El abismo

Lo encontraron unos arrieros y fuimos todos con el bullicio del pueblo a ver al colgado, cuando mis hermanos lo vieron me taparon. Ellos pasaron noches sin dormir porque al cerrar los ojos lo veían con la lengua de fuera.

Un campesino triste.

I

El cielo azul oscuro cubre casi el total de la pintura, será quizás un poco más del atardecer por las tonalidades naranjas que se perciben en la parte inferior donde se distingue el horizonte, una roca sirve de apoyo a los pies de un hombre que parece está a punto de caer, su cuerpo está en un ángulo de cuarenta y cinco grados inclinado hacia un abismo, el hombre viste una túnica blanca, descubierta la parte del cuello, como si ésta fuera más grande de que lo que el hombre necesita y por lo que la sostiene con la mano izquierda, la túnica cubre sólo hasta arriba de la rodilla, el resto queda descubierto. El hombre lleva una daga empuñada en la mano derecha apuntando a su costado, su pelo largo, a la altura de los hombros, oscuro, ondulado y que, por el efecto del viento o de la fuerza de la caída que está a punto de suceder, quedó captado con mayor volumen del que probablemente tiene, la barba oscura cubre una parte del rostro, los ojos miran al lado contrario de la caída. La roca sostiene también algo que parece ser una manta café cuidadosamente doblada, un libro, tres hojas sueltas con alguna inscripción, un recipiente de cristal, redondo, con un cuello alargado, que contiene un líquido cristalino, que bien podría ser agua, o podría ser alcohol, hay una espada también, recargada sobre la roca y sobre la espada una cruz y sobre la cruz una corona, que podría ser de laurel o podría ser de espinas. No sabemos si el hombre cae o salta.

En la parte inferior derecha de la imagen hay un único árbol, sus ramas se inclinan hacia el lado derecho, no sabemos si por el viento o por el peso del hombre que cuelga, atado de una cuerda al cuello, de una de sus ramas, sus brazos cuelgan también, señal de que lo que debía pasar ya pasó.

Frente y a los pies de árbol se encuentra otro hombre, tirado, boca abajo, con la mano derecha extendida frente a su pecho y la izquierda a la espalda, como quien, al caer, cae de lado, hay una breve mancha roja que sale de la cabeza del hombre, como de quien ha recibido un disparo en la frente o en la cien, los dos hombres han muerto, pero no sabemos quién murió primero.

II

No hay mejor forma de honrar la memoria de un hombre que dar a conocer su historia, y hoy quiero contar, amigos míos, la historia de mi padre. Juvenal era su nombre, nació en un pueblo viejo, donde el polvo de las calles cubría no sólo el suelo, sino las fachadas de las casas, y donde había que alumbrarse con velas de cera amarilla. Dicen que cuando nació lloró tan quedito que la partera pensaba que los pulmones no le habían crecido lo suficiente, por lo que cuando se lo entregó a mi abuela le dijo.

—Ni te hagas ilusiones, que éste no se logra.

Mi abuela lo recibió en sus brazos y como acto de caridad se lo pegó al pecho, para que por lo menos recibiera un alimento en la vida. Mi padre lo rechazó y nunca volvió a llorar, pero se logró con té de hojas de limón y trocitos de galletas de sal, a los cinco años se lo llevaron del pueblo.

La tez morena y el pelo grifo eran herencia de mi abuelo, el cuerpo escuálido era debido a la falta de la leche de la madre, que decían entonces, y ahora, es el mejor alimento, también a eso le atribuyeron el carácter huraño y silencioso, el carácter de la madre se mama, decían, y él no lo mamó, por lo que la madre tampoco tuvo nunca muestras de amor con él, y así creció, huraño y solitario. Por eso es que a nadie le extrañó cuando a los treinta y tres años se colgó de un árbol.

Mi padre tuvo tres hijos, yo soy el más pequeño, los recuerdos que tengo suyos son vagos, he ido alimentándolos a través de historias contadas por quienes lo conocieron. Mi madre es quien más me habló de él. Se conocieron una mañana soleada, él llegó a la panadería de mi abuelo donde mi madre ayudaba, preguntó si había trabajo para él y mi abuelo que ansiaba unas manos masculinas que le aligeraran la carga lo contrató de inmediato.

—Era un hombre callado y de aspecto frío —me contó mi madre—. Fue difícil ganarme su confianza, a veces creo que se quedó conmigo por no tener que hablar con alguien más, así que aprendí a conformarme con poco.

—Nunca me alegró que se haya colgado —me dijo—, pero tampoco es que me haya sorprendido, era un hombre tan triste que cada mañana le revisaba la respiración para ver si el corazón no se le había cansado ya de latir. Con la única persona que lo vi hablar con un dejo de alegría fue con el cantor Clemente, lo conoció afuera de la panadería un día que estaba cantando en la banqueta, Juvenal salió a ver cuál era el barullo y se quedó a oírlo. Entró por unos panes y se los dio de propina. Clemente empezó a ir recurrentemente a la panadería, le cantaba un par de canciones y Justino pagaba siempre con dos piezas de pan.

Clemente cantaba sólo canciones de amor, mi madre murió pensando que el brillo en los ojos de mi padre era porque por fin había encontrado la forma de decirle lo que sentía por ella, así que cuando Clemente cantaba ella se sentaba del otro lado de la puerta a escuchar la serenata.

Un día Clemente se fue, y con él, el brillo y la sonrisa de papá, la vida se le fue apagando hasta que por fin se colgó del árbol. Lo encontraron unos arrieros y fuimos todos con el bullicio del pueblo a ver al colgado, cuando mis hermanos lo vieron me taparon. Ellos pasaron noches sin dormir porque al cerrar los ojos lo veían con la lengua de fuera.

A los años Clemente volvió, mi mamá le entregó una cruz que había guardado desde el día del sepelio, para que la pusiera a los pies del árbol. Clemente la tomó en sus manos y se fue en silencio. Un disparo sordo retumbó a lo lejos. Su cuerpo quedó tirado a unos escasos metros de donde habían quedado los pies de mi padre. Quienes llegaron primero juraron haber visto también el cuerpo colgado, tambaleándose aún, como si acabara de morir.

Durante mucho tiempo traté de entender no sólo la muerte de mi padre sino mi propia vida, durante mucho tiempo he venido aquí, a este lugar desde donde se alcanza a ver el árbol y en dónde, lo juro, he visto los cuerpos sin vida de Juvenal y Clemente, esos cuerpos que parecieran aún estar tibios y cargados de palabras no dichas, he cargado conmigo esta cruz a la que alguien por alguna razón grabó ambos nombres, no he podido ponerla, no he podido siquiera acercarme a ese lugar. Hoy por fin he entendido que hay cosas que se heredan y que la única forma de librarse de ellas es colgándose de un árbol, dándose un tiro en la cien o saltando a un abismo. ®

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Publicado en: Narrativa

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