte en la palma de la mano defectuosa. Ya que la sangre pudo ser más o menos contenida la gitana le dijo a Corto que tendría la mejor de las suertes y la peor de las suertes. Corto le pagó sus honorarios a la gitana, levantó su mochila de marinero y se embarcó rumbo a las islas Seychelles. Allí fue en donde encontró a Diotima. Pero esa es otra historia… Hay una dedicatoria en la primera de forros de La casa dorada de Samarkanda, libro maravilloso de Corto Maltés. Se copia a la letra: X: …y mi historia favorita (sobre todo las páginas 104–105) es maravilloso (sic). Sigue la firma de Diotima y la fecha: Feb. 2000, Barcelona. De más está decir que Corto es uno de los príncipes absolutos del club de los Limonov–Zapoi, del club de los Blade Runners, magos todos del filo de la navaja.

Corto Maltés.

“A la primera entiendo”, le dijo Corto a la princesa cuando ésta le informó, con tonos de Cleopatra, que tenía un nuevo amante. “No me volverás a ver”, agregó el marinero. Y sin embargo, el maltés le montó a la diosa, al borde mismo del palacio que da sobre el Mar Egeo, una guardia interperrita y pertinaz, que durará, por lo menos, 19 días y 500 noches. Dice Corto que apenas lleva 27 noches. Seguiremos informando sobre el sitio de Corto a Cleopatra.

Domingo 9 de agosto

Atmosféricas. Delante de la luz cantan los pájaros.

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La vida ya no volverá a ser la misma. Se nos murió Suzette Bernard Medina–Lebre. Con mucho, la mujer más bonita de nuestra generación. Ni Coba Cañedo debió de llegarle. Y vaya que Coba era bonita.

Pero Suzette era igualmente bonita por fuera que por dentro. Arrasaba en las fiestas por su sencillez, su porte, su amabilidad, su gracia. Así, arrasó con los corazones de muchísimos muchachitos de la época.

Eran los tempranos setenta. Se celebraba en la preciosa iglesia de Los Ángeles una misa de muertos, dentro del novenario ofrecido por Dolores Palomar de Valencia, la Tita Lola. De repente, la luz de la nave se incendió. Acababa de entrar una muchacha. Iba vestida con un largo abrigo de mezclilla. Era el invierno. Fue el absoluto coup de foudre.

Rodó la vida, casi se desbarrancó. Suzette y sus padres y sus amigos acampaban en Michoacán, cerca de Angaguan. Todas las más bellas estaban presentes. Antes de. Suzette recogía flores y corazones. Rosa también, hay que decirlo. De la ranchería vecina, toda la noche, llegaba una música estridente y maravillosa, así que nadie dormía.

Había un arroyo para bañarse desvestidos. Habían todos los pájaros. Eran los días del Alción, la temporada en el infierno, y en el cielo. Quedan algunas fotografías borrosas. Don Guy presidiendo, junto con doña Niní, la fiesta. Antes de reinando. Rosa también. Todos los colores del campo. El misterioso estado de Gracia se extendía a todos los horizontes y los Doors tocaban, en vivo, “Light my Fire”.

Un muchacho, tímido, quería acercarse a Suzette. Al efecto, ideó un ingenuo ardid. Pedirle a la muchacha que le tradujera todas las letras de las canciones de Moustaki. La princesa se dignó, y entregó una larga colección de hojas carta llenas de una finísima caligrafía, en tinta azul, con ejemplares traducciones. “Mi libertad, por mucho tiempo te guardé como una perla rara, mi libertad, eres tú la que me ayudaste a largar las amarras, mi libertad sin embargo te traicioné por una prisión de amor y su bella carcelera”.

Afirma el muchacho de entonces que esas hojas de cuaderno se le perdieron. Y jura que las va a hallar.

Lo único que se puede decir ante la muerte de Suzette es lo que dijo Albert Camus sobre la muerte: Je ne suis pas dáccord. No estoy de acuerdo. Y menos esta vez. Suzette luchó diez años contra un crudelísimo cáncer. Lo venció mil veces. Vivió, por su enfermedad, en Francia, con sus padres. Cuando ya vio inminente su hora pidió ser traída a su tierra, para morirse aquí. La trajeron, y al día siguiente, entre un olor a pan y a jazmines, se murió. Ya está en el cielo, desde donde nos cuida. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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